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TRAS LA ESTELA DE UN SUEñO (PREMIO VERGARA - EL RINCóN DE LA NOVELA ROMáNTICA 2018)

Lucía De Vicente  

5


Fragmento

Prólogo

Prólogo

Diez meses atrás

Rafael Monclús se quedó mirando con perplejidad hacia el hombre que entraba en esos momentos en la cafetería en la que él estaba tomando un café con su compañero de trabajo.

No debería haberse extrañado tanto, y menos si tenía en cuenta dónde estaba situado aquel local; allí era habitual encontrarse tanto con posibles delincuentes como con defensores de la ley. Sin embargo, él hubiera esperado algo más elegante y exclusivo para aquel tipo. Por su aspecto no parecía ser de los que se juntaban con la «chusma».

Pero su sorpresa llegó a límites insospechados cuando vio avanzar hacia la salida a una mujer. Ella ya debía de estar en la barra antes de que él entrara, pero no reparó en su presencia hasta ese momento.

Sin duda la casualidad era una dama caprichosa. ¿Qué hacían ellos tres juntos en tan pocos metros cuadrados, cuando no deberían coincidir en un mismo espacio ni por asomo?

La mujer reconoció al recién llegado, que estaba pidiendo un café al camarero y se acercó a su costado con una sinuosidad ladina. Tras depositar su bolso sobre el mostrador, apoyó un codo en el mismo y llamó su atención. El hombre se la quedó mirando con cara de asombro y se giró hacia ella.

Él aguzó el oído, intentando escuchar la conversación, pero fue inútil. El bar estaba demasiado lleno y el ruido impedía captar una sola frase coherente, aun a pesar de encontrarse sentado a una mesa muy próxima a ellos. Además, la charla entre la pareja fue breve, muy breve. Incluso podría asegurar que tensa, a juzgar por el lenguaje gestual de ambos.

El tipo sonrió con cinismo y ella se apartó irritada, recogió su bolso y se alejó a toda velocidad. Aquel individuo no parecía nada afectado por las malas pulgas de la atractiva joven, ya que enseguida se giró de nuevo hacia su café y empezó a removerlo con gesto cansino.

Pero cuando iba a dar el primer sorbo, de pronto reparó en un sobre que la chica, en su prisa por abandonar el local, parecía haber dejado olvidado sobre la barra. Lo recogió y salió corriendo tras ella, llamándola por su apellido.

Aquella tarde llovía a mares en Madrid, por lo que, a través del escaparte, pudo ver cómo el rescatador salvaguardaba las pertenencias de la joven en el interior de su abrigo a fin de protegerlas del agua, que caía impenitente, al tiempo que hacía señales con la mano al taxi al que ella acababa de subirse, para que se detuviera.

No lo consiguió. El conductor no lo vio, o sencillamente lo ignoró y se incorporó al tráfico. El hombre se paró junto al encintado durante unos segundos, empapándose, para observar cómo ella se alejaba. Luego levantó los hombros, indiferente, y corrió a ponerse a resguardo.

Entró de nuevo en el bar y llamó al camarero, con el que mantuvo un rápido intercambio de impresiones y, acto seguido, sacó del bolsillo interior de su abrigo el sobre que la mujer acababa de abandonar y se lo entregó. Al momento dejó dos euros sobre el mostrador, se bebió de un trago el café ya frío, se ajustó las solapas y el cuello y se encaminó hacia la salida para enfrentarse de nuevo al gélido chaparrón.

Él parpadeó asombrado y sacudió la cabeza con incredulidad. Todo ocurrió demasiado rápido y, en un instante, desaparecieron de su vista sin percatarse siquiera de su presencia.

—¿Tú has visto eso, Santos? —preguntó a su acompañante.

—¿El qué?

Capítulo 1

1

Rafael Monclús colgó con delicadeza el teléfono tras dar unas escuetas y concisas instrucciones a su secretaria.

Respiró hondo y, tras colocarse su acostumbrada máscara de indiferencia, esperó a que se abriera la puerta del despacho para dejar entrar a Cristina Losada, la informática encargada de hacer la nueva página web de la fundación en la que trabajaba desde hacía doce años.

Él era el representante legal y asesor jurídico de Ángeles Olvidados, una entidad colaboradora del Servicio Regional de Bienestar Social de la Comunidad de Madrid que se encargaba de la acogida y adopción de niños abandonados, por lo que la creación de aquel espacio virtual iba a facilitarle mucho el trabajo. Pero las maratonianas reuniones que la responsable del diseño le obligaba a mantener sacaban lo peor de él, le ponían en tensión.

Empezaba a estar harto de aquel juego de tira y afloja, de aparentar lo que no era en beneficio de su salud mental, de machacar su autoestima para preservar su orgullo... En días como aquel, en los que la cruda realidad le hacía plantearse si merecía la pena tanto esfuerzo y le tentaba a dejarse seducir por lo placentero que podría ser rendirse a los instintos, se preguntaba si no sería más fácil tirar la toalla, quitarse la armadura y dejar al descubierto todos sus puntos débiles.

Pero sabía que eso no era una buena idea, al final él sería el único perjudicado. Sonrió para sus adentros. Algún día dejaría de ser un jodido cínico, pero no sería ese. Ese tenía un problema mucho más urgente e importante que solventar, por lo que la batalla de esa jornada iba a terminar muy rápido.

El sonido de dos golpes con los nudillos en la puerta, seguido del susurro de los goznes al abrirse, le arrancó de sus cavilaciones.

—Buenos días, señor Monclús.

Con aquel seco saludo, la joven entró en el despacho al ritmo de sus interminables tacones de aguja, marcando una cadencia marcial que repiqueteó sobre el parquet.

«¡Como siempre!», se dijo a sí mismo.

Y también como siempre, él respondió con educación pero no se molestó en levantarse de la silla para darle la bienvenida. No recordaba cuándo fue la primera vez que actuó de aquella forma tan irreverente, que rozaba incluso la grosería, pero estaba claro que ya era un hábito asumido y admitido por ambas partes.

Sin levantar apenas la cabeza de los papeles que tenía encima de la mesa, observó con el rabillo del ojo el aspecto de la mujer que acababa de invadir su espacio. Una vez más era impecable; una ejecutiva agresiva muy segura de sí misma. No podía poner pega alguna a su atuendo, pero era justo eso lo que le ponía de tan malhumor.

Hubiera preferido que, al igual que algunas de las chicas que trabajaban en la Fundación, vistiera escuetas faldas e interminables escotes que dejaran entrever el valle entre sus pechos, al menos así podría recrear la mirada sin poner la imaginación en funcionamiento. Pero no, su falda, aunque estrecha y ajustada, tenía el largo correcto, justo por debajo de la rodilla, y apenas llevaba desabrochados un par de botones de la recatada camisa azul claro que asomaba bajo el favorecedor traje sastre en tono hueso elegido esa mañana. En pocas palabras, la perfecta imagen de la seriedad y la profesionalidad.

Se demoró leyendo una carta que, después de un rato, firmó con lentitud. No se trataba de algo urgente que tuviera que dejar resuelto de inmediato, pero era una técnica para tranquilizar su espíritu. Acababa de estampar su rúbrica sin enterarse de nada de lo leído, pero ya volvería a hacerlo cuando estuviera solo.

Cristina Losada miró con desaprobación al abogado con los ojos entornados e hizo caso omiso de la descortesía con que él la trataba. Ya estaba acostumbrada a que la ignorara y no esperaba ninguna amabilidad por su parte. Se limitó a acercarse en silencio a la mesa de reuniones para sentarse su lugar habitual.

—¿Ha tenido oportunidad de repasar las modificaciones que hice ayer en la página? Le envié un correo electrónico informándole —preguntó, demostrándole que le daba igual su actitud prepotente, al tiempo que se giraba apenas en la silla para mirarle.

Él se guardó el bolígrafo en el bolsillo interior de la americana y se levantó despacio de la silla. Se movía con una tranquilidad sinuosa, como si poner en marcha aquella corpulenta osamenta de casi metro noventa de altura fuera lo más sencillo del mundo.

Cuando Monclús hacía eso, ella se sentía intimidada.

Nerviosa, cruzó las piernas y balanceó el pie izquierdo al ritmo de sus pisadas. Le vio seguir su vaivén con un descarado repaso visual y sintió su mirada como si fuera algo tangible que le quemara la piel cuando la dejó resbalar a lo largo de las pantorrillas, desde las rodillas hasta los tobillos.

—Sí, pero dejaremos esos cambios para otro momento. Me ha surgido un imprevisto y tengo que irme. Hable con mi secretaria para concertar el día y la hora de nuestra próxima reunión —replicó él con una frialdad absoluta.

La voz de Monclús, profunda y modulada, sentó cátedra con la misma tranquilidad con la que se movía. Y sin esperar a que ella respondiera, pasó por su lado sin pararse siquiera a darle una excusa más explícita.

Ella se quedó paralizada y con una respuesta envenenada en los labios. No daba crédito. Salió de su asombro cuando oyó el clic de la cerradura de la puerta. Era posible que para aquel abogaducho maleducado dejar una entrevista colgada en el último segundo fuera lo más habitual del mundo, pero ella no era capaz de consentir aquel insulto.

Monclús acababa de agotar su paciencia. Pero ¿quién se creía que era?

No soportaba a los tipos prepotentes, por muy atractivos y guaperas que fuesen. Y ese en concreto, con aquella carita de niño malcriado, siempre con prisas y de perpetuo malhumor, le resultaba tan agradable como una china en el zapato.

Su padre podría ponerse como un energúmeno, pero si quería que Aplicaciones Informáticas Losada diseñara la página web de Ángeles Olvidados, ya podía empezar a hacerla él mismo. No aguantaba más, su tiempo y su orgullo tenían un límite. No tenía intención de permitirse el lujo de desperdiciar ni un minuto más con ese proyecto; aquello agotaba su paciencia.

Después de dos meses trabajando en él, estaba casi como al principio y la ansiedad estaba a punto de pasarle factura. Cada avance venía acompañado de un retroceso importante y aquel leguleyo mal encarado y grosero, empeñado en supervisar y controlar cada paso, era el único culpable. Si no ponía coto de inmediato a aquella situación acabaría convirtiéndose en una prematura usuaria de tintes capilares.

Poseída p

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