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TRECE MONOS

César Mallorquí

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Fragmento

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He aquí el esperadísimo retorno de un autor que en realidad no se había ido. O el sorprendente cambio de registro de un escritor de cabecera. O una recopilación de relatos de alguien que lleva la creación literaria en la sangre.

Para los lectores ultraespecializados en literatura fantástica, el tan cacareado fandom, César Mallorquí fue ese señor que consagró la primera mitad de la década de 1990 a ganar todos los premios habidos y por haber, dejó constancia de ello en una recopilación modélica, El círculo de Jericó, y desapareció de la escena de una manera gradual: primero, con algún relato esporádico; después, con alguno de sus ensayos, nunca suficientemente valorados; y más tarde, atrincherado en su brillante blog La fraternidad de Babel. Fin de la historia, al menos para los lectores frikis… hasta ahora, claro está.

Sin embargo, para los lectores curtidos de novela juvenil (que, por lo general, son los hijos de los lectores ultraespecializados en literatura fantástica), César Mallorquí es ese señor que surgió de la nada durante la segunda mitad de la década de 1990, momento a partir del cual se dedicó a ganar todos los premios habidos y por haber, dejó a su paso un reguero de magníficas novelas como La catedral, La cruz de El Dorado, La mansión Dax o La isla de Bowen, y ahora, vaya usted a saber por qué, se descuelga con una recopilación de cuentos frikis.

Llegados a este punto, seguro que tercian los lectores de literatura general, que suelen ser completamente ajenos tanto a la literatura fantástica (de cuyos lectores suelen ser los padres) como a la juvenil (que son esas cosas que leen sus nietos). Ya saben, gente que creció leyendo las novelas del Coyote, de José Mallorquí, o la mítica revista La Codorniz, o que conoce a nuestro autor por novelas como El juego de Caín o El juego de los herejes, y no deja de recordárselo a los dos grupos de lectores descritos en los párrafos precedentes.

Retengamos este concepto. Hay tres generaciones de lectores que, por motivos diferentes, conocen a César Mallorquí: los padres, por lo que escribía su padre o por sus novelas adultas; los hijos, por esos gloriosos cinco o seis años que le regaló a la ciencia ficción española; y los nietos, por una docena larga de novelas juveniles.

Pero las cosas como son: Fantascy está especializado en literatura fantástica, y vamos a ceñirnos al Mallorquí que escribe ciencia ficción, fantasía y terror. Damos por supuesto que el lector tipo de este sello pertenece al segundo grupo, si bien es cierto que el mundillo de los aficionados, el fandom, ha crecido de manera notable en los últimos diecinueve años, la mayoría de sus integrantes no estaban allí durante el boom de la década de 1990, y es harto probable que no estén familiarizados con las obras adultas de ciencia ficción y fantasía de César Mallorquí. De hecho, lo más probable es que la división por generaciones que acabo de establecer sea una tontería monumental, una falacia forzada por el intento de contextualizar y periodizar la obra de Mallorquí, y justificar cuán oportuno es el libro que nos ocupa. A estas alturas de la introducción, y después de tres referencias a la manera en que el autor revolucionó la ciencia ficción española de la década de 1990, lo mejor será que hagamos un poco de historia, porque de otro modo no podríamos entender esta recopilación en su justa medida. Retrocedamos algo más de veinte años.

Estamos en la segunda mitad de 1991. Es un año importante en el mundo real, no sólo porque Nirvana, Massive Attack, My Bloody Valentine, Primal Scream y U2 inventaron el sonido del siglo XXI en sus álbumes Nevermind, Blue Lines, Loveless, Screamadelica y Achtung Baby, sino porque significa el fin de la Unión Soviética y, con él, el cerrojazo definitivo a la Guerra Fría, la política de bloques y la ilusión de que podía existir algún tipo de contrapeso al capital y el neoliberalismo. Amparado en el nuevo orden mundial que se barruntaba en el horizonte, Estados Unidos lleva la guerra del Golfo a una curiosa fusión de conflicto bélico y videojuego llamada Operación Tormenta del Desierto.

Mientras sucede todo esto, César Mallorquí está cada vez más hastiado de su trabajo de creativo publicitario. Ha crecido leyendo todo lo que hoy llamaríamos «literatura popular», cuyo máximo exponente en España es su padre, José Mallorquí. En concreto, le gustan la novela de aventuras y la ciencia ficción, aunque sus años en la facultad de Periodismo y como guionista radiofónico y televisivo han ensanchado de manera notable sus referentes culturales. Lo mismo devora a Cordwainer Smith que a James George Frazer, a Julio Verne que a Robert Graves, a Clifford D. Simak que a Jorge Luis Borges. Pero echa de menos la escritura de ficción, que lleva casi veinte años sin cultivar. Cierto, había publicado algún relato cuando apenas contaba quince años, pero aquello queda muy lejos. Escribe entonces un cuento de título llamativo, «El mensaje perdido (A orajabiá suncaí e Gedeón Montoya)», que está narrado casi casi en clave transrealista. Es una obra de ciencia ficción protagonizada por un gitano del Sacromonte, Gedeón Montoya, que adquiere el don de la omnisciencia después de que su cerebro de recién nacido se interponga en la trayectoria de un rayo de luz cargado de información que una inteligencia superior ha lanzado al espacio. Cuando crece, se embarca en una búsqueda que lo lleva hasta un Stonehenge de ensueño y a su amada reina Ginebra. Mallorquí lee la convocatoria de la primera edición de un certamen literario cuyo nombre le llama la atención: Aznar. Es un homenaje a la saga de los Aznar, la serie de bolsilibros que Pascual Enguídanos había escrito bajo el seudónimo de George H. White durante las décadas de 1950 y 1970, la culminación de la llamada «novela de a duro». Convoca la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción (AEFCF), y se entregará en el transcurso de la HispaCon (convención española del género) del mes de diciembre, lo cual le llama asimismo la atención. Mallorquí ha mamado la ciencia ficción desde pequeñito gracias a su padre (autor de la serie Futuro, protagonizada por el capitán Pablo Rido) y a su hermano mayor, José Carlos (lector compulsivo del género). También había asistido a algunas de las HispaCon de la década de 1970, aquellas en las que lo mismo tocaban en directo unos primerizos Radio Futura que daba una conferencia Fernando Savater. Los primeros años de la década de 1980 habían sido perniciosos para un fandom que en ningún momento dejó de estar bajo mínimos. Pero lo que percibe Mallorquí en 1991 es poco menos que un cambio de ciclo y la señal de que las cosas se están reactivando. Vuelve a haber convenciones nacionales, resurge el fenómeno asociativo y, lo que más le importa en aquel momento, se convoca un premio de relatos y él acaba de escribir uno. Lo envía al concurso…

… y gana por unanimidad del jurado. «El mensaje perdido» se publica en el combozine de la HispaCon, que tiene una tirada reducidísima pero suficiente como para poner a Mallorquí en boca de todos los que estábamos en el ajo. Su aproximación al género, a medio camino entre el mito artúrico y la antropología, entre el delirio nuevaolero y el casticismo más cañí, entre la New Age y el estructuralismo, entre Enya y Los Chunguitos, conectó con las inquietudes temáticas y estilísticas de aquel fandom renaciente. La puesta en escena era espectacular, el personaje de Gedeón Montoya se hacía querer y, en definitiva, el cuento se convirtió en un clásico instantáneo entre los connoisseurs.

Y lo mejor estaba por venir.

El ambiente que se respiraba en el fandom a finales de 1991 era de franco optimismo. Internet estaba en pañales, pero había puesto en contacto a varios aficionados gracias a la BBS El libro de arena; fue el germen del fanzine BEM, que habría de marcar el paso durante la primera mitad de la década. Además, la librería Gigamesh de Alejo Cuervo había organizado una expedición a La Haya, donde se celebraba la convención mundial de ciencia ficción (WorldCon) de 1990, y estaba a punto de reconvertir el fanzine homónimo en revista profesional. Miquel Barceló había conve

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