Loading...

TRES DíAS Y UNA VIDA

Nuria Rivera  

0


Fragmento

Capítulo 1

Cuando Audrey supo que la convención anual de Luxury House iba a celebrarse en la isla de Menorca se dio cuenta de que, por mucho que ella quisiera retrasar lo inevitable, la contingencia la obligaba a actuar.

La casualidad era una broma del destino. Pero quizás, también, el empujón que necesitaba para resolver, de una vez por todas, el tema que tenía pendiente desde hacía tres años. Los mismos que llevaba viuda.

—En algún momento tendrás que ir y enfrentarte a ellos —le había dicho su amiga Alina, compañera en el departamento de casas de lujo en la inmobiliaria de Barcelona en la que trabajaba, y no le faltaba razón.

Sin embargo, aquel día no era un día cualquiera, sino un triste aniversario que hubiera preferido pasar muy lejos de allí. La vida tenía extrañas formas de recordarle las cosas que deseaba ignorar. Por razones que no quería dilucidar, enfrentarse a su ex familia política sacaba lo peor de ella. Así que decidió que cogería el toro por los cuernos, aunque dejaría pasar unos días más y luego resolvería su asignatura pendiente.

Mientras se preparaba para asistir a la cena de gala, con la que se concluía la reunión de las distintas sedes nacionales, un pensamiento cruzó por su cabeza. Se preguntó cómo seguiría Alina. Un contratiempo de última hora la había dejado en tierra y no había podido asistir al evento. Todo un fastidio porque, aunque no estaba sola, se sentía extraña entre sus compañeros.

Debió convocarla con el pensamiento porque el teléfono empezó a sonar y supo que sería ella.

—Dime que te has recuperado y que estás en la recepción a la espera de que te asignen habitación —suplicó con voz esperanzada, aunque le pareció que sonaba desesperada.

—Lo siento, Audrey, pero sigo atada a la cama y a la taza del cuarto de baño. No vuelvo a probar el sushi —contestó, quejosa y con tono apagado—. Lo único bueno de pillar una gastroenteritis es que, si no me deshidrato ni me muero, me he quitado de encima los kilos que me sobraban.

—¡Pero si a ti no te sobran kilos! —exclamó, escandalizada—. Bueno, me vengaré de alguna forma por dejarme sola.

—¿Qué tal las reuniones?

—Aburridas, pero rentables. Nuestra delegación es la que mejores números ha presentado —respondió, satisfecha.

—Eso es desde que estás tú en la oficina —afirmó su amiga entre risas.

—Eso es el trabajo en equipo. Si administras bien los recursos personales, todo es más rentable a la larga.

—¿Ya has ido a tu finca? —La pregunta la pilló por sorpresa, pero no pudo eludirla. Sabía que tenía que resolver el asunto—. Ponla en venta, ya. Así podrás hacer una oferta por la casa de la colina.

—Alina, eso queda fuera de mi alcance; aun vendiéndola y con ayuda de mis padres, tendría una hipoteca altísima. La casa de la colina, como tú la llamas, necesita arreglos, no podría pagar el alquiler del piso. ¿Dónde iba a vivir mientras las reformas concluyeran?

—Vete con tus padres o ven conmigo —sugirió con seriedad—. Vende la casa de Menorca, deshazte del pasado, y empieza tu vida de una vez.

La casa de la colina era el sueño de Audrey. Una casona enorme de una vieja actriz en uno de los acantilados de Sitges, en la costa catalana, Villa Aurora. Le encantaba el lugar. Desde que se había hecho cargo de las cuestiones legales de su venta había quedado enamorada del sitio. Soñaba con poder comprarla desde entonces, pero era consciente de que era una utopía que solo podría ocurrir en su mente soñadora. Estaba fuera de su alcance, aunque eso no impedía que fantaseara con la posibilidad de adquirirla y así, de paso, evitaba pensar en su realidad. Llevaba demasiado tiempo sola.

—Me quedaré unos días para resolver esos asuntos —concluyó. Aquellos asuntos no eran otros que su ex familia política—. Cuando se enteren de que pretendo vender la casa pondrán el grito en el cielo.

—¿Y qué? Deja de tenerlos en cuenta, ellos no te han tenido a ti —refutó su amiga con queja—. Recuerda que son tu pasado, no tu futuro. Si no sueltas lastre no podrás avanzar. —Hizo una pausa y añadió—: Oye... ¿Con quién te ha tocado compartir la habitación?

—Con Marta —aclaró, y agradeció en silencio el cambio de tema—. Es un desastre, tiene todo desordenado. Acaba de marcharse. Va a la caza del sevillano.

—Algunas no desperdician las convenciones y se dan una alegría —alegó con sarcasmo—. Estarás preparándote para la cena y el baile, ¿no?

—Eso pretendo. Quiero que sepas que ha venido el guaperas de Madrid. ¿Cómo se llama...? Ah, sí, Julián. Lo he visto en la comida y está más bueno que cuando lo vimos en Navidad.

—Te dejo que te lo ligues, pero solo porque andas un poco necesitada.

—Gracias por el detalle, eres una gran amiga —soltó entre risas.

—¿Qué te has puesto?

—Un vestido de gasa negro con tirantes finos.

Miró su imagen en el espejo. Se gustó. Pensó que el rojo de un chal daría un toque de color atrevido al conjunto y, además, iría a juego con los Stilettos que se había comprado. Ali le pidió que le describiera el look y pasó a detallarle el aspecto que mostraba. Su amiga no hacía más que preguntarle si se había maquillado o si llevaba el pelo suelto.

—Qué sí, pesada. ¿Te crees que no me sé arreglar? —la riñó—. Chapa y pintura, todo el lote. —Rio. No le gustaba usar rímel, tenía las pestañas espesas y ya le daban bastante mirada profunda a sus ojos oscuros, pero esta vez se había aplicado bien. Sabía que la gente la consideraba algo solitaria y anodina y, con seguridad, había cultivado una apariencia clásica que la hacía parecer más mayor de lo que era. Quizás era el reflejo de cómo se sentía. Así que aquel vestido era una declaración de intenciones. Tenía que volver al mercado, le había dicho su madre. ¡Su madre! Era el colmo. Aunque no le faltaba razón—. He usado el pack completo: rímel, maquillaje, pintalabios rojo, melena bien hidratada y lisa y las tetas bien puestas con un sujetador pin up.

—Así me gusta. Ya verás que, si te lo propones, te das una alegría. No me seas mojigata y atrévete a entrarle a alguien.

—Ali… yo no soy así.

—¿Así? ¿Cómo? Mira, guapa, que sé que cuando conociste a Albert te empotró en la pared aquella misma noche.

—Era simpático y seductor.

—Y un cabrón, pero ese no es el tema. Esta noche no la pases sola, Drey. Date un homenaje en su honor.

Audrey revisó el reloj de su muñeca y vio que el tiempo se le echaba encima.

—Ali, tengo que dejarte. No quiero llegar tarde, te cuento luego.

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta