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TRES SOLDADOS

John Dos Passos  

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Fragmento

I

La compañía permanecía en posición de firmes, y todos los hombres miraban fijamente al frente, hacia el patio de armas vacío donde los montones de ceniza parecían rojizos a la luz del atardecer. El aire olía a barracones y a desinfectante, y también débilmente a grasa y a comida. Al otro lado del extenso patio, largas hileras de reclutas iban desapareciendo en el interior de la estrecha construcción de madera donde se servía el rancho. Entretanto, con la barbilla inclinada y sacando pecho, las piernas rígidas, fatigados por el ejercicio del día, los hombres de la compañía seguían en posición de firmes; todos miraban frente a sí, unos con expresión ausente o resignada, otros intentando distraerse con la contemplación de cuanto los rodeaba: los montones de ceniza, la sombra alargada de los barracones y de los comedores rodeados de reclutas ociosos, apoyados en las paredes de madera, fumando unos, escupiendo otros... Algunos de los hombres que seguían en formación podían oír el tictac del reloj de su bolsillo.

Alguien se movió, y al hacerlo crujió la grava bajo sus pies.

—¡Firmes! —gritó el sargento—. Dejen de moverse.

Los hombres que estaban junto al infractor lo miraron con el rabillo del ojo.

Desde el otro lado del patio se acercaban dos oficiales. Por sus gestos y por su modo de andar los reclutas comprendieron que comentaban algo divertido. Uno de los oficiales se echó a reír como un muchacho, volvió sobre sus pasos y se alejó sin prisa. El otro, un teniente, continuó en dirección hacia ellos sonriendo. La sonrisa desapareció de sus labios en cuanto estuvo cerca de su compañía, y, levantando la cabeza, avanzó con pasos firmes y decididos.

—Puede ordenar que rompan filas, sargento —dijo con voz dura y tajante.

El sargento alzó maquinalmente una mano para saludar.

—¡Rompan fi... las! —gritó.

La formación de hombres vestidos de caqui se disolvió al instante en una multitud compuesta por individuos variopintos, a pesar de sus botas sucias y sus rostros polvorientos. Diez minutos más tarde, convenientemente alineados en columna de a cuatro, se acercaban al comedor.

Unas bombillas de filamentos al rojo proporcionaban un leve resplandor al interior oscuro en el que no solo las largas mesas, sino también los bancos y hasta el entarimado del suelo, olían ligeramente a basura y al desinfectante que habían utilizado para limpiarlas después de la última comida. Los hombres, con su cazoleta ovalada ante sí, iban pasando en fila por delante de las enormes ollas situadas junto a la puerta de las cuales un sudoroso soldado del K. P.* vestido con un mono azul volcaba en cada plato la ración de patatas y carne.

—No parece tan malo esta noche —dijo Fuselli al tipo que estaba frente a él al tiempo que se arremangaba la guerrera y se inclinaba sobre el rancho humeante.

Era un muchacho de complexión robusta, con el cabello rizado y unos labios firmes y gruesos que chascaba ávidamente al comer.

—No —respondió el joven de piel sonrosada y de cabello rubio que se sentaba enfrente de él. Llevaba garbosamente inclinado hacia un lado el sombrero de ala ancha.

—Tengo permiso esta noche —dijo Fuselli levantando con orgullo la cabeza.

—De juerga, ¿eh?

—Nada de eso, amigo. Tengo novia en San Francisco. Es una buena chica.

—Haces bien en no acercarte a las mujeres de este maldito pueblo. Ni siquiera son limpias. Te lo advierto por si tu intención es salir para ultramar —dijo muy serio el muchacho de pelo rubio, inclinándose sobre la mesa para acercarse más a él.

—Voy por más rancho —anunció Fuselli—. ¿Me esperas?

—¿Qué harás en el pueblo? —preguntó el recluta rubio a Fuselli cuando este hubo regresado.

—Pues no sé... Daré una vuelta por ahí y luego iré al cine —respondió Fuselli, y se llenó la boca de patatas.

—¡Hora de retreta! —gritó una voz a su espalda.

Fuselli se metió en la boca cuanta comida pudo y de mala gana vació el resto en el cubo de los desperdicios.

Un momento más tarde se hallaba en posición de firmes en la fila de figuras vestidas de caqui, una de los cientos de filas caquis, idénticas, que llenaban el patio de armas. En el otro extremo, donde estaba situada la bandera, sonó un toque de corneta. Al oírlo, Fuselli recordó sin saber por qué al hombre que, sentado tras una mesa en la oficina de reclutamiento, le había dicho al entregarle los documentos que garantizaban su ingreso en el campamento en el que ahora se hallaba: «Desearía poder ir con usted», tras lo cual le tendió una blanca y delgada mano que Fuselli, después de unos instantes de vacilación, estrechó entre las suyas, morenas y fuertes. El hombre había añadido con fervor: «Debe de ser maravilloso sentir el peligro, saberse continuamente expuesto a morir. Buena suerte, muchacho, buena suerte».

Al recordar su cara blanca como el papel y el aspecto verdoso de su calva, Fuselli sintió un estremecimiento. No obstante, las palabras de aquel individuo le habían hecho salir de la oficina de reclutamiento con la cabeza erguida y pasar rápida y orgullosamente junto al grupo de hombres que estaban ante la puerta. Incluso en ese momento el recuerdo de aquellas palabras, mezclado con las notas del himno nacional, le hacían sentirse importante y valeroso.

—¡Compañía...! ¡Derecha...!

Era una orden. ¡Crunch...! ¡Crunch...! Los pies crujieron sobre la grava. Las compañías volvían a los barracones. Fuselli quiso sonreír y no se atrevió. Quiso sonreír porque tenía permiso hasta medianoche, porque diez minutos después estaría al otro lado de la verja, más allá de la valla verde, lejos de los centinelas y de las alambradas de espino. ¡Crunch...! ¡Crunch...! ¡Crunch...! Oh, estaban tardando demasiado en llegar al cuartel y él perdía tiempo, unos minutos de libertad muy valiosos.

—¡Alto... to! —gritó el sargento. Fulminó a las tropas con la mirada y con su agresiva expresión de bulldog para averiguar quién era el que había equivocado el paso.

La compañía permaneció en posición de firmes. Ya atardecía. Fuselli se mordió los labios con impaciencia. Los minutos pasaban...

Por fin, y como de mala gana, el sargento gritó:

—¡Rompan... filas!

Fuselli se dirigió rápidamente hacia la verja con paso decidido, pavoneándose. Cuando pisó el asfalto de la calle contempló la larga hilera de pequeños jardines y porches, donde la claridad violácea de las curvadas farolas, colgadas de unos postes de hierro muy por encima de los arbolitos recién plantados de la avenida, luchaba por vencer las primeras sombras. Cabizbajo, se detuvo en una esquina y se apoyó en un poste de telégrafos. A su espalda quedaban la valla del campamento y la alambrada de espino. No sabía qué camino tomar. Era un pueblucho de mala muerte, en cualquier caso. Y él había soñado tantas veces que viajaría, que recorrería el mundo…

«Después de esto, mi casa va a parecerme un palacio», se dijo. Y siguió recorriendo la larga calle en dirección al centro del pueblo, donde estaba el cine, pensando en su hogar, en aquellos bajos del edificio de siete plantas donde vivía su tía. «Dios, qué bien cocinaba», pensó con nostalgia.

En una noche tan calurosa como aquella habría estado seguramente en la calle, en la esquina del drugstore, charlando con algunos amigos, riendo con las chicas del barrio o paseando del brazo de una e incluso de dos de ellas, haciendo caso omiso de las miradas que pudieran dirigirle los transeúntes. O quizá habría salido a dar una vuelta con Al, su compañero en la tienda de artículos de óptica donde trabajaba, y habrían recorrido las calles brillantemente iluminadas hasta llegar a la de los teatros y los restaurantes, o habrían ido hasta los muelles y los embarcaderos donde se habrían sentado para fumar y contemplar la oscuridad violácea del puerto, el centelleo de las luces y las embarcaciones que mecían en las aguas el reflejo rojizo que salía de sus portillas. Con un poco de suerte, hasta habrían podido ver la entrada de algún transatlántico bajo la Golden Gate. Habrían visto unas luces que se convertían al acercarse en una inmensa mole, resplandeciente como la sala de un teatro de primera categoría, y que avanzaba por entre los transbordadores. En algunas ocasiones hasta se oía el ruido de la hélice o el producido por la proa al hundirse en las tranquilas aguas de la bahía, y las notas de una orquesta. Todos esos rumores se percibían alternativamente leves o fuertes.

—Cuando sea rico —habría dicho Fuselli a su amigo Al— pienso viajar en uno de esos transatlánticos.

—Tu padre vino en uno de ellos del Viejo Continente, ¿a que sí? —habría preguntado Al.

—Como pasajero de tercera clase. Para eso prefiero quedarme en casa. Tío, lo que yo quiero es viajar en primera, en un camarote de lujo... Tendré que esperar a ser rico.

Sin embargo, allí estaba, en una pequeña población del Este, donde no conocía a nadie y en la que lo único que podía hacer para divertirse era ir al cine.

—¡Hola, amigo! —Oyó una voz a su lado. Era el joven alto que a la hora del rancho estaba sentado frente a él; acababa de acercársele—. ¿Vas al cine?

—Sí. ¿Qué otra cosa se puede hacer?

—Vengo con un novato. Llegó esta mañana al campamento. —Señaló con la cabeza al hombre que estaba junto a él.

—Te gustará. No es tan malo como parece al principio —dijo Fuselli deseando darle ánimos.

—Le estaba aconsejando que debe andarse con cuidado y no meterse en un lío. Porque si sirviendo en este maldito ejército uno se mete en un lío, la vida puede ser un verdadero infierno.

—Y que lo digas. Así que te han destinado a nuestra compañía, ¿eh, novato? No será tan malo. El sargento es un tipo bastante amable, pero el teniente es un cerdo... ¿De dónde vienes?

—De Nueva York —respondió el recién llegado, un hombrecillo de unos treinta años con la piel cetrina y la nariz larga y brillante de un judío—. Trabajo en la confección, y ha sido una injusticia que me trajeran aquí. Es injusto, sí. Tengo tuberculosis —explicó con una débil voz aguda.

—No te preocupes, que ya te curarán —dijo el muchacho alto—. Te dejarán como nuevo. Te sentirás tan bien que ni tú te reconocerás. Ni siquiera tu madre lo hará cuando vuelvas a casa, novato. Además, eres afortunado.

—¿Por qué?

—Por ser de Nueva York. El cabo, Tim Sidis, también es neoyorquino y siente especial predilección por sus paisanos.

—¿Qué cigarrillos fumas? —preguntó el joven alto.

—No fumo.

—Será mejor que te acostumbres a fumar. Al cabo le gustan mucho los cigarrillos, y lo mismo le sucede al sargento. Si de vez en cuando les regalas algunos, pues... bueno, eso te facilitará mucho las cosas.

—¡Tonterías! —exclamó Fuselli—. A veces eso no sirve de nada. Es cuestión de suerte. Procura que te vean siempre limpio y sonriente, y todo te irá bien. Y si alguien quiere tomarte el pelo, plántale cara. Debes parecer un tipo duro para salir adelante en el ejército.

—Tienes mucha razón —dijo el muchacho alto—. Ya lo sabes, amigo. No dejes que te pisen. Y, a propósito, ¿cómo te llamas, novato?

—Eisenstein.

—Este se llama Powers. Bill Powers. Y yo, Fuselli. ¿Se viene al cine, señor Eisenstein?

—No. Prefiero ir en busca de unas faldas —repuso el hombrecillo mirando de soslayo a sus interlocutores—. Ha sido un placer conocerte.

—¡Bah! ¡Un maldito judío! —dijo Powers cuando Eisenstein se alejó por la calle cercana que, lo mismo que la avenida, estaba flanqueada de árboles cuyas hojas se mecían con el viento.

El aire olía a fábrica y a polvo de carbón.

—Hombre, no son tan malos. Un buen amigo mío también es judío —dijo Fuselli.

Salieron del cine mezclados con la multitud, en la que predominaba el clásico traje oscuro de obrero.

—En la escena en que el protagonista deja a su novia para ir al frente, hasta tuve ganas de llorar —dijo Fuselli.

—¿En serio?

—Sí. Es un caso tan parecido al mío... ¿Has estado alguna vez en San Francisco, Powers?

El muchacho alto negó con la cabeza, se quitó después el sombrero de ala ancha y se rascó su enmarañado cabello rubio.

—La verdad es que hacía calor allí dentro —murmuró.

—Pues bien —siguió diciendo Fuselli—, te contaré cómo sucedió todo... Hay que coger el ferry para ir a Oakland. Mi tía (ya sabes que no tengo madre y que siempre he vivido con mi tía), su cuñada y Mabe (Mabe es mi novia) se empeñaron en coger el transbordador a pesar de que yo me había opuesto a que lo hiciesen. Mabe estaba muy enfadada conmigo, se había enterado de que yo le había escrito varias cartas a Georgine Slater, otra chica de mi calle. Le dije a Mabe que aquello había sido solo una broma y que no tenía importancia. Pero Mabe aseguró que nunca podría perdonarme. Entonces le dije que quizá me mataran y que no volvería a verme nunca más. Y todos empezamos a chillarnos a la vez. Menudo follón.

—Es un asco tener que despedirse de una novia —dijo Powers comprensivamente—. La verdad, es como para acabar con uno. Prefiero mil veces andar por ahí con una prostituta cualquiera. Al menos, no hay que despedirse de ellas.

—¿Has ido alguna vez con una prostituta?

—Bueno, no puedo decir que haya ido con ellas —admitió el muchacho, sonrojándose a tal punto que su rubor era visible incluso bajo el pálido reflejo de las luces que iluminaban la calle por donde caminaban, de regreso al campamento.

—Pues yo sí puedo decirlo —afirmó Fuselli con orgullo—. Era portuguesa. Una chica estupenda. Claro que desde que tengo novia terminé con esas aventuras... Pero, en fin, como te iba diciendo, Mabe y yo hicimos las paces. Terminó asegurándome que nunca podría casarse con otro que no fuese yo. Mientras paseaba por una

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