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TRILOGíA DE LOS TRES CUERPOS

Cixin Liu  

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Fragmento

ELENCO DE PERSONAJES[1] 

La familia Ye 

Ye Zhetai: Profesor de Física de la Universidad de Tsinghua de Pekín.

Shao Lin: Esposa de Ye Zhetai y, al igual que aquel, profesora de Física en la misma universidad.

Ye Wenjie: Astrofísica. Primogénita de Ye Zhetai y Shao Lin.

Base Costa Roja 

Lei Zhicheng: Comisario político de la base.

Yang Weining: Ingeniero jefe de la base. Antiguo alumno de Ye Zhetai.

El presente 

Yang Dong: Teórica de cuerdas. Hija de Yang Weining y Ye Wenjie.

Ding Yi: Físico teórico. Novio de Yang Dong.

Wang Miao: Investigador en nanomateriales. Tiene un hijo, Dou Dou, de su matrimonio con Li Yao.

Shi Qiang: Comisario de policía apodado «Da Shi». Tan soez en sus maneras como eficaz en su trabajo. Fumador em­pedernido.

Chang Weisi: General del Ejército Popular de Liberación de la República Popular de China.

Shen Yufei: Enigmática física de nacionalidad japonesa. Miem­bro de la organización Fronteras de la Ciencia.

Wei Cheng: Excéntrico prodigio matemático. Esposo de Shen Yufei.

Pan Han: Mediático biólogo y ecologista. Miembro de la or­ganización Fronteras de la Ciencia.

Sha Ruishan: Astrónoma. Antigua alumna de Ye Wenjie.

Mike Evans: Ecologista estadounidense y defensor a ultranza de los animales. Hijo de un gran magnate del petróleo.

Coronel Stanton: Coronel del Cuerpo de Marines de Estados Unidos al mando de la operación Guzheng.

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Los años de la locura

Pekín, año 1967

El Cuartel General de la Brigada del 28 de Abril llevaba dos días siendo asediado por parte de la Liga Roja. Sus banderas se arremolinaban en torno al edificio, retorciéndose como llamas que ansían la leña.

El comandante de la Liga Roja sentía una gran desazón. Lo que le preocupaba no eran los defensores del edificio; aquellos poco más de doscientos guardias rojos de la Brigada del 28 de Abril eran meros principiantes comparados con los suyos: los guardias rojos de la Liga, formada en 1966 al inicio de la Gran Revolución Cultural Proletaria, llevaban a sus espaldas múltiples y tumultuosas marchas revolucionarias a lo largo y ancho del país, e incluso habían asistido a las grandes concentraciones de Tiananmen para ver y escuchar en persona al presidente Mao.

El motivo de su desasosiego era la docena de estufas de hierro que había en el edificio, todas ellas repletas de explosivos y conectadas entre sí por detonadores eléctricos. No podía verlas, pero sentía su magnética presencia. Accionando un solo botón, todos, revolucionarios y contrarrevolucionarios por igual, saltarían por los aires ardiendo en llamas. Los jóvenes miembros de la Brigada del 28 de Abril eran capaces de tal osadía y más. A diferencia de los hombres y mujeres de la primera generación de guardias rojos, templados por mil y una batallas, aquella nueva hornada de rebeldes resultaba tan descontroladamente enajenada como una manada de lobos sobre carbón ardiente.

En lo más alto del edificio surgió la espigada figura de una hermosa joven. Hacía ondear una enorme bandera de la Brigada del 28 de Abril. Su aparición fue automáticamente recibida por una copiosa lluvia de disparos provenientes de las armas más diversas: desde antiguallas como carabinas americanas, ametralladoras checas o fusiles japoneses tipo 38, hasta fusiles y metralletas más modernos robados al Ejército de Liberación Popular tras la publicación del «Editorial de Agosto»;[2] incluso había armas blancas como espadas y lanzas, todo un compendio de la historia bélica reciente.

No era la primera vez que un miembro de la Brigada protagonizaba un acto de provocación como aquel. Además de hacer ondear banderas, también gritaban eslóganes a través de megáfonos o arrojaban octavillas sobre las cabezas de sus atacantes. En cada una de las ocasiones anteriores, el osado u osada había logrado escapar indemne de las balas y ganarse fama de valiente.

Claramente, aquella muchacha creía que iba a tener la misma suerte. Enarbolaba la bandera como si se jactara de su impetuosa juventud, convencida de que el enemigo acabaría sucumbiendo bajo las llamas de la Revolución, imaginando que al día siguiente del ardor que corría por su sangre nacería un mundo ideal... Siguió embriagada por la roja y espléndida pasión de su sueño hasta que una bala le atravesó el pecho, tan tierno a sus quince años que el proyectil apenas se detuvo antes de salir silbando por su espalda. La joven guardia y su bandera se precipitaron al vacío, la primera casi más despacio que aquel paño rojo, como si se tratara de un pájaro enamorado del cielo que se niega a abandonarlo.

Los miembros de la Liga Roja prorrumpieron en vítores. Algunos de ellos corrieron hasta el pie del edificio para despedazar la bandera de la Brigada y tomar en volandas el pequeño cadáver. Al rato de exhibirlo cual trofeo de guerra, lo arrojaron contra la verja metálica del recinto. La mayor parte de las barras, terminadas en punta, habían sido retiradas al principio de la guerra entre facciones, para ser luego usadas como lanzas. Pero aún quedaban dos. Cuando la atravesaron, el tierno cuerpo de la chica pareció volver a la vida momentáneamente.

A continuación, los guardias rojos tomaron distancia y comenzaron a dispararle como si de un blanco de práctica se tratara. Para entonces, ella no sentía nada y las balas que la acribillaban eran como gotas de lluvia fina; sus lánguidos brazos apenas se mecían, eran dos enredaderas por las que resbalaba el agua. Después le volaron la mitad de la cabeza y en su joven rostro quedó un solo ojo con que mirar el límpido cielo azul de 1967. Era una mirada sin rastro de dolor. Una mirada obcecada en el fervor y la devoción.

Lo cierto era que, comparado con el que deparaba a otros, el destino final de aquella muchacha podía considerarse afortunado. Como mínimo, había muerto en el afán de sacrificarse por un ideal.

Aquellas escenas cruentas se reproducían por todo Pekín, como una multitud de procesadores trabajando en paralelo cuyo resultado combinado era la Revolución Cultural, un mar de locura que se propagaba por la ciudad inundando hasta el último rincón.

En los límites de la capital, en el recinto deportivo de la prestigiosa Universidad de Tsinghua, millares de personas asistían desde hacía casi dos horas a una de las llamadas sesiones de castigo. Estas tenían como objetivo el escarnio público de los enemigos de la Revolución, y en ellas solían emplearse salvajes abusos verbales y físicos a fin de lograr la confesión de los crímenes. Corrían los tiempos del todos contra todos y los revolucionarios se dividían en numerosas facciones opuestas. En el interior de la universidad se repetían los encontronazos entre los guardias rojos, el grupo de trabajo por la Revolución Cultural, el equipo de propaganda de los trabajadores y el de propaganda militar. En ocasiones, cada una de ellas sufría disgregaciones que generaban nuevos grupos rebeldes de orígenes e intereses opuestos, y ello conducía a más encarnizadas luchas.

Sin embargo, las víctimas de aquella sesión de castigo eran autoridades académicas burguesas y reaccionarias, enemigas de todas las facciones por igual y, por lo tanto, condenadas a soportar los feroces ataques procedentes de todas ellas.

A diferencia de otros «monstruos y demonios»,[3] los miembros de las autoridades académicas tenían algo en común: al principio todos se mostraban invariablemente desafiantes y orgullosos, motivo por el cual en esas primeras rondas murieron en mayor número. En el transcurso de cuarenta días, solamente en Pekín, más de mil setecientas víctimas fueron vilipendiadas y torturadas hasta la muerte en sesiones similares. Aún más numerosos fueron quienes escogieron atajar el camino hacia su aciago destino. Eminentes literatos como Lao She, Yi Qun, Wen Jie y Hai Mo, los historiadores Wu Han y Jian Bozan; Fu Lei, traductor al chino de Balzac, el meteorólogo y geofísico Zhao Jiuzhang y muchos otros optaron por terminar con sus otrora honrosas y respetadas vidas.

Los supervivientes de aquella etapa inicial se volvían insensibles al dolor conforme discurrían las sesiones, gracias a una suerte de coraza mental que los protegía del completo colapso emocional. Con frecuencia parecían entrar en un trance del que solo despertaban cuando alguien les gritaba en la cara para obligarles a recitar mecánicamente sus confesiones por enésima vez.

Después de aquello, había quienes entraban en una tercera etapa: las infinitas e interminables sesiones conseguían calar en su cerebro como si fuera mercurio; hacerles ver vívidas imágenes políticas hasta que el edificio de sus mentes, erigido por el entendimiento y la racionalidad, sucumbía a los embates y terminaba colapsándose. Comenzaban a creer que eran culpables, que habían perjudicado la gran causa de la Revolución, y rompían a llorar amargamente y a pedir clemencia con un arrepentimiento mucho más sincero que el de aquellos monstruos y demonios que no eran intelectuales.

Para los guardias rojos, las sesiones de castigo de quienes se encontraban en esas dos etapas mentales carecían de emoción. Solo aquellos monstruos y demonios que aún se hallaban en la primera fase conseguían, como el capote del torero, proporcionar a sus desbocados cerebros la excitación que ansiaban para seguir embistiendo. Esa clase de sujetos era cada vez más escasa; en todo el campus de Tsinghua quedaba solo uno. Y precisamente por ser tan raro lo habían reservado para el final de la sesión.

Hasta entonces Ye Zhetai, profesor de Física, había sobrevivido a la Revolución Cultural sin pasar de la primera fase mental: ni había reconocido culpa alguna, ni se había suicidado, ni había entrado en trance. Al subir al escenario y presentarse ante el público, su expresión era la de quien acepta con determinación cargar sobre sus hombros la cruz que se le impone.

Si bien la carga que los guardias rojos le hacían llevar no era una cruz, pesaba igual o más: a las otras víctimas les colocaban sombreros de bambú, pero a él le habían puesto uno hecho con gruesos barrotes de hierro. Del mismo modo, la placa que portaba al cuello no era de madera, como la de los demás, sino la puerta metálica de un horno de laboratorio que llevaba su nombre escrito en llamativos caracteres negros tachados por una gran equis roja.

El número de guardias rojos que lo escoltó hasta el escenario era el doble del habitual: dos chicos y cuatro chicas. Los primeros avanzaban con paso firme y seguro, la viva imagen del joven bolchevique más sazonado. Eran estudiantes de cuarto de Física Teórica, y Ye Zhetai había sido su profesor. Ellas, mucho menores, eran estudiantes de segundo de secundaria en el instituto adscrito a la universidad. Iban vestidas con uniforme militar y llevaban banderolas rojas en la mano. Exudando un ímpetu adolescente, rodeaban a Ye Zhetai como si fueran cuatro hambrientas llamas de color verde.

La aparición del profesor revitalizó al público que había al pie del escenario; como una ola que crece, este volvió a rugir eslóganes con un fervor que había ido decayendo.

Tras esperar pacientemente a que el clamor disminuyera, uno de los guardias rojos se dirigió a la víctima:

—¡Ye Zhetai! Como experto en mecánica, deberías darte cuenta de lo fuerte que es y cuán unificada está la fuerza a la que te resistes. ¡Insistir en tu empecinamiento solo te conducirá a la muerte! Continuaremos directamente por donde lo dejamos la vez anterior, no hay necesidad de gastar saliva. Contesta con sinceridad a la siguiente pregunta: entre 1962 y 1965, ¿decidiste o no añadir por tu cuenta la teoría de la relatividad al temario del curso de Introducción a la Física?

—La relatividad es parte fundamental de la física teórica. ¿Cómo no iba a incluirla en un curso introductorio?

—¡Mentira! —le gritó una de las chicas—. ¡Einstein es una autoridad académica reaccionaria a disposición del mejor postor! ¡Le faltó tiempo para irse con los imperialistas americanos y ayudarles a construir la bomba atómica! ¡Para establecer una auténtica ciencia revolucionaria, hay que derribar primero el negro estandarte del capitalismo que representa la teoría de la relatividad!

Ye Zhetai guardó silencio. Soportaba con dolor el peso del sombrero de metal y la puerta de hierro, pero no le quedaban fuerzas para refutar afirmaciones que no merecían la pena. Detrás de él, uno de sus estudiantes frunció el ceño.

La guardia roja que acababa de hablar era la más inteligente de las cuatro y, además, la que estaba mejor preparada. Antes de subir al escenario había memorizado las consignas de la sesión. Sin embargo, contra alguien como Ye Zhetai, unos pocos eslóganes carecían de efecto. Decidieron usar el arma secreta que le habían preparado. Hicieron una señal a alguien que se encontraba en la primera fila del público.

Ye Shaolin, esposa de Ye Zhetai y también profesora de Física, se puso en pie y subió al escenario. Su ropa, demasiado holgada, era de un color verde oliva destinado claramente a imitar el uniforme de los guardias rojos. A quienes la conocían, y la recordaban dando clase enfundada en un ceñido qipao tradicional, aquel vestido les resultaba forzado y ridículo.

—¡Ye Zhetai! —chilló la mujer entre temblores, tratando inútilmente de parecer firme. Saltaba a la vista que no estaba acostumbrada a aquellas pantomimas, y cuanto más subía la voz, más evidentes eran sus sacudidas—. ¿Pensabas que no iba a denunciarte, a desenmascararte? ¡Sí, en el pasado me dejé cegar por tu visión reaccionaria del mundo y de la ciencia, pero ahora me he quitado esa venda de los ojos y lo veo claro! ¡Gracias a la ayuda de las juventudes revolucionarias, hoy estoy del lado de la Revolución, del lado del pueblo! —Se volvió hacia el gentío—. ¡Camaradas! ¡Estudiantes, profesores y personal revolucionario! Seamos conscientes de la naturaleza reaccionaria de la teoría de la relatividad de Einstein. Resulta especialmente evidente en la relatividad general: su modelo estático del universo niega la naturaleza dinámica de la materia, ¡es antidialéctico![4] Concibe el universo como algo limitado, lo cual es, sin duda, una forma de idealismo reaccionario y...

Ye Zhetai, al escuchar la interminable verborrea de su esposa, esbozó una amarga sonrisa.

«¿Que yo te cegué a ti, Shaolin? A ti, que siempre fuiste un misterio para mí. Una vez alabé tus aptitudes delante de tu padre, en paz descanse, quien por fortuna no tuvo que presenciar tanta calamidad, y él negó con la cabeza y me dijo que no esperaba de ti grandes logros académicos. Lo que añadió a continuación acabaría cobrando gran importancia en la segunda mitad de mi vida: “Mi Shaolin es demasiado inteligente. Para trabajar en teoría fundamental, lo que hay que ser es tonto.”

»Tuvo que pasar mucho tiempo hasta comprender sus acertadas palabras. Shaolin, eres muy inteligente. Hace años que supiste ver el viraje ideológico que se avecinaba en el mundo académico y te preparaste a conciencia para ello. Por ejemplo, en tus clases les cambiaste el nombre a muchas leyes y constantes de la física: a la ley de Ohm la llamaste ley de resistencia; a las ecuaciones de Maxwell, ecuaciones electromagnéticas; a la constante de Planck, constante cuántica... Te aseguraste de explicar a tus estudiantes que todo logro científico era fruto de la sabiduría de las masas trabajadoras, y que las autoridades académicas capitalistas las bautizaban con sus nombres para usurparles el mérito.

»Ni siquiera así fuiste del todo aceptada en los círculos revolucionarios. Mírate ahora, todavía despojada del privilegio de lucir en el brazo la banda roja con las palabras “Profesorado y personal revolucionario”, aún sin el rango necesario para poder llevar en la mano un ejemplar del Libro rojo de Mao... La culpa es tuya por haber nacido en una destacada familia de la vieja China prerrevolucionaria, quién te mandaba tener de padres a tan eminentes académicos...

»Mencionas a Einstein, pero tú tienes mucho más que confesar sobre él que yo. En invierno de 1922 Einstein estuvo en Shanghai y tu padre, que hablaba alemán, formó parte de la comitiva invitada a acompañarlo en su visita. ¿Cuántas veces me dijiste que tu padre decidió dedicarse a la física alentado por el mismo Einstein y que tú seguiste su ejemplo? ¿Cuántas veces te vanagloriaste de cómo Einstein había sido, de manera indirecta, tu mentor? ¡Lo feliz y orgullosa que te sentías!

»Más tarde supe que tu padre había maquillado la verdad, que él y Einstein apenas habían cruzado unas palabras. La mañana del 13 de noviembre de 1922 lo acompañó en un paseo por la avenida Nanjing. Entre otros, también estaban Yu Youren, decano de la Universidad de Shanghai, y Cao Gubing, director del periódico La Gran Justicia. Al pasar por un tramo en obras, Einstein se detuvo a observar a un muchacho que picaba piedra. Llevaba la ropa hecha jirones y tenía el rostro y los brazos cubiertos de mugre. Entonces Einstein le preguntó a tu padre cuál era el sueldo diario de aquel joven obrero y él, después de preguntarle al chico, le dijo que cinco centavos.

»Esa fue la única interacción que tuvo con el gran científico que cambió el mundo. No hablaron de física ni de la teoría de la relatividad, solo de la cruda y fría realidad. Según tu padre, tras escucharle, Einstein observó los mecánicos movimientos del muchacho durante un largo rato sin dar siquiera una calada a la pipa.

»Después de compartir ese recuerdo conmigo, tu padre suspiró con amargura y me dijo: “En China, cualquier idea que quiera tomar vuelo terminará estrellándose contra el suelo. El peso de la realidad es demasiado fuerte.”»

—¡Agacha la cabeza! —gritó uno de los chicos.

Ye Zhetai se preguntó si aquello era un velado gesto de misericordia por parte de su ex alumno: todas las víctimas de las sesiones de castigo debían bajar la cabeza. Si lo hacía, aquel pesado sombrero de metal caería al suelo y, mientras no lo levantara, no habría motivo para volver a colocárselo. Pero Ye Zhetai mantuvo la cabeza bien alta, soportando aquel enorme peso con su fino cuello.

—¡Agacha la cabeza, reaccionario testarudo!

Una de las chicas se quitó el cinturón y lo fustigó. La hebilla de latón le dejó una profunda marca en la frente, que enseguida quedó cubierta de sangre. El profesor se tambaleó unos instantes para después volver a incorporarse.

—También introdujiste muchas ideas reaccionarias cuando enseñabas mecánica cuántica —anunció uno de los dos chicos, haciendo un gesto con la cabeza para que Shaolin prosiguiera.

Esta, ansiosa por continuar, no tardó ni un segundo en reaccionar. Sabía que debía seguir hablando o, de lo contrario, su débil mente perdería la poca cordura que le quedaba.

—¡Ye Zhetai, de esta acusación no puedes eximirte! ¿Cuántas veces has adoctrinado a tus estudiantes con la reaccionaria interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica?

—No es más que la explicación más coherente con los resultados experimentales que hay hasta la fecha.

El tono calmado con que respondía, pese a ser el blanco de tan furibundos ataques, la desconcertaba. Empezaba a sentir pánico.

—Según la misma —continuó ella—, la mera observación externa conduce al colapso de la función de onda. ¡No es más que otra muestra de idealismo reaccionario, y de las más descaradas!

—¿Es la filosofía la que debe guiar los experimentos o son los experimentos los que deben guiar la filosofía?

La súbita réplica del profesor consternó a los perpetradores de la sesión de castigo. Durante unos instantes no supieron qué hacer.

—¡Pues claro que la correcta filosofía marxista debe guiar los experimentos! —espetó finalmente uno de los chicos.

—Eso equivale a decir que la filosofía correcta viene dada del cielo. Se contradice con la idea de que la verdad emerge de la experiencia. Niega los principios con los que el mismo marxismo busca entender la naturaleza.

Ni Shaolin ni ninguno de los dos chicos supieron qué contestar. A diferencia de aquellos guardias rojos que aún estaban en el instituto, ellos no podían permitirse el lujo de ignorar la lógica.

Las cuatro chicas, en cambio, tenían sus propios e infalibles métodos revolucionarios. La que acababa de fustigar al profesor volvió a quitarse el cinturón y repitió la hazaña. Sus compañeras la imitaron: ante tamaña exhibición de fervor revolucionario sentían la necesidad de parecer, como mínimo, igual de implicadas. Los dos chicos no interfirieron. Si lo hacían, alguien podía sospechar que no eran suficientemente revolucionarios.

—¡También enseñabas la teoría del Big Bang! —intervino uno de ellos, tratando de reorientar la sesión—. ¡Una de las teorías más reaccionarias!

—Quizá sea refutada en el futuro, pero dos de los más grandes descubrimientos de nuestro siglo, la ley de Hubble y la observación del fondo cósmico de microondas, la confirman como la explicación al origen del universo más plausible de las que barajamos en la actualidad.

—¡Mentira! —interrumpió Shaolin, quien comenzó a explicar la teoría del Big Bang procurando intercalar, cada vez que le era posible, alusiones críticas a su naturaleza reaccionaria.

Sin embargo, su novedad atrajo el interés de la chica más inteligente, que no pudo evitar preguntar:

—Entonces, ¿también el tiempo surgió con la singularidad? ¿Y qué existía antes?

—Nada —respondió Ye Zhetai, empleando el mismo tono con que contestaba las preguntas de cualquier estudiante curioso, y volvió la cabeza hacia la chica para dirigirle una mirada afable. Herido y bajo el peso del sombrero y la placa, se movía con extrema dificultad.

—¡¿Nada?! ¡Eso es completamente reaccionario! —exclamó con espanto la chica. Miró aturdida a Shaolin, quien acudió en su ayuda.

—Eso deja lugar para la existencia de Dios —apostilló, clavándole los ojos con intención.

De pronto confundida, la joven guardia roja tuvo con aquello por donde retomar su argumentario. Levantó el brazo que sostenía el cinturón y, señalando a Ye Zhetai, exclamó:

—¡Dices... dices que Dios existe!

—No lo sé.

—¡¿Cómo?!

—Lo que digo es que lo ignoro. Si por Dios te refieres a algún tipo de superconciencia fuera del universo, no sé si existe o no. La ciencia no ha aportado pruebas fehacientes ni en un sentido ni en otro.

En realidad, en medio de aquel escenario de pesadilla, Ye Zhetai se inclinaba a pensar que Dios no existía.

Aquella afirmación reaccionaria causó una gran conmoción entre el público, que, alentado por una de las guardias rojas, comenzó a gritar eslóganes:

—¡Abajo la autoridad académica reaccionaria Ye Zhetai!

—¡Abajo todas las autoridades académicas!

—¡Abajo todas las doctrinas reaccionarias!

Cuando los eslóganes amainaron, la chica gritó:

—¡Dios no existe, las religiones son instrumentos de la clase dominante para oprimir el espíritu del pueblo!

—Esa es una opinión muy poco imparcial —repuso con calma Ye Zhetai.

Furiosa y humillada, la joven guardia roja concluyó que contra aquel enemigo no valían las palabras. Cinturón en mano, se abalanzó sobre el profesor y volvió a fustigarlo. Sus compañeras hicieron lo mismo. Ye Zhetai era muy alto y las cuatro tenían que estirar los brazos para alcanzarle la cabeza. Después de varias dianas, el sombrero de hierro, que lo había protegido en cierta medida, se le cayó de la cabeza. Los golpes de las hebillas continuaron sucediéndose y, entonces sí, terminaron por derribarlo.

Envalentonadas por el éxito, las chicas redoblaron el fervor con que se entregaban a aquella gloriosa sesión de castigo. Luchaban por su fe y por sus ideales; orgullosas de su coraje, les deslumbraba el brillante papel que les había reservado la historia.

Entonces los chicos no pudieron más y corrieron a liberar a su antiguo profesor de Física de aquellas cuatro furias.

—¡El Gran Timonel nos ordena convencer con elocuencia, no con violencia! —recordó uno de ellos.

Pero ya era demasiado tarde. Ye Zhetai yacía inmóvil sobre el escenario con los ojos aún abiertos y la sangre brotándole de la cabeza. El público detuvo su algarabía y se hizo el silencio. Lo único que se movía era un fino reguero de sangre, que serpenteaba por el escenario, llegaba hasta el borde y goteaba sobre un baúl. Su cadencia recordaba al de unos pasos alejándose.

Una risa desquiciada rompió el silencio. Era Ye Shaolin, que había terminado de perder el juicio. Su tétrico sonido perturbó a los asistentes, quienes comenzaron a marcharse. El recinto quedó desierto a excepción de una sola persona frente al escenario.

Era Ye Wenjie, la hija de Ye Zhetai.

Cuando las cuatro guardias rojas empezaron a arrebatarle violentamente la vida a su padre, ella quiso intervenir y subir al escenario, pero dos viejos bedeles la sujetaron con fuerza y le susurraron al oído que solo conseguiría morir. Por más que se desgañitó cuando aquella sesión de castigo acabó convertida en pesadilla, sus gritos quedaron ahogados por los eslóganes y vítores del gentío. Después, en cuanto volvió a reinar el silencio, fue incapaz de emitir sonido alguno.

A medida que observaba el cuerpo inerte de su padre en la tarima, el llanto y los gritos de rabia que había ahogado se le fueron congelando en la sangre. La acompañarían el resto de su vida.

Una vez dispersos los asistentes, ella permaneció inmóvil, como una estatua, en la misma postura que al sujetarla los bedeles. Al cabo de un largo rato bajó los brazos, caminó hacia el escenario, subió y se sentó junto al cuerpo de su padre y, fijando la mirada en la distancia, tomó una de sus manos, ya fría.

Cuando por fin vinieron a llevarse el cuerpo, se sacó un objeto del bolsillo y lo puso en la mano del muerto. Era su pipa.

A continuación Ye Wenjie abandonó el recinto, arrasado cual campo de batalla, y se fue a casa. Al llegar al edificio donde vivían los miembros del profesorado y sus familias, oyó una risa espeluznante que procedía del segundo piso. Era la mujer que había sido su madre.

Dio media vuelta y echó a andar sin preocuparle el rumbo.

Poco después se halló frente a la puerta de la casa de Ruan Wen. Durante sus cuatro años de universidad, la profesora había sido su tutora y amiga. En los dos años siguientes, cuando realizó sus estudios de posgrado en el Departamento de Astrofísica, y también durante los años caóticos que siguieron, fue siempre la persona con quien tuvo más confianza, aparte de su padre.

Ruan Wen había estudiado en Cambridge y eso se notaba en su casa, que siempre había fascinado a Ye Wenjie. Estaba repleta de los libros más cuidadosamente editados, de óleos, vinilos, un piano; también había un juego completo de pipas occidentales exhibidas en un expositor (unas de madera de brezo, otras de espuma de mar), y todas ellas parecían impregnadas de la sabiduría del hombre que una vez las tomó en su mano o sostuvo, pensativo, su boquilla entre los labios. Ruan nunca le mencionó su nombre. La pipa que pertenecía al padre de Ye Wenjie había sido, en realidad, un regalo de Ruan Wen.

Aquella casa refinada y acogedora se convirtió en un oasis para Ye Wenjie, cada vez que quería refugiarse de los problemas de su mundo. Lo fue antes de que los guardias rojos la registraran de arriba abajo y confiscaran las posesiones de Ruan Wen. Al igual que el padre de Ye Wenjie, también la profesora había caído en desgracia durante la Revolución Cultural. En sus sesiones de castigo, los guardias le ataron un par de zapatos de tacón y le pintarrajearon la cara por haber llevado un estilo de vida capitalista y corrupto.

Wenjie abrió la puerta de la casa y vio que ya no existía el caos que los guardias rojos habían dejado a su paso, que alguien había hecho limpieza. Las pinturas, rasgadas, habían sido recompuestas y volvían a colgar de las paredes. El piano volvía a tenerse en pie y brillaba como antes, aunque estaba roto y ya nadie podría tocarlo. Los pocos libros que quedaban habían vuelto a la estantería.

Ruan Wen estaba sentada en su silla tras el escritorio, con los ojos cerrados. Ye Wenjie se acercó a ella y le acarició la frente, el rostro, las manos. Estaban frías.

Nada más entrar, se había fijado en el frasco de somníferos vacío.

Guardó silencio unos instantes. Luego se volvió y se marchó, incapaz de sentir pena. Le pasaba lo mismo que a un medidor Geiger: expuesto a tal cantidad de radioactividad, su lectura siempre tendía a cero.

Antes de irse volvió a mirar a su profesora por última vez.

Se había maquillado con mimo. Tenía los labios pintados de carmín. Llevaba zapatos de tacón.

Primavera silenciosa

Cordillera del Gran Khingan, dos años más tarde

—¡Árbol va!

Tras aquel grito, un majestuoso alerce dahuriano de tronco tan grueso como las columnas del Partenón se desplomó sobre el suelo. Ye Wenjie sintió el temblor bajo sus pies.

Cogió el hacha y la sierra y empezó a despejar el tronco de ramas. Siempre que lo hacía se imaginaba amortajando el cadáver de un gigante. A veces incluso le parecía que el gigante era su padre y volvía a su memoria la imagen de aquella funesta noche, dos años antes, en que había limpiado su cuerpo en la morgue. Las grietas y las astillas del árbol le recordaban los cortes y las heridas que lo cubrían.

Las seis divisiones y los cuarenta y un regimientos del Cuerpo de Producción y Construcción de Mongolia Interior, más de cien mil personas, se hallaban dispersos por los vastos bosques y las llanuras de la región. En un primer momento, recién llegados de las ciudades a aquel desconocido mundo rural por el cual las abandonaban, muchos de aquellos «jóvenes instruidos» (como se les conocía) albergaban una romántica aspiración: cuando los tanques de los imperialistas revisionistas soviéticos alcanzaran la frontera sinomongola, correrían a armarse y a hacer de sus carnes la primera línea de defensa de la República.

Aquella había sido, en efecto, una de las consideraciones estratégicas al crear el Cuerpo. Sin embargo, esa batalla que ansiaban librar parecía una gran montaña al fondo de una planicie: claramente real a sus ojos, pero tan lejana todavía, que bien podía ser un espejismo. Así que de momento se dedicaban a allanar tierras, criar animales y talar árboles.

Muy pronto, aquellos jóvenes hombres y mujeres que un día estuvieron inflamados de fervor revolucionario descubrieron que, frente a la inmensidad del cielo y la tierra de esa región, incluso las más grandes ciudades del interior de China resultaban meros establos de ovejas; que en mitad de aquellos enormes y gélidos bosques y llanuras, su ardoroso entusiasmo era insignificante. Aun derramando hasta la última gota de sangre, tan solo conseguirían enfriarse más rápido y resultar menos útiles que una boñiga de vaca.

Pero arder o hacer arder estaba en su destino, y en el de toda una generación. Bajo sus sierras mecánicas, las vastas extensiones de frondosos bosques acababan convertidas en montañas peladas y valles estériles. Al paso de sus tractores y cosechadoras, las más anchas llanuras se convertían primero en campos de grano, luego en desiertos.

Ye Wenjie no concebía otro calificativo para toda aquella destrucción que el de barbarie. Formidables alerces dahurianos, los más verdes pinos silvestres, esbeltos y rectos abedules blancos, álamos que parecían alcanzar las nubes, abetos siberianos; también abedules coreanos, robles, olmos montanos, Chosenia arbutifolia... todo cuanto veía terminaba sucumbiendo bajo sus cientos de sierras mecánicas, metálicas langostas que lo arrasaban todo a su paso. El único rastro que dejaba su compañía era una explanada tras otra de troncos segados.

El alerce estaba por fin desnudo de ramas y listo para ser transportado. Ye Wenjie acarició la superficie del corte. Solía hacerlo casi sin darse cuenta. Siempre le recordaba una gran herida por la que casi podía sentir el gigantesco dolor del árbol.

De pronto vio que a pocos pasos, sobre el tocón abandonado, había otra mano que también acariciaba la superficie serrada. El pulso de aquella palma vibraba al mismo ritmo que los latidos de su corazón. Era una mano pálida y delicada, pero pertenecía a un hombre. Al mirarlo, vio que se trataba de Bai Mulin, un joven escuchimizado y con gafas. Era el reportero de La Gran Producción, el periódico del Cuerpo, que había llegado el día anterior para hacer un reportaje. Ye Wenjie había leído sus artículos. Estaban muy bien escritos y su poética belleza contrastaba con la crudeza del tosco entorno que describían.

—Ma Gang, ven aquí.

Bai Mulin llamaba a un joven que se encontraba a poca distancia de él, tan robusto y fuerte como el alerce dahuriano que acababan de derribar. Cuando se le acercó, el reportero dijo:

—¿Sabes cuántos años tenía este árbol?

—Cuenta los anillos —contestó aquel con un resoplido, señalando el tocón.

—Ya lo he hecho. Trescientos treinta. ¿Cuánto has tardado tú en derribarlo?

—Menos de diez minutos. ¡Mi sierra mecánica es la más rápida de toda la compañía! Equipo que me asignan, banderín rojo al trabajador modélico que me gano.

Bai Mulin estaba acostumbrado a aquel entusiasmo. Era todo un honor salir entrevistado en La Gran Producción.

—Más de trescientos años. Eso son una docena de generaciones... Cuando este árbol no era más que un arbusto, todavía reinaba la dinastía Ming. ¿Te has parado a pensar cuánta lluvia ha caído desde entonces, cuántas cosas ha presenciado hasta que tú has llegado con tu sierra y lo has echado por tierra? ¿Es posible que no sientas nada?

—¿Qué quieres que sienta? —Ma Gang frunció el ceño—. No es más que un árbol. Aquí nos sobran.

—Está bien, déjalo, vuelve a tu trabajo —dijo el reportero, decepcionado. Sacudiendo la cabeza, se sentó en el tocón y exhaló un hondo suspiro.

Ma Gang también sacudió la cabeza. Al parecer, no iba a haber entrevista.

—Estos intelectuales están chalados —refunfuñó, dirigiendo la mirada a Ye Wenjie para incluirla en su juicio.

El gigantesco tronco comenzó a ser arrastrado. Al moverlo, las rocas y los tocones del camino resquebrajaron aún más su corteza: agravaban las heridas del cuerpo. Su rastro era un hondo canal en la hojarasca que enseguida se iba llenando de agua. Las hojas podridas la teñían de sangre oscura.

—Wenjie, ven a descansar —la llamó Bai Mulin, señalando la otra mitad del tocón sobre el que estaba sentado.

Ella, que estaba agotada, dejó las herramientas, se acercó a él y se sentó a su lado. Después de un largo silencio, Bai Mulin dijo de repente:

—Sé cómo te sientes. Aquí, tú y yo somos los únicos.

Ye Wenjie permaneció callada. Él ya lo había anticipado, pues sabía que era muy parca en palabras y raramente conversaba con nadie. Hablaba tan poco que los recién llegados al Cuerpo solían tomarla por muda.

—Estuve en esta región hará cosa de un año —siguió él—. Recuerdo que llegué al mediodía y me dijeron que íbamos a comer pescado. Yo miré alrededor de la cabaña y no vi más que un caldero de agua en el fuego. «¿De qué pescado me hablan?», pensé. Luego, cuando el agua empezaba a hervir, el cocinero salió con un rodillo, se fue al río, se puso a dar golpes en el agua y volvió con un montón de peces. Era tan fértil..., y ahora mira cómo está, no lleva más que agua sucia. Te juro que a veces no sé si el Cuerpo se dedica a construir o a destrozar...

—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó ella, sin revelar si coincidía o discrepaba, pero con evidente aprecio.

—Es que acabo de leer una obra que me ha impactado... ¿Sabes inglés?

Al ver que asentía, se sacó de la bandolera un libro con la portada azul. Ella, tras cogerlo, vio que se trataba de Primavera silenciosa, de Rachel Carson.

—¿Dónde lo has conseguido? —le preguntó en voz baja, alarmada.

—Se ve que ha llamado la atención de los gerifaltes y nos han mandado traducirlo para consumo interno. Yo me encargo de la parte que habla de los bosques.

A Wenjie le bastó hojearlo para sentirse atraída. En una escueta introducción, la autora describía un pequeño pueblo cuyos habitantes iban muriendo en silencio por culpa del uso de pesticidas. La prosa era clara y sin adornos, pero saltaba a la vista lo concienciada que estaba quien lo escribía.

—Voy a mandar una carta a la Dirección Central contándoles las irresponsabilidades que está cometiendo el Cuerpo —dijo Bai Mulin.

Ye Wenjie levantó la vista del libro. Pasó un buen rato hasta que fue consciente del significado de sus palabras. Sin decir nada, volvió a mirar el texto.

—Si quieres leerlo, te lo presto. Pero no dejes que nadie lo vea, ya sabes que estas cosas... —Se levantó y echó un vistazo alrededor antes de marcharse.

Treinta y ocho años después, en sus últimos instantes, Ye Wenjie recordaría la importancia de Primavera silenciosa en su vida. Hasta tenerlo en sus manos, su joven corazón solo había sentido el inmenso dolor que la maldad humana podía provocar. Pero más tarde, tras su lectura, fue por fin capaz de enfrentarse a ella con la mente. Al principio el libro no le pareció nada especial, pero pese a abordar un tema tan concreto (el impacto medioambiental negativo causado por los pesticidas), el punto de vista de la autora logró cambiarla para siempre. Hasta entonces el uso de pesticidas le había parecido un hecho natural, si no positivo al menos neutro, pero Carson le hizo ver que, para la naturaleza, se trataba de un acto tan destructivamente nocivo como lo fue la Revolución Cultural. ¿Cuántas otras acciones humanas que parecían habituales, o incluso beneficiosas, terminaban siendo malignas?

La respuesta más lógica que lograba dar a esa pregunta resultaba oscura y espeluznante: quizá la relación entre la humanidad y la maldad fuera la misma que había entre el océano y un iceberg que afloraba en su superficie; a simple vista no parecían lo mismo, pero en realidad estaban hechos de una misma esencia, el agua, solo que en estados distintos. Al igual que ella siempre había concebido la «gloriosa» Revolución Cultural como una gran perversidad, ahora Rachel Carson consideraba pernicioso un hecho tan normal y positivo como el uso de pesticidas.

Era, por tanto, posible que todos los actos de la humanidad en su conjunto fueran malignos, que la maldad fuera la esencia del hombre y que cada individuo solo la reconociera bajo ciertas formas.

La posibilidad de que el ser humano llegara a alcanzar por sí mismo un auténtico despertar ético resultaba así tan ridículo como imaginar que uno podía despegar los pies de la tierra a base de tirarse del pelo. Necesitaba la ayuda de una fuerza externa.

Aquella idea guiaría su destino hasta el final de su vida.

Al cabo de cuatro días, Ye Wenjie fue al barracón de visitantes para devolverle el libro a Bai Mulin. Cuando abrió la puerta lo vio tumbado en la litera, exhausto y completamente cubierto de barro y serrín. El reportero se levantó al acto.

—¿Has estado trabajando? —preguntó ella.

—Llevaba tantos días paseándome de brazos cruzados... Me he dicho que era hora de arrimar el hombro, ya sabes, el espíritu de la Revolución... Ah, hemos estado en Pico Radar. La vegetación era muy densa, las hojas podridas me llegaban a las rodillas. Temo haber cogido algo al respirar aquel aire...

—¿Pico Radar? —A ella le sorprendió escuchar aquel nombre.

—Sí, teníamos que realizar una misión urgente: despejar el perímetro de árboles para crear una zona vallada.

Pico Radar era un lugar envuelto en misterio. Aunque ese no era su nombre oficial, lo llamaban así por la gran antena parabólica que lo coronaba. En realidad, cualquiera con un mínimo de conocimientos sabía que no se trataba de un radar, pues si bien su orientación cambiaba a diario, jamás se movía de forma constante. Al cruzarla, el silbido del viento se oía desde lejos.

Lo único que Ye Wenjie y los demás miembros de su compañía sabían a ciencia cierta sobre Pico Radar era que se trataba de una base militar. Según los aldeanos, al construirla, tres años antes, el ejército había movilizado a infinidad de personas para trazar una carretera hasta la cima y tender el cableado eléctrico. Transportaron una gran cantidad de materiales. Después, en cuanto tuvieron la base, destruyeron la carretera y la reemplazaron por un camino estrecho y tortuoso. A menudo se veían helicópteros despegando y aterrizando.

La antena no siempre quedaba a la vista. Cuando el viento soplaba demasiado fuerte, la escondían. Sin embargo, si se hallaba abierta empezaban a ocurrir fenómenos extraños en la zona: se oían chillidos de animales nerviosos, los pájaros huían y la gente sufría náuseas y mareos. Además, los lugareños perdían el pelo con gran facilidad; según ellos, aquel fenómeno empezó a producirse después de que la antena entrara en funcionamiento.

Eran muchas las historias fantásticas relacionadas con Pico Radar. Un día estaba nevando y, al abrirse la antena, la nieve se convirtió al instante en lluvia. Como cerca del suelo la temperatura seguía siendo bajo cero, la lluvia volvió a congelarse a la altura de los árboles y quedó transformada en gigantescos carámbanos. El bosque entero se convirtió entonces en un gran palacio de cristal. De vez en cuando alguna rama caía vencida por el peso del hielo.

A veces, también al abrirse la antena, un día despejado se convertía en uno de tormenta y aparecían extrañas luces en el cielo.

Pico Radar pasó a ser una zona restringida desde el momento en que el Cuerpo de Construcción se instaló en la región. Lo primero que hizo el comandante fue pedirles que evitaran los alrededores, al estar vigilados por patrullas armadas y autorizadas a disparar sin dar el alto.

Una semana antes, dos miembros de la compañía salieron a cazar. Iban tras la pista de un ciervo y se acercaron sin darse cuenta cuando de pronto los centinelas comenzaron a dispararles. Por fortuna, el bosque era tan frondoso que lograron escapar ilesos, aunque uno de ellos se meó en los pantalones. Al día siguiente, fueron seriamente amonestados. Quizás aquel episodio había provocado que la base ordenara la demarcación de una zona vallada, demostrando que tenía el poder de asignar trabajos al Cuerpo de Construcción.

Bai Mulin tomó el libro de manos de Ye Wenjie y lo escondió cuidadosamente bajo la almohada, de donde extrajo dos folios escritos con densa caligrafía.

—Es el borrador de aquella carta —dijo, entregándoselos a Ye Wenjie—. ¿Le echarás un vistazo?

—¿Qué carta?

—Aquella que te comenté, para la Dirección Central.

La letra era muy poco legible y tardó en terminarla, pero el contenido era detallado y estaba rigurosamente argumentado. Comenzaba relatando cómo las montañas Taiana habían pasado de vergel a erial a causa de la deforestación. Después explicaba las causas de la rápida disminución de limo en el río Amarillo para luego concluir que las actividades del Cuerpo de Producción y Construcción de Mongolia Interior provocarían serias consecuencias medioambientales.

A Ye Wenjie el estilo le recordó al de Primavera silenciosa: era escueto y sobrio, pero a la vez poético.

—Está muy bien escrita —sentenció con pesar.

—De acuerdo —dijo él—. Entonces la mando.

Cogió dos folios en blanco y se dispuso a escribir, pero las manos le temblaban tanto que no pudo trazar ni un carácter. Aquello les ocurría a todas las personas que usaban una sierra mecánica por primera vez. El temblor era tan fuerte que eran incapaces no ya de escribir nada, sino ni siquiera de sostener un cuenco de arroz.

—Te la paso a limpio —intervino Ye Wenjie, tomándole el bolígrafo de las manos.

—Qué letra tan bonita... —dijo él en cuanto vio la primera línea sobre el papel. Luego le sirvió un vaso de agua, aunque con los temblores acabó derramando más de la mitad, y ella tuvo que apartar el folio.

—¿Estudiaste Física? —le preguntó él.

—Astronomía Física. Ahora no tiene ninguna utilidad —contestó ella, sin levantar la vista.

—Es el estudio de las estrellas, ¿cómo no va a tener utilidad? Las universidades están volviendo a abrir. ¿Qué hace una persona tan preparada como tú en un lugar como este...?

Ye Wenjie se limitó a seguir escribiendo con la cabeza hundida. No quería decirle que, para alguien como ella, era una suerte que la hubiesen admitido en el Cuerpo. No quería contarle nada de su situación. Tampoco iba a servir de mucho.

En la habitación solo se oía el roce del bolígrafo sobre el papel. Ella olió el serrín que despedía el cuerpo del reportero. Tras la muerte del padre, aquella era la primera muestra de afecto que sentía. También era la primera vez que bajaba las defensas y se relajaba.

Al cabo de una hora, tuvo la carta pasada a limpio. Escribió en un sobre la dirección que Bai Mulin le dictó y se despidieron. Camino de la puerta, se volvió en un impulso.

—Dame el abrigo, te lo lavaré —dijo, al instante sorprendida por su osadía.

—¡Ah, no, eso sí que no! —se negó él—. En esta compañía las camaradas trabajáis tanto o más que un hombre. ¡A descansar, que mañana a las seis hay que ponerse en marcha! Por cierto, Wenjie, pasado mañana regreso al Cuartel General de la División. Si quieres, les contaré tu caso a mis superiores, tal vez puedan ayudarte.

—Gracias, pero estoy muy bien aquí. Es un sitio tranquilo. —Lo dijo contemplando la silueta de los árboles contra la luz de la luna.

—¿Estás huyendo de algo?

—Me voy —susurró ella. Y cumplió su palabra.

Tras ver desaparecer su esbelta figura, Bai Mulin observó la arboleda. En la lejanía, volvía a erigirse la antena de Pico Radar. Brillaba con un frío destello metálico.

Tres semanas después, alguien del Cuartel General fue a buscar a Ye Wenjie. Ella, al entrar en el despacho, supo que algo iba mal. Tanto el comandante de la compañía como el instructor político estaban presentes. También se hallaba un hombre con expresión muy seria al que no conocía. Sobre la mesa, frente a él, había un maletín negro con un sobre y un libro al lado. El sobre estaba abierto y el libro era el ejemplar de Primavera silenciosa que ella había leído.

En esos años todo el mundo tenía un instinto particular para saber en qué situación política se encontraba, pero Ye Wenjie lo había desarrollado especialmente. Al acto sintió que el mundo a su alrededor empequeñecía y la atrapaba.

—Ye Wenjie —dijo el instructor político—, este es el director Zhang, del Departamento Político de la División. Está aquí para investigar. Esperamos que colabores y digas la verdad.

—¿Eres la autora de esta carta? —le preguntó el director Zhang, extrayendo una misiva del sobre. Ella hizo ademán de cogerla, pero el hombre la retuvo en sus manos mientras se la enseñaba página por página. En la última, aquella en la que estaba más interesada, no encontró ninguna firma. En su lugar, ponía: «Las masas revolucionarias.»

—No —dijo repetidamente, presa del pánico—. Yo no soy la autora.

—Pero esta es tu letra.

—Sí, pero me limité a pasársela a limpio a otra persona.

—¿A quién?

Hasta el momento había aguantado estoicamente todas las injusticias que le había tocado sufrir en la compañía, sin protestar ni implicar a nadie. Sin embargo, esta vez era distinto. Sabía muy bien lo que aquello suponía.

—Aquel reportero de La Gran Producción que estuvo de visita la semana pasada, se llamaba...

—Ye Wenjie... —interrumpió el director Zhang. Sus ojos negros la escrutaban—. Déjame que te advierta una cosa: si arrastras contigo a terceros, solo conseguirás agravar tu problema. Hemos hablado con el camarada Bai Mulin y sabemos que lo único que hizo fue mandar la carta desde Hohhot, siguiendo tus instrucciones y sin conocer el contenido de la misma.

—¡¿Eso ha dicho?! —Un velo negro ensombreció su mirada.

Obviando la pregunta, el director Zhang tomó el libro en sus manos.

—Claramente, tu carta se inspiró en esta obra. —Mostró el libro al comandante de la compañía y al instructor político—. Primavera silenciosa se publicó en Estados Unidos en 1962 y tuvo mucha influencia en el mundo capitalista. —Sacó otro ejemplar del maletín. La portada era blanca y tenía el título mecanografiado—. Esta es la traducción al chino. Las autoridades la distribuyeron entre algunos dirigentes para su crítica. El veredicto es claro: se trata de una perniciosa obra de propaganda reaccionaria, que expone una teoría apocalíptica y disfrazada de idealismo histórico. Con la excusa de tratar el deterioro medioambiental, intenta justificar la gran corrupción que reina en el mundo capitalista. El contenido es extremadamente reaccionario.

—Ese libro —musitó ella, vencida por los acontecimientos— tampoco es mío.

—El camarada Bai Mulin fue asignado como traductor por las más altas instancias, de modo que, en su caso, la posesión de dicha obra era del todo legítima. Por supuesto, es responsable de haber permitido que la robaras mientras estaba en su guardia y custodia. Ahora su lectura te ha dado armas intelectuales para atacar al socialismo.

A partir de entonces, Ye Wenjie guardó un profundo silencio. Sabía cuán peliaguda era la situación en que se hallaba. Todo amago de resistencia era ya inútil.

Al contrario de lo que afirman muchas fuentes históricas, Bai Mulin no intentó incriminar a Ye Wenjie desde el primer momento. La carta que dirigió a la Dirección Central probablemente estuvo motivada por su gran sentido de la responsabilidad, pecando de extrema confianza. Los vaivenes de la política de la época se debían a una compleja suma de factores; uno nunca sabía a ciencia cierta qué era tabú y qué no. Tal vez su carta tuvo la desdicha de abordar un asunto que era sensible. Pero al enterarse del revuelo que causó, el miedo se apoderó de él y decidió sacrificar a Ye Wenjie para salvarse.

Medio siglo más tarde, los historiadores coincidirían en que ese suceso de 1969 supuso un punto de inflexión en la historia de la humanidad.

Bai Mulin llegó a ser una figura histórica, aunque él ni lo buscó ni tampoco lo supo. Los académicos glosan su pobre vida de la siguiente manera: continuó trabajando en La Gran Producción hasta 1975, cuando el Cuerpo de Producción y Construcción de Mongolia Interior fue desmantelado; luego lo mandaron a una ciudad del noreste de China para incorporarse a la Asociación de la Ciencia, hasta principios de los ochenta. Entonces abandonó el país y se marchó a Canadá para dar clases en una escuela china de Ottawa hasta 1991, año en que murió de un cáncer de pulmón. Que se sepa, no volvió a mencionar el nombre de Ye Wenjie. Tampoco consta si se sentía responsable de sus actos.

—Wen

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