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TRILOGíA MONTGOMERY

John Banville  

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Fragmento

 

Su señoría, cuando me pida que se lo cuente a los miembros del jurado en mis propios términos, diré lo siguiente: me tienen encerrado como a un animal exótico, último superviviente de una especie que consideraban extinta. Deberían dejar pasar a las masas para que me viesen: el devorador de la muchacha, esbelto y peligroso, andando de aquí para allá en mi jaula, mientras mis terribles ojos verdes parpadean más allá de los barrotes; tendrían que darles algo con que soñar cuando por las noches están bien abrigados metidos en sus camas. Cuando me detuvieron, se arañaron con tal de echarme un vistazo. Estoy convencido de que habrían pagado por ese privilegio. Gritaron insultos, esgrimieron sus puños amenazadores y mostraron los dientes. Fue irreal, aterrador pero cómico verlos allí, apiñados en la acera como extras cinematográficos, jóvenes con gabardinas de tres al cuarto, mujeres con la bolsa de la compra y uno o dos personajes silentes y canosos que permanecían inmóviles, voraces, atentos a mí, pálidos de envidia. En aquel momento un guardia me cubrió la cabeza con una manta y me empujó al interior del coche patrulla. Reí. Había algo irresistiblemente gracioso en la forma en que la realidad, trivial como de costumbre, satisfacía mis peores fantasías.

A propósito de aquella manta, ¿la trajeron aposta o siempre llevan una en el maletero? Ahora estas cuestiones me preocupan, les doy vueltas y más vueltas. Debí de dar una imagen interesante, apenas entrevista, instalado en el asiento trasero cual una momia mientras el coche se deslizaba a todo gas por las calles húmedas bañadas de sol, dándose aires de importancia.

Luego este sitio. Lo primero que me impresionó fue el ruido. Una barahúnda ensordecedora, gritos y silbidos, risotadas, disputas, sollozos. Pero también existen momentos de calma, como si de súbito cayera un gran temor o una profunda tristeza que nos dejara sin habla. Igual que agua estancada, el aire pende inmóvil en los pasillos. Está salpicado por un sutil hedor a fenol, que recuerda al osario. Al principio me figuré que era yo, quiero decir, que ese olor era mío, mi contribución. ¿Puede que lo sea? La luz del sol también es rara, incluso fuera, en el patio, como si le hubiese ocurrido algo, como si le hubieran hecho algo antes de dejarla caer sobre nosotros. Tiene un tinte ácido, alimonado, y se presenta en dos intensidades: o es insuficiente para ver o nos abrasa los ojos. No me referiré a los diversos tipos de oscuridad.

Mi celda. Mi celda es. ¿Para qué insistir?

A los detenidos les asignan las mejores celdas. Como debe ser. Al fin y al cabo, podrían declararme inocente. Oh, no debo reír, duele demasiado, sufro una punzada espantosa como si algo presionara mi corazón…, supongo que el peso de la culpa. Dispongo de una mesa y de lo que aquí llaman un butacón. Incluso hay un televisor, aunque apenas lo enciendo ahora que mi caso está sub iudice y en las noticias ya no hablan de mí. Las instalaciones sanitarias dejan mucho que desear. Salpicaduras: ¡qué adecuada, la expresión! Intentaré conseguir un sodomita…, ¿o quiero decir un neófito? Un sujeto joven, cimbreante y bien dispuesto, que no sea muy quisquilloso. No me resultará difícil. También quiero hacerme con un diccionario.

Por encima de todo, me molesta el olor a semen que hay en todas partes. Este sitio apesta.

Admito que tenía expectativas irremediablemente románticas sobre el modo en que aquí discurrirían las cosas. Me figuré que sería una especie de celebridad, aislada de los demás presos en un ala especial, en la que recibiría a grupos de personas serias e importantes con quienes hablaría largo y tendido sobre las grandes cuestiones del momento, impresionando a los hombres y fascinando a las mujeres. ¡Qué penetración!, exclamarían. ¡Qué agudeza! Nos dijeron que era una bestia insensible y cruel, pero ahora que lo hemos visto y oído…, ¡vaya, qué sorpresa! Y aquí estoy, adoptando una pose elegante con mi perfil de asceta vuelto hacia la luz que se cuela a través de la ventana con barrotes, tocando un pañuelo perfumado y con una ligera sonrisa forzada. Jean-Jacques, el asesino culto.

No es así, no es así bajo ningún concepto, pero tampoco valen otras etiquetas. ¿Dónde están los disturbios en el comedor, las fugas en masa y ese tipo de cosas que el cine ha hecho tan familiares? ¿Qué hay de la escena en el patio de ejercicios, en la cual matan al chivato con un vidrio mientras un par de pesos pesados barbudos montan una gresca para desviar la atención? ¿Cuándo comenzarán las peloteras entre pandillas? Lo cierto es que aquí dentro la vida es como fuera, pero más intensa. Estamos obsesionados por el bienestar material. Hace siempre demasiado calor, parece que estamos en una incubadora, pero son infinitas las quejas por corrientes de aire, fríos súbitos y pies helados durante la noche. La comida también cuenta, escarbamos en busca de algún bocado sustancioso en nuestros platos de gachas, olisqueamos y suspiramos como si asistiéramos a una convención de gourmets. Después del reparto de paquetes corre la voz como reguero de pólvora: «¡Psss! ¡Le han enviado un pastel casero!». Francamente, parece el internado, con su mezcla de tristeza y comodidad, el deseo embotado, el ruido y, en todas partes, sempiterno, ese aire masculino, gris, tibio y viciado, tan peculiar.

Me han dicho que era distinto cuando los políticos estaban aquí. Solían subir y bajar por los pasillos, sujetos de brazos y piernas, ladrándose en un irlandés arrabalero, cosa que provocaba gran júbilo entre los delincuentes comunes. Entonces todos se pusieron en huelga de hambre o algo parecido, los trasladaron y la vida recobró la normalidad.

¿Por qué somos tan sumisos? ¿Se debe a lo que, según dicen, ponen en el té para adormecer la libido? Tal vez tenga que ver con las drogas. Su señoría, sé que a nadie, ni siquiera al ministerio fiscal, le gustan los chivatos, pero me considero obligado a informar a la justicia del activo comercio de sustancias prohibidas que tiene lugar en esta institución. Hay tíos, quiero decir carceleros, implicados y puedo proporcionar sus números siempre y cuando se me garantice protección. Se consigue de todo: estimulantes y somníferos, tranquilizantes, caballo, crack, lo que uno quiera… No creo que usted, su señoría, esté familiarizado con esa jerga abyecta, jerga que he aprendido desde mi ingreso aquí. Como puede figurarse, son en general los jóvenes los que se dedican a ello. Es fácil reconocerlos trastabillando por los pasillos como sonámbulos, con la sonrisilla desilusionada y embotada de los que están realmente colgados. Sin embargo, algunos no sonríen, parece desde luego que no volverán a sonreír. Son los perdidos, los desahuciados. Tienen la mirada extraviada, la expresión vacía y preocupada, de la misma forma que los animales heridos apartan enmudecidos su mirada de nosotros, como si fuéramos meros fantasmas de ellos mismos, cuyo dolor se sufre en un mundo que no es el nuestro.

Pero no, no son solo las drogas. Ha desaparecido algo esencial, nos han arrancado la esencia. Ya no somos del todo humanos. Viejos presidiarios, sujetos que han cometido delitos impresionantes se pavonean por la cárcel cual señoras mayores, pálidas, dulces, con pecho de paloma y anchas de caderas. Riñen por los libros de la biblioteca, algunos incluso tejen. Los jóvenes también tienen pasatiempos, se me acercan furtivamente en la sala de recreo, con sus ojos de ternero casi rebosantes de lágrimas, y me muestran con timidez sus trabajos manuales. Me pondré a gritar si tengo que admirar otro barco metido en una botella. Pero estos rufianes, estos violadores y estos hombres que maltratan a los niños son muy tristones, de puro vulnerables. Aunque no sé muy bien por qué, cuando pienso en ellos imagino una tira de hierba cubierta de rastrojos y el árbol que atisbo por la ventana si aprieto la mejilla contra los barrotes y miro en diagonal más allá de la alambrada y del muro.

Por favor, póngase de pie, coloque su mano aquí y pronuncie con claridad su nombre. Frederick Charles St. John Vanderveld Montgomery. ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? No sea ridículo. Quiero llamar de inmediato a mi primer testigo, mi esposa Daphne. Sí, ese era y es su nombre. Por algún motivo, a la gente siempre le ha resultado algo cómico. Creo que encaja a la perfección con su belleza sosa, morena y miope. Veo a Daphne, mi dama de los laureles, reclinada en un claro bañado por el sol, algo molesta, el rostro ladeado y el ceño un poco fruncido mientras un dios menor con forma de fauno y flauta de cañas hace cabriolas y corretea, tocando inútilmente con toda el alma. Fue ese aire abstraído y levemente insatisfecho el que despertó mi interés por ella. No era bonita ni buena, pero me iba como anillo al dedo. Tal vez yo ya pensaba en un futuro en el que necesitaría ser perdonado —por alguien, por quien fuese— y nada mejor que uno de los míos para hacerlo.

Cuando afirmo que no era buena, no estoy diciendo que fuese mala ni corrupta. Sus fallas no eran nada en comparación con las grietas dentadas que atraviesan mi alma. Se la podía acusar, a lo sumo, de cierta pereza moral. Había cosas que no se tomaba la molestia de hacer, por muy imperiosas que fueran las obligaciones que exigían su cansina atención. Descuidó a nuestro hijo no por desamor sino porque, simplemente, sus necesidades no la inquietaban. La veía sentada mientras lo observaba con la mirada errante, como si intentase recordar con precisión quién o qué era y por qué estaba ahí, rodando en el suelo, a sus pies, cometiendo alguno de sus infinitos desastres. ¡Por favor, Daphne!, murmuraba yo, y la mitad de las veces me miraba de la misma forma, con la misma mirada hueca y extrañamente ausente.

Al parecer soy incapaz de dejar de hablar de ella en pasado. Hasta cierto punto está bien. Viene a visitarme con frecuencia. La primera vez que se presentó, preguntó cómo eran las cosas aquí. ¡Oh, querida, el ruido… y la gente!, dije. Daphne asintió con la cabeza, esbozó una sonrisa y miró con desgana a los otros visitantes. Como puede verse, nos comprendemos.

En el sur su indolencia se convirtió en una especie de languidez voluptuosa. Recuerdo cierta habitación de postigos verdes, cama estrecha, una silla a lo Van Gogh y el mediodía mediterráneo vibrando en las calles encaladas. ¿Ibiza? ¿Isquia? ¿Acaso Mikonos? Siempre una isla, escribiente, haga el favor de apuntarlo, tal vez tenga algún significado. Daphne se desvestía con mágica presteza, con una especie de movimiento sinuoso, como si la falda, las bragas y todo lo demás fuesen de una sola pieza. Es una mujer grande, ni gorda ni pesada, pero consistente y maravillosamente equilibrada: cada vez que la veía desnuda deseaba acariciarla como me gustaría acariciar una escultura, sopesar las curvas con el hueco de la mano, pasar el pulgar por las líneas largas y lisas, palpar la frescura, la textura aterciopelada de la piedra. Escribiente, quite la última frase, es excesiva.

Aquellos mediodías abrasadores, en esa habitación y en infinidad de otras parecidas… Dios mío, me estremezco al recordarlas. Era incapaz de resistirme a su indolente desnudez, al peso y la densidad de la carne trémula. Se tendía a mi lado como una maja abstraída y contemplaba el techo umbrío o el resquicio de luz blanca y ardiente que se colaba entre los postigos, hasta que —y eso que nunca comprendí exactamente cómo— me las ingeniaba para accionar un nervio recóndito y entonces se volvía con torpeza hacia mí, deprisa, soltaba un gemido y me aferraba como si estuviese a punto de caer, con la boca en mi cuello y sus dedos de ciega en mi espalda. Siempre mantenía los ojos abiertos, su pálida y suave mirada gris desvariaba sin poder evitarlo, retrocedía bajo el tierno sufrimiento que le infligía. Soy incapaz de expresar lo mucho que me excitaba esa mirada dolorida e indefensa, tan distinta a la de otros momentos. Cuando estábamos en la cama de aquella manera, intentaba que se pusiera las gafas para que pareciese aún más perdida e indefensa, pero nunca lo conseguí por mucho que apelé a medios arteros.

Después era como si no hubiese pasado nada, Daphne se levantaba, se deslizaba con parsimonia hasta el baño, con la mano en el pelo, y me dejaba postrado en la sábana empapada, convulsionado y jadeante como si hubiese sufrido un ataque cardíaco, que, supongo, era lo que hasta cierto punto me había ocurrido.

Creo que nunca supo cuánto me afectaba. Me ocupé de que no lo notara. No quiero que se me entienda mal, no era que temiese caer bajo su dominio ni nada por el estilo. Sucedía que, entre nosotros, esa certeza habría estado…, bueno, fuera de lugar. Existía cierta reticencia, cierta discreción que desde el principio acordamos preservar tácitamente. Nos entendíamos, claro que sí, pero ello no significaba que nos conociéramos ni que quisiéramos conocernos. ¿Cómo habríamos mantenido esa condescendencia distante que para los dos contaba tanto sin preservar, además, el secreto esencial de nuestro yo interior?

Era magnífico levantarse en medio del frescor de la tarde, bajar hasta el puerto y pasear por la desolada geometría del sol y la sombra de las callejuelas. Me gustaba observar a Daphne caminar delante de mí, mover los fuertes hombros y las caderas con un ritmo insinuante y complejo bajo la ligera tela del vestido. También me gustaba observar a los isleños encorvados sobre sus pastís y sus vasitos de café turbio, girando sus ojos de lagartija cuando Daphne pasaba. Eso es, cabrones, dejad que os consuma el deseo…

En el puerto siempre había un bar, siempre el mismo cualquiera que fuese la isla, con un puñado de mesas y sillas de plástico en el exterior, sombrillas ladeadas en las que se leía Stella o Pernod y un propietario moreno y grueso que se escarbaba los dientes apoyado en el vano de la puerta. Y siempre había la misma gente: unos cuantos individuos delgados pero robustos de vaqueros desteñidos, mujeres de mirada dura curtidas por el sol, un vejete gordo con gorra de marino y patillas canosas y, por descontado, uno o dos maricas con pulseras y sandalias de fantasía. Eran nuestro grupo, nuestra pandilla, nuestros amigos. Rara vez sabíamos sus nombres ni ellos el nuestro y nos llamábamos camarada, amigo, capitán, cariño. Bebíamos nuestro coñac o nuestro ajenjo, fuera cual fuese el veneno local más barato, y hablábamos a voz en cuello de otros amigos, personajes todos de otros bares, de otras islas, al tiempo que no nos quitábamos el ojo de encima, ni siquiera al sonreír, atentos a no sabíamos qué, quizá a una brecha, un flanco débil, por un momento desprotegido, en el que hundir los colmillos. Señoras y caballeros del jurado, seguro que nos han visto, formábamos parte del pintoresquismo local de su viaje organizado, pasaron a nuestro lado con mirada soñadora y los ignoramos.

Daphne y yo presidíamos esa chusma con una especie de desapego a lo grande, como un rey y una reina exiliados que cada día aguardan noticias de la contrarrevolución y de la convocatoria para retornar a palacio. Noté que la gente en general nos veía con cierto recelo, en repetidas ocasiones percibí en sus ojos una mirada preocupada, apaciguadora, perruna, o una mirada resentida, furtiva y hosca. He meditado sobre este fenómeno y me parece significativo. ¿Qué había en nosotros —mejor dicho, qué había en torno a nosotros— que los impresionaba? Bueno, somos altos y bien formados, yo soy apuesto y Daphne es bella, pero no es posible que solo fuera eso. No, después de mucho pensarlo he arribado a la siguiente conclusión: creían reconocer en nosotros cierta coherencia e integridad, una autenticidad primordial de la que carecían y de la que no se sentían del todo dignos. Éramos… sí, ¿por qué no decirlo?, éramos héroes.

Por supuesto, pensé que aquello era ridículo. No, esperen, estoy bajo juramento, debo decir la verdad. Me encantaba. Me encantaba sentarme a mis anchas bajo el sol, junto a mi consorte resplandeciente y de mala fama, y recibir sin alharaca el tributo de nuestra abigarrada corte. Ponía una sonrisa circunstancial, ligera y apenas esbozada, serena y tolerante, con un lejanísimo toque de desdén; se la dedicaba sobre todo a los más imbéciles, a los pobres idiotas que balbuceaban, retozaban ante nosotros con sus gorros de cascabeles, ponían en práctica sus patéticas triquiñuelas y se reían como locos. Los miraba a los ojos y, como me sentía ennoblecido, durante unos segundos podía olvidar lo que era, una cosa ínfima y temblequeante, igual que ellos, llena de anhelo y desprecio, solitaria, temerosa, acosada por las dudas y agonizante.

Así fue como caí en manos de los timadores: llegué a creer que era inviolable. Su señoría, no pretendo disculpar mis acciones, solo intento explicarlas. Esa vida a la deriva de isla en isla fomentaba ilusiones. El sol y el aire de mar diluyeron la importancia de las cosas hasta el extremo de que perdieron su auténtico peso. Mi instinto, el instinto de nuestra tribu, esas espirales enroscadas y templadas en las selvas negras del norte se relajaron en el sur, su señoría, de verdad que fue así. ¿Era posible que hubiera algo peligroso y perverso en un clima tan benigno, tan azul y tan digno de una acuarela? Además, las cosas malas son las que siempre tienen lugar en otra parte y la mala gente nunca es la que uno conoce. El yanqui, por ejemplo, no parecía peor que los demás ejemplares de la fauna de aquel año. De hecho, no me pareció peor que yo mismo… Quiero decir, peor de lo que yo mismo me figuraba que era, ya que, desde luego, eso sucedió antes de que descubriese las cosas que yo era capaz de hacer.

Lo llamo el yanqui porque no sabía o no recuerdo su nombre, aunque no estoy seguro de que fuese norteamericano. Hablaba con un gangueo que parecía aprendido en el cine y tenía una costumbre de hablar mientras miraba a su alrededor con los ojos entrecerrados que me recordaba a algún astro de la pantalla. No pude tomármelo en serio. Hice una magnífica imitación del yanqui —siempre he sido buen mimo— y la gente se rio sorprendida al reconocerlo. Al principio lo tomé por un joven, pero Daphne sonrió y me preguntó si le había mirado las manos. (Daphne siempre reparaba en esos detalles.) Era delgado y musculoso, de rostro afilado y con el pelo rapado como un chaval. Vestía tejanos ceñidos, botas de tacón y cinturones de cuero con hebillas descomunales. Era realmente envarado. Lo llamaré…, veamos, lo llamaré Randolph. Iba detrás de Daphne. Lo vi acercarse sigilosamente, con las manos embutidas en los bolsillos, y olisquear en torno a ella, presumido y nervioso a la vez, lo mismo que tantos otros habían hecho antes, con su deseo, como el de ellos, evidente en cierta palidez extrema entre ceja y ceja. A mí me trataba con cautelosa afabilidad, me llamaba amigo e incluso —¿acaso lo imagino?— camarada. Recuerdo la primera vez que se sentó a nuestra mesa, enroscó sus patas de alambre alrededor de la silla y se reclinó sobre un codo. Yo casi esperaba que sacase la bolsa de tabaco y liase un pitillo con una sola mano. El camarero, Paco o Pablo, un joven de mirada ardiente y pretensiones aristocráticas, cometió un error y nos sirvió bebidas que no habíamos pedido. Randolph aprovechó la ocasión para echarle un rapapolvo. El pobre camarero aguantó incólume, con los hombros hundidos bajo los latigazos de invectivas, y fue lo que siempre había sido: hijo de campesinos. Cuando se alejó a trompicones, Randolph miró a Daphne y esbozó una sonrisa, exhibiendo una hilera lateral de dientes largos y leonados; pensé en un sabueso que, rebosante de orgullo, se sienta después de depositar una rata muerta a los pies de su ama. Malditos guiris, dijo al desgaire, e hizo ademán de escupir. Me incorporé de un salto, aferré el borde de la mesa y la tiré, arrojándole las copas sobre las piernas y gritándole que se pusiera de pie y la recogiera, ¡hijo de la gran puta! No, no, por supuesto que no lo hice. Aunque me hubiera gustado arrojar una mesa llena de cristales rotos sobre su entrepierna ridículamente almohadillada, ese no era mi modo de actuar, al menos en aquellos tiempos. Por añadidura, había disfrutado como el que más al ver que Pablo o Paco, el muy idiota, recibía su merecido, el camarero de miradas sentimentales, manos delicadas y aquel horrible bigote púbico.

A Randolph le gustaba dar la impresión de que era un tipo peligroso. Hablaba de acciones infames perpetradas en un lejano país al que llamaba estadounidense. Di pábulo a las narraciones de esas hazañas y me deleitaba para mis adentros con la forma descuidada en que las relataba, como restándoles importancia. Había algo maravillosamente ridículo en la situación: la mirada de soslayo del fanfarrón y sus modulaciones maliciosamente modestas, su aire de eufórica dignidad, la forma en que se abría como una flor bajo el calor de mi muda inclinación de cabeza a la vez afirmativa, reverente y atemorizada. La sutil perversidad de los seres humanos siempre me ha dado satisfacción. Es un verdadero placer tratar a un tonto mentiroso como si le considerase la esencia de la probidad, seguir el juego de sus poses y sus mentirijillas. Sostuvo que era pintor hasta que le hice unas cuantas preguntas inocentes sobre el tema y, de súbito, se convirtió en escritor. En realidad, según me confió una noche de copas, ganaba dinero traficando con droga entre los ricos que circulaban por la isla. Me horroricé, por supuesto, pero reconocí que se trataba de una información valiosa y más tarde, cuando…

Pero estoy harto de esto, será mejor dejarlo de lado. Le pedí dinero prestado. Se negó. Le recordé la noche de borrachera y añadí que estaba convencido de que a la guardia[1] le interesaría saber lo que me había contado. Se sorprendió. Lo pensó. Respondió que no tenía la suma que le pedía, que tendría que buscarla en otra parte, tal vez pedírsela a personas que conocía. Y se mordió el labio. Le dije que me parecía bien, que la procedencia del dinero me era indiferente. Me

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