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TU NOMBRE DESPUéS DE LA LLUVIA (DREAMING SPIRES 1)

Victoria Álvarez  

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Fragmento

Prólogo

Si la Muerte pudiera llorar, sus lágrimas serían parecidas a las de aquella criatura.

Lo supo desde que la oyó exhalar su primer gemido. Desde que las vidrieras del castillo se estremecieron por primera vez, sacudidas por las vibraciones de la voz sin cuerpo que recorría los jardines, supo que había llegado su hora. Y también que cuando la Parca acudiera a buscarle no sería un esqueleto con una guadaña al hombro. No, sería una voz, nada más que una voz…, la misma que en aquel momento estaba oyendo, rota por los sollozos que no era capaz de contener, débil y poderosa al mismo tiempo, abriéndose camino en medio de los truenos que sacudían aquella pequeña población de la costa irlandesa.

Esa noche la silueta dentada del castillo se perfilaba contra el cielo amoratado como una inmensa boca abierta. Parecía que el pánico no era patrimonio exclusivo de los seres humanos; también las casas y lo que había en ellas podían sentirlo cuando intuían que se avecinaba una tragedia. El anciano no necesitaba contemplarlo con sus propios ojos. Había notado la tensión que crecía a su alrededor desde el instante en que apoyó el pie descalzo en el suelo, aún sentado en la cama de la habitación de invitados que le habían preparado, con los ojos desorbitados por un horror al que no se atrevía a poner nombre. El mismo horror que descendía serpenteando por los muros, se deslizaba alrededor de las estrechas ventanas, se hundía en el quebradizo bordado con el que la hiedra tapizaba el castillo y se sumergía en sus cimientos.

«Vete de aquí —parecían decirle las cosas que lo rodeaban—. ¡Aún estás a tiempo de salvarte!» Hasta los muebles coreaban a su alrededor como criaturas vivas. «¡Vete!», casi le suplicaban mientras corría como un demente por el pasillo al que se abría la puerta de su habitación, bajando por la escalera que desembocaba en el vestíbulo. «¡Abandona este maldito lugar cuanto antes!»

Las manos del hombre temblaban tanto que apenas había conseguido apartar las barras y los seguros que mantenían atrancadas las pesadas hojas de roble. Pero por fin había logrado salir al exterior, y ahora corría como alma que lleva el diablo colina abajo, sin nada más que una camisa de dormir empapada en sudor a pesar de que siguieran en enero y el invierno fuera de los más desapacibles que se habían conocido en la isla.

Llovía tanto que apenas conseguía distinguir lo que tenía ante sí. Los pies se le hundían a cada momento en los charcos de barro que resbalaban hacia el pie de la colina y en dos ocasiones estuvo a punto de golpearse la cabeza con alguna rama baja. Pero no se detuvo ni siquiera entonces; sabía que si se daba prisa podría alcanzar su hogar en un cuarto de hora, y una vez estuviera dentro, abrazado a su esposa y su hija, no habría nada que temer. La voz sin cuerpo seguiría sollozando, pero lo haría para otra persona, probablemente para alguno de los miembros del clan de los O’Laoire. En el fondo era lo que se esperaba de ella. ¿Qué derecho tenía a anunciar la muerte de un hombre que no tenía en sus venas ni una gota de sangre de aquella condenada familia?

Su corazón se iba aligerando a cada paso que daba, aunque su rostro seguía pareciendo una máscara de terror. Y empezaba a pensar que lo había conseguido, que estaba a punto de escapar de su propia condena, cuando la oyó de nuevo a sus espaldas. Y esta vez fue peor porque lo que dejó escapar no fue un sollozo, sino un nombre pronunciado entre lágrimas. Era su nombre.

«Por el amor de Dios, no… ¡No he hecho nada para merecer una muerte como esta!»

Sus nudosas rodillas temblaban tanto que casi chocaban entre sí. De nuevo se hundió en el barro, y tuvo que alargar desesperadamente un brazo para agarrarse a una rama con la que consiguió ponerse una vez más de pie. Un relámpago inundó de repente de luz los jardines que rodeaban la fortaleza. En aquel momento el anciano cometió su peor error: sucumbió a la necesidad de darse la vuelta para comprobar si en efecto le seguía. Cuando lo hizo le pareció que el corazón se le detenía en el pecho. A un centenar de metros, en lo más alto de la colina, creyó reconocer los imprecisos contornos de una silueta blanca.

«Dios mío, Dios mío, no dejes que lo haga. ¡No dejes que me lleve!»

Ahora los sollozos resultaban aún más cercanos a pesar de la intensidad de la tormenta. Casi sin aliento, temblando de los pies a la cabeza, el anciano retrocedió unos cuantos pasos y comprendió que se volvería loco si seguía sosteniéndole la mirada. Entonces se volvió de nuevo para seguir corriendo colina abajo antes de que pudiera alcanzarle. Casi era capaz de sentir su aliento de hielo en la nuca, de notar la presión de sus manos cadavéricas contra las suyas. Pero ahí estaba, justo ante sus ojos: la verja de entrada a la propiedad. Aún no sabía muy bien cómo lo había hecho pero estaba a punto de conseguirlo. Tan solo unos metros le separaban de la salvación. Elevando una oración muda, apretó el paso…

Las manos que había alargado en dirección a la verja nunca llegaron a tocar los barrotes. El ardor que ascendía por su pecho, y que había atribuido a los jadeos producidos por la carrera, se transformó de repente en un dolor tan agudo que perdió el equilibrio. Aterrado, el anciano no pudo hacer nada más que abrir la boca, como si quisiera dejar escapar un alarido que no llegó a sus labios. La criatura volvía a pronunciar su nombre, esta vez mucho más cerca. El hombre no se había equivocado: la voz le había seguido para tratar de alcanzarle, deslizándose como solo podían hacerlo las almas en pena entre los retorcidos árboles para acortar la distancia que la separaba de su presa.

Tuvo suerte de que el dolor de su pecho fuera tan profundo como para impedirle darse la vuelta una segunda vez. Había caído de bruces en el barro, con los brazos aún extendidos hacia la verja y los ojos tan abiertos que parecían a punto de escapar de las órbitas. Pero aunque no pudiera moverse, sus oídos seguían atentos. Y por eso comprendió que cada vez estaba más cerca, más y más cerca, avanzando sin hacer ruido en su dirección, caminando sin darse prisa porque sabía que su presa ya no podía escapar.

Cuando se detuvo a su lado, el anciano había dejado de moverse. Los ojos del color de la tormenta de la criatura se posaron sobre su cuerpo empapado de lluvia. Parecía más frágil que nunca en medio del barro, desvalido como un niño. Un último sollozo escapó de sus labios. «Fearchar…»

I
La ciudad de las agujas de ensueño

1

La locomotora inundaba de hollín el cielo del atardecer, un trazo desdibujado de color negro sobre la acuarela del condado de Oxfordshire que podía contemplar a través de los cristales. Había realizado tantas veces aquel mismo trayecto que podría decir sin temor a equivocarse en qué momento se distinguiría cierta veleta sobre los tejados de alguno de los pueblos, o cuándo un pequeño estanque aparecería entre las ondulaciones de las colinas recubiertas todavía por la escarcha invernal. Puede que para otra persona resultara aburrido tener que presenciar tantas veces el mismo espectáculo, pero a Alexander Quills le parecía de lo más reconfortante. Era la prueba de que no tardaría en llegar a su destino. A su casa.

El traqueteo del tren que había tomado en la estación de Paddington le sumía por momentos en un agradable duermevela, al igual que el parloteo de Robert Johnson, el hombre sentado justo delante de él, que había desplegado un ejemplar de la revista Light de enero de 1903 para leerle a su amigo una noticia.

—«A pesar de su formación científica, o precisamente gracias a ella, la aportación del profesor Quills a nuestro campo de estudio no debería dejar de ser tenida en cuenta» —recitaba el hombre mientras una sonrisa se dibujaba en su cara redonda. Parecía tan orgulloso como un padre al que el maestro acaba de anunciar que su hijo ha obtenido las calificaciones más altas de la clase—. «Las teorías que nos dio a conocer hace unos días durante su conferencia en la sede londinense de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas se cuentan entre las más interesantes que se han escuchado en las últimas décadas dentro de ese glorioso templo dedicado al espiritismo, que parece haber encontrado por fin un nuevo profeta.»

Alexander no se inmutó; seguía contemplando con atención el paisaje que discurría detrás de la nebulosa de los cristales empañados. Ahí estaba de nuevo, justo donde sabía que la encontraría: una veleta de bronce con la forma de una sirena deslucida por el paso de los años y las inclemencias del tiempo.

—«Es lo que estábamos pidiendo a gritos en estos tiempos en que los hombres y las mujeres realmente necesitan apoyarse en la ciencia y la tecnología para creer en algo que los profanos considerarían increíble» —continuaba su compañero—. «Esto es lo que el profesor Quills puede aportar a la humanidad: una esperanza constatable, codificable, palpable. Más auténtica que nada que hayamos estudiado hasta ahora, porque todas las demás teorías espiritistas palidecen ante la minuciosidad de sus experimentos.»

—Podrían haberse ahorrado esa frase —comentó Alexander, apoyando la cabeza en una mano mientras sus ojos se perdían en las nubes que recorrían el cielo—. No creo que se trate de la mejor carta de presentación. Sobre todo teniendo en cuenta que no soy ningún médium.

—Mucho me temo que a las elegantes señoras que participan en sesiones de espiritismo en sus gabinetes de Mayfair y de Covent Garden les traerá sin cuidado si posees o no ese don —le aseguró su amigo, todavía parapetado tras la muralla de papel—. Lo único que les debe de importar ahora mismo es lo mucho que cambiarán las cosas si las máquinas que has presentado en Londres se acaban convirtiendo en un requisito sine qua non en cualquier reunión que se precie. Me parece que aún no eres consciente del revuelo que provocarán a partir de ahora tus pequeños artilugios. —Y dejó de peinar con los ojos la segunda columna de la noticia para leerle en voz alta a Alexander el párrafo con el que concluía—: «Vivimos en una época en que la tecnología se ha convertido en la meta a la que parecen orientarse todos los esfuerzos de la sociedad. Nuestros lectores saben tan bien como nosotros de qué manera nos hemos aferrado a la creencia ciega de que existe algo más allá del cuerpo y que la muerte no es un final. ¿Cómo no entonar un canto de alabanza a este profesor que ha llevado a cabo la unión perfecta entre la ciencia y la fe, que ha colocado los adelantos tecnológicos modernos a nuestro servicio para poner de manifiesto incluso ante los más escépticos que todo aquello en lo que hemos creído es cierto?».

Al darse cuenta de que Alexander no pensaba comentar nada, su amigo inclinó hacia delante las páginas del ejemplar del Light para observarle con cierta extrañeza. Solo entonces comprendió que lo que lo mantenía callado no era solo la modestia sino el cansancio y las ganas de llegar a casa. Habían sido unos días muy ajetreados, y aquella proliferación de reseñas, noticias y artículos que la prensa especializada había publicado acerca de su persona habría bastado para hacer perder el norte a cualquier otro. Pero no a Alexander Quills, desde luego; los pocos amigos de verdad con los que contaba sabían que nunca se le habría ocurrido meterse en aquello simplemente por ambición. Puede que en ese momento su nombre fuera el más repetido entre los miembros de la reputada Sociedad de Investigaciones Psíquicas, pero su aspecto seguía siendo el de un antiguo profesor del Magdalen College de Oxford agotado después de pasar horas corrigiendo exámenes.

También su mirada seguía siendo triste. Alexander tenía treinta y siete años, aunque parecía mayor; tal vez se debiera a unas cuantas canas que habían comenzado a poblar su barba y su cabello castaño claro, o a las leves ojeras que subrayaban los ojos azules que seguían escrutando las nubes a través de unas redondas gafas doradas. Era muy alto y delgado, y hasta el menor detalle de su fisonomía respondía al estereotipo del caballero británico. Por su elegancia tan natural y por la cadencia de su voz podría parecer un aristócrata, hasta el momento en que uno reparaba en las manchas de tinta que siempre salpicaban sus dedos. «Sigue tratando de abarcar más de lo que puede —se dijo su amigo con una repentina punzada de compasión—. Como si pudiera pasar página trabajando precisamente en esto…, ¡en una máquina para comunicarse con los muertos!»

Mientras hablaban había comenzado a caer una fina llovizna, una tenue cortina de agua pulverizada que salpicaba los cristales y que no tardaría en desaparecer en cuanto el viento arrastrara las nubes reunidas en cónclave sobre sus cabezas. Realmente lo que se decía de Inglaterra era cierto: uno podía sentarse en cualquier lugar al aire libre para asistir en apenas una hora a un desfile de las cuatro estaciones del año.

—Hace un frío de mil demonios esta tarde —se quejó Johnson sin poder reprimir un estremecimiento, cerrándose un poco más el cuello del abrigo—. Y eso que cuando me marché a Londres la semana pasada me pareció que la temperatura del vagón era de lo más agradable. ¡Casi puedo ver el aliento que sale de mi boca al hablar!

—Deja de quejarte —le contestó Alexander con una leve sonrisa—. Estoy seguro de que entrarás en calor cuando bajes del tren, Robert. O mejor dicho cuando te apartes de mí.

—Cualquiera que te oyera ahora mismo pensaría que eres la persona más amargada del mundo. Suerte que los que te hemos conocido en momentos mejores estamos dispuestos a desmentirlo.

El amigo de Alexander era de edad aproximada a la suya, aunque mucho más bajo y rechoncho, con una cara de luna llena en la que relucían dos grandes ojos grises. Hacía muchos años que se conocían, aunque su encuentro en Londres había sido completamente fortuito. Johnson estaba pasando unos días en la capital para resolver algunas cuestiones relacionadas con las obras que quería llevar a cabo en el orfanato de Reading del que era director. Alexander y él habían coincidido en la librería Hatchards y después de estar hablando cerca de una

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