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TULIPANES DE MARTE

Javier Yanes

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Fragmento

1

Soy un hombre muerto.

Muerto.

Escribo esta palabra con una resignación dolorida. Este es el sentimiento que ahora me domina, después de abrirse paso entre las ruinas humeantes de lo que antes ha sido mi perplejidad incrédula. Incrédula, porque nunca esperé este final: congelado, como un fósil glacial de cuya ignota existencia darán cuenta las pistas que se hallarán, o, mejor dicho, se habrán hallado, junto a mí. Cambio el tiempo del verbo al constatar que para ti, que estás leyendo estas líneas, soy historia, o quizá más bien leyenda, como el personaje de Matheson. Aunque a diferencia de Neville, no soy el último hombre. De hecho, en cierto sentido estaba destinado a ser el primero. Yo era el futuro. Y ahora, no mi ahora sino el tuyo, soy un testimonio residual del pasado. Qué paradoja.

Digo que soy un hombre muerto porque este relato, que espero tener el tiempo suficiente para terminar si no me desvío en figuraciones, concluirá con mi muerte. Espero que sepas perdonarme por destriparte el desenlace en la primera página. Sé que a todo espectador se le atragantarían las palomitas si su compañero de butaca le chivara durante los créditos iniciales que en realidad fue John Wayne, y no James Stewart, quien mató a Liberty Valance. Pero lo prefiero así. Creo que las cuentas quedarán mejor saldadas si te exhorto desde ahora a abandonar toda vana esperanza de verme salir de esta sano, salvo y triunfante, en caso de que llegue a caerte simpático. Si, por el contrario, te resulto un tipo aborrecible, que hay motivos para ello, ya puedes empezar a celebrarlo. Conozco exactamente cuál será la causa de mi muerte, y sé aproximadamente cuándo se producirá. En cuanto a lo segundo, tal vez un par de semanas, un mes a lo sumo. Respecto a lo primero, mi asesina será la radiación.

Este pequeño enemigo insidioso ya está comenzando a descomponerme por dentro. Hoy ha caído el primer mechón de mi pelo. Y a pesar de que mi azote es un fantasma invisible sin rostro, la posibilidad de mirar a la muerte a los ojos hasta el mismo fondo de su retina le confiere cierto aire familiar, la despoja de túnica y guadaña para vestirla con boatiné y pantuflas, como la madre protectora que me ha faltado durante años y que regresará para tomarme de la mano y llevarme lejos de este infierno gélido y desolado. La perspectiva de abrazar esta paz es un pensamiento reconfortante que me ayuda a desdramatizar mi situación y a afrontar mis últimos momentos con el espíritu lavado, planchado y perfumado. Qué demonios. No es para tanto. Al fin y al cabo, tarde o temprano, todos morimos.

En mi caso, además, he vivido de prestado. Te explico el porqué. En Canadá se recuerda una especie de juramento que pronunciaban los cazadores inuits y que decía así: yo, que nací para morir, viviré. Ignoro qué significaba para aquellos cazadores. Pero cuando supe de ello, cobró sentido por algo que mi madre me contó cuando yo era niño. Según parece, me costó nacer. Me empeñé en nacer, a pesar de que la línea que me mantenía vivo en el útero se había transformado al mismo tiempo en mi peor amenaza. Mi cordón umbilical estaba anudado en dos lugares distintos y enlazado en torno a mi cuello como una soga viva dispuesta a estrangularme. La doctora que atendió el parto le reveló a mi madre que yo me las había ingeniado para sortear tres trampas letales, y que el mío debía haber sido un caso típico de muerte fetal. La primera vez que, escalofriado, escuché esta historia, me dio por pensar que la gestación embrionaria no es una incubación cómoda y calentita a buen recaudo, sino una especie de viaje sideral a través de un universo infinito, desconocido y cuajado de peligros, en el que somos los únicos ocupantes de una nave que no sabemos pilotar. El tránsito por el canal del parto es una arriesgada reentrada en la atmósfera en la que bien podemos perecer. Y solo si atravesamos con éxito esa procelosa barrera de carne asfixiante, vivimos. No hay nada impropio cuando se dice que venimos al mundo. Antes de eso, estamos lejos de él. Nuestro confinamiento en esa caja de caudales del seno materno nos mantiene tan apartados del planeta Tierra que solo se sabe de nosotros a través del latido que se recoge como la señal de una lejana sonda interplanetaria, y de esos mapas cósmicos de ultrasonidos llamados ecografías. Ya lo ves. Yo, como los inuits, me propuse vivir en contra de mi designio. Disfruté de un regalo que ahora se me ha agotado.

Pero antes de hablarte del fin, debo comenzar por el principio. Mi nombre.

Llámame Ismael. Sí, eso es. Como el grumete de Melville. Ismael.

Discúlpame, pero no he podido resistir el impulso de escribir mi nombre otra vez. O más que escribirlo, dibujarlo.

© Ana González

Yo solía dibujar, y lo hacía muy bien, pero lo dejé. Tal vez por esa añoranza de mi antigua afición, trazo mi nombre despacio, deslizando el lápiz arriba y abajo por sus líneas curvadas, sinuosas, y me quedo absorto patinando con la mirada por sus pendientes, que se tienden como las sogas de una hamaca anudadas a los postes de la i mayúscula y la ele…

Tienes razón. Ya me estoy perdiendo en figuraciones. Pero es que mi nombre se ha convertido para mí en una rareza, porque son muy pocos los que me conocen así. Y no es que yo sea un ciudadano anónimo. Nada de eso. Muy al contrario; he llegado a ser nombrado persona del año en la portada de la revista Time. ¿Cuántos humanos han gozado de ese privilegio? De mí se ha dicho que soy más popular que los Beatles, quienes a su vez dijeron de sí mismos que eran más populares que Jesucristo. He recibido al presidente de Estados Unidos. Repito: yo a él. No porque él viniese a mi casa, naturalmente, ya que esto habría estado fuera de sazón, sino porque fue su equipo el que solicitó una reunión conmigo para que el presidente pudiera fotografiarse junto a mí. Los medios de comunicación me han colgado muchos nombres. Time me bautizó como el Humano 2.0. Otros han dicho de mí que soy el heraldo, el enviado, el mensajero, el fundador, e incluso se creó alguna especie de secta cibernético-mesiánica que pretendía mi liderazgo. Claro que no todo fueron elogios, ni mucho menos. También me han llamado loco, suicida o alucinado, e incluso me han calificado de psicópata violento y peligroso delincuente internacional. Pero incluso quienes me odian lo han hecho con la pasión que se profesa hacia el ídolo. Mi rostro ha estado presente en más lugares de los que yo habría deseado, desde los intermedios de cualquier cadena de televisión del mundo hasta los envoltorios de las chocolatinas o las figuras de acción de las jugueterías. Y sin embargo, para todos ellos yo no era Ismael, sino, sencillamente, M. Así es como me conoce la humanidad. M, el martenauta.

En realidad, casi ni yo mismo me reconozco ya como Ismael. La persona que un día fui quedó destrozada entre los engranajes del tiempo, como si mi cuerpo hubiera atravesado el mecanismo de un enorme e inexorable reloj que me hubiese dejado maltrecho y paralítico. En otro tiempo sí guardé ciertas semejanzas con el grumete de Melville. Como él, yo tampoco tenía mucho dinero ni nada que me interesara en tierra, y esto me empujó a tomar la decisión de navegar un poco. También fue noviembre en mi alma. Me ha llovido mucho por dentro. He tenido mi Pequod, mi Ahab y su Moby Dick. Pero si la aventura de aquel barco ballenero terminó de forma desastrosa, al menos Ismael pudo sobrevivir para contarlo y quizá para enrolarse en una nueva travesía más amable, en algo que le pusiera ante los ojos una ilusión fresca y brillante. En cambio, mi último viaje ha terminado en esta cueva de un desierto yermo y aterido. Aquí permaneceré en soledad hasta el fin de mis días, porque nadie puede llegar a donde yo estoy. Es una condena autoimpuesta, aunque también sellada por circunstancias que se han complicado y que no he sabido controlar. Yo he elegido y firmado mi sentencia, pero no tenía otra salida. Tuve que hacerlo. Me refiero a las vidas que quité. Ahora solo espero ese momento final, y mientras tanto me inquieta pensar si llegaré a ver brillar la luz del cohete en el cielo, porque tal vez no sabré cómo interpretar esa señal. Aunque, de cualquier modo, si eso ocurre, sabré que todo ha acabado.

Debo apresurarme. Lo que pretendo, con este lápiz y en estos folios, es lanzar un mensaje en una botella hacia el océano del futuro, dejar mi memoria por escrito para que algún día alguien pueda recuperarla, estudiarla y entender todo lo que sucedió tal y como ocurrió realmente. Por si resulta de utilidad, aunque sea como testimonio histórico de la que fue, citando a una famosa periodista que escribió sobre mí, la mayor aventura jamás imaginada por el ser humano, la empresa más extraordinaria y ambiciosa desde la primera travesía de Colón a las Américas.

Verás, yo tuve un amigo de sangre y hermano del alma llamado Sam. Como todos los niños, Sam y yo dedicábamos las tardes después del colegio a barruntar sueños infantiles. Nuestro sueño de cabecera era emprender el viaje más grandioso y definitivo: volar al espacio, posarnos en otros mundos, poner el pie donde nadie jamás lo hizo antes y entablar contacto con sus pobladores alienígenas. Para la mayoría de los críos, la vida y la madurez se encargan de sofocar las ensoñaciones de la niñez como se desmenuzan y se extinguen las brasas en la fogata, y quienes anhelaban ser astronautas o exploradores acaban convertidos en auditores, contables o, peor aún, políticos. Pero al contrario que el resto de las personas, un buen día Sam descubrió vida en Marte. Y así nació la más grande de las ideas.

Esta es mi historia.

 

Diario de Samuel Waitiki

Querido Dios:

Hoy he cumplido siete años. Me he hecho mayor. Ya sé escribir bien, sin tachones, y sé poner las jotas a su lado y las eles al suyo, que antes las confundía. Por eso mama Betty me ha regalado este diario. Es muy chulo porque tiene las tapas rojas con unas letras de oro que dicen «Mi Diario». Yo nunca he tenido un diario y no sabía qué debía hacer con él, pero mama Betty me lo ha explicado. Me ha dicho que cada día te cuente a Ti lo que me ha pasado, lo que he hecho y lo que pienso. Que nadie más que yo podrá leerlo, por eso tiene una llave para cerrarlo. Y que para empezar, te cuente quién soy. Me llamo Samuel Waitiki. Nací en Nairobi, la capital de Kenia. Mi casa es muy bonita y está fuera de la ciudad, en el monte. Aquí vivo con mama Betty y mi papá, que se llama Frank, y también con tío Gabriel y tía Estrella y con su hijo Ismael, mi mejor amigo. Ellos no son africanos sino españoles, y por eso son blancos, aunque Ismael también nació en Nairobi el mismo día que yo. Los dos vamos a la misma clase. Tengo dos hermanos que se llaman Jeremy y Adam, pero a ellos los veo muy poco porque son muy mayores, trabajan de taxistas y viven en la ciudad. Vienen de vez en cuando a verme y me pongo muy contento porque me traen regalos. Y ese soy yo. Hoy ha sido mi cumpleaños, creo que eso ya te lo he dicho. Y también el de Ismael, claro. Hemos hecho una gran fiesta en casa. Papá y tío Gabriel se han disfrazado de payasos, con camisas de flores y sombreros de paja, y con unas guitarritas pequeñas nos han cantado el Cumpleaños feliz. Han cantado fatal, pero nos hemos reído mucho. Hemos comido tarta de mango, que es mi preferida, y nos han hecho muchos regalos. Los que más nos han gustado han sido dos fusiles láser, uno para Ismael y otro para mí. No hacen daño a la gente, pero son mortales para los extraterrestres. Eso es lo que dice Ismael. Además, tienen escáner de ultracuerpos, lo cual está muy bien, porque así podremos saber cuándo los frutos del arbusto de La Alcachofa llevan dentro embriones de alienígenas. Esto es muy importante, porque tenemos que destruirlos para que no invadan la Tierra. Después de la fiesta, Ismael y yo hemos ido a La Alcachofa y hemos probado los fusiles allí. Había dos frutos que llevaban ultracuerpos, así que los hemos arrancado y los hemos pisado. Y ya está. No se me ocurre nada más que contarte hoy. Pero espero que otros días me pasen muchas más cosas y así podré contártelas. Hasta luego, Dios.

Sinceramente tuyo,

SAMUEL WAITIKI

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Mi nombre, como ya te dije, es Ismael. ¿Mi procedencia? Me enorgullezco de mi origen africano, aunque soy hijo de expatriados españoles y a un keniano blanco nunca se le llega a considerar cien por cien keniano. Este conflicto de pertenencia lo debí de heredar de mi padre, huérfano sevillano que se crió con unos tíos muy viajeros, y a quien la jaula del terruño le empezó a causar claustrofobia y a tirar de la sisa apenas cumplió la mayoría de edad. Con sus estudios recién terminados, no necesitó más equipaje que su título de ingeniero y más compañía que la de su novia para lanzarse a traquetear sobre el adoquinado del mundo en busca de un lugar donde fundar su país privado. Lo encontró en Nairobi, donde una compañía china construía una autopista y ofrecía un suculento empleo para un jefe de obra con formación europea y dominio del inglés.

En cuanto a su novia, mi madre, tenía una ocupación de lo más singular y extravagante: era diseñadora de monstruos. Se dedicaba a parir criaturas alienígenas virtuales para una serie televisiva de ciencia ficción de gran éxito en el Reino Unido. Ellos, fueran quienes fuesen ellos, le enviaban por correo electrónico unas breves y enigmáticas órdenes de lo que precisaban como si se tratara de descripciones de inventario, a saber, «un zoomorfo quitinoso quelicerado y chupador de sangre del planeta Qoo67kz’os», o «un humanoide blando y semidesleído en ondas electromagnéticas de la galaxia Jjjrraknws», y ella los dibujaba en su ordenador para después insuflarles la vida con sus programas de animación. Así pasaba las horas en su maisonette de alquiler en el barrio de Lavington, pergeñando horribles engendros interplanetarios, mientras esperaba cada día a que mi padre regresara de la obra exhausto, recocido por el sol, con las suelas de las botas casi fundidas en el alquitrán churruscado y oliendo a denuedo humano.

Un día, cuando quedaban pocos kilómetros para concluir la carretera y las azoteas de la ciudad ya cuadriculaban el horizonte, en la obra aterrizó un poderoso todoterreno plateado de lunas tintadas que se deslizó casi sin ruido hasta donde terminaba la cinta de asfalto. Allí se detuvo y de su interior se apeó su conductor, un hombrecillo ágil que corrió a la parte de atrás, abrió el portaequipajes, sacó una silla de aula colegial y la plantó en mitad de la escena, hundiendo las patas de metal en el asfalto tierno ante la expectación atónita de los obreros, que abandonaron su labor para congregarse alrededor de aquel objeto. El personaje trotó de vuelta al coche, abrió una puerta trasera y de allí descendió un chino muy anciano vestido con un traje sas

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