Loading...

TUS DOS MUERTOS (SERIE ZUZUNAGA 1)

Jorge Alberto Gudiño Hernández  

0


Fragmento

El hedor a mierda te escuece la garganta.

Te estás pudriendo, cabrón. Le dices a Carmelo mientras le revientas la boca de un toletazo.

Él está sentado en el retrete portátil. Las paredes de plástico reciben las gotas de sangre de su boca, sumándolas a manchas añejas. El golpe produce un eco como el que se da en la penumbra anterior a la caída de la noche. Sin dejar de mirarte, se cubre la boca con la mano.

Lo estabas cazando desde hace varios días, cuando se negó a pagar la cuota correspondiente. No lo podías perseguir por las calles: es más joven, veloz y escurridizo. Cuando lo viste entrar en el sanitario de la construcción supiste que era tiempo de saldar deudas. Esperaste un par de minutos para sorprenderlo en el trance de vaciar los intestinos.

La cara de Carmelo se descompone cuando amagas un nuevo golpe. En sus ojos se percibe la necesidad de encontrar palabras para defenderse. No las halla. Tampoco dices nada. Ver a un hombre sentado en el retrete agita tus recuerdos. El tufo los afianza como si hubieran alcanzado un nivel de intimidad nuevo: los pantalones enrollados a sus pies, el sexo gordo y flácido asomando entre las piernas.

¿Así que ya no quieres pagar? Preguntas conteniendo una arcada.

¿Cuántas personas cagan a diario en este agujero? Huele peor que si lo hicieran al aire libre, en una esquina oscura o en el terreno baldío que se extiende por casi toda la cuadra.

Tampoco hay respuesta.

Alzas el tolete. Un miedo infantil se apodera de los rasgos de Carmelo. ¿Qué edad tiene? ¿Quince, dieciocho años? Es difícil saberlo con los callejeros. Tampoco te interesa demasiado. No tienes intenciones de encerrarlo. Con un arco amplio estrellas el arma contra la pared. El sonido reverbera dentro de la cabina.

Con el extremo del tolete levantas el sexo de Carmelo. Está bien dotado el chamaco. Una lástima, piensas al anticipar el castigo.

El zumbido del teléfono te distrae. No necesitas ver la pantalla para saber que es el jefe. Calzas el tolete en el cinturón, al lado de la pistola. Te agachas un poco. Apenas lo necesario para tomar la punta de los pantalones de Carmelo. Los jalas con fuerza para sacarlos por completo. Él te deja hacer, la sangre secándose en sus labios. No trae calzones. Otro ramalazo de asco mezclándose con un pálpito antiguo. Hurgas en las bolsas. Apenas un par de billetes chicos y calderilla.

Te salvaste, Carmelito. Avisas antes de salir del lugar con los pantalones en la mano.

No consigues identificar si en su mirada se empoza el rencor o la resignación.

Golpeas un par de veces la cabina. Se tambalea un poco en medio de un ruido que asemeja al vaivén que la hace temblar. Lanzas los pantalones hacia un cerro de varillas. No crees que pueda hallarlos en la oscuridad.

La noche empieza a reclamar sus dominios.

Zuzunaga, tenemos un problema. La voz es ronca y no muestra ninguna alteración. Aun así, debe ser algo grave, el jefe no te habla por cualquier cosa.

El jefe casi no te habla.

Pronto te enteras del asunto. Ayer en la

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta