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TYLL

Daniel Kehlmann  

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Fragmento

La guerra aún no había llegado hasta nosotros. Vivíamos en el miedo y en la esperanza, intentando no atraer la ira de Dios hacia nuestra ciudad de sólidas murallas, con sus ciento cinco casas y su iglesia y el cementerio donde nuestros antepasados aguardaban el Día de la Resurrección.

Rezábamos mucho para mantener la guerra lejos. Rezábamos al Todopoderoso y a la dulce Virgen, rezábamos a la Señora del Bosque y a los espíritus menores de la medianoche, a san Gervino, a san Pedro, guardián de las puertas celestiales, a Juan Evangelista, y, por si acaso, le rezábamos también al ancestral espíritu de Mela, que recorre los cielos escoltado por su séquito durante esas doce noches en que los demonios gozan de libertad para andar sueltos. Rezábamos al dios astado de los días remotos y rezábamos a san Martín Obispo, el que le dio la mitad de su capa al mendigo que se moría de frío, de tal suerte que acabaron muriéndose de frío los dos, pues para qué sirve media capa en pleno invierno, y por supuesto le rezábamos a san Mauricio, el que prefirió morir con toda una legión a traicionar su fe en el Dios único y justo.

Dos veces al año venía el recaudador de impuestos y siempre parecía sorprenderse de que siguiéramos allí. De cuando en cuando, venía algún buhonero, pero como no comprábamos mucho, tampoco tardaba en marcharse, y a nosotros nos parecía bien. No necesitábamos nada del resto del mundo, como tampoco le prestábamos atención, hasta que una mañana apareció por nuestra calle principal un carromato tirado por un burro. Era sábado y, desde hacía poco, también primavera; el arroyo rebosaba agua del deshielo y ya habíamos hecho la siembra, los campos no estaban en barbecho, sino todo lo contrario.

Sobre el carromato había una especie de tienda de lona roja. Delante de ella iba una mujer en cuclillas. Su cuerpo parecía un fardo, tenía la cara curtida como el cuero y los ojos no eran más que dos botoncitos negros. Detrás se veía a otra mujer más joven, con pecas y cabello oscuro. En el pescante, en cambio, iba un hombre al que reconocimos de inmediato a pesar de que nunca antes nos había visitado, y, en cuanto los primeros se dieron cuenta de quién era y gritaron su nombre, los demás les secundaron, y así fue que enseguida empezó a oírse por todas partes y en múltiples voces: «¡Es Tyll!» «¡Ha venido Tyll!» «¡Mirad, mirad, ha llegado Tyll!». Solo podía ser él.

Incluso hasta nuestra ciudad llegaban las hojas volanderas. Nos llegaban a través del bosque, venían con el viento, o nos las traía algún buhonero, pues en el mundo allende nuestras murallas se imprimían más de las que nadie era capaz de contar. Trataban de la nave de los locos y de la profunda estulticia de los clérigos[1] y del pérfido Papa de Roma y del diabólico Martín Lutero de Wittenberg y de Horridus, el hechicero, y del Doctor Fausto y del heroico Sir Gawain y la Tabla Redonda y, obviamente, del propio Tyll Ulenspiegel, que ahora venía a vernos en persona. Conocíamos su jubón de colorines, conocíamos su capucha abollada y su capa de piel de vaca, conocíamos su rostro anguloso, sus ojillos, sus mejillas hundidas y sus dientes de conejo. Llevaba calzas de paño bueno y zapatos de cuero fino, pero tenía manos de ladrón o de escribiente, manos de no haber trabajado nunca; en la derecha sostenía las riendas, en la izquierda, el látigo. Le brillaban los ojos e iba saludando a un lado y a otro.

—¿Y tú cómo te llamas? —le preguntó a una niña.

La niña guardó silencio, pues no podía ni imaginar que alguien célebre hablara con ella.

—Dímelo ya…

Cuando logró balbucear que se llamaba Martha, Tyll se limitó a sonreír, como si lo hubiera sabido desde siempre.

Luego, con un interés como si se tratara de algo importante para él, añadió:

—¿Y cuántos años tienes?

La niña carraspeó y se lo dijo. En sus doce años de vida nunca había visto unos ojos como los de Tyll. Ojos como aquellos habría en las ciudades libres del imperio y en las cortes de los grandes príncipes, pero hasta nosotros jamás había llegado nadie con unos ojos así. Martha ni sabía que el rostro de una persona pudiera reflejar semejante fuerza y semejante virtuosismo del alma. En su momento, le contaría a su esposo y mucho más adelante a sus incrédulos nietos, para quienes Ulenspiegel no sería sino un personaje de las antiguas leyendas, que ella lo había tenido justo delante.

Ya había pasado de largo el carromato, ya se posaba la mirada de Tyll en otro lugar, en otras personas al borde de la calzada. «¡Ha venido Tyll!», volvía a oírse por la calle, y: «¡Es Tyll!» desde las ventanas y: «¡Tyll está aquí!» desde la plaza de la iglesia, hacia donde se dirigía el carro ahora.

A la velocidad del relámpago, el carromato se transformó en un escenario. Las dos mujeres plegaron la lona, la joven se recogió el pelo en un moño, se puso una coronita y se echó una tela púrpura por los hombros, la más vieja se levantó para colocarse delante, alzó la voz y comenzó a entonar una especie de cantilena. Hablaba un dialecto que sonaba como el de los territorios del sur, como el de las grandes ciudades de Baviera, y no nos resultaba fácil de seguir, aunque alcanzamos a entender que la historia trataba de un hombre y una mujer que se amaban, pero no podían estar juntos porque los separaban las aguas. Tyll Ulenspiegel sacó una tela azul, se puso de rodillas y, sujetándola de una punta, la sacudió como para lanzarla lejos de tal manera que se desenrolló toda entre crujidos;

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