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UN AñO EN ROMA

Anthony Doerr  

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Fragmento

 

Italia se vislumbra. Hacemos listas: pañales, ropa de cuna, una lamparita para leer. Leche en polvo para biberón. Dos docenas de barritas de cereales Nutri-Grain. No hemos comido barritas Nutri-Grain en la vida, pero ahora, de pronto, parece importante tenerlas a mano.

Me quedo mirando el nuevo diccionario de bolsillo Italiano-Inglés y me preocupo. ¿Pone cómo se dice: «Aquí está mi pasaporte»? O: «¿Dónde puedo comprar pañales, por el amor de Dios?»

Hacemos como que estamos tranquilos. Ninguno de los dos está dispuesto a plantearse que mañana subiremos a bordo de un Airbus con unos gemelos de seis meses, ascenderemos a treinta y siete mil pies de altitud y permaneceremos allí catorce horas. En cambio, abrimos y cerramos la cremallera de las bolsas de viaje, le quitamos las ruedas al carrito y miramos con atención fotitos muy pixeladas de San Pedro en ricksteves.com.

Lluvia en Boise; viento en Denver. El avión surca la troposfera a novecientos kilómetros por hora. Owen duerme en un rebujo de sábanas a nuestros pies. Henry duerme en mis brazos. Hay turbulencias durante toda la travesía del Atlántico; tiemblan los mamparos, los vasos tintinean, los ganchos de las bandejas se abren y se cierran.

Nos trasladamos de Boise (Idaho), a Roma (Italia), un lugar donde nunca he estado. Cuando pienso en Italia imagino decadencia, pinturas al óleo de color pardo oscuro, emperadores con sandalias. Veo una sección transversal de una maqueta del Coliseo hecha como proyecto escolar a base de pegamento y azucarillos; veo una jabonera blanca y azul marino comprada en Florencia con un ángulo desportillado que mi madre tuvo en el lavabo de su cuarto de baño durante treinta años.

Con más claridad que cualquier otra cosa, veo un libro con dibujos para colorear que me regalaron una vez por Navidad titulado La antigua Roma. Dos criaturas mamaban de las ubres de una loba. Un césar sonreía con su corona de hojas. Una sensual doncella de grandes pupilas posaba con un cántaro junto a una fuente. Al margen de la idea que tuviera de Roma en aquel entonces —con siete años, la noche de Navidad, los copos cayendo contra las ventanas, un abeto con luces parpadeando en la planta baja, lápices de colores desperdigados por la moqueta—, ahora no es mucho más clara: bosquejos de elefantes y gladiadores, palacios dibujados al fondo, la sensación de que los colores que había escogido estaban todos equivocados, verde mar para los carros, dorado para los cielos.

En la pantalla del respaldo del asiento que hay delante de mí, el pequeño icono de nuestro avión pasa por encima de Marsella, Niza. Un biberón lleno de leche, ladeado en el bolsillo del asiento, empapa el tejido y gotea sobre mi equipaje de mano, pero no me agacho a enderezarlo por miedo a despertar a Henry. Hemos cruzado de Norteamérica a Europa en el tiempo que se tarda en emitir una película de Lindsay Lohan y dos episodios de la telecomedia Todo el mundo quiere a Raymond. La temperatura en el exterior es de 50 grados bajo cero.

Un taxi nos deja delante de un palacio: estuco y mármol travertino, la fachada dividida en cinco ventanales, unas escaleras de entrada enmarcadas por arbustos podados con formas de animales. El portero aplasta la colilla con la suela del zapato y dice, en inglés: «¿Son ustedes los de los gemelos?». Nos estrecha la mano, nos da un juego de llaves.

Nuestro apartamento está en un edificio anexo al palacio. La verja principal mide tres metros de alto, es de hierro y tiene arañazos en mil sitios; es como si hubieran estado intentando entrar en el jardín perros salvajes. Una llave la abre; encontramos la entrada en el lateral. Los niños miran desde los asientos del carrito con ojos enormes. Los metemos en un ascensor de jaula con puertas de madera que se abren hacia dentro. Pasamos dos plantas traqueteando. Oigo pinzones, frenos de camioneta. Resuenan pasos de vecinos en la caja de la escalera; un portazo. Hay voces de niños. La verja, tres plantas más abajo, emite un estrépito metálico al cerrarse.

Nuestra puerta se abre a un pasillo estrecho. Lo lleno poco a poco de bolsas. Shauna, mi mujer, lleva a los niños al interior. El apartamento es más grande de lo que hubiéramos podido esperar: dos dormitorios, dos cuartos de baño, armarios nuevos, techos de cuatro metros, suelos embaldosados que resuenan. Hay un viejo escritorio, un sofá azul marino. El frigorífico está oculto dentro de un armario. Solo hay una obra de arte: un póster de siete u ocho góndolas que cruzan un puerto, con una piazza brumosa al fondo.

La joya del apartamento es la terraza, a la que accedemos por una puerta estrecha en el rincón de la cocina, como si el arquitecto solo se hubiera percatado de que hacía falta una salida en el último momento. Se asoma a la entrada del edificio, diez metros más allá, dieciséis más abajo. Desde allí se ven entre las copas de los árboles piezas del puzle de Roma: tejados de terracota, tres o cuatro cúpulas, un campanario de dos pisos, el verde disperso de los jardines colgantes, todo calinoso, extraño e imposible.

El aire es húmedo y cálido. Si acaso, huele ligeramente a repollo.

—¿Es nuestra? —pregunta Shauna—. ¿Toda la terraza?

Lo es. Salvo por nuestra puerta, no hay ninguna otra entrada.

Dejamos a los bebés en cunas desemparejadas que no parecen especialmente seguras. Un mosquito pasa flotando por la cocina. Compartimos una barrita de cereales. Comemos cinco paquetitos de galletas saladas. Nos hemos mudado a Italia.

Durante un año voy a disfrutar de una beca en la Academia Americana en Roma. Aquí no hay alumnos, ni facultad, solo un puñado de artistas e investigadores, a los que se concede un año en Roma para dedicarse a proyectos independientes.

Mi beca es de literatura. Lo único que tengo que hacer es escribir. Ni siquiera tengo que enseñarle a nadie lo que escriba. A cambio, me ofrecen un estudio, las llaves de este apartamento, dos esteras de baño, un montón de toallas descoloridas todos los jueves y 1.300 dólares al mes. Vamos a vivir en la colina del Janículo, una verde oleada de árboles y villas separada por

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