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UN BESO BAJO LA LLUVIA (BESOS 1)

Priscila Serrano  

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Fragmento

Capítulo 1

Un día cualquiera y, después de meses, volvía al trabajo. Las vacaciones habían sido las peores que había pasado en mi vida, sin salir de estas cuatro paredes, sin querer ver a nadie y ¿todo por qué? Por culpa de Álvaro y de Silvia. Ella había destrozado la vida que tenía, mi futuro con un buen hombre, o eso pensaba.

Me levanté ese día sin ganas, sin querer quitarme el pijama que llevaba puesto después de una semana. Ya eran tres meses separada del hombre del cual estaba enamorada y todavía no me entraba en la cabeza. ¿Cómo fue que pasó y cuándo? Mis amigas, las de verdad, me llamaban a diario, venían a mi casa para estar conmigo, para animarme y, sobre todo, para hacerme olvidar, pero yo no lo conseguía. ¿Cómo haría eso? Era imposible borrar ese día de mi mente y ver cómo todo mi mundo se desmoronaba y cómo el hombre que había estado a mi lado por años se marchaba a los brazos de otra.

Me fui hasta la ducha; al terminar, me vestí rápidamente, ya que hacía un frío de mil demonios. En Madrid, los inviernos eran helados: o te abrigabas o morías de una pulmonía. Luego me calcé mis botas y fui hasta el baño para peinarme y maquillarme, aunque no me sentía con ganas, pero tampoco podía llegar a la escuela y darles a los demás profesores tema de conversación durante todo el semestre. Cuando acabé de arreglarme, cogí mi maletín y salí de casa en dirección a la escuela primaria San Patricio. Iba en mi coche, sin escuchar música como cada día. En ese momento me paré en un semáforo y aproveché para coger mi móvil, que había sonado; no sabía quién podía ser tan temprano. Abrí los mensajes y tenía dos de Luisa y uno de Belén.

Luisa:

Hola, cari. ¿Cómo estás hoy?

Luisa:

—Llámame cuando acabes, y comemos juntas, ¿vale?

Cuando leí los de Luisa y abrí el de Belén, tuve que reír al ver lo que había hecho.

Belén:

Que sepas que me van a poner una multa por darle un guantazo a Silvia. Llámame y te cuento todo con detalles.

Cuando terminé de leer los mensajes, ya se había puesto el semáforo en verde, y todos los coches me estaban pitando. Arranqué y, unos metros más adelante, un policía en moto me paró. Tuve que hacerlo en pleno atasco y subirme a la vereda para poder dejar circular a los demás conductores.

—¡Joder!, todo me pasa a mí —dije cuando vi cómo el policía se acercaba a mi coche.

Pegó en la ventanilla y la bajé. El policía iba con el casco y las gafas de sol; ni siquiera podía verle la cara porque la llevaba media tapada, pero lo poco que pude contemplar era de mala leche, así que era preferible no ver más de lo que a simple vista se veía.

—Dígame, Sr. agente —hablé nerviosa.

Nunca un policía me había parado por nada, ni nunca había perdido la noción del tiempo en un semáforo pero, desde aquel día, no era la misma, y todo en mí había cambiado. No era yo la que un día había sido; ya no era Lara, la mujer enamorada y feliz. Ahora era la infeliz, cornuda y amargada.

—Papeles del coche —dijo con voz ruda.

Mis ojos se abrieron al oírlo hablar, y no era para menos, si me puso los vellos de punta solo con eso. Si daba miedo con solo pedirme los papeles, no me quiero ni imaginar lo que sería escucharle decir mi nombre.

«Pero ¿qué dices, Lara?», pensé.

Bajé la mirada nerviosa y acerqué mi cuerpo a la guantera para coger los papeles; los saqué y se los extendí al policía, que cada vez tenía más cara de mala leche. Los ojeó y me los devolvió; sacó su libreta y comenzó a apuntar algo; parecía que estaba poniéndome una multa.

—Tiene el carnet de conducir caducado —dijo al tiempo que me daba la multa.

La miré, y ponía doscientos euros. Abrí tanto los ojos que se me saldrían de las órbitas en cualquier momento. ¿Cómo se le ocurría ponerme una multa por eso? Sé que tenía que renovarlo, pero tampoco había salido de la casa para nada; si para comprar el pan y todo, lo compraba online en la página de Mercadona.

—¿Es en serio? ¿Una multa? Joder, sí que hay días que es mejor no salir de casa. Mierda y más mierda.

—Cuide ese vocabulario, Srta. —me reprendió.

¿Qué se creía? Encima me regañaba como si fuera mi padre. Este tío es un gilipollas, y en su casa no lo sabe nadie. Me quité el cinturón y me bajé del coche para encararlo; nadie me iba a tratar como una niña pequeña. No iba a dejar que un auténtico desconocido, por muy policía que fuera, me tratara como si fuera una niñata que no sabe lo que quiere.

—Encima que me pone una multa, me regaña como si fuera su hija, ¿qué se cree? ¡Es usted un gilipollas, que lo sepa! Y ahora, si quiere, arrésteme. Me da igual, me la suda todo ya y estoy harta de personas como usted, que se creen el culo del mundo solo por tener una placa y una pistola —grité, lo que hizo que todo el mundo parase para mirarnos.

El policía se quitó el casco y las gafas, y me dejó ver lo que escondía bajo ellas. Tragué saliva al otear sus ojos marrones. Eran tan oscuros que no te enseñaban más allá de lo que él quisiera; no te dejaban ver su interior, resguardado bajo esa oscuridad. Se acercó a mí más de lo permitido y acercó su boca a mi oído para decirme:

—Debería usted mantener la compostura porque puedo detenerla por insultar a un agente de la policía, y no creo que eso se pueda hacer, ¿no cree? —Dijo cada palabra en mi oído, lo que me puso la piel de gallina e hizo que quiera escuchar de sus labios mi nombre.

Era tal el erotismo que sentía con solo escuchar su voz que tuve que separarme de él, cosa que, al hacerlo, vi cómo curvaba sus labios en una fina sonrisa, sin dejarme ver su dentadura, pero sí esos hoyuelos marcados en sus mejillas. Tenía que parar de pensar así; tenía la mente calenturienta por todo el tiempo que llevaba sin tener sexo. Me di la vuelta, me subí en mi coche y pegué un portazo tras de mí. Me había excitado demasi

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