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UN BUEN LUGAR PARA MORIR

Wojciech Jagielski  

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Fragmento

Viajando por el Cáucaso

Un libro magnífico. No os arrepentiréis de haberlo escogido. Se lee de un tirón.

Wojciech Jagielski, periodista del periódico polaco Gazeta Wyborcza, se ha hecho ya un nombre dentro de la profesión gracias a sus crónicas desde los puntos más calientes del planeta, y su libro Un buen lugar para morir viene a confirmar esta reputación. En un momento en que la gran mayoría de los reporteros del mundo se daban cita en los frentes de guerra de la antigua Yugoslavia, Jagielski tomó la decisión, por su cuenta y riesgo y casi en solitario, de realizar un peligroso viaje por otro infierno de nacionalismo desenfrenado como es el Cáucaso, donde una multitud de naciones minúsculas, encajonadas entre dos mares y tres codiciosas potencias rivales —Rusia, Turquía e Irán—, mantienen entre sí guerras implacables y crueles. Estas guerras han avivado los odios y han dividido a los pueblos, poniendo a unos en contra de otros. «Antes entre nosotros nos invitábamos a bodas y funerales, y ahora solo nos disparamos», comenta alguien en uno de los reportajes de Jagielski.

Encontramos en estas páginas gran cantidad de descripciones insólitas, imágenes desgarradoras y datos sorprendentes (como el hecho de que por cada persona muerta se dispararan 13.500 balas, o que por un prisionero con grado de oficial se pagara un rescate de doscientos litros de gasolina o bien cinco mujeres capturadas como rehenes).

Jagielski pone de manifiesto los contrastes, los dramas y las situaciones absurdas de la historia reciente de esta región. Habla, por ejemplo, sobre la pequeña comunidad de los ingusetios, que se declaró independiente sin tener siquiera un país propio, o sobre los pacientes de un manicomio en Chermen, que empezaron a llevar una vida normal gracias precisamente a la guerra.

Una de las personas con las que el autor se encuentra le dice que justo allí, en la Transcaucasia, tendrá lugar la guerra final entre la civilización europea y la asiática, entre el cristianismo y el islam, y en su opinión será la última guerra, la definitiva.

RYSZARD KAPUSCINSKI

Prólogo

Las guerras santas de los esclavos libres

«No es sagrada una causa solo porque haya alguien dispuesto a dar la vida por ella», dijo en cierta ocasión Oscar Wilde. Por su parte, Nikolai Berdyaev* afirmaba: «El nacionalismo es una forma de esclavitud: nadie pregunta a un esclavo si quiere morir». Ninguno de los dos habría encontrado comprensión para sus palabras en la Transcaucasia.

No hay muchos lugares en el mundo donde se hayan desencadenado tantas guerras. Se podría pensar que, desde hace siglos, las pintorescas montañas y cañones del Cáucaso y las costas de los mares Negro y Caspio son los caminos más transitados por la guerra. Alguien llegó a decir incluso que, en el Cáucaso, las líneas de los frentes bélicos sustituyen a los paralelos y meridianos.

Por aquí han pasado las hordas mongolas, las legiones romanas, los ejércitos persa y bizantino y los regimientos turcos y rusos. Las pequeñas naciones aquí asentadas eran víctimas de las matanzas y la destrucción que acompañaban el paso de cada ejército. Las continuas invasiones de ejércitos extranjeros y las reconstrucciones tras la devastación sufrida marcan la historia de los países caucásicos. No son frecuentes los períodos de auge y desarrollo. Los jeques, janes, príncipes y reyes caucásicos no pensaban en conquistar tierras, ampliar su territorio o imponer a otros sus ideas y religiones. Lo que a ellos les preocupaba era cómo resurgir de sus cenizas, sobrevivir y librarse de la aniquilación.

Al encontrarse rodeado de potencias enemigas entre sí, durante siglos el Cáucaso ha sido solo un gran campo de batalla en el que no había nada más que fortificaciones. La mayoría de las actuales capitales caucásicas fueron en su momento fortalezas rusas. Artistas, poetas y escritores lucharon en el Cáucaso convertidos en sangrientos soldados, como por ejemplo los rusos Griboiédov, Lérmontov, Bestuzhev o Tolstói. En pocos lugares del mundo se han cometido actos de destrucción y crímenes tan terribles y durante tanto tiempo. Quizá no haya ningún otro punto del planeta donde se haya luchado por la libertad tan encarnizadamente, y quizá tampoco haya otro sitio en el que la libertad y el derecho de elección hayan sido reducidos de manera tan brutal a la posibilidad de elegir de quién se quiere depender.

El Cáucaso, encerrado entre dos mares, parece una pasarela por la que en la Antigüedad pasaron pueblos venidos de las estepas rusas y de Asia Central. Ejércitos de nómadas procedentes de las profundidades de Asia llegaron en tropel buscando en el sur nuevos pastos, tesoros y esclavos, y desplazando a las tribus con las que se tropezaban por el camino, que debían huir de las vivificantes llanuras y de las costas para refugiarse en valles inaccesibles y agrestes. Las inexpugnables montañas los protegían de los extraños, pero al mismo tiempo los condenaban a vivir en un eterno aislamiento, alejados de un mundo que les era hostil y por el que no sentían interés alguno.

La mayoría de esos ejércitos invasores no se detenían: llegaban, saqueaban y maltrataban a la población local, y continuaban su camino. Sin embargo, algunos de ellos decidían quedarse más tiempo, ocupaban el lugar e introducían sus propias leyes.

A consecuencia de las invasiones, las guerras y las migraciones, hoy día viven en el Cáucaso decenas de naciones que hablan diferentes idiomas, que tienen distintas costumbres y cuyas religiones no son las mismas.

Muchas cosas separan entre sí a estos pueblos, y en cambio hay otras que los unen, como el complejo de vivir en un lugar atrasado y desconectado del mundo.

Y es que eso es el Cáucaso: el fin del mundo. Aquí terminan Asia y Europa, Oriente y Occidente, el norte y el sur. Para la Europa ortodoxa, Armenia y Georgia constituyen la periferia del mundo cristiano, algo parecido a lo que son Azerbaiyán y las repúblicas musulmanas caucásicas para Asia y el islam. Está aislado del resto del mundo por dos mares (al este y al oeste) y por imponentes cadenas montañosas (al norte y al sur). Aparte de eso, la Transcaucasia se encuentra rodeada por los tres imperios de la región: Rusia, Turquía e Irán (Persia), que siempre han cuidado celosamente este rincón del planeta ante los intentos de británicos, franceses, estadounidenses y árabes por dominarlo.

Ese complejo es la causa de que entre los diferentes pueblos del Cáucaso exista una desconfianza generalizada frente a los extranjeros, así como la convicción de ser absolutamente excepcionales, lo cual los lleva a mantener con sus vecinos una relación desdeñosa y más o menos amistosa. Esta es una de las razones por las que no ha tenido éxito ninguno de los intentos de crear un estado caucásico único. Ninguna de las naciones allí asentadas aceptará jamás reconocer la primacía de alguna de las otras, y ni siquiera

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