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UN CABALLERO SIEMPRE ES DISCRETO (ROMANCES A LA LUZ DE LA LUNA 2)

Juliana Gray

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Fragmento

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Londres, febrero de 1890

En seis años de servicio clandestino a su reina y su patria, lord Roland Penhallow nunca antes había sido llamado a la biblioteca privada del mismísimo director.

Aquello solo podía significar una cosa: había matado a alguien sin darse cuenta.

Roland no alcanzaba a imaginar cómo. La última hazaña había quedado bien atada, sin apenas alboroto y poca sangre. «Incluso el villano más pérfido puede servir a algún propósito —diría sir Edward, golpeando con el dedo la pulida caoba de su escritorio Whitehall—, pero un cadáver es inútil.» Roland se había tomado en serio aquel consejo cuando era un nuevo recluta y lo había seguido desde entonces.

En esos momentos, de pie en el destartalado vestíbulo de sir Edward, con las punteras de los zapatos perfectamente cuadradas sobre las desportilladas baldosas de mármol y recorriendo con los ojos una serie de deprimentes retratos de familia, Roland sentía el mismo pavor que había experimentado en Eton cada vez que el profesor a cargo de la residencia le llamaba para que reparara alguna travesura reciente. Entrelazó los fríos dedos a la espalda y alzó la vista hacia el negruzco techo. «No hay de qué preocuparse —se dijo—. Puedes superar cualquier cosa con tu labia, Penhallow.» ¿Qué era aquella mancha de agua que se extendía en el rincón? Sir Edward tendría que ocuparse de que le echaran un vistazo; las goteras eran algo espantoso…

—Su señoría.

Roland se sobresaltó. El mayordomo de sir Edward se encontraba ante él como un pingüino vengador. Su embadurnado cabello oscuro brillaba bajo el amarillento resplandor de la lámpara incandescente situada en la mesa del vestíbulo, y la hermética pechera de la camisa retenía el avance de las solapas con heroica blancura.

—Su señoría —repitió, como si dijera «maldito chucho flatulento»—. Sir Edward le recibirá en la biblioteca.

El mayordomo no esperó una respuesta. Le volvió la inmaculada espalda negra en las narices y emprendió el camino en dirección, como cabía suponer, a la biblioteca.

—Muchísimas gracias —masculló Roland, que con cada paso que daba se sentía cada vez menos el hermano del duque de Wallingford y más un basurero.

—¡Ah! ¡Penhallow! —exclamó sir Edward cuando Roland atravesó la puerta de la biblioteca con todo el aplomo que pudo reunir. Una cantidad considerable, en su modesta opinión: no por nada era el hermano del duque de Wallingford.

—Sir Edward.

La robusta mano del baronet señaló el antiguo sillón de orejas situado ante el escritorio.

—Siéntese, siéntese. Eso es todo, Pankhurst. Oh, espere. Maldición, Penhallow. ¿Ha cenado?

—Sí, en mi club.

—Excelente. Muy bien. Ya puede marcharse, Pankhurst. Que no nos molesten. Siéntese, Penhallow. Nada de ceremonias aquí, por Dios santo.

Roland se repanchingó en el sillón con su habitual y descuidada elegancia, si bien los nervios de la nuca se le tensaron a modo de advertencia. Sir Edward Pennington, director de la Oficina de Comercio e Información Marítima de Su Majestad, no acostumbraba a comenzar una reunión con una retahíla de comentarios jocosos.

La puerta se cerró tras él con un golpe desafiante.

Sir Edward puso los ojos en blanco.

—Este Pankhurst. Tendría que despedirle, aunque por otra parte es muy discreto. ¿Quiere tomar algo, tal vez? —Se levantó y se acercó a la mesa en forma de media luna situada contra la pared del fondo y sobre la que había una bandeja con licoreras de cristal que brillaban de modo seductor—. ¿Un jerez? ¿Whisky? Tengo un oporto de buena crianza en estos momentos, el último de 1809 que mi padre almacenó para mí con motivo de mi nacimiento.

—No quisiera privarle de ello —repuso Roland, que hubiera lamentado profundamente perderse el oporto de buena crianza teniendo en cuenta su actual estado de agitación.

—Tonterías. Si uno esperara la ocasión adecuada, nadie bebería una gota. —Sir Edward cogió una licorera y quitó el tapón—. ¡Ah! Aquí estás, preciosidad.

—Es usted muchísimo más generoso que mi hermano —repuso Roland. Observó con los ojos entrecerrados mientras sir Edward servía una copa y luego otra, llenando cada una casi hasta el borde con el denso oporto de color rubí. En la quietud de la habitación repleta de libros, el líquido borboteaba contra el cristal como si de una catarata amazónica se tratara—. Él jamás me deja acercarme a su reserva.

—Ah, bueno. Ya sabe cómo son los duques. —Sir Edward le entregó la copa—. Por la reina.

—Por la reina.

El tintineo de las copas al chocar se alzó de modo afable en el aire, y sir Edward, en vez de regresar a su escritorio, se desplazó hasta la ventana que daba al jardín de atrás. Apartó la pesada cortina color burdeos y echó un vistazo a la brumosa oscuridad. A continuación tomó un trago de oporto.

—Supongo que se pregunta por qué le he llamado esta noche.

—Ha sido una sorpresa.

—¡Ah! Qué circunspecto. —Sir Edward hizo girar el oporto en su copa—. Ha progresado muy bien estos últimos años, Penhallow. Muy bien. Cuando me lo endilgaron pensé que no sería más que una aristocrática carga para mí, con su llamativo aspecto y su incomparable pedigrí. Pero estaba muy equivocado en eso, para mi considerable satisfacción. Muy equivocado.

Se volvió hacia Roland y su forzada jovialidad había desaparecido de su expresión; sus delgados rasgos resultaban más severos de lo habitual.

—Agradezco haber sido de ayuda, señor —dijo Roland—. A la reina y a mi patria. Ha sido muy entretenido. —Aferró el estrecho cáliz de su copa hasta que las facetas del cristal se le clavaron en las yemas de los dedos.

—Desde luego que sí. No lo dudo ni un solo instante —añadió sir Edward mientras bajaba la vista a las escarlatas profundidades de su oporto.

—¿Señor? —dijo Roland, pues su seca boca no le permitía ser más locuaz. Luego se acordó del oporto, de modo que se lo llevó a los labios para tomar un buen trago, como un marinero.

Sir Edward se aclaró la garganta.

—El problema es el siguiente. Tal y como sospecho que ya sabe, no somos la única organización del gobierno de Su Majestad encargada de recabar información.

—Desde luego que no. Siempre nos tropezamos unos con otros. —Roland le brindó una sonrisa encantadora, su mayor logro de carismático hermano menor—. Vaya, justo el pasado mes estuve a punto de acabar mal. Me topé directamente con la trampa de algunos individuos del Departamento de Marina. El peor embrollo que haya visto jamás.

—Sí, leí su informe. —Sir Edward regresó a su escritorio y se sentó en su sillón. En la comisura de su boca asomaba el atisbo de lo que podría llamarse una sonrisa—. Sus informes están muy bien redactados, salvo tal vez por un exceso de descripción.

Roland se encogió de hombros con modestia.

—De otro modo, los informes resultarían tediosos.

—En cualquier caso, parece que aquellos… hum… individuos del Departamento de Marina, como usted dice, no se están tomando las cosas con el mismo espíritu fraternal.

—¿No? Muy poco deportivo por su parte. Todos pudieron volver a ponerse en pie al cabo de una o dos semanas.

Roland retiró una mota de polvo de la manga de su chaqueta.

—Ah. De todas formas, a pesar de sus tiernos cuidados, que sin duda cumplen con los más altos criterios del servicio…

—Naturalmente.

—… se dice… —Sir Edward dejó su copa y toqueteó con los dedos el ordenado rectángulo de papeles que ocupaban el centro del vade de escritorio de piel— que nuestra implicación representó un deliberado intento de menoscabar los esfuerzos de una larga y prestigiosa investigación.

Roland enarcó las cejas. A pesar de los numerosos intentos, nunca había logrado enarcar una sola.

—No puede hablar en serio. ¿De verdad el Departamento de Marina piensa que no tengo nada mejor que hacer con mi tiempo que tramar su ruina? Por Dios bendito, mi fuente me dio todos los motivos para pensar que…

—Su fuente. —Sir Edward levantó el papel que se encontraba arriba del fajo y lo revisó—. Johnson, para ser precisos.

—Sí, señor. Usted le conoce. Es de absoluta confianza, bien situado en la misión rusa.

—Y, desde esta mañana, a bordo de un barco de vapor rumbo a Argentina, con unos cuantos pequeños y pesados baúles, alojado en un camarote de primera clase. —Sir Edward levantó la vista—. Sorprendido, ¿no es así?

Roland se hundió en el sillón.

—¡Vaya, estoy anonadado!

—Anonadado. Sí.

—¡Argentina!

—Eso parece. Viaja con su nombre real, nada menos.

—¡Qué desfachatez!

—Mi homólogo en la Marina no da crédito, por supuesto. Está convencido de que usted pagó a Johnson para que se marchara, que forma parte de un plan nuestro para dejarlos en ridículo, en el mejor de los casos. En el peor…

Roland se levantó de golpe del sillón y sujetó el documento sobre el vade con el dedo.

—No lo diga, por Dios.

—Tranquilo, jovenzuelo. No le estaba acusando de nada.

—Pero alguien lo está haciendo. —La voz de Roland era grave, letal, muy diferente de lo habitual.

Sir Edward ladeó su delgado rostro y contempló a Roland durante largo rato.

—Alguien lo está haciendo.

—¿Quién?

—Lo ignoro. —Sir Edward frunció el ceño—. Mire, Penhallow. Le hablaré con tanta libertad como me sea posible porque considero que sé juzgar bien a las personas y sé que no hay hombre más desinteresado y entregado al bienestar de la nación británica que usted.

El cuerpo tenso de Roland se relajó un poco.

—Algo está pasando, Penhallow. No sé qué es. Rumores, habladurías. Siempre ha existido rivalidad, desde luego; implacable en ocasiones. Uno ya se lo espera en este tipo de trabajo, sin grandes beneficios económicos, ni recepciones heroicas en St. Paul y todo eso. El poder es la única moneda. Pero las cosas que escucho ahora, lo que percibo, extraños casos de esto y aquello… no puedo expresarlo con palabras. Pero algo ocurre.

Roland se sentó de nuevo, con todos los sentidos alerta.

—¿Qué tipo de cosas?

Sir Edward posó los codos sobre el delgado papel, juntando las yemas de los dedos con aire pensativo.

—Si lo supiera ya habría actuado, Penhallow.

—Entonces ¿cómo puedo ayudar?

—Verá, ese es el problema. —Tamborileó de nuevo con los dedos; eran fuertes y recios como los de un campesino, acordes con su robusto y vigoroso cuerpo. El refinado corte de su elegante chaqueta le hacía parecer un caballo de guerra vestido de seda—. Dígame, Penhallow —añadió con

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