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UN CUENTO PERFECTO

Elísabet Benavent  

5


Fragmento

1

Érase una vez…

Has roto con tu pareja. Quizá incluso odias tu trabajo. Es posible que te pases los días suspirando por cosas que jamás podrás pagar. ¿Los kilos de más del verano se han juntado con los de Navidad? No te preocupes. Y tampoco si no llenas el sujetador. Si las sillas de las terrazas te aprietan las caderas. Si tu madre nunca aprueba lo que haces… y lo que no haces, por supuesto. Si le diste tu corazón a ese idiota. Si sientes que te has casado de por vida con la hipoteca. Si tu jefe es un maldito psicópata. Si sospechas que te engañan, que te van a despedir, que has metido la pata.

¡¡No pasa nada!! De verdad. Te lo prometo, no pasa nada. Y aún te diré más: si te frustras y hasta te amargas viendo en la televisión, las revistas y las redes sociales lo maravillosa y fácil que es la vida de algunos, te diré un secreto: no lo es. Lo que pasa es que las cosas resultan siempre más complejas cuanto más de cerca las miras. Yo, por ejemplo, que lo tenía todo y lo eché a perder por lo que puede parecer el sencillo hecho de calzarme unas zapatillas de deporte y salir por patas… ni lo tenía todo ni lo eché a perder. Hazme caso. Te lo digo desde el corazón. Ni nada es tan grave ni la vida se acaba. Solo… se abren nuevas posibilidades.

Mira, deja que te cuente un cuento, ¿vale? Uno que al principio también parecerá perfecto. Érase una vez una princesa moderna. No tenía un castillo ni suspiraba apoyada en la celosía de un mirador desde el que se veía todo su reino. No peinaba sus cabellos largos, larguísimos, con un cepillo hecho de esmalte, oro y crines de caballo. No esperaba que el príncipe azul la salvara de la malvada bruja.

Aunque… me niego a que mi madre no cuente como bruja.

Lo que quiero decir es que, de alguna manera, los cuentos de princesas siguen estando vigentes en un rincón, en ocasiones microscópico y otras veces enorme, de nuestras cabezas. Ya no hay príncipes a caballo ni pajaritos que nos ayuden a vestirnos para la cita donde ellos se enamorarán de nosotras para que por fin seamos felices (vaya tela… a veces cuesta creer que nos hicieran creer que la vaina iba así), pero seguimos creyendo en cuentos. En leyendas. Y nos han convencido de que queremos ser princesas.

Échale un vistazo a Instagram. ¿No tienes? Bueno, tampoco te vayas a abrir una cuenta para comprobar esto. Pero… seguro que sabes a lo que me refiero. Vidas perfectas. Vidas de lujo. Fotos en las que casi se puede acariciar esa nebulosa fantástica de las vidas de ensueño. Purpurina, brillantina, cada cabello en su sitio. Sí, en las redes sociales, muchas veces, se vende una perfección irreal que nos empuja a buscar algo que en realidad no existe. Ahora las niñas quieren ser la versión 3.0 de la princesa del cuento, con su bolso de marca, sujetando un café que vete a saber por qué es de color rosa, al borde de una piscina infinita en Tahití. No suena mal, que conste. Yo también quiero…, pero la diferencia es saber que detrás de esa foto no hay una vida perfecta. Solo… una vida.

Lo digo con conocimiento de causa. No, no soy influencer ni youtuber ni modelo, pero de alguna forma me he sentido observada, examinada, juzgada. ¿Cómo? Bueno, yo vivía (atrapada, más bien) en otro cuento de hadas, más a la antigua, que no siempre reluce tanto como parece. Yo nací en una familia de postín. Yo nací con tres apellidos y un imperio hotelero adherido a ellos. Yo nací y a mi bautizo fueron hasta miembros de la Casa Real. Yo nací condenada a ser princesa en un cuento que no me creo, pero nunca nadie se preguntó en qué creía Margot.

Sé que tuve un millón de oportunidades que otras personas no tienen al alcance de la mano, pero… déjame contarte este cuento a mi manera.

Érase una vez una mujer que lo tenía todo y un chico que no tenía nada.

Érase una vez la historia de amor entre el éxito y la duda.

Érase una vez un cuento perfecto.

Y solo tú decides cuál es su final.

2

El éxito. Afortunada y anodina

—¿Dónde vas a pasar las vacaciones?

Esa era la pregunta favorita de mamá. La hacía en Navidad, cuando nos reuníamos toda la familia alrededor de una mesa recargada de copas, cubiertos y cachivaches de plata tan inútiles como anticuados; también en Semana Santa, cuando nos obligaba a ir a su casa a comer unas torrijas que cada año preparaba una cocinera diferente, porque a todas las terminaba despidiendo poco después.

En el aniversario de la muerte de papá, cuando viajábamos al pazo de los abuelos a ponerle flores y escuchar misa, también nos lo preguntaba.

—¿Dónde vais a pasar las vacaciones, hijas?

Y el motivo por el que siempre preguntase lo mismo era principalmente porque es una esnob y una rancia y le preocupaba muchísimo que la alta sociedad no viera cómo sus hijas esquiaban en Suiza, paseaban en barco por el Mediterráneo o se tostaban al sol en la Polinesia francesa. Eso y que se te marcaran los huesos de la cadera incluso con la ropa puesta eran sus máximas vitales. Bueno, y lo de «casarse bien», por supuesto. Casarse con éxito.

Cá-ga-te-lo-ri-to.

La primera vez que escuché hablar sobre el éxito era demasiado pequeña como para comprenderlo o poner en duda las características que se le atribuían. Se hubiera quedado ahí, como la palabra murciélago, que siempre pronunciaba «murciégalo», hasta que algún día comprendiese su significado, pero no fue así. El éxito era para mi familia el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro. La única aspiración respetable, el fin mismo de la existencia humana. Un grano en el culo. Y al parecer este concepto funcionaba como el abusón del cole: o estabas con él o eras víctima de su capricho. Y de ahí, también, la preguntita de marras.

—¿Dónde vas a pasar las vacaciones, Patricia?

Mis hermanas y yo nos echamos una mirada y sonreímos con disimulo, con los ojos puestos en el plato de vichyssoise light, o lo que es lo mismo: agua sucia de puerro que sabía a charco. Era la primera frase que mi madre nos dirigía desde que empezara la cena con la que celebrábamos que mi hermana Candela había vuelto a España para acudir a mi boda.

Sí. Mi boda. Bienvenida a este cuento que comienza donde en otros se comen perdices.

—A ti no te pregunto, que ya sé que vas a tener una luna de miel de ensueño. —Mi madre levantó la mirada, agarró su copa y me sonrió.

—De ensueño. —Escuché susurrar a Candela, forzando la imitación del acento de rancio abolengo de mi madre.

—Alberto quiere que pasemos la primera quincena de agosto de viaje, pero con los niños… —Patricia, la mayor, lanzó una mirada de advertencia a Candela, no sin tener que comedir una sonrisa.

—Yo quería ir a Grecia —explicó mi cuñado mientras echaba un vistazo a los terroristas de mis sobrinos, que ya habían cenado y parecían demasiado tranquilos jugando en la sala de estar, colindante al salón.

—Viajar con ellos es agotador —insistió mi hermana—. Creo que alquilaremos una casa en Formentera todo el mes.

—¿Formentera…? —Mamá miró preocupada a Lord Champiñón, como llamábamos a su segundo marido, y después a Patricia y a Alberto—. ¿No está eso lleno de…?

—¿Gente? —intenté cortarla antes de que dijera algo ofensivo.

—Bueno, gente, sí, pero… me refería a… gente…, ya sabéis…

Movió la mano con pereza. Solía pasarle eso de no encontrar las palabras, solía estar…, dejémoslo en «espesa». Mamá es…, bueno, es perezosa como solo puede serlo alguien que nunca ha entendido eso de que «el trabajo dignifica». Es lo más cerca que ha estado nadie en este siglo de ser como esas señoras que iban con Kate Winslet en la película Titanic, solo que acostumbrada a someterse a regulares cirugías estéticas, gracias a las cuales ha conseguido una majestuosa y estirada cara de gato. Como siempre que acababa de hacerse algún «arreglito», vivía enganchada a unas pastillitas que le quitaban el dolor y que si las tomas con alcohol (como ella solía hacer), eliminan incluso el sentido de la existencia humana.

—¿Y por qué no Saint-Tropez? —dijo tras un trago de vino.

—Porque… —Patricia nos miró pidiendo auxilio—. ¿No está Saint-Tropez muy demodé?

—Ah, tienes razón. —Asintió—. Pero Menorca suena mejor que Formentera, ¿no crees, cariño?

Su marido, Lord Champiñón, asintió. Tenía un título nobiliario, pero la verdad es que era como un hongo, muy regio, sí, pero con nula actividad vital. A veces no estábamos muy seguras de que tuviese un mínimo halo de vida en su interior, pero había quien decía que hasta podía elaborar frases complejas. Sospechábamos que también se había ido a rellenar los labios porque de un tiempo a esta parte tenía un hocico extrañísimo.

—Candela, ¿y tú? ¿Dónde irás de vacaciones? Tendrás que buscar un lugar cálido para compensar tu vida allí en Islandia…

—Vivo en Estocolmo, madre, que es la capital de Suecia, y… he pedido unos días para poder estar aquí. —Hizo una mueca—. Así que las voy a pasar en tu habitación de invitados.

—Todo el día trabajando… —dijo con desdén mi madre—. La gente creerá que no tienes dónde caerte muerta.

—Bueno, si me hago un par de selfis en el dormitorio que me has asignado podría convencer a mis amigos de que he estado en Versalles. El rococó también está demodé, madre, desde finales del siglo XVIII, a decir verdad.

Patricia y yo nos limpiamos la boca con la servilleta para que no nos vieran sonreír. El servicio nos retiró los platos y en menos de un minuto ya estaban sirviendo los segundos. Frente a todos los comensales, un humeante solomillo…; frente a mí, un cuenco de acelgas.

Miré a mis hermanas. Miré a mi cuñado. Miré a mi madre.

—Oh, querida. —Me sonrió—. Acelgas rehogadas. Buenísimas. Muy sanas. Hipocalóricas.

—Pero… —empezó a decir Candela.

—Ya verás qué bien te va a quedar el vestido.

Cogí aire, sonreí con falsedad y corté a mi hermana.

—Gracias, madre. Cande, no te preocupes.

—Con los nombres tan bonitos que tenéis, no sé por qué os empeñáis en llamaros por esos diminutivos ridículos. Como tú. «Margot». ¿Margot? ¿Qué tipo de nombre es ese? Margarita. Ana Margarita Ortega Ortiz de Zarate.

Presente.

¿Suena de postín, eh? Suena como a persona que suda perfume y caga palomitas de maíz. Abuela aristócrata. Madre con cara de gato. Un champiñón con título nobiliario como padrastro. Ana Margarita Ortega Ortiz de Zarate era, en este caso, el personaje, lo que veían los demás miembros del Consejo del imperio familiar, las personas interesadas en las noticias de sociedad y el nombre que aparecía en los documentos oficiales. Para todo lo demás esa persona no existía. Y gracias a Dios, porque era un coñazo.

Yo, la de verdad, era Margot. Con los diminutivos cuando mis hermanas querían algo, con los apodos cariñosos del hombre que me quería, con los sobrenombres con los que mi equipo me había bautizado a mis espaldas en la oficina, que eran un secreto a voces: la marquesa, la autómata o, mi preferido: Madame Horas Extras.

Y déjame decirte que Margot no sentía ninguna simpatía hacia Margarita, la imagen que de alguna manera proyectaba hacia fuera. Lo que los demás juzgaban de mí no era, ni de lejos, como yo me sentía de verdad. La gente solía construirme a partir de los datos de mi procedencia, pero… ¿dice eso realmente algo de mí? Más bien de mi posible cartera de inversiones. Pero no somos lo que tenemos, ni para bien ni para mal.

A fuerza de costumbre, ya había aprendido a fingir una sonrisa cortés y a escabullirme de las fiestas de sociedad que no podía evitar. Candela, mi hermana mediana, siempre fue alérgica a cualquier cosa que pudiera gustarle a mamá. Patricia lo llevaba mejor…, quizá porque todo el mundo la adora. Es de ese tipo de mujeres bellísimas que además despiertan simpatía.

No hubo mucha más conversación. Incluso nosotras, delante de nuestra madre, nos encontrábamos sin nada que decir. Era incómodo hablar metidas en la piel de esos personajes que ejecutábamos frente a mamá, así que preferíamos el silencio en las cenas y ser nosotras mismas cuando nos alejábamos de ella. Por eso mismo nos retirábamos pronto de aquel piso tan recargado, donde hasta el oxígeno parecía llevar una capita de terciopelo por encima.

—No me dejéis aquí sola, cabronas —se quejó Candela cuando nos acompañó a todos al portal—. Esa señora me da miedo.

—Esa señora es tu madre. —Me reí.

—Llevadme con vosotros. Compartiré cama con cualquiera de tus hijos. Incluso con el que se mea aún por las noches, me da igual —le lloriqueó a Patricia.

—Es que no sé por qué has querido quedarte aquí en lugar de en mi casa —insistí.

—¡Porque te casas! —dijo como si fuera muy obvio—. Y lo de sujetar velas lo llevo fatal.

—Vete a un hotel —propuso Patricia mientras buscaba algo en su bolso—. En mi casa no cabes.

—Vives en un chaletazo, ¿cómo que no quepo?

—Uy, paso, que eres una marrana y en dos días me has sepultado el sofá bajo una montaña de bragas sucias. Bragas feas sucias.

—No seas tonta —volví a ofrecerle—. Vente a casa. A él no le importará.

—Por cierto, ¿por qué no ha venido hoy?

—Tenía trabajo que adelantar antes de las vacaciones.

—Mentira —añadió Patricia indicándole con un gesto a su marido que fuera adelantándose y sacando por fin el móvil de su bolso de Céline.

—¡Adiós, Alberto!

—¿Por qué dices que es mentira? —preguntó Candela agitando la mano hacia nuestro cuñado.

—Porque si no ha venido es porque no aguanta a mamá. Y ojo, que le entiendo.

Las tres sonreímos con complicidad y nos dimos un abrazo.

—Buenas noches.

—Cierra con pestillo. Por las noches se convierte en Catwoman —bromeó Patricia señalando hacia arriba.

—Ya le gustaría. Ella es más bien como…, como si se hubiera tragado el vestuario de todo el elenco de Cats, pero en flaca.

—Te veo mañana.

—Iré a por ti al trabajo —me amenazó.

—Ni se te ocurra. Quiero que me sigan respetando.

—¿Y qué tengo que ver yo en eso?

—Que vas vestida de Indiana Jones.

—¿Indiana Jones? Qué va. Va disfrazada de fotógrafo de comuniones.

Patricia y yo soltamos una carcajada y ella nos enseñó el dedo corazón.

—Sois unas pijas asquerosas.

—Buenas noches, María Candelaria Ortega Ortiz de Zarate.

Por más que insistió, en el coche de mi hermana no cabíamos mi cuñado, ella, los tres niños y yo. Además, vivía a quince minutos paseando de casa de mi madre y era una noche cálida y agradable de principios de junio. La calle, el Madrid en el que me crie, estaba más vivo que nunca incluso a esas horas. Adoraba la ciudad por eso, aunque el norte, la tierra de mi familia, fuera el amor de mi vida.

Mientras paseaba, iba pensando en Candela. Me pregunté si albergó alguna vez la esperanza de que un día mamá viera la luz y se diera cuenta de que tenía tres hijas estupendas de quienes había pasado más que de trabajar. Hacía ya tiempo que yo había asumido que nunca nos abrazaría ni se preocuparía por nuestros sueños o perdonaría todo aquello que esperaba de nosotras y que no fuimos ni seríamos. Es posible que a Candela, en realidad, fuera a la que menos le importaba: vivía desde hacía años en Estocolmo ejerciendo como médico y tenía una vida plena hecha a la medida de sus deseos. Nunca se ponía en duda a partir del baremo familiar. Era mi heroína. Lo siento por Patricia, pero sentía adoración por nuestra hermana mediana.

Para mí, que el juicio familiar no me afectara era más complicado: me había visto obligada de algún modo a participar de las tradiciones familiares, la empresa, los eventos sociales…, aun sintiéndome fuera de lugar. En un mundo en el que lo importante parece ser solo lo que brilla (el éxito, la belleza, el dinero), una chica como yo, por mucho apellido que la acompañara, no era más que una impostora.

Del montón. Ni lo suficientemente guapa, como mi hermana

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