Loading...

UN DíA ES UN DíA

Margaret Atwood  

0


Fragmento

Momentos significativos de la vida de mi madre

Cuando mi madre era muy pequeña, alguien le regaló por Pascua una cesta de polluelos. Todos murieron.

«No sabía que no podía sacarlos —dice mi madre—. Pobres animalitos. Los puse en fila sobre una tabla, con las patitas tiesas como palos, y lloré por ellos. Los quería a muerte.»

Es posible que mi madre mencione esta historia para ilustrar su propia estupidez, y también su sentimentalismo. Debemos entender que ahora no haría nada semejante.

Es posible que se trate de un comentario sobre la naturaleza del amor, aunque, conociendo a mi madre, es improbable.

El padre de mi madre era médico rural. Antes de la aparición de los automóviles, recorría su territorio en una calesa tirada por caballos, y antes de la aparición de las quitanieves, iba en un trineo tirado por caballos, entre ventiscas y tormentas y en mitad de la noche, para llegar a casas iluminadas con lámparas de aceite, donde el agua hervía en la cocina de leña y había sábanas de franela calentándose en el escurreplatos, para ayudar a traer al mundo a niños que luego recibirían su nombre. Tenía el consultorio en casa, y mi madre, de niña, veía a los pacientes llegar a la puerta de la consulta, a la que se accedía por el porche delantero, aferrados a partes de su cuerpo —dedos de las manos o los pies, orejas, narices— que se habían cortado por accidente, presionando esas partes seccionadas contra muñones en carne viva como si pudieran soldarse como masa de pan, con la esperanza generalmente vana de que mi abuelo fuera capaz de cosérselas, de sanar las mutilaciones producidas por hachas, sierras, cuchillos y el destino.

Mi madre y su hermana menor remoloneaban junto a la puerta cerrada del consultorio hasta que eran expulsadas. Detrás de la hoja de madera se oían gemidos, gritos ahogados y peticiones de socorro. Para mi madre, los hospitales no han sido nunca lugares agradables y la enfermedad no concede tregua ni respiro. «Nunca enfermes», dice, y lo dice en serio. Ella casi nunca enferma.

Una vez, sin embargo, estuvo a punto de morir. Fue cuando sufrió una apendicitis aguda. Mi abuelo tuvo que operarla. Más tarde él mismo confesó que no había sido la persona más adecuada para hacerlo: las manos le temblaban demasiado. Es uno de los escasos reconocimientos de debilidad por su parte que mi madre ha mencionado. Casi siempre se le atribuye un carácter severo y un gran sentido de la responsabilidad. «Y, sin embargo, lo respetábamos —dice mi madre—. Era respetado por todos.» (Esta palabra ha perdido cierto valor desde que mi madre era joven. Entonces aventajaba a la palabra «amor».)

Alguien me contó la historia de la granja de ratas almizcleras de mi abuelo: él y un tío de mi madre cercaron el pantano que se extendía detrás de su propiedad e invirtieron los ahorros de la tía soltera de mi madre en ratas almizcleras. La idea consistía en que las ratas se multiplicaran para con el tiempo emplearlas en la confección de abrigos, pero un cultivador de manzanas vecino lavó los útiles de sulfatar en el río y el veneno mató a las ratas, que quedaron tiesas como clavos. Ocurrió durante la Depresión y no se lo tomaron a la ligera.

Cuando eran jóvenes —período que actualmente lo abarca casi todo, pero yo lo situaría hacia los siete u ocho años—, mi madre y su hermana tenían una cabaña en un árbol, en la que pasaban algunos ratos jugando a las muñecas y cosas por el estilo. Un día encontraron una caja llena de preciosas botellitas junto a la puerta del consultorio de mi abuelo. Eran botellas para tirar, y mi madre (que siempre aborreció el desperdicio) se las quedó para utilizarlas en su casa de muñecas. Las botellitas contenían un líquido amarillento, que no vaciaron porque les pareció muy bonito. Resultó que eran muestras de orina.

«Nos cayó una buena reprimenda —dice mi madre—, pero ¿qué íbamos a saber nosotras?»

La familia de mi madre vivía en una gran casa blanca cercana a un manzanar, en Nueva Escocia. Había un granero y una cochera, y una despensa en la cocina. Mi madre todavía recuerda los tiempos en que no había panaderías, cuando la harina llegaba en barriles y el pan se elaboraba en casa. Recuerda la primera vez que oyó la radio, una canción publicitaria sobre calcetines.

Había muchas habitaciones en aquella casa. Aunque he estado allí, aunque la he visto con mis propios ojos, no sé cuántas había. Tenía partes clausuradas, o al menos así lo parecía, y había escalera de servicio. Los pasillos conducían a otro lugar. En ella vivían cinco niños, los padres y dos sirvientes —un hombre y una mujer— cuyos nombres y rostros cambiaban continuamente. La estructura de la casa era jerárquica, con mi abuelo a la cabeza, pero su vida oculta —la vida de las bases de pastel, las sábanas limpias, la caja de paños en el armario de la ropa blanca, las hogazas de pan en el horno— era femenina. La casa, y todos los objetos que contenía, crepitaba de electricidad estática; la atravesaban corrientes subterráneas, el ambiente estaba saturado de cosas conocidas pero de las que no se hablaba. Como un tronco hueco, un tambor o una iglesia, amplifi caba los sonidos, de modo que todavía se puede oír algo de conversaciones susurradas hace sesenta años.

En aquella casa no podías levantarte de la mesa hasta que dejabas el plato vacío. «“Piensa en los armenios que se mueren de hambre”, decía mi madre —dice la mía—. Nunca entendí de qué les iba a servir a ellos que me comiera hasta el último mendrugo.»

Fue en aquella casa donde vi por primera vez tallos de avena en un jarrón, cada uno envuelto en el precioso papel de plata rescatado con sumo cuidado de una caja de bombones. Pensé que era lo más extraordinario que había visto en la vida y empecé a guardar papel de plata. Sin embarg

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta