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UN HOMBRE LLAMADO OVE

Fredrik Backman  

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Fragmento

1

Un hombre llamado Ove compra un ordenador que no es un ordenador

Ove tiene cincuenta y nueve años. Conduce un Saab. Es el tipo de hombre que señala con el dedo a la gente que no le gusta más o menos como si ellos fueran ladrones y el dedo, una linterna de bolsillo de las que usa la policía. Ahora está delante del mostrador de ese tipo de tienda al que acude la gente que conduce coches japoneses para comprar cables de color blanco. Ove observa al dependiente mientras agita una caja mediana de cartón de color claro.

—A ver, ¿esto es uno de esos Aipad? —pregunta Ove con tono exigente.

El dependiente, un joven con un índice de masa corporal de una sola cifra, parece incómodo. Es obvio que está luchando por contener el impulso de arrancarle a Ove la caja de las manos.

—Sí, eso es. Un iPad. Pero la verdad, estaría bien que dejaras de moverlo así en el aire…

Ove observa la caja como si no fuera nada de fiar; como si la caja fuera en una Vespa, llevase zapatillas de deporte y lo acabase de llamar «amigo» antes de intentar venderle un reloj.

—¡Ah, bueno! Pero entonces es un ordenador, ¿no?

El dependiente dice que sí, pero luego duda y se apresura a negar con un gesto.

—Sí… o… bueno, sí, o sea, es un iPad. Hay quienes lo llaman «tableta», y otros lo llaman «tabla de surfear». Hay varias formas de verlo…

Ove mira al dependiente como si acabara de pronunciar su nombre al revés.

—¡Ah, ya!

El dependiente lo observa desconcertado.

—Sí…

Ove vuelve a agitar la caja.

—Y entonces, ¿es bueno?

El dependiente se rasca la cabeza.

—Sí. O, bueno… ¿a qué te refieres?

Ove resopla y empieza a hablar despacio, articulando cada palabra como si el único origen de aquella discusión radicase en los problemas de oído del dependiente.

—Es. Bueeeeeeno. ¿Es un buen ordenador?

El dependiente se rasca la barbilla.

—O sea… sí, es estupendo… pero depende de qué clase de ordenador quieras.

Ove lo mira echando chispas.

—¡Quiero un ordenador! ¡Un ordenador normal y corriente!

Entre los dos hombres se hace un breve silencio. El dependiente carraspea.

—Ya, bueno, en realidad, esto no es un ordenador normal. Seguramente, tú lo que quieres es más bien…

El dependiente se calla, es obvio que está buscando una palabra que el hombre que tiene delante pueda entender siquiera remotamente. Vuelve a carraspear y dice al fin:

—… un laptop, ¿no?

Ove sacude la cabeza frenético y se inclina sobre el mostrador con gesto amenazante.

—No, jodeeer, no es eso lo que quiero. ¡Quiero un ordenador!

El dependiente lo mira comprensivo.

—Un laptop es un ordenador.

Ove reacciona ofendido y pone el dedo linterna en el mostrador.

—¡Eso ya lo sé!

El dependiente asiente con la cabeza.

—Vale…

Nuevo silencio. No del todo diferente al que podría haberse producido entre dos pistoleros que, de repente, caen en la cuenta de que se han olvidado las pistolas. Ove se queda un buen rato observando la caja, como si esperase que hiciera una confesión.

—¿Cómo se saca el teclado? —masculla al fin.

El dependiente se rasca las palmas de las manos en el borde del mostrador y se balancea sobre los pies un tanto nervioso, tal y como suelen hacer los dependientes jóvenes cuando empiezan a darse cuenta de que aquello les llevará mucho más tiempo del que esperaban.

—Bueno, verás, es que no tiene teclado.

Ove enarca las cejas.

—Ya, claro. Porque seguro que hay que comprarlo aparte, ¿no? Y que cuesta una fortuna.

El dependiente vuelve a rascarse las palmas de las manos.

—No… bueno, o sea: este ordenador no tiene teclado. Se controla todo directamente con la pantalla.

Ove menea la cabeza con gesto cansado, como si acabara de presenciar una escena en la que el dependiente lamiera el cristal de un mostrador de helados.

—Pues, como comprenderás, yo necesito un teclado.

El dependiente lanza un suspiro de los que se lanzan después de haber contado hasta diez, por lo menos.

—Vale. Comprendo. Pero en ese caso, me parece que no deberías comprarte este ordenador, sino que deberías comprarte un MacBook, por ejemplo.

La expresión de Ove revela cierta resistencia a dejarse convencer.

—¿Un libro Mack?

El dependiente le responde que sí, asintiendo esperanzado con la cabeza, como si la negociación acabara de dar un giro copernicano.

—Sí.

Ove frunce el ceño con expresión suspicaz.

—¿Es una de esas dichosas «pantallas para leer» de las que habla todo el mundo?

El dependiente lanza un suspiro de una profundidad épica.

—No. Un MacBook es un… es un… laptop. Con teclado.

—¡Ah, bueno! —suelta Ove enseguida.

El empleado asiente. Se rasca las palmas de las manos.

—Eso es.

Ove mira a su alrededor. Agita otra vez la caja que tiene en la mano.

—Pero, entonces, ¿es bueno?

El dependiente baja la cabeza y fija la vista en el mostrador, esforzándose por contener el impulso de empezar a arañarse la cara. Luego se le ilumina el semblante con una energía súbita en la sonrisa.

—¿Sabes qué? Voy a ver si mi compañero ha terminado con su cliente y puede venir a enseñártelo.

Ove mira el reloj. Menea la cabeza.

—Algunos tenemos cosas mejores que hacer que pasarnos el día aquí esperando, ¿sabes?

El empleado hace un breve gesto de asentimiento. Luego se aleja del mostrador. Al cabo de unos instantes, vuelve con un compañero. El compañero parece realmente encantado. Como todo aquel que no lleva en ventas el tiempo suficiente.

—¡Hola! ¿En qué puedo ayudarte?

Ove planta el dedo linterna en el mostrador con gesto exigente.

—¡Quiero un ordenador!

El compañero ya no parece tan encantado y mira al primer dependiente como insinuándole que se las pagará por aquello.

—Valeee… Un ordenador, ya. Bueno, entonces, para empezar, vamos a la sección de portátiles —dice el compañero dirigiéndose a Ove con un entusiasmo relativo.

Ove lo mira iracundo.

—Oye, ¡que sé muy bien lo que es un laptop, joder! ¡No tienes por qué llamarlo «portátil»!

El compañero asiente solícito. A su espalda oye murmurar al otro dependiente: «No aguanto más, me voy a comer».

—Irse a comer, claro, es lo único en lo que piensa la gente hoy por hoy —murmura Ove entre dientes.

—¿Cómo? —pregunta el compañero, dándose la vuelta.

—Irse. A. Comer —especifica Ove.

2

(Tres semanas antes)

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