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UN JUEGO DE NIñOS

Donna Tartt  

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Fragmento

Prólogo

Durante el resto de su vida Charlotte Cleve se culparía de la muerte de su hijo por haber decidido celebrar el día de la Madre a la hora de la cena, a las seis de la tarde, en lugar de a mediodía, después de misa, que era cuando los Cleve siempre lo habían celebrado. Los miembros de más edad de la familia habían expresado su contrariedad ante el nuevo plan y, aunque en gran medida eso tenía que ver con el recelo que, por principio, despertaban en ellos las innovaciones, Charlotte pensaba que debería haber prestado atención a aquel trasfondo de protestas, pues había sido una discreta pero ominosa advertencia de lo que se avecinaba; una advertencia que, pese a resultar confusa incluso a posteriori, seguramente fue de las más claras que uno podía esperar recibir en la vida.

A los Cleve les encantaba explicarse unos a otros hasta los detalles más insignificantes de la historia de su familia (repetían palabra por palabra, con una narrativa estilizada e interrupciones retóricas, escenas de lecho de muerte completas o proposiciones matrimoniales que habían tenido lugar cien años antes); sin embargo jamás hablaban de lo ocurrido aquel terrible día de la Madre. No hablaban de ello ni siquiera a escondidas, por parejas, con ocasión de un largo viaje en coche o de una noche de insomnio compartida en la cocina, y eso era poco habitual, porque para los Cleve las charlas familiares eran su forma de dar sentido a la vida. Enumeraban hasta los desastres más crueles e inesperados (la muerte de un niño, primo de Charlotte, en un incendio; el accidente de caza que costó la vida al tío de Charlotte cuando esta todavía iba a la escuela primaria); la dulce voz de su abuela y la de su madre, más severa, se combinaban armoniosamente con la voz de barítono de su abuelo, con el parloteo de sus tías y con ciertos fragmentos ornamentales que el coro realzaba y elaboraba con verdadero entusiasmo, hasta que al final, tras un intenso trabajo en equipo, componían juntos una misma canción, una canción que entonces memorizaban y la compañía entera cantaba una y otra vez, y que poco a poco iba erosionando la memoria y acababa ocupando el lugar de la verdad. Así, el bombero furioso porque no había sido capaz de reanimar el cuerpecito del niño se convertía en el bombero desconsolado que no podía contener las lágrimas; la perra de caza deprimida y desconcertada durante semanas por la muerte de su amo se transformaba en la consternada Queenie de la leyenda familiar, que buscaba sin cesar a su dueño por toda la casa y aullaba, inconsolable, toda la noche, y que ladraba, contenta, cada vez que su adorado fantasma aparecía en el jardín, un fantasma cuya presencia solo ella percibía. «Los perros ven cosas que nosotros no podemos ver», sentenciaba infaliblemente la tía Tat en el momento idóneo del relato. Era un poco mística, y aquel fantasma era su nueva aportación.

Pero lo de Robin, su pequeño Robs… Al cabo de más de diez años su muerte seguía atormentándolos; no había forma de embellecer los detalles; aquel horror no permitía reparación ni cambio alguno mediante ninguna de las técnicas narrativas conocidas por los Cleve. Como la amnesia deliberada había impedido que la muerte de Robin fuera traducida a aquella dulce y familiar lengua vernácula que suavizaba hasta los misterios más amargos y les daba una forma cómoda y comprensible, el recuerdo de lo ocurrido aquel día conservaba un carácter caótico, fragmentado: relucientes esquirlas de espejo de una pesadilla que destellaban cuando uno olía las glicinas, oía el crujido de una cuerda de tendedero, apreciaba cierta luz de tormenta primaveral.

A veces esos intensos retazos de memoria parecían fragmentos de una pesadilla, como si nada de todo aquello hubiera ocurrido en realidad. Sin embargo, en muchos aspectos parecía la única cosa real que a Charlotte le hubiera pasado en la vida.

La única narrativa que ella podía imponer a aquel embrollo de imágenes era la narrativa del ritual, inalterada desde que era niña: el marco de la reunión familiar. Sin embargo, ni siquiera eso la ayudaba mucho. Aquel año se habían saltado el protocolo, haciendo caso omiso de las reglas domésticas. En retrospectiva, todo eran señales que indicaban desastre. La cena no se había celebrado en la casa del abuelo, como era habitual, sino en la de Charlotte. Había ramilletes de orquídea Cymbidium en lugar de los clásicos de capullo de rosa. Había croquetas de pollo (les gustaban a todos; a Ida Rhew le quedaban deliciosas, los Cleve las comían en las cenas de cumpleaños y en Nochebuena), que hasta entonces nunca habían formado parte del menú del día de la Madre. El día de la Madre nunca habían comido otra cosa que no fueran guisantes tiernos, pudin de maíz y jamón.

Una luminosa y tormentosa tarde de primavera; nubes bajas, borrosas, luz dorada, el césped salpicado de dientes de león y paniculatas. Olía a limpio, a fresco, a lluvia. Dentro de la casa se oían risas y conversaciones, y la quejumbrosa voz de la tía Libby, que por un momento subió de tono para protestar: «¿Qué? ¡Yo jamás he hecho una cosa así, Adelaide, jamás he hecho nada parecido!». A todos los Cleve les encantaba chinchar a la tía Libby. Era soltera y tenía miedo a todo: los perros, las tormentas, los pasteles de fruta hechos con ron, las abejas, los negros, la policía. Una ráfaga de viento hizo sonar las cuerdas del tendedero y dobló los altos tallos de la maleza que crecía en el solar que había al otro lado de la calle. La puerta mosquitera se cerró de golpe. Robin salió corriendo, riendo a carcajadas de un chiste que acababa de contarle su abuela (¿Cómo se dice autobús en alemán? ¡Subanestrujenbajen!), y bajó los escalones de dos en dos.

Como mínimo debería haber habido alguien fuera vigilando al bebé. Harriet todavía no había cumplido un año; era una niña tristona y robusta, con una densa mata de pelo negro, y nunca lloraba. Estaba en el camino del jardín delantero, atada a su columpio portátil, que se movía solo cuando le daban cuerda. Su hermana Allison, que tenía cuatro años, jugaba tranquilamente con el gato de Robin, Weenie, en los escalones. A diferencia de Robin, que a aquella edad ya hablaba sin parar (era comiquísimo con su bronca y áspera vocecilla, y se revolcaba por el suelo riendo de sus propios chistes), Allison era tímida y asustadiza, y lloraba cada vez que alguien intentaba enseñarle el abecedario, y la abuela de los niños, que no tenía paciencia para un carácter como aquel, le prestaba muy poca atención.

La tía Tat había estado fuera un rato antes, jugando con el bebé. Charlotte, que no paraba de hacer viajes de la cocina al comedor, también había asomado la cabeza un par de veces; pero no se había molestado en vigilar debidamente porque Ida Rhew, la empleada (que había decidido adelantarse y empezar la colada del lunes), entraba y salía de la casa constantemente para colgar la ropa en el tendedero. Charlotte se dejó engañar por eso, pues los lunes, que eran los días de hacer la colada, Ida siempre estaba cerca (en el jardín, en la lavadora, en el porche trasero), así que no había ningún peligro en dejar incluso a los más pequeños fuera. Sin embargo, aquel día Ida estaba agobiada, fatalmente agobiada; había gente a la que atender y unos fogones que vigilar, además del bebé, y también estaba de mal humor porque normalmente los domingos llegaba a casa a la una, pero ese día su marido, Charley T., tendría que prepararse él solo la comida, y no solo eso, sino que para colmo ella, Ida Rhew, no había podido ir a misa. Se había empeñado en llevar la radio a la cocina para, al menos, poder escuchar el programa de gospel de Clarksdale. Iba de un lado para otro por la cocina, con gesto hosco, con su vestido negro de uniforme y el delantal blanco, la radio a todo volumen, sirviendo té helado en unos vasos largos, mientras fuera, en el tendedero, las camisas limpias se agitaban, se retorcían y alzaban los brazos como si quisieran protegerse de la inminente lluvia.

La abuela de Robin también había salido al porche en algún momento; de eso no cabía duda, porque había tomado una fotografía. En la familia Cleve no había muchos varones, y las actividades más masculinas, como la poda de árboles, las reparaciones domésticas, el transporte de los mayores a la tienda de comestibles y a la iglesia, recaían casi siempre en ella. Realizaba aquellas tareas con alegría, con un brío y una seguridad que sus tímidas hermanas admiraban. Ninguna de ellas sabía siquiera conducir, y a la pobre tía Libby le daban tanto miedo los electrodomésticos y los aparatos mecánicos de todo tipo que lloraba con solo pensar que tenía que encender una estufa de gas o cambiar una bombilla. La cámara las intrigaba, pero también recelaban de ella, y admiraban el despreocupado coraje con que su hermana manejaba aquel artilugio tan masculino que había que cargar, enfocar y disparar como una pistola. «Mirad a Edith —decían mientras ella enrollaba la película o preparaba un encuadre con habilidad de profesional—. No hay nada que Edith no pueda hacer.»

Según la sabiduría familiar, Edith, pese a sus deslumbrantes y variados campos de competencia, no tenía habilidad para los niños. Era orgullosa e impaciente, y su actitud no inspiraba cariño; Charlotte, su única hija, siempre acudía a sus tías (sobre todo a Libby) en busca de consuelo, afecto y palabras tranquilizadoras. Mientras que Harriet, el bebé, todavía no había manifestado ninguna preferencia por nadie, a Allison la aterraban los enérgicos intentos de su abuela de sacarla de su empecinado silencio, y siempre lloraba cuando la dejaban en su casa. En cambio… ¡cómo quería la madre de Charlotte a Robin, y cómo la quería él a ella! Edie, una digna y decorosa mujer de mediana edad, jugaba a tocar y parar en el jardín delantero y cazaba para él serpientes y arañas; le cantaba canciones divertidas que le habían enseñado los soldados ingresados en el hospital donde ella trabajaba de enfermera durante la Segunda Guerra Mundial:

Conocí a una chica muy tierna

a la que le faltaba una pierna

y que él cantaba con ella con su dulce y ronca vocecilla.

«¡Edie Edie Edie Edie Edie!» Hasta su padre y sus hermanas la llamaban Edith, pero él la llamaba Edie desde que empezó a hablar y corría por el césped haciendo el payaso y chillando de placer. En una ocasión, cuando Robin tenía unos cuatro años, la llamó «pobre viejecita», con toda seriedad. «Pobre viejecita», dijo con gesto grave, mientras le acariciaba la frente con su manita pecosa. A Charlotte jamás se le habría ocurrido dirigirse con tal familiaridad a su formal y severa madre, y mucho menos estando ella acostada en su dormitorio con dolor de cabeza; pero aquel incidente hizo mucha gracia a Edie y acabó convirtiéndose en una de sus historias favoritas. Edie ya tenía el cabello blanco cuando nació Robin, pero de joven lo había tenido de un rojo tan intenso como el del niño. «Para mi petirrojo» o «Para mi pequeño pelirrojo», escribía en las etiquetas de sus regalos de cumpleaños y Navidad. «Muchos besos de tu pobre viejecita.»

«¡Edie Edie Edie Edie Edie!» Robin tenía nueve años, pero aquello se había convertido en una broma familiar, el saludo tradicional del niño, la canción de amor que cantaba a su abuela; también la cantó cuando Edie salió al porche aquella tarde, la última tarde que ella lo vio.

«Ven a darle un beso a la pobre viejecita», le ordenó. Aunque normalmente no le importaba que le hicieran fotografías, a veces Robin se escabullía al ver la cámara colgada del cuello de Edie y desaparecía riendo a carcajadas (entonces el resultado era una figura borrosa, rojiza, con los huesudos codos y rodillas preparados para echar a correr).

«¡Ven aquí, granuja!», lo llamó Edie, y entonces, instintivamente, levantó la cámara y le hizo la fotografía de todos modos. Era la última fotografía de Robin que tenían. Estaba desenfocada. Una llana extensión de verde, ligeramente inclinada, con una valla blanca y el espectacular brillo de una gardenia perfectamente destacada en primer plano, junto al borde del porche. Un cielo nublado, húmedo, de tormenta, donde se combinaban el azul índigo y el gris pizarra, densas nubes por entre las que se colaban algunos rayos de sol. En la esquina de la imagen, una sombra borrosa de Robin, de espaldas, corría por el brumoso jardín hacia su cita con la muerte, que lo esperaba de pie, casi visible, bajo el tupelo.

Al cabo de unos días, acostada en su habitación con la puerta cerrada, una idea apareció en la mente de Charlotte, bajo el sopor provocado por las pastillas. Siempre que Robin iba a algún sitio (a la escuela, a casa de un amigo, a pasar la tarde con Edie), para él era muy importante despedirse, con cariño y muchas veces de forma prolongada y ceremoniosa. Charlotte tenía miles de recuerdos de notitas que su hijo le había escrito, de besos que le había lanzado por la ventana, de su manita diciéndole adiós desde el asiento trasero de un coche que se alejaba: ¡adiós! ¡adiós! Había aprendido a decir «adiós» mucho antes que «hola»; así era como saludaba a la gente y como se despedía de ella. Charlotte encontraba especialmente cruel que esa vez no hubiera habido un adiós. Aquel día, ella estaba tan distraída que no conservaba un recuerdo claro de las últimas palabras que había intercambiado con Robin, ni siquiera de la última vez que lo había visto, cuando lo que ella necesitaba era algo concreto, un recuerdo final, por pequeño que fuera, que le diera la mano y la acompañara (ciega ahora, tambaleante) por aquel repentino desierto de existencia que se extendía ante ella desde aquel momento hasta el final de su vida. Delirante de dolor y de falta de sueño, hablaba sin parar a Libby (fue la tía Libby la que la ayudó a superar la primera etapa, con sus paños húmedos y sus áspics; la que se quedó despierta haciéndole compañía toda la noche, noche tras noche; la que jamás la dejó sola, la que la salvó), pues ni su marido ni nadie más era capaz de ofrecerle el menor consuelo, y aunque su madre (los de fuera opinaban que «lo llevaba muy bien») no había cambiado sus costumbres ni su aspecto físico, y seguía ocupándose de las tareas cotidianas con energía, Edie jamás volvería a ser la misma. El dolor la había convertido en piedra. Era terrible verlo. «¡Levántate de la cama, Charlotte! —gritaba, y abría bruscamente las persianas—. Toma, el café. Cepíllate el pelo, no puedes pasarte la vida ahí tumbada.» A veces hasta la inocente Libby se estremecía al ver el gélido destello en la mirada de Edie cuando esta se volvía después de abrir las persianas y miraba a su hija, que seguía tumbada, inmóvil, en el dormitorio: feroz, despiadada como la estrella Arturo.

«La vida sigue.» Esa era una de las frases favoritas de Edie. Pero era mentira. Había días en que Charlotte todavía se despertaba, drogada y delirante, decidida a llevar a su hijo muerto a la escuela, y noches en que saltaba de la cama cinco o seis veces gritando su nombre. Y a veces creía, por un instante, que Robin estaba en el piso de arriba y que todo había sido una pesadilla. Sin embargo, cuando sus ojos se acostumbraban a la oscuridad y veía los horrendos residuos de la desesperación (pañuelos de papel, botes de pastillas, pétalos secos) encima de la mesilla de noche, rompía a llorar de nuevo (aunque ya había llorado hasta dolerle las costillas), porque Robin no estaba en el piso de arriba, ni en ningún otro sitio del que pudiera regresar.

Robin había puesto naipes entre los radios de su bicicleta. Charlotte nunca se había fijado en ese detalle mientras su hijo vivía, pero era el ruidito que hacían las cartas lo que la tenía informada de sus idas y venidas. En el barrio había un niño que tenía una bicicleta que sonaba exactamente igual, y cada vez que Charlotte la oía a lo lejos el corazón se le paraba durante un momento vertiginoso, increíble, maravillosamente cruel.

¿La había llamado? Pensar en sus últimos momentos le destrozaba el alma, y sin embargo no podía pensar en nada más. ¿Cuánto había durado? ¿Había sufrido? Se pasaba todo el día mirando fijamente el techo del dormitorio, hasta que la oscuridad se apoderaba de él, y entonces permanecía tumbada, despierta, y contemplaba el resplandor de la esfera luminosa del reloj.

«Encerrándote en tu habitación y llorando todo el día no le haces ningún bien a nadie —le espetaba Edie—. Te sentirías mucho mejor si te vistieras y fueras a la peluquería.»

En sus sueños Robin se mostraba distante y esquivo, como si ocultara algo. Ella anhelaba alguna palabra suya, pero él nunca la miraba a los ojos ni decía nada. En los peores días, Libby le había murmurado algo una y otra vez, algo que Charlotte no había entendido. «No nos pertenecía, querida. No era para nosotros. Fue una suerte que lo tuviéramos el tiempo que lo tuvimos.»

Y esa fue la idea a la que se aferró Charlotte, en medio de una neblina narcótica, aquella calurosa mañana en su dormitorio. Que lo que Libby le había dicho era verdad. Y que, curiosamente, desde que era bebé Robin se había pasado la vida intentando despedirse de su madre.

Edie fue la última persona que lo vio. Después de ese momento nada estaba muy claro. Mientras la familia charlaba en el salón (los silencios cada vez eran más largos, todos miraban alrededor complacidos, esperando que los llamaran a la mesa), Charlotte, a gatas, buscaba las servilletas de lino buenas en el aparador del salón (había entrado y se había encontrado la mesa puesta con las servilletas de algodón de diario; Ida, como siempre, aseguró que no sabía que hubiera otras, que las de cuadros de picnic eran las únicas que había encontrado). Charlotte encontró las servilletas buenas y se disponía a llamar a Ida para decirle: «¿Lo ves? Justo donde te he dicho que estaban», cuando la sorprendió el convencimiento de que pasaba algo.

La pequeña. Eso fue lo primero que pensó. Se levantó de un brinco, dejó caer las servilletas sobre la alfombra y salió corriendo al porche.

Pero Harriet estaba bien. Seguía atada en su columpio, y miró fijamente a su madre con sus grandes y serios ojos. Allison estaba sentada en la acera, con el pulgar en la boca. Se mecía hacia delante y hacia atrás y emitía un zumbido, un murmullo; no parecía que se hubiera hecho daño, pero Charlotte se fijó en que había llorado.

¿Qué te pasa?, le preguntó. ¿Te has hecho daño?

Allison, sin quitarse el pulgar de la boca, negó con la cabeza.

Charlotte vio con el rabillo del ojo que algo se movía al fondo del jardín. ¿Era Robin? Sin embargo, cuando miró hacia allí no había nadie.

¿Estás segura?, insistió la madre. ¿Te ha arañado el gato?

Allison negó con la cabeza. Charlotte se arrodilló y la examinó rápidamente; no tenía cardenales ni chichones. El gato había desaparecido.

Todavía intranquila, Charlotte besó a Allison en la frente y la acompañó a la casa («¿Por qué no vas a ver qué está haciendo Ida en la cocina, cariño?»); luego salió otra vez para recoger a la pequeña. Había tenido aquellos irreales ataques de pánico otras veces, generalmente en plena noche, y siempre cuando alguno de sus hijos tenía menos de seis meses. De pronto se incorporaba de un brinco y corría hacia la cuna. Pero Allison no se había hecho daño, y el bebé estaba bien… Entró en el salón y dejó a Harriet con su tía Adelaide, recogió las servilletas de la alfombra del comedor y, todavía medio sonámbula, sin saber por qué, entró en la cocina para coger el tarro de albaricoques de la pequeña.

Su marido, Dix, había avisado que no lo esperaran para cenar. Había ido a cazar patos. Mejor así. Cuando no estaba en el banco, Dix solía estar de caza o en casa de su madre. Charlotte arrastró un taburete para coger los albaricoques del bebé del armario. Ida Rhew estaba inclinada sacando una bandeja de bollos del horno. «Dios nunca cambia», cantaba una desgarradora voz negra en el transistor.

El programa de gospel. Era algo que atormentaba a Charlotte, aunque nunca se lo había mencionado a nadie. Si Ida no hubiera tenido la música tan alta, quizá habrían oído lo que sucedía en el jardín, quizá se habrían enterado de que pasaba algo. Pero entonces, mientras daba vueltas en la cama por la noche intentando por todos los medios revisar los hechos hasta una posible causa original, recordaba que había sido ella la que había obligado a trabajar a la piadosa Ida un domingo. «Recordad el Sabbat y respetadlo.» Jehová, en el Antiguo Testamento, reprendía duramente a la gente por faltas mucho menos graves.

Los bollos ya casi están, anunció Ida Rhew, y volvió a encorvarse para mirar dentro del horno.

Ya los sacaré yo, Ida. Creo que está a punto de llover. ¿Por qué no entras la ropa y llamas a Robin?

Cuando Ida, rezongona y estirada, regresó cargada de camisas blancas, dijo: No quiere venir.

Dile que entre inmediatamente.

No sé dónde está. Lo he llamado un montón de veces.

Tal vez haya cruzado la calle.

Ida dejó las camisas en la cesta de la plancha. La puerta mosquitera se cerró de golpe. «Robin —la oyó gritar Charlotte—. Ven ahora mismo o te arrepentirás. —Y luego otra vez—: ¡Robin!»

Pero Robin no aparecía.

Por el amor de Dios, dijo Charlotte mientras se secaba las manos con un trapo de cocina, y se dirigió al jardín.

En cuanto salió se dio cuenta, con cierta inquietud que era más fastidio que otra cosa, de que no tenía ni idea de dónde buscar. La bicicleta de su hijo estaba apoyada contra el porche. Robin sabía que no debía alejarse cuando faltaba tan poco para cenar, sobre todo si había invitados.

¡Robin!, gritó. ¿Se habría escondido? En el barrio no había ningún otro niño de su edad, y aunque de vez en cuando algún crío descuidado (blanco o negro) subía del río hasta las amplias aceras de George Street, provistas de sombra por los robles, ahora no se veía a ninguno. Ida no le dejaba jugar con ellos, pero de todos modos a veces él lo hacía. Los más pequeños daban pena, con las rodillas llenas de costras y los pies sucios; Ida Rhew los ahuyentaba sin miramientos desde el jardín, pero Charlotte, más bondadosa, en ocasiones les ofrecía leche o un vaso de limonada. En cambio, cuando aparecía alguno de los mayores (de trece o catorce años), Charlotte se metía en la casa y dejaba que Ida fuera todo lo fiera que quisiera con ellos. Disparaban a los perros con pistolas de aire comprimido, robaban cosas de los porches de las casas, decían palabrotas y deambulaban por las calles hasta altas horas de la noche.

Ida dijo: Hace un rato vi a un grupo de granujas correr calle abajo.

Cuando Ida decía «granujas», se refería a niños blancos. Ida odiaba a los niños pobres blancos y los culpaba con furia de todos los percances que ocurrían en el jardín, incluso de aquellos con los que Charlotte estaba segura de que ellos no podían tener nada que ver.

¿Iba Robin con ellos?, preguntó Charlotte.

No.

¿Dónde están ahora?

Los

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