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UN JUEGO PERSUASIVO (IDILIOS DE TEMPORADA 1)

Eneida Wolf  

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Fragmento

1. Presentaciones

De haber podido elegir, Wendoline no hubiese estado en el entierro de Mary Leverton, pese a que se alegraba internamente y le regocijaba el hecho de que la mujer, al fin, estuviese bajo tierra.

Yorkshire era un buen lugar, allí estaba su hogar, la casa donde había crecido, pero hacía demasiado años que no la pisaba, y temía los recuerdos que podía desencadenar, demasiado dolorosos como para, simplemente, dejarse caer por allí sin ninguna razón de peso. Bath quedaba descartado, allí había demasiada gente que iba para ser vista, demasiado cuchicheo y escarceo, y era la ciudad de moda cuando, supuestamente, se quería paz y tranquilidad y curas de salud debido a sus termas. Florencia, ese era el destino que hubiese elegido. O quizás París, siempre era una buena idea pisar esa ciudad tan variopinta.

El entierro fue multitudinario, la mujer era temida y odiada por igual en su gran mayoría, y querida por quienes pensaban como ella y la tenían de aliada. Observó que la miraban con curiosidad, estaba segura que muchos se preguntaban quién era esa joven que vestía a la francesa y sonreía demasiado, y hablaban a sus espaldas de su inminente mala reputación. Era el efecto que solía causar entre la gente, estaba acostumbrada y no le molestaba. Ella misma se había creado un personaje hecho a su medida, la infame Wendoline Connynham, despreciable dama y mujer descarada que osaba contradecir a los hombres, los rebatía con inteligencia y tenía una moralidad más que dudosa.

No se molestaba en hacerles creer otra cosa, porque simple y llanamente, le daba igual qué pensasen de ella. Hastiada de estar allí, caminó hasta el pasillo y, de forma disimulada, entró en la primera habitación que encontró. Era un despacho elegante, con muebles de madera de roble y butacas de terciopelo. Como todo despacho que se preciase, había una licorera a rebosar. Se sirvió una copa, era whisky y le gustaba. Se detuvo a leer algunos títulos de los libros que había en la estantería más cercana, en su gran mayoría, clásicos.

Detestaba a los clásicos, aunque los había leído y estudiado. Tenía opiniones fuertes y una de ellas era que no se podía criticar algo que no se conocía. Había excepciones, sin duda, pero los libros no eran una de ellas.

—¿Le gusta la colección? —una voz masculina la sobresaltó, pero la sorpresa le duró poco.

No era nadie que conociese, es más, no le había visto nunca pero no era nada extraño, teniendo en cuenta que había pasado la mayor parte de su vida adulta en el extranjero y tampoco solía fijarse demasiado en la gente.

—No es de mi agrado, pero pocas cosas lo son —respondió con el descaro que la caracterizaba.

Era un hombre alto, de magnífico porte. Sus ojos a simple vista no eran espectaculares ni llamaban la atención, pero si volvías a mirarlos detenidamente, podías ver que eran de una tonalidad azul peculiar, tirando a turquesa e inquietos. Tampoco era atractivo. Tenía unas facciones corrientes, una nariz alargada que sobresalía, poco inglesa. Pero, en su conjunto, le pareció decente. Muy decente, no sabía muy bien por qué. Lo habría escogido en una velada para coquetear con él, al menos en un inicio, pero todo hubiera dependido de su inteligencia. Así habría comprobado si hubiese continuado con él o cambiado de objetivo, y estaba dispuesta a averiguarlo.

Quizás era la forma en que la miraba, examinándola y censurándola a la vez, o esa masculinidad que le supuraba por los poros. Sin duda lo que más le gustaba era su mandíbula prominente, lo que le hacía parecer muy viril.

—¿Está buscando al duque? —preguntó el hombre, que tenia la mirada de reproche puesta en cuanto la vio beber del vaso.

—Solo buscaba huir de la muchedumbre. Ni siquiera sé quién es el duque. ¿Una copa?

Franklin estaba seguro de que era la primera vez que veía a esa mujer en su vida, porque sin duda, se habría acordado de ella. Su manera de caminar, de moverse, sus gestos, toda ella desprendía sensualidad. Se preguntó si lo estaría haciendo a propósito. Pero no lo creyó, sus movimientos eran demasiado naturales.

—No creo que al duque le haga gracia que me esté ofreciendo una copa de su whisky —dijo, pero se la sirvió a sí mismo.

Al fin y al cabo, era su Whisky.

—Si se parece mínimamente a su abuela, estoy segura de que no —susurró ella con pasividad, con una mezcla de ironía y sensualidad que no pasó desapercibida.

Él no se inmutó, y a ella se le cruzó por la mente que aquel hombre tan serio, estaba empezando a gustarle.

—Veo que estoy ante una admiradora más de Mary Leverton —comentó al final.

—Sin duda, lo está. ¿Cuáles fueron sus palabras? —dijo pensativa, ladeando el rostro—. Ah, sí, me llamó enemiga de la decencia, reencarnación del diablo y chiquilla moralmente indeseable. Abanderé la primera causa, se lo debía.

Él frunció el ceño, no sabiendo a qué atenerse. ¿Quién era esa mujer que había enfurecido a su abuela de tal manera? No había conocido a nadie como ella. No, sin duda ninguna mujer que conociera lo habría dicho tan abiertamente, al menos una mujer inglesa. Y su acento no podría ser más inglés, era eso lo

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