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UN LIBRO DE FAMILIA

Santiago Pajares  

4


Fragmento

1

El libro

Era una sensación extraña sentir que cuando todos iban, yo venía. En el vagón la gente marchaba a sus trabajos, ya limpios, ojerosos y con sus desayunos danzando en el estómago. Mientras, yo pensaba en una tostada gruesa y caliente en la que se derritiera la mantequilla. No había podido dejar de pensar en eso durante toda la noche mientras vigilaba los pasillos del pabellón deportivo. Salí al andén y cuando me aparté para que los transeúntes subieran recordé que no me quedaba pan de molde. Miré el reloj. Eran las ocho menos diez de la mañana y los supermercados estaban cerrados. Subí las escaleras hacia la calle pensando en la tienda de Wang. Si aún no había abierto, me tendría que ir a dormir en ayunas.

Alcancé la acera y anduve camino a casa. Mi piso estaba en un edificio viejo y deslucido entre las estaciones de Puente de Vallecas y Nueva Numancia. Había que adentrarse un par de calles más allá de la avenida de la Albufera, desde la zona de alquileres bajos hasta la zona de alquileres bajísimos. En mi misma calle me encontré a Wang levantando la persiana metálica de su tienda de alimentos y frutos secos. Compraba tanto allí a deshoras que habíamos llegado a conocernos bien. Le pregunté si estaba abierto, y con la primera sonrisa que vi aquella mañana, contestó:

—Dos minutos.

Así que esperé a que encendiera las luces, desconectara la alarma y se posicionara detrás del mostrador antes de aventurarme a entrar. Cogí un paquete de pan de molde de la balda y se lo di para que me lo cobrara. Saqué la cartera dispuesto a pagar, pero señaló el paquete y denegó con la cabeza.

—Caducado. Dos días. Lo siento.

—No me importa, no hay problema —contesté.

Volvió a negar con la cabeza sin soltar la sonrisa.

—Sí problema. Caducado. No poder vender.

Miré el resto de paquetes de pan de molde. Todos estaban caducados por dos días.

—Wang, la fecha de caducidad es aproximada. No hay problema en comer algo que lleve poco tiempo caducado. Hay mucho margen.

—No poder. No legal vender cosas caducadas.

—Pues regálamelo.

—No, tú poner malo. Yo quiero tú bien.

—Pero necesito pan de molde para hacerme unas tostadas para el desayuno.

Wang salió del mostrador y me puso en la mano un paquete de panes de hamburguesa.

—Tú tostar esto.

—Pero esto son panes de hamburguesa, no es lo mismo.

—Es mismo. Es pan —dijo—. Sabor igual.

—Mira, es que yo prefiero el pan de molde.

—Mismo producto. Distinta forma.

—Pero la tostadora —traté de mover las manos imitando el movimiento de introducir el pan en la rendija— es pequeña, y este pan no encaja y tengo que empujar.

—No importa. Tú empuja. Es mismo.

Suspiré y levanté los ojos al cielo. No iba a dar su brazo a torcer ni a dejar de sonreír. Se llevó los tres paquetes de pan de molde caducados a la trastienda y dejó los panes de hamburguesa sobre el mostrador, como si fuera un asunto resuelto. Puse las monedas junto a la caja y agarré el paquete.

—¡Hasta luego, Wang! —grité desde la entrada.

—¡Adiós, buen desayuno!

No lo vi desde la puerta, pero estoy seguro de que continuaba sonriendo. Caminé cien metros hasta mi portal y comencé a subir las escaleras de mi quinto sin ascensor. Un ligero crujido salió de mi rodilla derecha y me pregunté si treinta y cinco años era una edad normal para comenzar a tener esos achaques. Flexioné la rodilla en el aire un par de veces y continué hasta el quinto piso. Dejé las llaves en el cestito de la entrada, colgué el abrigo en una silla del comedor y empujé los panes de hamburguesa en la tostadora. No quería beber café y espabilarme. Trataba de evitar ese fastidioso momento en el que pasas toda la noche con sueño y cuando llegas a la cama te has desvelado.

Vertí zumo en un vaso y me lo bebí de un trago. Me serví un poco más y comencé a notar un olor a quemado. Desenchufé la tostadora y emergieron los bordes negros del pan. Maldiciendo por lo bajo, raspé la carbonilla con un cuchillo. Los puse en un plato, los unté de mantequilla y azúcar y me senté en la mesa de la cocina bajo los fluorescentes. Mastiqué el primer pan mientras miraba el calendario dos años atrasado todavía colgado en la pared de azulejo. Acabé el primero y le di un par de bocados al segundo cuando sonó el teléfono fijo. Sorprendido, levanté el auricular.

—Soy mamá. ¿Te he despertado?

—No, no, estaba desayunando. ¿Qué ocurre?

Nadie llama tan temprano si no son malas noticias. Esperé un segundo la contestación con el estómago encogido. Pensé en mi padre, en mi hermana, en mis sobrinos. Pensé incluso en mi cuñado.

—Se ha muerto el abuelo Orencio.

El abuelo. El estómago pareció volver a su sitio una vez revelada la mala noticia. Había pasado un invierno delicado con una gripe y un principio de neumonía que le había tenido tres semanas en el hospital. Pero después de eso había vuelto a casa haciendo vida normal y parecía haberse recuperado. No tanto como suponíamos, al parecer.

—Ha sido esta madrugada —añadió mi madre—. La chica lo ha encontrado por la mañana.

—Vaya —dije yo. Y es que no se me ocurrió qué más decir. Era su suegro y era mi abuelo, y se había muerto. Vaya—. ¿Qué hacemos?

—Tu padre se ha ido para el piso con el tío Carlos. Yo estoy hablando con la funeraria para arreglar los detalles del tanatorio.

—¿Quieres que llame a alguien? ¿A Isa o alguien más?

—No hace falta, ya lo saben todos.

Mi madre se había ocupado de decírselo a mi hermana, a mis tíos y a mis primos. Así era ella, la eficacia hecha mujer. Mientras que yo, su hijo, era el último de la lista de llamadas.

—Coge un taxi y ve para el tanatorio de la M-40, si quieres.

—Iré en coche —dije yo.

—No, estás alterado, prefiero que vayas en taxi.

—Mamá, no estoy alterado. Estoy bien, no me pasa nada. Cogeré el coche.

—Ahora mismo no piensas con claridad, no quiero que tengas un accidente de camino.

—Mamá, de verdad que no es necesario.

—Insisto. Yo te lo pago.

—No es por el dinero, mamá —claro que era por el dinero—, es que no hace falta. ¿O le has dicho a Isa que coja un taxi?

—Bueno, ella tiene a Miguel.

No sé si lo dijo para que sonara de alguna forma o si iba con segundas, pero suspiré para mí. Mi hermana tenía un marido que podía conducir el coche hasta allí, mientras que yo, que no vivía con nadie, debía coger un taxi.

—¿Me harás el favor?

No quise discutir. Se había muerto el abuelo y no era el momento de pelearse por tonterías.

—Muy bien, tú ganas.

—Gracias, hijo —y añadió, como si no fuésemos familia—: Y lo siento.

—Y yo, mamá —respondí.

Colgué el auricular y me quedé en silencio. Era el último abuelo que me quedaba, el padre de mi padre, que se llamaba igual que mi padre, que se llamaba igual que yo: Orencio Beotas.

Me puse el abrigo, cogí las llaves del coche y salí de casa. Si la rodilla me crujió otra vez bajando las escaleras, no me di cuenta.

Conduje hasta el puente de Vallecas, como siempre atestado sin importar la hora. Logré introducirme en la M-30 y enfrenté el tráfico de la mañana con el resto de los conductores que se dirigían a sus puestos de trabajo. Miraba por la ventanilla sus trajes, sus corbatas y la piel de sus cuellos irritados por el afeitado. Todos tenían caras de sueño. Todos parecían tristes, y eso que a ninguno de ellos se les había muerto el abuelo hacía unas pocas horas. Enlacé con la M-40 y la salida del tanatorio estaba cerca, aunque atascada. Avancé el coche metro a metro hasta llegar a las zonas de aparcamiento. No había ninguna plaza libre y tuve que pasar veinte minutos dando vueltas para al fin encontrar un coche que salía. Las plazas no tenían parquímetro y estaban muy codiciadas. Cerré el coche y caminé hasta el tanatorio, a casi un kilómetro de distancia. Su enorme mole acristalada reflejaba los rayos del sol de la mañana, de forma que sus cristales parecían tintados de naranja.

Encontré a mi madre en la entrada, esperando a los familiares que debían ir llegando. No parecía que se acabara de levantar de la cama. Estaba peinada y bien vestida, como correspondía a la situación. Ella siempre estaba preparada. Me acerqué y le di dos besos.

—¿Has venido en taxi? —preguntó.

—Claro, ya te lo dije.

—¿Cuánto te ha costado?

—Mamá, no necesito que me lo pagues.

—Dime cuánto, te dije que yo lo pagaba.

—Mamá...

—Oren, por favor...

—Diecisiete euros —calculé.

—¿Tienes el tique?

—No he pedido.

—Siempre hay que pedir tique, cariño.

Me puso las manos en la cara y se me quedó mirando, como si quisiera evaluar mi estado ante la noticia. Observó mis ojeras y mi barba de tres días.

—¿Estabas desayunando? —preguntó—. ¿De dónde venías?

—De un trabajo.

—¿Qué clase de trabajo es que lo tienes que hacer de noche?

—Vigilar unas instalaciones deportivas para que no se cuele nadie mientras montan el equipo para un concierto. Me lo consiguió Jacobo. Son solo dos días.

—¿Pero con contrato?

—No, qué va. Le pagan a él y él me paga a mí.

Pasó la mano por mi barba. Parecía un poco decepcionada, pero lo ocultaba muy bien.

—¿No has dormido?

—Estoy bien, justo en esa hora en que se te ha pasado el sueño. No pasa nada.

—¿Y Elena?

Me quedé descolocado un segundo, sin saber qué responder. Pensé algo rápido.

—Eh... Está trabajando. Hoy tenía una reunión importante, no la quería molestar. La llamaré al mediodía.

—Bien pensado.

—¿Papá ha llegado?

—Hace diez minutos, con los de la funeraria. Están en la sala veintidós.

Mi madre se quedó allí y yo me adentré en los pasillos del tanatorio. Estaban decorados con ladrillo visto y por todos lados había desgastados sillones granates para sentarse. No había demasiada gente, pequeños grupos en la puerta de las salas ocupadas, todos charlando bajo y sin saber qué decir. Avancé hasta encontrar el número de nuestra sala. En la puerta, en un cartel para que no hubiese malentendidos, aparecía el nombre del fallecido, mi propio nombre. Un escalofrío me recorrió la espalda.

Dentro hacía un calor asfixiante, como si hubiesen tenido encendidos los radiadores todo el día y hubiera poca ventilación. Mi padre y mi tío Carlos estaban de pie, sin decir nada, mirando cómo unos operarios acomodaban el féretro en la pequeña estancia separada por un cristal ovalado. Carlos era el hermano menor de mi padre, que era el primogénito. Por alguna razón que desconozco, nunca habíamos llegado a congeniar. Siempre me miraba con cierta reprobación, como si estuviese infringiendo alguna norma de protocolo. Los dos se volvieron. Sonreí con la boca cerrada, avancé hasta mi padre y le di un abrazo. Qué menos cuando se te ha muerto un padre. A Carlos le di un ligero beso en la mejilla, apenas un escalón más que un educado apretón de manos.

Mi padre era uno de esos hombres delgados con una ligera barriga asomándole sobre el cinturón. No le había dado tiempo a afeitarse y estaba áspero y arrugado. Detrás de sus gruesas gafas parecía contener las lágrimas. Parecía cansado y triste, pero no como los conductores de la autopista camino del trabajo, sino triste como cuando se te muere un padre que, por muy mayor que sea, nunca deja de serlo.

—¿Cómo estás? —me preguntó.

—Bien, bien —respondí—. ¿Y tú?

—Bien. Era mayor, pero ha sido una sorpresa, la verdad.

—Se ha muerto muy bien —añadió Carlos, lacónico.

Aquello era algo que llegaría a oír mucho aquel día, el «Se ha muerto muy bien». Y es que en la muerte, como en todo, hay maneras. En nuestro caso, morirse bien consistía en llevar una vida plena, irse apagando poco a poco, con los achaques propios de la edad, y fallecer en la cama, durmiendo, sin molestar a nadie. Bien pensado, era un plan perfecto.

—¿Isa no ha llegado? —pregunté.

—No, iba a llevar a los niños al colegio y luego venía. Tú eres el primero.

Claro. Último en llamar, primero en llegar. Porque no tenía un trabajo del que ausentarme, porque no tenía niños que llevar a la escuela, porque no tenía a nadie a quien llamar para explicarle la situación y decirle que debía anular mis planes, que había habido un fallecimiento en la familia. A mí me llamaban.

—¿Elena ha venido? —preguntó mi padre.

—Tenía una reunión. Luego la llamo.

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