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UN MAR OSCURO (DETECTIVE WILLIAM MONK 18)

Anne Perry  

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Fragmento

Título original: A sunless sea

Traducción: Borja Folch

1.ª edición: enero 2013

© 2012 by Anne Perry

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B. 31172.2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-308-2

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Dedicado a Frances y Henry

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

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Notas

1

El sol ascendía despacio sobre el río, salpicando de luz roja la superficie del agua. Las gotas que se desprendían de los remos de Monk brillaban unos instantes como si fuesen de vino o de sangre. En el otro banco, más o menos a un metro de él, Orme empujaba hacia delante, bogando con todo su peso para contrarrestar la resistencia que la corriente oponía al avance. Acostumbrados como estaban a trabajar en equipo, remaban en perfecta sincronía. Corría el mes de diciembre de 1867, hacía casi dos años que Monk había tomado el mando de la Policía Fluvial del Támesis en la comisaría de Wapping.

Aquel hecho suponía una pequeña victoria para él. Orme llevaba toda su vida profesional en la Policía Fluvial. Monk había tenido que adaptarse tras haber trabajado en la Policía Metropolitana primero y como detective privado después.

La serenidad de aquel momento de íntima satisfacción la rompió un grito, un chillido tan penetrante que se oyó por encima del crujido de los escálamos y del ruido de la estela de una hilera de gabarras al romper contra la orilla. Monk y Orme se volvieron al unísono hacia el embarcadero de Limehouse, en la ribera norte, a poco más de veinte metros de distancia.

Oyeron el grito otra vez, estridente, de terror, y de pronto vieron una figura negra sobre el umbrío telón de fondo que dibujaban los cobertizos y almacenes del muelle. Alguien con un abrigo largo agitaba los brazos mientras iba de un lado a otro a trompicones; imposible distinguir si era hombre o mujer.

Echando un vistazo por encima del hombro hacia Monk, Orme dio una palada que giró la barca hacia la orilla.

La figura se movió más nerviosa al ver que se aproximaban. Las nubes bajas se abrieron y el sol comenzó a alumbrar la escena con más nitidez. La figura resultó ser una mujer con falda larga. Seguía agitando los brazos y gritándoles desde el muelle, pero el terror volvía ininteligibles sus palabras.

La barca alcanzó la escalinata con un golpe y Orme la amarró.

Monk se agarró al poste que tenía más a mano, saltó a tierra y subió los peldaños tan deprisa como pudo. Al llegar arriba vio a la mujer, que ahora sollozaba y se tapaba el rostro con las manos como si quisiera borrar de la mente algo que hubiese visto.

Monk miró en derredor. No vio a nadie más, nada que pudiera causar semejante miedo histérico. El muelle estaba desierto salvo por la mujer y Monk. Orme llegó a lo alto de la escalinata y a primera vista tampoco vio indicio alguno de amenaza para ella.

Monk la tomó gentilmente del brazo.

—¿Qué le pasa? —preguntó con firmeza—. ¿Qué ha ocurrido?

La mujer se apartó de él y dio media vuelta, señalando con el dedo un montón de basura que se iba perfilando con creciente claridad.

Monk se dirigió hacia él y el estómago se le encogió al darse cuenta de que lo que había tomado por una lona desgarrada era en realidad la falda empapada de una mujer con el cuerpo tan mutilado que de entrada no se reconocía como humano. Monk no precisó preguntarse si estaba muerta. Yacía retorcida, medio bocarriba, con el rostro macilento vuelto hacia el cielo. Tenía el cabello apelmazado, mojado de sangre en el cogote. Pero fue el resto de su cuerpo lo que le provocó náuseas y lo dejó sin aliento. Estaba destripada, y sus vísceras se desparramaban como pálidas serpientes despellejadas.

Oyó los pasos de Orme a sus espaldas.

—¡Santo Dios! —murmuró Orme, no a modo de blasfemia, sino como una llamada de auxilio para que lo que veía no fuese real.

Monk tragó saliva con dificultad y se apoyó un momento en el hombro de Orme. Luego, dando algún que otro traspié sobre los tablones del muelle, regresó junto a la mujer, que ahora temblaba de manera incontrolable.

—¿Sabe quién es? —preguntó Monk con delicadeza.

La mujer negó con la cabeza, procurando alejarse de él, pero ya no le quedaban fuerzas.

—¡No! Dios me salve, no la conozco. Yo he venido en busca de mi hombre. ¡El muy cabrón ha pasado fuera toda la noche! Y entonces la he encontrado. —Se santiguó como para conjurar el horror—. Me he llevado un susto de muerte al pensar que era él hasta que la he visto, pobrecita.

—¿Ha sido al encontrarla cuando se ha puesto a gritar? —preguntó Monk.

—Sí. Usted es de la Policía Fluvial, ¿no?

—Sí. ¿Cómo se llama?

La mujer titubeó solo un instante. Con aquello tirado en los tablones, casi tan cerca como para tocarlo, quizá la presencia policial no fuese tan mal asunto como de costumbre.

—Ruby Jones —contestó.

—¿Dónde vive, señora Jones? —preguntó Monk—. Y dígame la verdad, por favor. No querrá que tengamos que buscarla, dando a conocer su nombre por toda la margen del río, ¿me equivoco?

Ella lo miró a los ojos y vio que hablaba en serio.

—Northey Street, detrás del asilo —contestó.

—Vuelva a mirarla, por favor —dijo Monk con más amabilidad—. Mírele el rostro. No es tan horrible. Y mantenga la vista apartada del resto. Piense si la había visto alguna vez.

—¡No! ¡No la conozco! —insistió la señora Jones—. No voy a mirarla otra vez. ¡La estaré viendo hasta el fin de mis días!

Monk no discutió con ella.

—¿La encontró en cuanto llegó usted aquí, o pasó un rato aguardando, quizá llamando a su marido?

—Andaba buscándolo cuando he visto... eso. ¿Cree que tengo ganas de quedarme aquí, con eso a mi lado, eh?

—No, por supuesto —respondió Monk—. ¿Está en condiciones de regresar sola a su casa, señora Jones?

—Sí. —Se zafó de Monk, que le sujetaba el brazo—. No se apure. —Respiró profundamente y se volvió hacia el cuerpo, y el horror de su semblante se transformó en compasión—. Pobrecita —dijo entre dientes.

Monk dejó que se marchara y, junto con Orme, regresaron hasta donde yacía el cadáver. Monk le tocó la cara con delicadeza. Estaba fría. Le palpó los hombros por debajo del vestido para ver si hallaba algo de calor, pero fue en vano. Lo más probable era que llevara muerta toda la noche.

Orme lo ayudó a tenderla bocarriba, revelando el vientre destripado y las pálidas vísceras pegajosas por la sangre.

Pese a que estaba acostumbrado a ver cadáveres, Orme dio un grito ahogado de horror y se tambaleó unos instantes. Sabía lo que eran capaces de hacer el tiempo y los depredadores, pero aquella barbaridad era obra de un hombre y le resultó imposible disimular la impresión que le causó. Tosió y se atragantó. Fue un gesto inútil, pero sin pensarlo se agachó y volvió a tapar a la mujer con sus ropas.

—Más vale que llamemos al médico forense y a la comisaría local —dijo con voz ronca.

Monk asintió, tragando saliva. Por un momento, el horror lo había dejado paralizado, sintiendo una honda compasión. El río al que tanto se había acostumbrado le pareció de súbito un lugar inhóspito y desconocido. Los muelles y los postes de los embarcaderos se cerraban en torno a ellos, mostrándose amenazadores por efecto de la cruda luz del alba, que distorsionaba sus proporciones.

Orme asintió con el semblante adusto.

—Ha sido encontrada en el embarcadero, de manera que el caso nos incumbe, señor —dijo con abatimiento—. Pero, naturalmente, la policía de la zona quizá sepa identificar a esta pobre criatura. Quizá sea un caso de violencia doméstica. Pero si se trata de una prostituta, me temo que nos enfrentamos a un loco.

—¿Cree que un hombre en su sano juicio le haría algo semejante a su esposa? —preguntó Monk, incrédulo.

Orme negó con la cabeza.

—¿Quién sabe? A veces pienso que el odio es peor que la locura. La comisaría local queda en esa calle de ahí —agregó, señalando con el brazo—. Si quiere, me quedo con ella mientras usted va a verlos, señor.

Era lo más sensato, puesto que Monk era con diferencia el de mayor rango de los dos. Aun así, se sintió agradecido, y se lo hizo saber a Orme. No le apetecía quedarse en el muelle, soportando el viento frío que calaba hasta los huesos, montando guardia junto a aquel espantoso cadáver.

—Gracias. Seré tan breve como pueda.

Dio media vuelta, recorrió el embarcadero hasta el terraplén y enfiló la calle. El color había desaparecido del cielo, dejándolo pálido, y el sol de primera hora recortaba la silueta de los muelles y los almacenes. Se cruzó con un puñado de estibadores camino del trabajo. Un farolero, poco más que una mancha grisácea, apagó la última farola de la calle.

Una hora después Monk y Orme se encontraban en la comisaría local, todavía tiritando. Los pantalones mojados se les pegaban a las piernas, y el frío que sentían en su interior no lo mitigó siquiera la taza de té caliente con whisky que les ofrecieron. Overstone, el médico forense, entró y cerró la puerta a sus espaldas. Tenía sesenta y tantos años, el pelo rubio entrecano le raleaba y su expresión era afable. Miró al sargento local, luego a Orme y por último a Monk. Sacudió la cabeza.

—Esto pinta muy mal —dijo en voz baja—. Es casi seguro que la mutilación se llevó a cabo después de la muerte. Cuesta estar absolutamente seguro porque si aún no había muerto, lo que le hicieron la mataría. En cualquier caso, sangró mucho. Le abrieron un tajo desde el ombligo hasta la ingle.

Monk se fijó en el rostro crispado del médico y en la compasión que asomaba a sus ojos.

—Si ya había muerto cuando se lo hicieron, ¿qué la mató? —preguntó Monk.

—El golpe en la nuca —contestó Overstone—. Un único

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