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UN MARAVILLOSO PORVENIR

Katherine Boo  

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Fragmento

Índice

Cubierta

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Entre rosas

Primera Parte

Capítulo 1: Annawadi

Capítulo 2: Asha

Capítulo 3: Sunil

Capítulo 4: Manju

Segunda Parte

Capítulo 5: Casa fantasma

Capítulo 6: El agujero al que llamaba ventana

Capítulo 7: La crisis

Capítulo 8: El maestro

Tercera Parte

Capítulo 9: Efecto brillo

Capítulo 10: Cotorras, se capturan y se venden

Capítulo 11: Dormir como es debido

Cuarta Parte

Capítulo 12: Nueve noches de baile

Capítulo 13: Algo que brille

Capítulo 14: El juicio

Capítulo 15: Hielo

Capítulo 16: Blanco y negro

Capítulo 17: Una escuela, un hospital y un campo de críquet

Nota de la autora

Agradecimientos

Notas

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

Para los dos Suniles

y lo que me enseñaron acerca de no rendirse

ENTRE ROSAS

Bombay, 17 de julio de 2008

Se acercaba la medianoche. La mujer coja tenía quemaduras graves y la policía de Bombay iba a venir a buscar a Abdul y a su padre. En una chabola junto al aeropuerto internacional los padres de Abdul llegaron a una decisión con una economía verbal impropia de ellos. El padre, un hombre enfermo, esperaría dentro de la choza alfombrada de basura y con techumbre de hojalata donde vivía la familia de once. Cuando lo arrestaran no opondría resistencia. Abdul, el sostén económico de la familia, era quien tenía que escapar.

Como de costumbre nadie le había pedido a Abdul su opinión sobre este plan. Estaba petrificado por el pánico. Tenía 16 años, o quizá 19…; sus padres eran un desastre para las fechas. Alá, en su impenetrable sabiduría, lo había hecho pequeño y asustadizo. Un cobarde, así se refería Abdul a sí mismo. No sabía nada de cómo esquivar a la policía. Prácticamente de lo único que entendía era de basura. Casi todas las horas que había estado despierto de todos los años que podía recordar las había pasado comprando y vendiendo a los recicladores lo que los más ricos tiraban a la basura.

Ahora era consciente de la necesidad de desaparecer, pero, más allá de eso, la imaginación le flaqueaba. Echó a correr, pero después volvió a casa. El único escondite que se le ocurría era entre su basura.

Entreabrió la puerta de la chabola familiar y miró fuera. Su hogar estaba más o menos en el centro de una hilera de casas construidas a mano y encajonadas y el cobertizo asimétrico donde almacenaba su basura estaba justo al lado. Llegar hasta él sin ser visto privaría a sus vecinos de la satisfacción de entregarlo a la policía.

No le gustó la luna, sin embargo. Llena y estúpidamente brillante, iluminando el descampado frente a su casa. Al otro lado del mismo estaban las chabolas de otras dos docenas de familias y Abdul se temió no ser el único que espiaba oculto detrás de una puerta de contrachapado. Algunas personas del asentamiento querían ver enferma a su familia debido a viejos resentimientos entre hindúes y musulmanes. Otras les eran hostiles por la más moderna de las razones: la envidia económica. A base de trabajar con basura, una ocupación que muchos indios encontraban despreciable, Abdul había logrado mantener a su familia por encima del nivel de subsistencia.

Al menos el descampado estaba en silencio, aunque era un silencio inquietante. Una suerte de playa de un amplio lago de aguas residuales que señalaba el límite este del poblado, la mayoría de las noches el lugar era un auténtico caos: gente discutiendo, cocinando, coqueteando, lavándose, cuidando cabras, jugando al críquet, esperando turno para coger agua en una fuente comunal, haciendo cola a la puerta de un pequeño burdel o durmiendo la mona del licor de mala muerte que vendían dos chozas más abajo de la de Abdul. Las tensiones que bullían en los chamizos atestados repartidos por estrechos callejones tenían en este lugar, el maidan, la única vía de escape. Pero después de la pelea y de que la mujer conocida como la Coja resultara quemada, la gente se había retirado a sus chabolas.

Ahora, entre jabalíes, búfalos y la colección habitual de borrachos tumbados boca abajo, parecía haber una única presencia alerta: un niño nepalí menudo y de aspecto anodino. Estaba sentado, abrazándose las rodillas con los brazos, en el resplandor tachonado de azul del lago de residuos, en cuyas aguas se reflejaba el letrero de neón de un hotel de lujo. A Abdul no le importó que el niño nepalí lo viera esconderse. Aquel chico, Adarsh, no era ningún soplón de la policía, simplemente le gustaba andar por ahí hasta tarde y evitar así a su madre y sus broncas nocturnas.

No iba a encontrar un momento más seguro que aquél. Abdul salió disparado hacia el cobertizo de la basura y cerró la puerta detrás de él.

Dentro estaba oscuro como el carbón, las ratas campaban a sus anchas y, sin embargo, qué alivio. Su almacén —poco más de diez metros cuadrados—, con pilas hasta el techo de las cosas de este mundo que Abdul sí sabía manejar. Bot

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