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UN MINUTO ANTES DE LA OSCURIDAD

Ismael Martínez Biurrun  

0


Fragmento

1
Avenida de los Fuegos

La verdad está en los reflejos.

De existir alguna certeza, piensa Ciro, esta no puede encontrarse en las cosas ni en los hechos mismos, sino en su reflejo.

No en el fuego que asciende de un bidón metálico frente a la casa, sino en su reflejo sobre las ventanas y sobre la carrocería del coche que hay aparcado en la rampa de entrada. Su reflejo también en las gafas negras de Velasco.

De existir algún mensaje, es allí donde debes buscarlo.

Velasco, Nando y Ciro habían formado un silencioso comité de despedida frente a la cancela del número 61. Era temprano, apenas las siete y media de un lunes, pero el vértigo de la nueva semana ya les picaba por toda la piel.

—No va a gustarle vernos aquí —comenzó Nando, cuando la puerta de la casa se abrió y asomó la figura ancha de Abel.

Se conocían desde la escuela. Algunos de sus padres habían sido amigos antes que ellos. Ahora Abel tenía la frente despejada y llevaba una niña de cada mano. Al descubrirles allí parados los escrutó como si dudara de su consistencia real; luego hundió la barbilla en el pecho y se dirigió hacia el coche con sus hijas.

—Es un error, Abel —exclamó Velasco. Y aunque el otro no le concedía ni una mirada, añadió—: Estas son nuestras casas. Nuestra vida.

Detrás de Abel salió su mujer, Laura. A ella nunca le había gustado la avenida, ni siquiera en los buenos tiempos. Arrastraba una maleta menos abultada de lo que cabría esperar. Hizo como si no los viera y se fue directa al coche. El último en abandonar la casa fue un hombre que parecía el hermano menor de Abel. Sus mismas facciones, pero adosadas a un cráneo menos ralo y a un cuerpo todavía esbelto. Lo que más sorprendía de su figura, sin embargo, eran las manos vacías.

Una gaviota pasó riendo por encima de la casa y el falso hermano la siguió con los ojos.

Las dos niñas lloriqueaban mientras se dejaban abrochar los cinturones en la parte trasera del vehículo, un Lexus de tamaño familiar. Laura se sentó en el lado del acompañante, su rostro indiscernible tras el parabrisas. Abel cerró el maletero de un golpe y regresó al interior de la casa.

El hombre que se parecía a Abel y que se movía como Abel echó a andar cavilosamente hacia los tres amigos. Se detuvo a medio camino. Tenía un aspecto alicaído, sin afeitar, vestido con una camiseta sucia y unos pantalones holgados.

—Hola, Yago —saludó Nando. Porque Nando era la clase de personas que siempre saludaba.

El otro arrugó un instante las cejas, al borde de una réplica; luego recuperó su expresión de vaga alerta. Velasco gruñó por lo bajo:

—¿Qué estás haciendo? —preguntó dirigiéndose a Nando—. ¿Es que no sabes lo que va a pasar?

Nando buscó ayuda en Ciro, y la palidez de sus mejillas fue peor que cualquier explicación.

El sol asomaba como un estandarte al final de la avenida, pero su calor no les alcanzaba. Nadie hacía el menor ruido, salvo las gaviotas, yendo y viniendo del vertedero.

Vieron reaparecer la espalda de Abel en la puerta de la casa; caminaba encorvado, vertiendo el líquido de un bidón de plástico por el suelo, por las paredes, por los muebles del recibidor.

Cuando se vació, Abel bajó los escalones del porche y lo arrojó a un lado. Fue hasta el coche, abrió la puerta del conductor y empujó con el hombro derecho para hacerlo rodar unos metros. Luego franqueó la cancela de la casa. Demasiado cerca de sus amigos para ignorarlos, enderezó su corpachón y se encaró con Velasco.

—No son más que casas —dijo con voz astrosa. El sudor le corría por las cejas. Sus manos olían a gasolina—. Métetelo en la cabeza, Velasco. Esto ya no es vida. Mira a tu alrededor. Aquí no hay más que cenizas. Si fuerais listos, os vendríais conmigo.

Sin esperar respuesta, se abrió paso entre ellos y fue hasta el lugar donde ardían los restos de basura dentro de un bidón metálico agujereado. Después de varias tentativas, logró extraer el palo de una fregona con un extremo llameante. Los tres amigos retrocedieron. Abel atravesó el jardín, casi empujando a su inexacto hermano, y se plantó en el mismo umbral de la casa.

Todos contuvieron el aliento. También Abel.

Con una brazada rabiosa, arrojó la antorcha al interior y de inmediato se alejó unos pasos.

Las llamas prendieron con un suspiro azulado, apenas visibles desde donde ellos miraban. Luego el fuego adquirió grandes músculos rojos y comenzó a destrozarlo todo. El humo buscó mil formas de escaparse entre las paredes y fue a trenzarse en una gran columna negra sobre el tejado.

Nadie esperaba oír sirenas.

Ciro volvió la cabeza hacia su propia casa, al otro lado de la calle. ¿No era aquella la silueta de su mujer, observándoles desde la ventana del dormitorio?

Dentro del coche, Laura se cubrió el rostro con las manos y mandó a sus hijas que hicieran lo mismo. Abel tenía que resolver un último asunto antes de reunirse con ellas. Se acercó al individuo que parecía su hermano, puso una mano en su hombro y le susurró algo al oído.

Apenas una frase. No más de siete u ocho palabras que disolvieron toda expresión en aquel rostro.

Inmóvil, el joven observó cómo Abel escapaba al trote y se subía al coche donde esperaba su familia. El motor del viejo Lexus lanzó un gemido de impotencia con el primer giro de llave, causando una pequeña conmoción entre los pasajeros, pero bastó otro intento para hacerlo arrancar.

Los ojos de Abel buscaron un último contacto con los de Ciro. El gesto decía: si hay alguien que puede comprenderme eres tú, amigo. Pero Ciro se acobardó, o quizá fue algo más noble como la fidelidad o el compromiso lo que le hizo permanecer clavado junto a los otros.

Un silencio infectado acompañó su despedida bajo la gran nube negra. Laura y las niñas continuaban con los ojos tapados, llorando. El coche se deslizó sobre el asfalto y marchó hacia el norte, cada vez más deprisa por el centro de la avenida. Era verdad lo que había dicho Abel: no pocos de los chalets y pequeños bloques de pisos, a ambos lados de la calle, se veían reducidos a ruinas. En cuanto al resto, parecían también deshabitados hasta la hora del anochecer, cuando los vecinos salían para quemar la basura en bidones delante de cada jardín. Era tanto un remedio desesperado como una advertencia: aquí todavía vive gente, manteneos lejos.

—¿Y ahora? —preguntó Nando. Porque él siempre hacía las preguntas que todos temían hacer.

El hombre a quien llamaban Yago, y que no era hermano de nadie, había anclado la mirada en sus pies como si rezara o intentase resolver un complicado acertijo. Quizá se trataba de ambas cosas.

Los tres amigos siguieron quietos, hipnotizados por el fuego y por lo que estaba a punto de ocurrir.

Con la cabeza hundida y los músculos laxos, el individuo llamado Yago echó a andar hacia la casa en llamas. Atravesó el reseco césped, subió el primer peldaño del porche, luego el segundo.

—Dios mío —dijo Ciro. Eso fue antes de doblarse y comenzar a vomitar.

El hombre que era un espejo imperfecto de Abel traspasó el umbral y se dejó envolver por las llamas. Aguantó unos segundos de pie, luego se giró hacia ellos y cayó de rodillas. El fuego se cebó en su ropa avivado por la grasa de su cuerpo. El rostro se le encogía y desdibujaba, un óvalo negro con dos canicas blancas. Al fin se derrumbó y quedó reducido a un bulto crepitante sobre el suelo.

No gritó ni una sola vez.

Desde la ventana del número 54, Sole no alcanzaba a ver lo que sucedía en el interior de la casa en llamas, pero bastó la reacción de Ciro y los demás para dejarla sin

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