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UN MUNDO NUEVO

Chris Weitz  

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Fragmento

Jefferson

Otro espléndido día de primavera tras la caída de la civilización. Me toca hacer la ronda, así que recorro el sendero en forma de signo del infinito que serpentea por el parque de Washington Square. Paso por delante de esas mesas donde jugaban al ajedrez los viejos, usadas ahora como banco de trabajo por Cerebro. Llego a la fuente, testigo de innumerables primeras citas, ofrecimientos de marihuana y parque acuático para niños gritones. Ahora es el estanque de la tribu y está tapado con lonas para protegerlo de los excrementos de paloma y del sol, que favorece el crecimiento de las algas.

La estatua de Garibaldi, o Gari Baldy, como lo llamamos nosotros, está adornada con guirnaldas hawaianas de plástico, collares de bisutería de las fiestas del Mardi Grass y medallones raperos retro, botines de nuestras expediciones de rapiña a las malas tierras que hay tras los muros, los barrios malditos: Broadway, Houston, las galerías de tiro del West Village. Sobre el pedestal se rinde homenaje a los muertos. Fotos de madres, padres, hermanos y hermanas menores, mascotas perdidas; eso que mamá llamaba «fotografías de verdad» para distinguirlas de los archivos digitales. Ahora que millones y millones de recuerdos se han perdido en la nube, ese océano infinito de unos y ceros carente de significado, las copias impresas son lo único que nos queda.

A través del arco donde está la estatua ecuestre de Washington —el Fundador de Nuestra Nación, no mi hermano mayor, que también se llama así—, se ve toda la Quinta Avenida hasta llegar al Empire State Building. Todavía sale humo de las plantas superiores. Los niños dicen que ahí es donde vive él, el Viejo, el único adulto que sobrevivió al Suceso. Los niños siempre andan diciendo bobadas.

Allí donde solía haber hierba y flores, columpios y perros corriendo, hay ahora un enorme huerto con hileras de verduras. Frank está echándoles la bronca a un grupo de trabajadores. Y ellos se achantan. El paleto de ayer es el salvador de hoy. Frank creció en una granja y es el único que sabe cómo cultivar. Sin él, todos padeceríamos raquitismo, escorbuto o cualquier cosa de las que no teníamos que preocuparnos Antes.

Aparece por la entrada de Thompson Street un grupo de proveedores. Comida en lata, gasolina robada para los generadores. Una pequeña Jenny roja, una Honda 2000i de dos kilovatios, carga con pereza las baterías de los walkies y otros imprescindibles, aparte de alguna indulgencia ocasional tipo iPod o Game Boy, si convences a Cerebro para hacerlo.

Las hojas silban en el aire y se suicidan desde las ramas altas de los árboles. Desde el norte llega una ráfaga de viento que nos obsequia con un olor a plástico quemado y carne en descomposición.

Mi walkie carraspea.

—Tenemos compañía procedente del sur en la Quinta. Cambio.

Es Donna, desde el otro lado del parque. Echo a correr.

—¿A qué distancia? —digo.

Al ver que no obtengo respuesta, me pregunto si habré presionado bien el botón para hablar. Pero entonces reaparece su voz.

—No has dicho «cambio» —responde Donna—. Cambio.

—Por Dios, Donna, ¿cambio? Bueno, vale. Cambio, cambio. ¿Cuántos son y a qué distancia? Cambio.

—Están entre la Novena y la Octava. Unos diez. Fuertemente armados. Cambio.

—¿No son de los nuestros? —Pausa—. ¿Cambio?

—No son de los nuestros.

Donna tiene una inmejorable perspectiva desde su atalaya tras los muros, en lo más alto de un edificio de la Octava Avenida. Distingo el cañón de su rifle, que se proyecta desde una ventana.

—No has dicho «cambio».

—¡Huy! Cambio. ¿Quieres que dispare? Están justo debajo, pero tendré un objetivo franco en cuanto pasen. Cambio.

—No. No dis-pa-res. Cambio.

—Bueno, será tu funeral. Si quieres que los mate, dímelo. Cambio.

Llegó la hora de dar la alarma.

Junto a cada una de las entradas al parque hay una de esas antiguas sirenas mecánicas apuntaladas a un árbol. Dios sabe dónde las encontraría Cerebro. Cuando giro la manivela la inercia tira de mis tendones y me frena. Comienza a sonar un aullido lento y grave que se transforma en un alarido del infierno cuando está a plena potencia.

Mientras giro la manivela pienso en calorías: cuánto calor consumo, cuánto he ingerido hoy. Si no introduces más de lo que gastas empiezas a morir. Pienso inútilmente en hamburguesas, patatas fritas y pasteles. Delicias históricas, lujos impensables.

Sesenta segundos más tarde, nuestros puestos de tiro son un hervidero.

Desde las rendijas del autobús escolar blindado que bloquea la calle, seis armas, buena parte de nuestro arsenal, apuntan a la Quinta Avenida. Y el rifle de precisión de Donna por detrás. Hace meses que tapiamos los edificios cercanos a la barricada y la calle se declaró campo de tiro.

Wash se ha unido al grupo. Lo busco para que tome el mando. Pero el Generalísimo Washington se encoge de hombros. «Te toca, hermanito.»

—Van fuertemente armados —digo, dando a entender que no es momento para experimentos.

—Entonces mejor que tengas un plan —responde Wash.

Pues vale. Me echo la AR-15 al hombro y entro en el autobús escolar.

Sus asientos de piel están rajados por todas partes y las paredes llenas de pintadas que rebosan humor negro:

¡FIESTA EN MI CASA ESTA NOCHE!

PADRES MUERTOS.

Que le den a todo el mundo. YO.

No, que os den a todos. EL MUNDO.

¡Recuerda! Hoy es el primer día del fin de todo.

Paso delante de los chavales que están en la línea de fuego. Y advierto que, a pesar de que el mundo se ha ido al infierno, la gente conserva el sentido de la moda. La oferta de saqueo de este lado de los bosques propicia unas pintas bastante eclécticas: abrigos de Prada con insignias militares, vestidos de campesina con cinturones de balas. Incluso hay un tal Jack al que le ha dado por ir travestido. Sus colegas no lo van a echar. Y nadie más sería capaz de meterse con él. El tipo mide uno ochenta y es un auténtico armario empotrado.

Nota personal: estaría bien ser un armario empotrado.

Recuerdo haber leído en algún sitio que a los soldados del ejército de Napoleón que llevaban a cabo las misiones de reconocimiento peligrosas les daba por atraer la atención y se ponían todo tipo de pijaditas. Los llamaban la guardia de avance, la vanguardia.

Eso me recuerda los libros de Patrick O’Brian, las filas de hombres dispuestos en la cubierta junto a sus cañones y la película que hicieron con el australiano aquel, y pienso en decir algo como: «Preparados, mis valientes. Esperad la orden», pero eso me suena cutre, así que simplemente les doy una palmadita en la espalda o el trasero para hacerles saber que la gran batalla está a punto de comenzar.

—¡Eh! —responde una de las artilleras cuando le suelto la palmadita.

Es Carolyn, esa chica rubia que antes del Suceso era una moderna. Vaya. Ni siquiera después del Apocalipsis ven bien que les toquen el culo.

—Perdona —digo—. No había intención sexual.

Intento que suene frío, como si no me importara en absoluto la recriminación.

Me mira como diciendo: «Más te vale», pero no hay tiempo para explicaciones. Me introduzco en el puesto de observación que Cerebro construyó en el asiento del copiloto.

Son diez, como ha dicho Donna; tiene buena vista. Todos hombres, creo. De edad avanzada, dieciséis o diecisiete años. Van vestidos de camuflaje verde, algo completamente innecesario en la ciudad. Los trajes están aderezados con la parafernalia típica de galones militares y medallas. Todos llevan una especie de insignia escolar a la altura del corazón y parches con pequeñas calaveras cosidos a los hombros, como las banderas en miniatura de los antiguos cazas.

Uno de ellos sostiene una de esas armas aparatosas que llevan cintas de municiones. ¿Una BAR? Wash sabe cómo se llaman. Y hay otro que también me inquieta, uno al que veo encender un lanzallamas con un Zippo.

Bandoleras con granadas, garfios, toda la pesca. Varias AR-15 como la mía. Deben de haber encontrado una armería.

—¿Qué queréis? —grito.

Con agresividad, pero sin pasarme. Como lo haría Wash.

—Quiero hablar con el jefe —dice uno de los extraños, un chico rubio de unos diecisiete años, con ojos azules y pómulos marcados.

Típico jugador de fútbol americano. Un tipo que no me habría gustado antes del Suceso. Y ahora, todavía menos.

En el autobús todos esperan a que Wash diga algo. Pero me ha dejado completamente tirado. Gracias, hermano.

Me vuelvo hacia el tubo de comunicación. Ah. Tengo que decirle a Cerebro que acolche el agujero donde se pone la boca.

—Hablas con el jefe.

—Eres un poco joven para ser el jefe —apunta Pómulos.

Nuestras miradas se cruzan a través del cristal antibalas.

—Soy el jefe, ¿vale? ¿Qué quieres?

Pero a Pómulos no le apetece i

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