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UN PASEO POR LA VIDA DE SIMONE DE BEAUVOIR

Carmen G. de la Cueva  

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Fragmento

Nota de la autora

La biografía, explica la escritora Janet Malcolm en La mujer en silencio, es el medio por el cual los secretos que aún quedan de los muertos famosos les son arrebatados y se ofrecen a la vista del mundo. Es como si el biógrafo, en este caso, la biógrafa, fuera una ladrona profesional que irrumpe en la casa, rebusca en los cajones y tiene motivos para creer que hay joyas, dinero, manuscritos inéditos valiosos y cartas reveladoras que arranca de su lugar y se lleva triunfante como si fuesen un botín. Cuando la ladrona se abre paso en esa casa lo hace como si caminara por una habitación a oscuras. Intuye lo que puede haber, fantasea y sueña con lo que puede encontrarse, pero carece de certezas. Contar una vida se parece bastante a esos primeros pasos de la ladrona por la habitación a oscuras.

Esas y otras muchas son las preguntas que he intentado responder en estas páginas. Simone dejó encendidas en su piso pequeñas lámparas de mesilla para que no todo estuviese a oscuras. Dejó los cajones abiertos, los fajos de cartas encima del escritorio y la cama sin hacer. Pensó que si lo dejaba todo así, como si siguiera viva, como si fuera a volver mañana mismo, las ladronas como yo podríamos ir menos a ciegas, abrirnos paso por su vida como quien estuvo algunas noches allí con ella charlando.

Este camino lo inicié, quizá, con mal pie: leí todo lo que se había escrito sobre ella antes de centrarme en todo lo que ella había escrito sobre sí misma. Yo no quería hacer una lectura ideológica de Simone, sino buscar su complejidad, adentrarme en esos rincones en sombra. Y tuve que empezar de nuevo y borrar cuanto sabía o creía que sabía.

Al principio me costó: niña violeta, niña mimada, Simone me pareció repelente y marisabidilla, alguien precoz que creía saberlo todo de la vida, alguien que se sentía más libre de lo que realmente era. Pero hubo un momento preciso en que lo aprendido se borró para que esa pequeña bombilla en la entradita de su casa alumbrara lo verdaderamente importante: quién era Simone. Estaba en la cocina de la casa de mis padres, un día de septiembre, recién llegada de París y con Una muerte muy dulce abierta en las manos. No sé bien cómo llegué a una Simone a la que no había atisbado hasta entonces, una mujer corriente que llora la enfermedad de su madre, que la perdona por todo el dolor causado y se perdona a sí misma. Había encontrado a mi Simone y ya no caminaría a oscuras.

Malcolm, una gran hacedora de biografías, también escribió que la asombrosa tolerancia del lector de biografías solo tiene sentido como una especi

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