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UN PUñADO DE AMIGOS Y DOS CEREZAS

Rosa Grau  

4


Fragmento

CAPÍTULO 1

Sábado, 20 de agosto

Hora: once y media de la mañana

Te has despertado alguna vez empapado en sudor, con el corazón latiendo desbocado y una indeseada y del todo innecesaria parálisis en las piernas?

Si tu respuesta es sí, has sufrido una pesadilla.

Si tu respuesta es no, eres afortunado.

¿Que si desearía no padecerlas? Seré clara: ¿los gatos calvos pillan pulgas?

¿Crees que no preferiría tener sueños tipo: «Anoche soñé que había regresado a Manderley», como la siempre preocupada y flemática protagonista de la conocida obra de Daphne Du Maurier? Al fin y al cabo… ¿de qué tendría que quejarse? Sus lamentos serían totalmente injustificados. Tratar con un ama de llaves lunática, tropezar con el halo fantasmal de un fiambre malvado, vicioso y corrupto y, como colofón, asistir en vivo y en directo al devastador incendio de la maravillosísima mansión que durante generaciones ha pertenecido a la familia de su no menos admirable marido es, desde mi punto de vista, quejarse de vicio. Mis sueños son de un género más realista y actual: un imbécil y un asqueroso se han pasado toda la noche dándome disgustos.

Vale, está bien, los suyos son peores, ¿contenta? Esa pobre huérfana, por no tener, no tiene ni nombre.

Yo sí. Me llamo Cristina, aunque todo el mundo me llama Crisi. El uso del diminutivo no tiene nada que ver con las razones habituales y sí mucho con que no aprendí a vocalizar hasta bien mayorcita. Ya me lo advertía sor Ascensión: «Cristina, eres una buena niña, pero la gramática no es lo tuyo. Lo que quiero decir es que no aprenderás a hablar bien en tu vida».

¿Me estoy yendo por las ramas? Creo que sí.

Pero aun con nombre y todo, mis sueños son horribles.

Es duro despertarse con la cara llena de arrugas de cansancio, pero aún es peor cuando están provocadas por las sábanas que, hartas de tantas vueltas, terminan rebelándose y dejan su impronta en mi rostro.

Voy a ponerte un par de ejemplos de pesadillas horribles, así, a bote pronto, y después me dices cómo te sentirías en el hipotético caso de que, pongamos por un casual, has nacido y te has criado en la playa de San Juan. Que a los diecisiete años tenías una pandilla con la que te lo pasabas de miedo (todos chicos, menos una amiga y tú) y que algunos días preparabais barbacoas nocturnas. Que bajo la luz de las estrellas y el resplandor de una hoguera pasabais las mejores noches de tu vida. Y que ellos se dedicaban a reír, beber, gastar bromas y al sexo, mucho sexo. Y que tú te sentabas a un lado y escuchabas sus risas, sus bromas y los gemidos ocasionales que provenían de algún rincón oscuro. Y que, desgraciadamente, tú nunca pisabas ese rincón.

Imagínate que tienes un hermano cuatro años mayor, llamémosle, por llamarle de algún modo, Carlos. Y que, aunque a Carlos se le morían hasta las piedras del acuario, tu padre le obligaba a apechugar contigo todas las noches, porque el lema familiar era: «El chico puede hacer lo que le dé la gana. La niña, no».

Y que tu hermano Carlos era de los que más desaparecía y una noche te armaste de valor y le preguntaste: «Carlos, ¿estáis haciendo lo que imagino que estáis haciendo?».

Y que su respuesta siempre era la misma, mientras tú te preguntabas hasta qué punto podía llegar a ser idiota, el idiota de tu hermano.

—Si te imaginas que le estoy chupando a mi amiga el veneno de un pez araña, imaginas bien. Si tu imaginación te dice otra cosa, estás totalmente equivocada.

Dicho esto, daba media vuelta y se dedicaba al bello arte de chupar el veneno de pez araña.

Y ya puestos, imagina que Carlos tenía un amigo del alma, John Forner Donally. Padre español, madre irlandesa, residencia habitual en Londres y veraneante asiduo en la playa de San Juan. Que estabas loca por él y él pasaba de ti como de la mierda.

Y que tu corazón se saltaba un latido cada vez que él te miraba.

—¡Crisi!, tú no puedes beber cerveza.

—¡Crisi!, que no te vea yo fumar.

—¡Crisi!, como me entere de que te ha picado un pez araña, te la cargas.

Que esas eran sus frases preferidas. Que las repetía como un mantra, el muy asqueroso, y después se reía contigo. Aunque analizando su comportamiento desde la sabia perspectiva que ofrecen los años, no sabes muy bien si era contigo o de ti.

¿Sabes qué te digo? Que hablar hipotéticamente es un rollo y que me has pillado. Esa era mi vida. Y lo que te voy a contar a continuación me ocurrió a mí.

Dejo que los recuerdos campen a sus anchas por el camino de los recuerdos, que es por donde suelen campar los recuerdos, y me retrotraigo a la noche que marcó un antes y un después en mi vida sexual. Considerando que a lo que haya tenido después se le pueda llamar así, claro. Estábamos sentados en la playa, como casi todas las noches. Una vez terminada la barbacoa, todo el mundo desapareció. ¿Todo el mundo? Yo no. John tampoco. La noche era preciosa, como todas las noches que podía pasar un rato a su lado (de haber estado lloviendo a cántaros y con el aire impregnado de olor a alcantarillas desbordadas, también me habría parecido una noche preciosa). ¡Menuda lela!

John se acercó a mí con paso vacilante. Llevaba una camiseta blanca y unos vaqueros rotos que, aún no sé por qué razón, me tenían totalmente hipnotizada. Me pareció tan… inseguro. Más tarde identifiqué el paso como el típico andar de borracho. Se dejó caer desmañadamente junto a mí. No, eso tampoco me dio ninguna pista. Una vez acomodado, cruzó las piernas, apoyó los codos sobre las rodillas y dejó caer la cabeza hacia delante.

Me quedé muy quieta, aunque no había nada que deseara más que preguntarle cosas sobre él. ¿Qué tal estaba pasando el verano? ¿Cuándo tenía pensado regresar a Londres? ¿Le importaría mucho… dejar de acostarse con otras? No dije nada. No quise inmiscuirme en sus pensamientos, que yo, en mi ignorancia, imaginé profundos y trascendentales.

Cuando ya creía que nos íbamos a pasar toda la noche mirándonos en completo silencio, volvió la cabeza y me sonrió.

El cielo se abrió ante mis ojos y los ángeles tocaron sus…, sus…, bueno, lo que sea que toquen los ángeles.

—Vaya, parece que nos han dejado solos, Crisita. —Me lanzó una mirada de borracho encantador.

No me di cuenta, vale. Hacía mucho que bebía los vientos por él y dejé que la irracional atracción que sentía actuara por cuenta propia y me entonteciera. Más todavía.

—Cuéntame cosas de ti, preciosa. ¿Hay alguien que te interese? Siempre estás aquí, tan solita… tan… —Esto lo dijo mirándome fijamente a los ojos y parpadeando. Sí, lo sé, sin diferencias significativas con el lobo feroz cuando le hace la pelota a la abuelita.

A pesar de que su constante parpadeo me desconcertaba, pensé que por fin estaba tonteando conmigo. Un tiempo después relacioné el incontrolable parpadeo con los andares inseguros y la mirada vidriosa. Por lo visto, vienen incluidos en el pack de borracho.

Su mirada viajaba de mi boca a mis pechos y viceversa. Mi boca es bonita. Como una ciruela roja, decía siempre mi padre. Mis pechos son pequeños pero muy tersos. Bonitos también si no tenemos en cuenta su escasez.

Darme cuenta de que mi cuerpo delgado y pequeño despertaba interés en John me insufló valor. Tartamudeando y roja como un tomate maduro, lo miré a los ojos.

—Hay un chico que me gusta. Creo que yo también le gusto —le contesté con coraje de héroe condecorado en la Segunda Guerra Mundial—. Me miró los pechos y la boca. —Acompañé el sutil comentario, después de pensarlo detenidamente, con una caída de ojos sensual y una sonrisa que consideré enigmática y sofisticada.

—¿Estás hablando de un niño de tu edad o de alguien de la mía? —me preguntó con voz seductora y arrastrando las palabras. Ese tono de voz me llegó directamente al corazón y a otras partes un poco más al sur.

Le eché un vistazo rápido, impresionada por su habilidad para parpadear a tanta velocidad. Las piernas, como siempre que me encontraba cerca de él, inexistentes.

—Es posible —contesté con desparpajo antes de preguntar—: ¿Puedo beber una cerveza?

Sí, créetelo, pedí permiso para beberme una cerveza.

Algunas veces, todavía recuerdo todo lo que dije esa noche y yo misma me asombro de lo increíblemente vergonzosa que era. Con los años he mejorado; ahora ando sobrada de desparpajo. Ligar, lo que se dice ligar, no ligo mucho, pero desparpajo… a montones.

John me miró durante unos segundos que se me hicieron eternos, y luego se concentró de nuevo en mis labios.

—Me alegro de que nos hayan dejado solos. —Se inclinó sobre mí y me lanzó el embriagado aliento a la cara—. Y… no te preocupes, no hace falta que tomes alcohol para entrar en situación.

¿Situación? ¿Ha dicho entrar en situación? Si es una situación incómoda no me apetece nada, pero… si es una situación comprometida…, eso son palabras mayores. ¡Estoy dispuesta! ¡Muy dispuesta! Se diría que he nacido para entrar y disfrutar de esta situación.

Me removí inquieta en mi sitio, como una niña obligada a aguantar visitas domingueras.

—¿Estás nerviosa?

¿Nerviosa yo? Pero ¿no ha visto que acabo de comportarme como una avezada seductora?

Negué con la cabeza.

—Perfecto, entonces.

Y como por lo visto no era persona de perder el tiempo entrando en detalles como el cortejo y los preámbulos, bajó la cabeza y posó sus labios, suaves y duros a un tiempo, sobre los míos.

Piel de gallina. Corazón desbocado. Inevitable.

Fue muy bonito. En ningún momento me puso en la temida situación contra la que tanto me había advertido una amiga experta en estas lides, cuando en plena euforia bucal: «¡Oh, nena, qué bien besas! Tus labios me vuelven loco. ¿Sabes lo que de verdad me gustaría?», te preguntan con gesto inocente mientras tú niegas con la cabeza. «Lo que de verdad me haría feliz es que me besaras por todo el cuerpo». Y entonces, te sujetan la cabeza sin muchos miramientos y te animan a agacharla para que te amorres al pilón; después te dicen con voz entrecortada: «Besa, besa. Bueno, si chupas un poco tampoco me importa», cuando en realidad lo que te están pidiendo es que les succiones hasta las ideas.

John no hizo eso. John fue especial. Hizo un uso magistral tanto de manos como de boca. Su cuerpo se movió como debía hacerlo. Sus palabras, cariñosas, expresaron lo apropiado en estas ocasiones. Sus suspiros se acompasaron a los míos en una sinfonía magistral de placer. Aun siendo consciente del peligro inminente de enamorarme por atontolinamiento, me aferré a él y suspiré. Y volví a suspirar (ahora que lo pienso desde una cierta perspectiva, creo que le dediqué demasiados suspiros). En fin, notaba su aliento en mi mejilla, su boca en mi oreja, su cuerpo esbelto cimbreando sobre mí.

—Crisita…, eres preciosa. Mi dulce Crisi… —susurraba una y otra vez mientras se movía con lentitud.

Yo no… yo no… vamos a ver… ¿cómo lo explico? De verdad que fue muy novedoso y especial, pero ¿has oído alguna vez el dicho: «Puedes llevar la vaca al abrevadero, pero no siempre puedes lograr que beba»? Pues algo así.

Fuera como fuese, era mi primera vez y fue la mejor noche de mi vida, aunque no llegase a… a beber del abrevadero. Lo que me conmocionó fue su comportamiento «pos». Es decir, el «pos» para él, el «traumático» para mí. No tardó mucho en aparecer el tarado con personalidad múltiple que tan bien ocultaba.

—¡Joder! ¡Joder! ¡Qué mal! ¡Qué mal! —exclamó de pronto con cara descompuesta.

¿A qué se refería con eso de «qué mal», «qué mal»? ¿Y con lo de «joder», «joder»? ¡Pues claro que habíamos jodido! ¡Yo también estaba allí! ¡No sabía cómo se hacía, vale! Tampoco era para ponerse así por un polvo mediocre.

Lo miré asustada. ¿Dónde se había metido Matahari cuando más la necesitaba?

—Adiós, John. Ya nos veremos. —Necesitaba largarme de allí cuanto antes. Él siguió sentado, con la cabeza inclinada entre las rodillas. Posiblemente maldiciendo y lamentándose. Muy caballeroso por su parte.

¡Psicópata!

Pensé en el asesinato. Luego lo sustituí por la indiferencia. Sale más barata.

Se acabaron las barbacoas para mí ese verano. De repente desarrollé un inusitado interés por la pintura y la lectura. Intenté esquivarlo durante todo el verano. Sabía que el inevitable encuentro sería de todo menos agradable. Solo una vez me tropecé con él, pero el muy asqueroso procuró evitarme.

Ahora ya no me importa. Puede que si lo repito mil veces llegue a creérmelo. Tengo un mantra que me ayuda cuando pienso en él: «Cabrón. Cabrón. Cabronazo de mierda». Me relaja. Mucho. Muchísimo.

Bueno, ¿qué me dices a eso? ¿Es o no es un buen ejemplo de pesadilla?

Suspiro profundamente e intento incorporarme. Lo habría conseguido si no tuviese una sábana con complejo de serpiente pitón enroscada a mi alrededor, empeñada en mantenerme en estado de inmovilidad permanente. Lanzo un par de contundentes patadas al aire, tan solo para demostrarle quién manda en esta cama. Cierro los ojos de nuevo con la esperanza de sumergirme en un sueño sustitutivo y reparador de mi anterior pesadilla.

Imposible.

Cuando más cómoda me encuentro, unos suaves y rítmicos golpeteos bajo la mandíbula se empeñan en llamar mi at

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