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UN REFUGIO PERFECTO

Pilar Cabero  

4


Fragmento

Prólogo

Vitoria, 21 de noviembre de 1730

El olor metálico de la sangre inundaba la habitación. A don Pablo López de Álava, alcalde de la ciudad, le recordó al ambiente que se respiraba en los días de matanza. Quizá fuera por el enorme cuchillo que sobresalía del vientre del muerto, por cómo lo habían degollado o por los gritos que emitía la viuda desde el salón. Para consternación suya, allí, de pie, observando como el galeno, don Federico García, inspeccionaba el cadáver, no podía dejar de pensar en cerdos.

Colocó una mano a la altura de las lumbares al tiempo que con la otra se peinaba las canosas cejas, en un intento de apartar esa imagen tan poco apropiada para aquel instante. Tomó su libreta y, con el extremo afilado de un grafito, comenzó a apuntar los detalles del escabroso crimen.

Lo habían avisado una hora antes. Justo después de la misa mayor. No hacía mucho que había regresado a casa con Cecilia, su esposa, y se disponían a comer, cuando apareció un chiquillo para avisarle de que requerían su presencia en la antigua casa de don Juan Martínez de Eulate. Poco podía imaginarse que al llegar iba a encontrarse con semejante escena: el señor Cristóbal, actual esposo de la viuda de don Juan, yacía en medio de un charco de sangre.

—Supongo que no habrá duda sobre el modo en que ha fallecido, ¿no creéis, don Federico? —indagó, más por encontrar un modo de abstraerse de los gritos de la señora Gertrudis, que por la pregunta en sí.

—Cinco cuchilladas en el vientre y una en el cuello. Sin duda, ha muerto desangrado —aseguró el galeno, acomodándose las gafas con montura de oro sobre su nariz—. También tiene un bulto en la nuca, no sé si es ante o post mortem. En cualquier caso, es evidente que lo han asesinado.

—¿No os huele a coñac? —preguntó don Pablo tras olisquear el aire.

—Sí. Yo diría que el señor Cristóbal había bebido con fruición antes de que lo mataran.

El alcalde tomó notas en su libreta antes de mirar alrededor. Había signos de lucha. Trozos de loza en el suelo —probablemente de un orinal— y las ropas de cama revueltas. Pese a lo austero del dormitorio y de que parecía desprovisto de los enseres femeninos habituales, era un cuarto de mujer. ¿Podía ser un crimen pasional? Aún era pronto para hacer conjeturas, pero nada era descartable.

—¿Sabéis a quién pertenece esta alcoba? —preguntó, grafito en mano.

—A la señorita Elisa.

La imagen de la querida hija de su amigo don Juan Martínez de Eulate se coló en su mente. ¿Acaso ella había asesinado a su padrastro?

Sin darse tiempo a pensar en nada más, se dirigió al salón para hablar con la señora Gertrudis, la prima de su esposa. Los gritos de aquella histriónica mujer se iban haciendo cada vez más enloquecedores conforme se acercaba a la estancia. Allí estaba la mujerona, vestida de negro, tumbada en un sofá, mientras la criada le acercaba las sales para evitar que se desmayase.

«Algo que hubieran agradecido mis pobres oídos», pensó don Pablo con un suspiro de resignación.

Ninguna de las dos hizo caso de la llegada del alcalde. Estaba seguro de que la dueña se había percatado de su presencia, pero que prefería seguir montando aquella escena de corral de comedias. No se lo iba a tolerar.

—¡Silencio! —Su grito resonó en las paredes como un disparo. Las dos mujeres lo miraron de hito en hito. Sus bocas abiertas, por suerte, mudas. Dio dos pasos al interior del salón y cabeceó a modo de seco saludo—. La acompaño en el sentimiento, señora Gertrudis. —Como la viuda siguió sin decir nada, continuó—: ¿Puedo saber dónde está vuestra hijastra, la señorita Elisa?

—¡Ha huido! Esa mala pécora ha huido tras asesinar a mi marido —ululó la mujer, volviendo a llorar como una loca—. Lo ha matado. Lo ha matado...

—¡Silencio! —volvió a tronar, empezando a perder la paciencia. No soportaba aquella pena que, de tan exagerada, sonaba a mentira—. No quiero más llantos de plañidera. ¿Desde cuándo falta vuestra hijastra?

—No lo sé. Me engañó fingiéndose enferma... —Iba a empezar a sollozar con fuerza cuando captó la mirada fría del alcalde y se conformó con limpiarse los ojos con el pañuelo—. Supongo que mientras yo estaba en misa mayor ella aprovechó para asesinar... asesinar a mi esposo y huir.

Don Pablo llamó a uno de sus hombres, que montaba guardia en la puerta de la vivienda para que no entrase ningún vecino curioso.

—Lezama, dad aviso a los verederos de que hay que buscar a la señorita Elisa Martínez de Eulate. Es urgente —manifestó con disgusto. Debería haberse asegurado de que todos los que vivían en esa casa estaban allí.

Cuando por San Miguel juró el cargo, no se imaginaba vérselas con un crimen tan brutal.

Llevaban un tiempo sin tener problemas en la provincia, ni en el Reino de España. La guerra contra Inglaterra había terminado el año anterior y, aunque el rey Felipe V seguía molesto por no haber recuperado Gibraltar de manos inglesas, vivían tiempos de relativa calma. Salvo por el fallecimiento ese verano del papa Benedicto XIII y el nombramiento de su sucesor, Clemente VII, no había ocurrido nada reseñable. Sin embargo, ahora tenía entre manos un asesinato y una desaparición por resolver. ¡Por las sandalias de san Prudencio bendito!

1

Iba a morir. El dolor la atravesaba por la mitad a intervalos cada vez más cortos. No podía continuar el viaje en ese estado. Aunque ya estuviera cerca, llegar a San Sebastián antes de que cerrasen sus puertas iba a ser imposible. Por un instante, Elisa cerró los ojos con fuerza y apretó los labios; no sabía qué hacer. Aprovechando esos preciosos instantes de tregua entre una contracción y otra, desmontó con torpeza y, si no se hubiera aferrado a las blancas crines de Perla, habría caído al suelo. Las piernas no la sostenían. Llevaba más de cuatro años sin cabalgar y ese día había recorrido muchas leguas huyendo. Demasiado para su falta de costumbre y su avanzado embarazo.

Otra oleada de dolor hizo que Elisa se doblara en dos y terminase de rodillas sobre las hojas secas que salpicaban el camino. Pese al frío reinante, notaba el sudor resbalándole por la espalda. No podía sucumbir al miedo. Debía ser fuerte por su hijo. Él necesitaba de toda su valentía. Pero ¿qué sabía ella de bebés y de cómo llegaban al mundo? Solo que era pronto para dar a luz. Faltaban dos meses o algo así. No podía estar naciendo, ¿verdad? Tomó conciencia, entonces, de que no había notado sus movimientos desde que... desde esa misma mañana, cuando escapó de casa.

Se frotó la abultada barriga, esperando sentir una de aquellas pataditas que tanta ternura le habían inspirado una vez que descubrió que aquellos aleteos en el vientre eran un bebé, pero no sintió nada. Su hijo seguía quieto. ¿Le pasaba algo malo? Se estremeció al saberse sola en aquel lugar desconocido.

Dispuesta a no dejarse vencer por el miedo, se puso en pie para entrar en el bosquecillo a la derecha del camino. Hacía mucho rato que el sol se había ocultado y todo a su alrededor estaba en penumbra. Apenas tuvo tiempo de sujetar a Perla a la rama de un árbol antes de que un nuevo padecimiento terminara por asustarla: un líquido caliente escapaba de entre sus piernas y resbalaba por ellas. ¿Qué pasaba? ¿Sería sangre? ¡Ahora sí que iba a morir! Sollozó al pensarlo.

Metió la mano bajo la falda y las enaguas. En la profunda oscuridad era difícil saber de qué se trataba aquella sustancia que manchaba sus dedos. Tenía un olor extraño. Ni a sangre ni a orina. Tampoco tuvo tiempo de pensar más, pues el dolor más grande sufrido hasta ese momento la atravesó por entero e hizo que, entre gemidos agónicos, se apoyara en un árbol y se dejara caer, tronco abajo, hasta sentarse sobre la fría y húmeda hojarasca.

—No voy a morir. No puedo morir —siseó. Su aliento formaba nubes blancas frente a su cara—. ¡Señor, ayúdame!

2

La luz plateada de la luna llena iluminaba el camino con un fulgor azulado que presagiaba hielo. Después de las lluvias de los días anteriores era agradable volver a ver el cielo despejado, aunque eso significase que el frío cubriera el suelo de brillo blanquecino.

Joseph Arana instó a su caballo a acelerar el paso; deseaba recorrer las dos leguas que lo separaban del caserío en el menor tiempo posible. La temperatura era demasiado desagradable para seguir a la intemperie, una vez pasadas las nueve de la noche; demasiado tarde para andar por ahí. Si no hubiera estado tan desesperado en su búsqueda, habría regresado antes. Pero volvía con las manos vacías. Su viaje, al igual que los anteriores, no había servido para nada. Y se estaba quedando sin tiempo. Iba a necesitar un milagro.

Miró al cielo, cuajado de estrellas, antes de apretar la mandíbula con rabia. Las constelaciones ya no le daban sosiego.

Azkar, el galgo negro que lo acompañaba a todas partes, echó a correr; parecía tan deseoso de llegar al calor del caserío como él. Un instante después, lo vio entrar en el bosquecillo de robles que delimitaba el lado derecho.

«Creerá que los conejos van a estar correteando por ahí con este frío», pensó con sorna.

Al llegar al lugar por donde había entrado el galgo, tiró de las riendas para detener la marcha.

—¿Dónde te has metido, muchacho? —Sus palabras brotaron en medio de una nube de vapor—. No hay nada que cazar a estas horas, como no sea un resfriado.

A unos pasos en el interior del bosquecillo, Joseph vislumbró un corcel blanco que, inquieto, pateaba el suelo. Bajo la luz de la luna semejaba una aparición fantasmal. Su caballo irguió las orejas y piafó nervioso. Azkar volvió para mirarlo una vez antes de regresar junto al rocín blanco. Era evidente que algo había visto allí. Desmontó y ató a su propio caballo en una rama baja. Casi al momento escuchó un gemido débil. Allí había alguien herido, olía a sangre y a algo más que en ese momento no supo definir. Entró con cautela, dejando que sus ojos se acostumbraran a la negrura que la luna no llegaba a traspasar. Las hojas secas crujían con cada paso; su aroma húmedo y acre inundaba el lugar, pero sin conseguir tapar los otros olores.

En el suelo, una mujer enlutada gemía amparándose el vientre henchido. Estaba en pleno parto y si no la asistía, ella y su bebé podrían morir. Cerró un instante los ojos ante esa imagen que le recordaba a otra demasiado cercana.

«Parece que, después de todo, Azkar sí

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