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UN REINO DE OLIVOS Y CENIZA

Ayelet Waldman   Michael Chabon   Varios autores  

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Fragmento

PRÓLOGO

Ayelet Waldman y Michael Chabon

No queríamos editar este libro. No queríamos escribir, ni siquiera pensar, de manera continuada sobre Israel y Palestina, sobre la naturaleza y el significado de la ocupación, sobre las intifadas y los asentamientos, sobre quiénes tenían unos derechos más válidos, sobre quiénes tenían unos sufrimientos más amargos, sobre quién había cometido unos crímenes más atroces, sobre qué indignación estaba más justificada. Nuestra renuencia a abordar la cuestión era tan intensa que durante casi un cuarto de siglo ni siquiera visitamos el lugar en el que Ayelet había nacido.

Habíamos ido a Israel en 1992, pocos meses después de conocernos. Aunque se había criado fundamentalmente en Estados Unidos y en Canadá, Ayelet había nacido en Jerusalén, hija de emigrantes provenientes de Montreal, y había vivido y estudiado en Israel a intervalos a lo largo de los años; para Michael era la primera vez. Yitzhak Rabin acababa de ser elegido; era una época de optimismo, de nuevas iniciativas, de tranquilidad relativa. Visitamos a familiares y amigos, hicimos las peregrinaciones turísticas de rigor al Yad Vashem, al Muro de las Lamentaciones, a Masada, al mar Muerto. Pasamos también algún tiempo en el barrio musulmán de la Ciudad Vieja de Jerusalén y visitamos las mezquitas más célebres, tanto allí como en Acre, incluida la de Al-Aqsa. Algunas cosas de las que vio por entonces Michael se colaron, tras sufrir un cambio radical, en las páginas de su novela El sindicato de policía yiddish. Fue una visita memorable; la primera, nos figurábamos, de las muchas que íbamos a hacer juntos.

Tardamos veinte años en volver.

A lo largo de ese período, las tímidas esperanzas que siguieron a los Acuerdos de Oslo se esfumaron. Yitzhak Rabin fue asesinado. Se desencadenó una segunda intifada, larga y sangrienta, que fue sofocada con suma violencia. El ritmo y la extensión de la construcción de asentamientos en los territorios ocupados se incrementaron, y la ocupación militar se afianzó más y más, se hizo más brutal, más inmisericorde. Horrorizados y desconcertados por la nube de violencia y destrucción, de represalias y contra-represalias y contra-contra-represalias, asqueados de la deshumanizadora retórica que prevalecía en ambos bandos, hicimos lo que hicieron tantas otras personas que se encontraron en una posición ambivalente intermedia: miramos para otro lado. Optamos por no participar en el debate y permanecimos lejos del país.

Pero en 2014, por invitación del Festival Internacional de Escritores de Jerusalén, Ayelet volvió a Israel. Durante su estancia allí, se encontró con algunos de los valerosos miembros de Schovrim Schtika [«Breaking the Silence»], una organización sin ánimo de lucro compuesta por antiguos soldados israelíes a quienes el servicio militar obligatorio en los territorios ocupados llevó de manera inexorable a trabajar con enorme vigor y valentía para oponerse a la ocupación e intentar ponerle fin. Breaking the Silence llevó de excursión a Ayelet a la ciudad de Hebrón y sus colinas. Le presentaron a Issa Amro, el fundador de un movimiento de base llamado Jóvenes contra los Asentamientos, cuyas actividades y campañas no violentas destacan entre las más importantes y creativas de Cisjordania. Por primera vez Ayelet tuvo un conocimiento claro y visceral de lo que significaba la ocupación, de cómo funcionaba, y de las décadas de planificación estratégica por parte de los israelíes que acabaron por crear la gigantesca burocracia militar, a menudo brutal y siempre deshumanizadora, que la supervisa y la controla.

Luego Ayelet fue a Tel Aviv y pasó algún tiempo en compañía de escritores, cineastas, artistas e intelectuales que viven en esa ciudad cosmopolita, en la que las parejas gais caminan por la calle cogidas de la mano, en la que los restaurantes elegantes ponen su propio sello creativo a la cocina tradicional de Oriente Medio, y donde el ritmo y el tenor de vida de la población es sababa (término coloquial israelí, de origen árabe, cuyo significado sería similar al del americano chill o el español «guay»). La ciudad echa chispas; bulle. Y mira para otro lado. Paseando por las calles de Tel Aviv uno nunca podría imaginar que a una hora de coche millones de personas viven y mueren bajo un régimen militar opresivo.

Ayelet se lo pasó estupendamente en Tel Aviv y ahí está el problema. Se encontró muy a gusto en su país natal, lo que se dice como en casa. Pero si se sentía de esa manera —con la sensación de que de algún modo pertenecía a ese país, por su nacimiento, por su temperamento y por su educación, por ser judía— entonces también tenía cierto grado de responsabilidad en los crímenes y las injusticias perpetradas en nombre de ese hogar y de su «seguridad».

Sin embargo, una vez que hubo llegado a esa conclusión, Ayelet se enfrentó de inmediato a otro problema: se sintió impotente. ¿Cómo podía hacer algo que supusiera un cambio significativo, por pequeño que fuera, en ese laberinto inabordable que se había revelado superior a los mejores y los peores esfuerzos de decenas de presidentes y primeros ministros, de secretarios de Estado, de ganadores del Premio Nobel, de ONG, de estadistas y diplomáticos y activistas en pro de la paz, por no hablar de generaciones de extremistas violentos de toda índole, que habían intentado dar cada uno su propia solución a estos problemas?

Cuando Ayelet volvió de su viaje contó a Michael lo que había visto en Hebrón. Describió los barrotes de acero que habían sido colocados en las puertas de las casas, encerrando a la gente en sus propios hogares. Relató el escalofriante momento en el que un par de muchachos palestinos se habían atrevido a poner los pies en la calle principal de su ciudad, una calle por la que los palestinos tenían prohibido pasear, arriesgándose y poniéndose a merced de los soldados fuertemente armados de las Fuerzas de Defensa de Israel (Tzáhal, por su acrónimo en hebreo), en un gesto que respondía a una mezcla de aburrimiento, bravuconería y desesperación. Contó lo asqueada que se había sentido al ver las pintadas escritas —en hebreo— en las paredes de la Hebrón palestina pidiendo la muerte de los árabes. Le contó el relato de las cosas que había visto y oído, y cuando Michael lo escuchó, su renuencia, fruto de décadas de desencanto y de desconexión, empezó a debilitarse.

A medida que iba debilitándose, los dos empezamos a darnos cuenta de que la propia narración —el testimonio, en un lenguaje vivo y claro, de las cosas vistas personalmente y de los incidentes que presenciamos— tiene la facultad de atraer la atención de mucha gente que, como nosotros, ha dejado hace mucho tiempo de prestar atención o que simplemente se ha dado por vencida.

La narración: ese era un territorio, libre y sin restricciones, que conocíamos. Y lo que es más importante, conocíamos a un montón de narradores: escritores y novelistas creativos cuyo trabajo consiste simplemente, según decía Henry James, en ser personas «en las que nada se pierde». Obligados por su profesión a prestar atención, tenían la habilidad y el talento, si éramos capaces de animarlas, de animar a otros, gracias a su dominio del lenguaje y a su vista para contar el detalle, para que a su vez animaran a la gente a dejar de mirar para otro lado, a adoptar una mirada distinta, y tal vez a ver algo que cincuenta años de noticias, de libros blancos y de propaganda habían pasado por alto.

De ese modo, conscientes de la inminencia del mes de junio de 2017, quincuagésimo aniversario de la ocupación, fuimos corriendo la voz, contactando con escritores de todos los continentes, salvo la Antártida, de todas las edades y de ocho lenguas distintas. Escritores identificados como cristianos, musulmanes, judíos e hindúes, y también escritores sin ninguna filiación religiosa. Algunos ya habían hecho públicas claramente sus opiniones políticas sobre el asunto Palestina-Israel, pero la mayoría no lo había hecho, y muchos reconocieron desde el primer momento que en realidad no habían prestado atención al tema más que de refilón. Para muchos era la primera visita que hacían a la zona; otros volvían a un lugar que conocían bien. Los escritores palestinos e israelíes escribían sobre su propio país. Todos se marcharon, como casi no nos habíamos atrevido a esperar, llenos a rebosar de la viveza de lo que habían visto y de la necesidad de expresarla con palabras, de compartir el relato.

A lo largo del año 2016 los autores de los ensayos del presente volumen, en pequeños grupos que fueron desde una hasta siete personas, viajaron a Palestina-Israel, en delegaciones organizadas por Breaking the Silence. Una vez allí, pasaron la mayor parte del tiempo en los territorios ocupados, en barrios de Jerusalén Este como Silwan, Sheikh Jarrah o el campo de refugiados de Shuafat; en ciudades de Cisjordania como Hebrón. Ramallah, Nablus, Jericó y Belén; en aldeas cisjordanas como Nabi Saleh, Susiya, Bili’in, Umm al-Khair, Jinba, Al-Wallajeh, Kufr Qaddum; y en la Franja de Gaza. En todos estos lugares los escritores se reunieron con los organizadores de la comunidad palestina y con líderes de los movimientos de protesta no violenta, entre ellos Issa Amro, así como con propietarios de tiendas, artistas, intelectuales y trabajadores, defensores de los derechos de la mujer y periodistas, hombres de negocios y labradores, abuelos, padres e hijos. Se reunieron también con colonos israelíes y con activistas contrarios a la ocupación, juristas comprometidos con la defensa de los derechos humanos, académicos y escritores, tanto israelíes como palestinos. En todos los casos la inclinación y el interés concreto de los distintos escritores siguieron su propio rumbo: unos se quedaron a dormir en las casas de la gente, en campos de refugiados, en aldeas y ciudades de Palestina, mientras que otros fueron a explorar fábricas de jabón y yacimientos arqueológicos. Algunos visitaron el tribunal militar, otros pasaron algún tiempo con las familias desconsoladas de víctimas palestinas e israelíes. Los temas escogidos por los autores fueron muy distintos y variados; la amplitud de la experiencia, de la perspectiva y de la narración queda reflejada en las páginas de este libro.

Queremos ser muy claros. No tenemos ninguna de las expectativas políticas de estos escritores. Los invitamos a participar en este proyecto basándonos en su excelencia literaria y en su influencia sobre un público lector amplio y entregado, cada uno en su propio país y en muchos casos en todo el mundo. No los censuramos ni intentamos limitar sus palabras de ninguna manera. Lo que vieron es lo que escribieron y lo que ustedes leerán. Un equipo de escrupulosos correctores ha trabajado durante meses para confirmar la veracidad y las bases fácticas de cada uno de estos ensayos.

Por último, como todos los escritores implicados en este proyecto, ninguno de nosotros ha cobrado ni recibirá pago alguno de ningún tipo por nuestro trabajo. Todos los derechos de autor devengados por la venta de Un Reino de olivos y ceniza, una vez deducidos los gastos, serán repartidos entre Breaking the Silence y Jóvenes contra los Asentamientos, cuyo arduo y oscuro trabajo no remunerado continuará durante mucho, mucho tiempo después de que el lector haya vuelto la última página del libro.

EL CUIDADOR DE PALOMAS

Geraldine Brooks

Sus planes eran muy concretos: no atacarían a las mujeres, ni a los viejos, ni a los niños como ellos. Su objetivo, según quedaron, serían hombres próximos a la veintena o de veintitantos años, o sea jóvenes en edad militar. Todo esto lo acordaron antes de salir de la casa.

Hassan Manasra, de quince años, cogió un cuchillo de trinchar de la cocina de su madre, pero su primo Ahmed, de trece, no lograba encontrar el cuchillo largo, semejante a un puñal, que tenía intención de utilizar como arma. Tardó un rato, pero por fin lo localizó, oculto en un aparador, donde su padre lo había escondido para su salvaguardia.

Los Manasra vivían en un bloque de casas multifamiliares que ocupaba casi una manzana entera del barrio de Beit Hanina, al pie de la colina de Jerusalén. En el patio compartido, media docena de bicicletas de diversos tamaños están apoyadas en un árbol o yacen en el suelo junto a la elevada puerta de entrada. Diez hermanos y sus familias comparten el recinto, y los niños se mueven con gran flexibilidad por los pisos de unos y otros. Tío o padre, hermano o primo: no hay mucha diferencia. Aunque las escaleras tienen el aspecto provisional, como si todavía estuvieran en construcción, de las vivi

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