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UN REINO DEMASIADO BREVE

Mauro Libertella  

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Fragmento

No hay testigo que pueda registrar el modo en que dos personas se van mimetizando. Es un proceso casi detenido, sin acción, sólo perceptible para un narrador omnisciente o para esas cámaras de seguridad que enfocan siempre el mismo punto de la sala. La primera manifestación de ese proceso es lingüística: los modismos se pegan de manera incontenible y no tiene sentido batallar contra esa metástasis de la lengua.

Florencia era fanática de Los Simpsons, ese tipo de personas que encuentran en cualquier situación de la vida diaria una comparación con esos dibujos, y entonces su humor era entre sarcástico y absurdo. Esa había sido su escuela. Julián se plegó rápidamente a su manera de hablar; en última instancia, él también había visto cientos y cientos de capítulos, y el sarcasmo era un territorio donde se movía con comodidad. Ella adoptó de él una serie de expresiones como “curioso”, “escándalo” y la manía también bastante lúdica de dar vuelta todo tipo de palabras; gofue en vez de fuego, tedien en vez de diente, ñosue por sueño. Con el tiempo fueron erigiendo un idioma en común y si estaban en público tenían que hacer un esfuerzo tremendo para volver a la consensuada y civilizada lengua española. El amor genera la ilusión de que el lenguaje es recíproco. Trataban de evitar los diminutivos y toda retórica excesivamente empalagosa del amor. Les daba la sensación de que la intimidad se construía así, sobre la base de palabras que sólo se prodigaban entre ellos, y por eso a medida que pasaban los meses acrecentaban ese diccionario, buscaban nuevas formas de decir lo mismo. Un cierto decoro le impedía a él usar en público la palabra amor y sus mil variantes, como si hubiera palabras que sólo soportaran ser pronunciadas a puertas cerradas.

El proceso de mimetización fue invadiendo, también, la ropa y el modo de caminar y de moverse. Ella tenía un estilo más definido en materia de vestuario y él todavía atravesaba esa fase cíclica y cambiante del fin de la adolescencia, así que en eso también él se fue copiando de ella. Su estilo era sobrio, de tonos más bien oscuros, con dos o tres elementos “únicos”: un bolso raro, un collar de feria, unas zapatillas modernas, no mucho más. La idea era siempre pasar inadvertida, no llamar la atención. Hay personas así, que buscan la neutralidad. ¿Se diría que este era un signo de su timidez? Es posible. Florencia era del tipo de personas de las que se suele afirmar que tienen una “gran vida interior”; esto quiere decir, generalmente, que son imaginativas, apenas voladas, hipersensibles, un poco retraídas y antisociales. Así era ella. Una chica de cierta dulzura y fragilidad.

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