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UN SACO DE CANICAS

Joseph Joffo  

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Fragmento

1

La canica gira entre mis dedos en el fondo del bolsillo. Es mi preferida, nunca me separo de ella. Y lo bueno es que es la más fea de todas, no se parece en nada a las de ágata, o a las grandes canicas metálicas que suelo mirar en el escaparate de la tienda del tío Rubén, en la esquina de la calle Ramey; es una canica de barro, con el barniz medio saltado. Por eso tiene asperezas en la superficie, y dibujos, parece el planisferio de la clase en pequeño.

Me gusta mucho, es bonito tener la Tierra en el bolsillo, las montañas, los mares, todo bien guardado.

Soy un gigante, y llevo encima todos los planetas.

—Bueno, ¿tiras o qué?

Maurice está esperando, sentado en la acera frente a la charcutería. Siempre lleva los calcetines flojos, papá le llama el acordeonista.

Entre las piernas tiene las cuatro canicas en un montoncito: tres formando un triángulo y la otra encima.

La abuela Epstein nos está mirando desde el umbral de la puerta. Es una anciana búlgara amojamada, y encogida más de la cuenta. Por extraño que parezca, ha conservado el color cobrizo que da al rostro el viento de las grandes estepas, y ahí, en el hueco de la puerta, sentada en su silla de anea, es un pedazo viviente de aquel mundo balcánico que el cielo gris de la puerta de Clignancourt no logra empañar.

Está ahí todos los días, y sonríe a los niños que vuelven del colegio.

Cuentan que huyó a pie a través de Europa, de pogrom en pogrom, hasta que vino a parar a este rincón del distrito XVIII, en el que se encontró con otros fugitivos del Este: rusos, rumanos, checos, compañeros de Trotsky, intelectuales, artesanos. Lleva aquí ya más de veinte años, y los recuerdos sí han debido empañarse, aunque el color de la frente y las mejillas no haya cambiado.

Se ríe al verme vacilante. Estruja con las manos la sarga gastada de su delantal, tan negro como el mío; era el tiempo en que todos los colegiales iban vestidos de negro. Una infancia de luto riguroso, en 1941, resultaba premonitorio.

—Pero ¿qué diablos estás haciendo?

¡Claro que no me decido! Me hace mucha gracia, Maurice, he tirado siete veces y lo he perdido todo. A él, con lo mío y lo que ha ganado en el recreo le han quedado los bolsillos que casi revientan. Apenas puede andar, le salen canicas por todas partes, y a mí sólo me queda la última, mi adorada.

Maurice gruñe:

—Si te crees que me voy a quedar aquí sentado hasta mañana...

Ahora sí.

La canica tiembla un poco en el hueco de mi mano. Tiro con los ojos bien abiertos. Fallada.

Ya está, no hubo milagro. Ahora hay que volver a casa.

La charcutería Goldenberg tiene un aspecto la mar de raro, parece como si estuviera dentro de un acuario, las fachadas de la calle Marcadet ondulan como locas.

Miro hacia el lado izquierdo porque Maurice está a mi derecha, y así no me ve llorar.

—Ya está bien de lloriqueo, dice Maurice.

—Yo no lloriqueo.

—Cuando te pones a mirar del otro lado es que estás llorando.

Me paso el revés de la manga del delantal por la cara y mis mejillas quedan secas. Vamos a tener bronca, hace más de media hora que deberíamos estar de vuelta.

Ya llegamos, ahí, en la calle Clignancourt está la tienda, y las letras pintadas en la fachada, grandes y anchas, con sus perfiles y sus trazos gruesos, como las que escribe la maestra de preparatorio: «Joffo-Peluquería».

Maurice me da un codazo.

—Toma, so tonto.

Le miro y tomo la canica que me devuelve.

Un hermano es alguien a quien se devuelve la última canica que se le ha ganado.

Yo recupero mi planeta en miniatura; mañana, en el porche, gracias a ésta ganaré much

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