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UN TAXI A LA FELICIDAD

Baptiste Beaulieu  

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Fragmento

 

Cuando cuento la maravillosa historia del médico que no quería vivir, me acuerdo de que había tratado a la señora Barca muchos años antes. La mujer tenía el vientre enorme, una verdadera sandía. Y por más punciones que le practicaran en el hospital, regresaba a este en el mismo estado casi de inmediato. Se lo pinchaban de nuevo y volvían a extraerle casi tres litros de líquido. Una auténtica tragedia griega a la que el equipo facultativo tenía que enfrentarse. La señora Barca era una paciente asidua de urgencias. La primera vez que vio al joven médico, enfundado en su inmaculada bata de estudiante, se negó a que le vaciara la tripa.

—Soy un poco tiquismiquis. Me dan miedo las agujas y los estudiantes que las usan.

El joven médico, que estaba de prácticas, retrocedió hasta la puerta de la habitación y salió. Pero la visitó cada hora, sonriente, quedándose unos minutos antes de marcharse tal como había llegado, silencioso y dócil. Cuando la paciente aceptó finalmente que se ocupara de su vientre, él lo hizo con una torpeza enternecedora y mucha delicadeza. Después de ese primer intento la señora Barca no quiso que nadie que no fuera él se ocupara de su tratamiento. El joven médico pasaba por su habitación entre dos y tres veces por semana. Como era lógico de esperar, se hicieron amigos. Por desgracia, un día él le dijo:

—Señora Barca, mis prácticas se acaban. Pronto otro interno se ocupará de usted. Lo siento.

La mujer se quedó desconsolada. Y él se marchó a toda prisa.

Por supuesto, de vez en cuando el joven médico llamaba al hospital para tener noticias. Hablaba con sus sustitutos:

—¡Solo me quiere a mí y a nadie más! —le decían.

Por más que se alegrara por la señora Barca, no podía ignorar la extraña sensación de que un par de largos cuernos le crecían en la frente.

«¡Idiota!», pensaba. «Antes, solo te quería a ti…»

Al cabo de un año regresó a aquel hospital y se acercó a su antiguo departamento.

—¿Está la señora Barca?

—Esperamos que venga el jueves para realizarle una punción. ¿Querrás hacérsela tú?

—¡Por supuesto!

Llegado el día señalado se levantó, se afeitó, se arregló su mata de pelo rubio y se puso una bata limpia.

Cuando entró en la habitación tuvo la sensación de que la mujer no había cambiado, seguía teniendo la misma bonita cara, y se sintió afortunado por estar con ella y poder cuidarla de nuevo.

Sí, realmente, pensó que era feliz.

Se sonrieron.

—¿Como antes? —preguntó la paciente.

—Como antes —respondió el joven.

 

 

El tiempo transcurrió y el médico cumplió cuarenta años. Su media melena se mantenía pulcramente recogida detrás de las orejas y aún tenía las mejillas sonrosadas. Pero sus labios eran ahora una línea roja, y la expresión de su rostro era tan triste que todo él parecía apagado y desteñido.

En el trabajo siempre llevaba los mismos pantalones oscuros, la misma camisa clara impecablemente planchada. Habría sido incapaz de vestirse de otra manera. Desde la muerte de su mujer era un hombre en blanco y negro.

Por lo demás, la mañana de invierno en que esta historia empezó los dioses del Norte habían salpicado de nieve la ciudad, el sol brillaba,

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