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UN áTICO CON VISTAS

Eleanor Rigby  

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Fragmento

Capítulo 1

El primer día del resto de mi vida

—Lo has visto, ¿verdad?

Asiento con la cabeza, sin despegar la mirada del punto problemático.

Nadie diría que un sencillo folio pegado al tablón de entrada de una comunidad de vecinos pudiera sembrar tanta agitación. Y aviso que no pone nada de «tenéis veinticuatro horas para enviar un millón de euros a esa dirección de correo o volaré el edificio», sino un simple «SE BUSCA ASISTENTA».

Porque eso es simple. Lo que no lo es tanto es que lo haya firmado el legendario ermitaño del séptimo.

Yo no soy la única que nada en el shock. Tamara, cruzada de brazos delante de mí, tampoco pestañea. Ni Edu, a mi derecha y con el ceño fruncido, ni Eli, a mi izquierda, armada con su silenciosa prudencia.

Debe haber algo hipnótico en la tipografía. ¿O serán las escalofriantes mayúsculas?

Si le preguntamos a alguien de fuera por qué llevamos clavados en el sitio diez minutos, seguro que nos dice que nuestro único problema es que nos interesan demasiado las vidas ajenas. Y yo lo confirmo. Porque si nos dan diez más, tendrán al resto de los vecinos abanderando la causa. Seremos treinta personas mirando fijamente una pared.

En mi defensa diré que estoy perdiendo el tiempo porque presiento que tiene un truco. Ese hombre nos odia. No quiere saber nada de nosotros. Debe haber envenenado el papel. O tal vez sea una especie de broma para captar nuestra atención. Lo mismo sabe que ha dejado de ser la comidilla de la urbanización porque alguien ha comprado un apartamento en el cuarto y está celoso porque ahora toda la curiosidad gira en torno al nuevo.

Yo voto porque no quiere que le roben el protagonismo, y ha dado su primera señal de vida para recordarnos que sigue siendo el enigma más grande de la zona. Estaría en su derecho de reivindicarse, porque la leyenda ha llegado hasta la calle de al lado. Es toda una celebridad. Koldo, al que llamamos el «Porros» por su afición compartida con Bob Marley, estuvo a punto de hacer un reportaje sobre él para su trabajo de fin de grado. Lo canceló porque para eso habría necesitado que le concediese una entrevista, y nuestro amigo del torreón no estaba por la labor.

Si soy sincera, no sé a qué viene tanta expectación. No es que se le oiga arañando las paredes por las noches, lo que sí sería inquietante y nos movilizaría a todos para buscar una solución. Pero nada de eso. Parece que no hubiera nadie.

Es un milagro que estemos tardando tanto en aburrirnos de elucubrar sobre él. Si nos contentábamos antes era porque somos muy simples y todo lo que se plantee como un misterio nos saca la vena Sherlock. Todos los seres humanos sentimos el impulso de cotillear, y la gente de este edificio en concreto tiene la suficiente imaginación para entretenerse con el pirado del ático. Pero cualquiera se cansa de tanta tontería.

—Es un farol —determina Edu, tras una exhaustiva meditación—. Soy el amo y señor de este rellano. Lo guardo como un perro su hueso. Y juro por lo más sagrado que no he visto subir a nadie al ático en el año y medio que lleva aquí... lo que significa que no ha tenido asistenta nunca. ¿Para qué quiere a una ahora?

—Además —añade Tamara, ansiosa por hacer sus aportaciones—, se contrata a limpiadores cuando estás fuera de casa y no puedes encargarte tú. Él se pasa el día ahí dentro. ¿En serio necesita a alguien que le ayude?

—Puede que esté en silla de ruedas o postrado en la cama —pienso en voz alta—. Era una de las posibilidades, ¿no? Que fuera un tullido y por eso no diera la cara... Igual que lo de que lo esté buscando la policía. —Muevo la mano para abarcar todas las posibilidades que se han contemplado hasta ahora, que no son pocas y no tienen ningún desperdicio, lo puedo asegurar.

—Yo me inclino más por lo de ser un criminal —declara Tamara—. Fijaos, ha escrito «asistenta». Con «a». Especifica que quiere a una mujer. No hace falta ser muy listo para saber para qué.

—Oye, que puede ser marica —se queja Edu. De eso sabe mucho. En serio, ha nacido con un «gaydar» superdesarrollado, y descubrir la orientación sexual de los más reprimidos es uno de sus múltiples talentos. Pero claro, para eso necesita verle la cara al tío en cuestión, y no tenemos ni idea de cómo es—. Aunque quién sabe. Viendo esto, no descarto que solo sea un sexista de lo peor.

—A ver —interviene Eli, con suavidad. Siempre empieza las frases con esa conciliadora muletilla. Entre eso y la vocecita susurrante perfecta para hacer ASMR, no le cuesta mucho disipar tensiones—. Tenemos que reconocer que cuando pensamos en un empleado del hogar, nos viene a la cabeza una mujer. Aunque haya excepciones, es un trabajo fundamentalmente femenino. Le habrá salido de forma involuntaria. No tiene que haber puesto «asistenta» porque sea machista.

—Yo tampoco lo creo. Lo ha escrito así porque quiere chingarse a una morra. Si es que lo vengo diciendo. Es un violador reincidente que vive bajo arresto domiciliario y se ha cansado de vivir como los monjes —resume Tamara.

—Si estuviera arrestado, se lo habrían comunicado a la gente del edificio. En concreto a las mujeres —corrijo—. Y no hay que ponerse en lo peor. Yo sigo sosteniendo que es un señor mayor al que no le hace falta salir de casa.

—Pero te sigue pareciendo curioso el anuncio, porque no te has movido de aquí y te recuerdo que ni vives en el edificio —apunta Tamara.

Aparte de ser una de mis mejores amigas y rapidísima a la hora de hacer juicios de valor sobre otros, Tay es la excusa que tengo para visitar el número 13 de la calle Julio Cortázar. Tay y Eli, que viven juntas porque trabajan en el mismo sector, en el mismo negocio y en la misma cocina, de la que sacan los riquísimos platos que presentan en sus caterings. Su negocio se llama «El Yum y el Ñam», porque se supone que, si lo dices rápido, suena «el yin y el yang» y esas son ellas. Dos energías muy opuestas que se complementan a la perfección.

En cuanto a mí, vivo al margen de la hostelería y a unas cuantas calles de diferencia, en un piso ruinoso cuyo alquiler me saca tres cuartas partes del sueldo.

Solo por lo que cuesta debería tener el orgullo de pasar allí el mayor tiempo posible, pero en mi urbanización no son tan simpáticos, ni me sirven tarta de queso con frutos silvestres solo tocando a la puerta. Lo único relacionado con la comida que mis vecinos saben hacer es apestar el pasillo con pollo al curry a la una de la madrugada. Y a mí la comida india no me sienta bien, así que me ahorro las arcadas viniendo a socializar con la pandilla del número 13.

No voy a decir que sea la adoptada, pero los conozco a todos por nombre, apellido y apartamento. Algunos se dejan querer más y otros menos, pero en general me llevo bien con cada uno de ellos. Y no es porque yo sea increíble, aunque sea cierto que se me da muy bien la gente. La alegría es un lenguaje universal, y a mí eso me sobra por los cuatro costados. Pero incluso yo sé que no puedes gustarle a todo el mundo. Aquí ha dado la casualidad de que se han juntado todos los majos y educados de Madrid, porque no hay nadie que no se alegre de verme.

Bueno, sí que lo hay. Julian Bale, el ermitaño del ático. Ese sobre el que seguimos cuchicheando en mitad del rellano.

Reconozco que, por mi parte, no hay especial interés en quién o cómo sea. No soy una persona muy cotilla. Pero sí que me pregunto cómo lo hace para vivir así. Yo me vuelvo loca si paso más de una hora sin abrir el pico, y considero imprescindible el contacto humano.

Sé que la gente no necesita que la abracen entre cinco y diez veces al día para sentirse viva, pero algo que a todos nos hace falta es vitamina D y no lo he visto ni salir ni tomar el sol en el balcón. A lo mejor es que tiene una máquina de rayos UVA y el piso entero acondicionado para las distintas estaciones, pero si algo sé es que de brisa fresquita y calefactores no se puede vivir.

Digan lo que digan, necesitamos hacer la fotosíntesis, como las plantas. Si no, nos marchitamos.

Seguro que el señor está marchito. Y Eli opina igual que yo, porque dice:

—A lo mejor se siente muy solo y no sabe cómo comunicarse con la gente. En una situación así, habrá recurrido a la vía desesperada de emplear a alguien. Para que le haga compañía sin que se note que la necesita.

—Oh, vamos, esto es como la soltería de las celebrities. Si está solo es porque quiere —rezonga Edu, ofendido con la posibilidad—. Yo mismo he ido a su casa unas cuantas veces, y armado con un pastel de bienvenida. No me abrió. Con eso es fácil deducir que no quiere que le toquen ni los huevos ni a la puerta.

He salido muchas veces en su defensa, diciendo que puede ser tímido, que tal vez tenga un problema... Pero a Edu le duelen tanto las faltas de educación —y que le hagan el vacío— que es inútil intentar razonar. Y debo decir que después de los desplantes que le hizo a él y al otro par de valientes que quisieron ir a saludar, a mí se me han quitado las ganas de excusarlo.

Yo no fui ninguna de esas valientes, ¿eh? Tamara se presentó un día porque la retamos y estaba lo bastante borracha para olvidarse de que puede estar planeando un ataque terrorista. Virtudes Navas, la adorable anciana que vive en el cuarto A y come gracias a sus novelas románticas, lo hizo por preocupación. «Yo no he oído una mosca desde que se instaló. Tú verás que el chiquillo sa matao moviendo cajas».

Esta posibilidad dividió a la comunidad: unos dieron un paso hacia delante, asustados por si habían estado criticando la falta de cortesía de un fiambre, y dispuestos a enmendar su error enseguida. Otros retrocedieron ante la posibilidad de toparse con un cuerpo en descomposición. A mí todo eso de la muerte solo me gusta si se usa como recurso poético o tópico en un poema, pero me ofrecí a subir a comprobarlo.

De no haber visto cómo se encendían y apagaban las luces a través de una rendija, habríamos mandado a alguien a tirar la puerta.

No voy a negar que algunos sueñen con ese momento. La curiosidad está matando a toda esta gente, que se alimenta de las pequeñeces del día a día de otros. Julian Bale es el único cuya vida les queda por diseccionar. Ya le han puesto cara al que ambienta el edificio con sus porros a media tarde, la que chilla con acento argentino —sin ser argentina— cuando va a verla su amante y el que despierta a la comunidad ent

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