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UNA ANTORCHA EN LAS TINIEBLAS (UNA LLAMA ENTRE CENIZAS 2)

Sabaa Tahir  

5


Fragmento

019

La esperada segunda parte de Una llama entre cenizas.

La mayoría de las personas no son más que destellos en la inmensa oscuridad del tiempo. Pero tú no eres una chispa que se consume en un instante.

Tú eres una antorcha en las tinieblas...
Si te atreves a arder

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PRIMERA PARTE

HUIDA

I

Laia

«¿Cómo nos han encontrado tan deprisa?»

Detrás de mí, las catacumbas retumban con el eco de los gritos iracundos y el rechinar del metal. Al instante miro hacia las sonrientes calaveras que recubren las paredes; es como si escuchara las voces de los muertos.

«Avanza rauda y veloz si no quieres unirte a nuestras filas», parecen susurrar.

—Más deprisa, Laia —dice mi guía mientras corre delante de mí por las catacumbas, la luz reflejada en su armadura—. Los perderemos si somos rápidos. Conozco un túnel de huida que sale de la ciudad. Si llegamos hasta él, estaremos a salvo.

Oímos algo detrás de nosotros, y los pálidos ojos de mi guía miran más allá de mis hombros. Su mano, convertida en un borrón dorado, vuela hasta la empuñadura de la cimitarra que lleva cruzada a la espalda.

Un movimiento muy sencillo, pero preñado de amenaza. Un recordatorio de que no es tan solo mi guía, sino Elias Veturius, heredero de una de las familias más importantes del Imperio. Antes era un máscara, un soldado de élite del Imperio Marcial. Y ahora es mi aliado, la única persona capaz de ayudarme a liberar a mi hermano Darin de una infame cárcel marcial.

Elias se coloca a mi lado con un único paso. Con el segundo paso, ya está delante de mí, moviéndose con una elegancia que no corresponde a alguien de semejante tamaño. Juntos nos asomamos al túnel por el que acabamos de pasar. El pulso me late en los oídos. Ya ha desaparecido cualquier atisbo de la euforia que sintiera tras destruir Risco Negro y rescatar a Elias antes de su ejecución. El Imperio nos da caza. Si nos atrapa, moriremos.

El sudor me empapa la camisa, pero, a pesar del nauseabundo calor de los túneles, me recorre un escalofrío y se me eriza el vello de la nuca. Creo haber escuchado un gruñido, como el de una criatura astuta y hambrienta.

«Deprisa —me grita mi instinto—. Sal de aquí.»

—Elias —susurro, pero él me acerca un dedo a los labios para silenciarme y desenvaina uno de los seis cuchillos que lleva sujetos al pecho.

Yo saco una daga de mi cinturón e intento oír algo más que el correteo de las tarántulas de los túneles y mi propia respiración. La sensación de que alguien me observa va disminuyendo…, pero la sustituye algo peor: el olor a brea y llamas; la entonación de unas voces que se acercan.

Soldados imperiales.

Elias me toca el hombro, y apunta a sus pies y después a los míos:

—Pisa donde yo pise.

Lo imito con tanto cuidado que temo incluso respirar, y juntos nos volvemos y nos alejamos a toda prisa de las voces.

Llegamos a una bifurcación en el túnel y giramos a la derecha. Elias señala con la cabeza un agujero profundo en la pared, a la altura de los hombros, vacío salvo por un ataúd de piedra puesto de lado.

—Adentro —susurra—, hasta el fondo.

Me meto en la cripta y reprimo un escalofrío al oír el fuerte estridular de una tarántula residente. Llevo colgada a la espalda una cimitarra forjada por Darin, así que al estremecerme golpea la piedra y hace mucho ruido. «Estate quieta, Laia; da igual lo que se arrastre por aquí dentro.»

Elias se agacha para entrar en la cripta detrás de mí, pero, al ser tan alto, tiene que avanzar medio en cuclillas. En este espacio tan estrecho, nuestros brazos se rozan y él contiene el aliento. Sin embargo, cuando lo miro, tiene el rostro vuelto hacia el túnel.

A pesar de la penumbra, me impresionan el gris de sus ojos y la fuerza de su mentón. Noto un pellizco en el vientre; no estoy acostumbrada a su cara. Hace solo una hora, mientras escapábamos de la destrucción de Risco Negro, sus rasgos estaban ocultos bajo una máscara de plata.

Ladea la cabeza para oír mejor a los soldados que se acercan. Caminan deprisa, y sus voces retumban en las paredes de las catacumbas como los chillidos entrecortados de aves rapaces.

—… seguramente habrá ido hacia el sur. O lo habría hecho si tuviera dos dedos de frente.

—Si tuviera dos dedos de frente habría pasado la cuarta prueba y ahora no tendríamos que aguantar a una escoria plebeya como emperador.

Los soldados entran en nuestro túnel, y uno ilumina la cripta que tenemos enfrente con su farol.

—Por todos los infiernos —musita mientras retrocede al ver lo que acecha en el interior.

Nuestra cripta es la siguiente. Se me forma un nudo en el estómago y me tiembla la mano que sujeta la daga.

A mi lado, Elias desenvaina otra hoja. Tiene los hombros relajados, al igual que las manos que blanden los cuchillos. Pero cuando lo miro a la cara —el ceño fruncido, la mandíbula apretada—, se me encoge el corazón. Me mira a los ojos y, por un segundo, percibo su angustia: no desea acabar con estos hombres.

Sin embargo, si nos ven, alertarán a los demás guardias que hay por aquí abajo y estaremos hasta el cuello de soldados imperiales. Le aprieto el antebrazo, y él se cubre con la capucha y oculta su rostro tras un pañuelo negro.

El soldado se acerca con paso decidido. Lo huelo: es una mezcla de sudor, hierro y suciedad. Elias sujeta los cuchillos con más fuerza; su cuerpo se tensa como el de un gato salvaje antes de atacar. Me llevo una mano al brazalete que me regaló mi madre; recorro con los dedos su ya familiar patrón, y es como un bálsamo.

La luz del farol llega al borde de la cripta, el soldado lo levanta…

De repente se oye un golpe en otro punto del túnel. Los soldados se vuelven, desenvainan sus armas y corren a investigar el ruido. En pocos segundos, la luz de sus faroles desaparece y el sonido de sus pisadas se pierde a lo lejos.

Elias deja escapar el aliento que contenía.

—Vamos —dice—. Si esa patrulla estaba barriendo la zona, habrá más. Tenemos que llegar hasta el pasadizo.

Salimos de la cripta, y un temblor recorre los túneles, soltando polvo y tirando huesos y calaveras al suelo. Me tambaleo, pero Elias me sujeta por el hombro, me empuja hacia la pared y se aplasta contra mí. La cripta permanece intacta, aunque el techo del túnel cruje de un modo muy inquietante.

—Por los cielos, ¿qué ha sido eso?

—Parecía un temblor de tierra. —Elias se aleja un solo paso de la pared y mira al techo—. Pero en Serra no hay temblores de tierra.

Avanzamos por las catacumbas con más premura que antes. A cada paso que doy espero oír otra patrulla y ver antorchas a lo lejos.

Cuando Elias se detiene, lo hace tan de súbito que me estrello contra sus anchas espaldas. Hemos entrado en una cámara funeraria circular con un techo bajo abovedado. Frente a nosotros hay dos túneles; en uno titila la luz de unas antorchas que apenas se vislumbran. Las paredes de la cámara están repletas de criptas, cada una de ellas protegida por la estatua de piedra de un hombre con armadura. Bajo los yelmos, las calaveras nos miran, airadas. Me estremezco y me acerco a Elias.

Sin embargo, él no mira ni las criptas ni los túneles ni las lejanas antorchas.

Mira a la niña que está en el centro de la cámara.

Lleva la ropa hecha jirones y se aprieta con una mano la herida ensangrentada del costado. Tiene los elegantes rasgos de los académicos, pero, cuanto intento mirarla a los ojos, agacha la cabeza y la oscura melena le tapa la cara. «Pobrecita.» Las lágrimas le dibujan un surco en las sucias mejillas.

—Por los diez infiernos, esto empieza a estar abarrotado —masculla Elias, que da un paso hacia la niña enseñándole las manos, como si tratara con un animal asustado—. No deberías estar aquí, cielo —le dice con voz amable—. ¿Estás sola?

Ella deja escapar un sollozo muy débil.

—Ayúdame —susurra.

—Déjame ver ese corte. Te lo puedo vendar.

Elias hinca una rodilla en el suelo para ponerse a su altura, como hacía mi abuelo con sus pacientes más jóvenes. Ella se aparta de él y me mira.

Doy un paso adelante, aunque el instinto me dice que tenga cuidado. La niña me observa.

—¿Me dices tu nombre, pequeña? —le pregunto.

—Ayúdame —repite.

Algo en su forma de evitar mirarme a los ojos me pone el vello de punta, pero lo cierto es que la han maltratado (seguramente el Imperio) y ahora se enfrenta a un marcial armado de pies a cabeza. Debe de estar aterrada. Retrocede unos pasos, y yo miro hacia el túnel iluminado por las antorchas. Si hay antorchas, estamos en territorio del Imperio. Es cuestión de tiempo que aparezcan soldados.

—Elias —le digo, señalando las antorchas con la cabeza—, no tenemos tiempo. Los soldados…

—No podemos dejarla aquí —responde; su culpa clara como el agua.

La muerte de sus amigos hace unos días, en la tercera prueba, le pesa; no desea causar ninguna otra. Y eso es lo que pasará si dejamos aquí sola a esta niña herida.

—¿Tienes familia en la ciudad? —le pregunta Elias—. ¿Necesitas…?

—Plata —dice, ladeando la cabeza—. Necesito plata.

Elias arquea las cejas. No lo culpo, yo tampoco me lo esperaba.

—¿Plata? —digo—. No tenemos…

—Plata —repite mientras arrastra los pies de lado, como un cangrejo. Me parece ver uno de sus ojos parpadear demasiado deprisa a través de su pelo lacio. Muy raro—. Monedas. Un arma. Joyas.

Me mira el cuello, las orejas, las muñecas. Con esa mirada se traiciona.

Me quedo mirando las esf

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