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UNA CANCIóN CASI OLVIDADA

Katherine Webb  

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Fragmento

1

El viento soplaba con tanta fuerza que se sentía zarandeada entre dos mundos, atrapada en una ensoñación tan vívida que los contornos se fueron desdibujando hasta desaparecer. El vendaval sacudía las esquinas de la casa, bajaba silbando por la chimenea, se batía contra los árboles del exterior. Pero lo más estrepitoso de todo era el mar, que azotaba la orilla pedregosa y se estrellaba contra las rocas al pie del acantilado. Un rugido grave que ella creía sentir en el pecho, ascendiendo a través de sus huesos desde el suelo.

Había estado dormitando en su silla junto a los rescoldos de la lumbre. Demasiado vieja y cansada para levantarse y arrastrarse hasta la cama del piso de arriba. Pero el viento había desatrancado la ventana de la cocina y esta se abría y cerraba sobre sus goznes con tanta fuerza que el siguiente golpe podía ser el último. El marco estaba podrido; hacía años que mantenían la ventana cerrada con un simple papel doblado que hacía las veces de cuña. El ruido se introdujo en su sueño y la despertó, y ella flotó en los límites de la somnolencia mientras el aire frío de la noche entraba y se acumulaba a sus pies como una marea creciente. Tenía que levantarse y asegurar el marco con la cuña antes de que el cristal se hiciera añicos. Abrió los ojos y vio los contornos grises de la habitación con la nitidez suficiente. Al otro lado de la ventana la luna cruzaba a gran velocidad el cielo mientras las nubes pasaban raudas por su lado.

Tiritando de frío, se acercó a la ventana de la cocina, donde la tormenta estaba formando una capa de sal sobre el cristal. Los huesos de los pies le dolían en su pugna por atravesarle la piel. Después de dormir en la silla tenía las caderas y la espalda rígidas como madera hinchada, y le suponía un esfuerzo poner las articulaciones en movimiento. El viento que entraba le levantó el pelo y le provocó un estremecimiento, pero ella cerró los ojos para aspirarlo, pues el olor del mar le resultaba entrañable y familiar. Era el olor de todo lo que conocía, el olor de su hogar y de su prisión, su propio olor. Cuando abrió los ojos respiraba entrecortadamente.

Celeste estaba ahí fuera, en los acantilados, de espaldas a la casa, mirando el mar, esculpida por la luz plateada de la luna. La superficie del canal de la Mancha subía y bajaba agitada, y de las crestas blancas se desprendía espuma que se lanzaba hiriente contra la orilla. Ella notó pequeñas salpicaduras en la cara, duras y corrosivas. ¿Cómo era posible que Celeste estuviera allí? ¿Después de todos esos largos años, después de haberse esfumado? Pero era ella, de eso no había duda. La larga y familiar espalda, una columna vertebral flexible que descendía hasta las voluptuosas curvas de las caderas; los brazos rectos a los costados, con los dedos extendidos. «Me gusta sentir el viento al pasar entre mis manos.» Las palabras parecían llegar en un susurro a través de la ventana, con ese extraño acento gutural tan suyo. El pelo largo y un vestido también largo y amorfo que se ondulaba por detrás; la tela ceñía los contornos de los muslos, la cintura y los hombros. Luego, inesperadamente, llegó una imagen nítida: él bosquejando un retrato de Celeste, alzando la vista con aquella intensidad aterradora, aquella concentración inquebrantable. Volvió a cerrar los ojos y los apretó con fuerza. El recuerdo era tan querido como insoportable.

Cuando los abrió continuaba sentada en su silla, la ventana no había dejado de golpear y seguía entrando el viento. Así pues, ¿todavía no se había levantado? ¿No se había acercado a la ventana y había visto a Celeste? No sabía distinguir lo real del sueño. Le palpitaba el corazón con fuerza solo de pensar… que Celeste había regresado; que había descubierto lo ocurrido y quién tenía la culpa. Se imaginó la mirada feroz y furiosa de la mujer, contemplándolo todo, calándola a fondo, y de pronto lo supo. «Un presentimiento», oyó cómo le susurraba agriamente al oído la voz de su madre; con tanta claridad que miró alrededor para comprobar si Valentina estaba de verdad allí. Las sombras se agazapaban en los rincones de la habitación y le sostenían la mirada. Su madre había afirmado a veces que tenía el don y siempre había buscado algún signo en su hija. Alentaba cualquier indicio de visión interior. Tal vez era eso, por fin, lo que Valentina había esperado, porque en ese momento supo que se avecinaba un cambio. Tan seguro como la profundidad del mar. Después de todos esos largos años se avecinaba un cambio. Iba a llegar alguien. El miedo la rodeó con sus pesados brazos.

El temprano sol de la mañana entraba a raudales por las altas ventanas de la galería, rebotando en el suelo, deslumbrante. El sol de finales de verano todavía calentaba y auguraba un buen día, pero cuando Zach abrió la puerta de la calle, notó una frialdad en el aire que no había percibido siquiera en la última semana. Un olor a humedad que hablaba de otoño. Inspiró profundamente y volvió la cara hacia el sol un momento. Otoño. El cambio de estación, el final del feliz paréntesis que había disfrutado, de la pretensión de que todo siguiera igual. Ese era el último día, y Elise se marchaba.

Miró a ambos lados de la calle. Solo eran las ocho y no había ni un alma caminando por esa calle de Bath. La galería Gilchrist estaba en una estrecha callejuela, a solo unas cien yardas de Great Pulteney Street, una vía principal. Lo bastante cerca para que fuera fácil localizarla, se había dicho. Lo bastante cerca para que la gente viera el letrero si al pasar se le ocurría mirar hacia la callejuela. Y el letrero se veía claramente; lo había comprobado para asegurarse. Pero era sorprendente a qué poca gente se le había ocurrido mirar a uno u otro lado al pasar por Great Pulteney Street. Aun así, era demasiado temprano para los compradores, se dijo. La gente que la recorría en riadas, entrecruzándose al final de la calle, tenía el aspecto formal y apresurado de quien va a trabajar. El amortiguado sonido de sus pasos viajaba a través del aire en calma, abriendo un túnel en medio de inhóspitas sombras negras y deslumbrantes tramos de sol hasta él. En contraste, el silencio que rodeaba el timbre de Zach estaba teñido de tristeza. Una galería no debería depender de la afluencia de público o de clientela de paso, se recordó. Una galería era un lugar que debería buscar la gente adecuada. Suspiró y entró.

Antes de que se la traspasaran a él cuatro años atrás, la galería de Zach había sido una joyería. Mientras la reformaban aparecieron pequeños cierres y piezas de metal debajo del mostrador y detrás de los zócalos; pedazos de alambre de oro y plata. Un día incluso encontró una piedra preciosa encajada detrás de un estante, donde se abría una estrecha grieta entre la madera y la pared. Le cayó sobre el pie con un sonido firme al retirar la balda. Una pequeña gema totalmente transparente y brillante que quizá era un diamante. Zach la guardó y lo tomó como un buen augurio. Tal vez lo que había hecho era gafarlo, pensó. Tal vez debería haber buscado al antiguo joyero para devolvérsela. El aspecto de la tienda, situada en una suave pendiente, era perfecto, con sus enormes cristaleras que miraban al sudeste, recibiendo todo el sol de la mañana, pero sobre el suelo de la tienda, no en las paredes, donde colgaban las obras de arte perecederas. Incluso en los días sombríos el interior era luminoso, y tenía el tamaño justo para retroceder un paso y admirar los cuadros grandes a la distancia adecuada.

En aquel momento no había muchos cuadros grandes. Por fin la semana anterior Zach había vendido el paisaje de Waterman, obra de uno de los artistas contemporáneos locales. Había estado en el escaparate el tiempo suficiente para que a Nick Waterman empezara a preocuparle que se atenuaran los colores, y la venta había llegado justo a tiempo para evitar que el artista trasladara toda su colección a otra parte. «Toda su colección», gruñó Zach por lo bajo. Tres paisajes urbanos de los edificios de Bach recortados contra el horizonte, desde distintos lugares estratégicos de las colinas de alrededor, y una escena de playa ligeramente s

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