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UNA CHICA BRILLANTE (GOLFISTAS 3)

Susan Elizabeth Phillips  

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Fragmento

1

La Niña Brillante estaba de vuelta. Se detuvo bajo el arco de entrada a la Orlani Gallery para ofrecer a los invitados a la inauguración el tiempo necesario para reconocerla. El murmullo de las educadas conversaciones de la reunión se mezclaba con los ruidos procedentes de la calle mientras los compradores potenciales fingían interés por las muestras de arte africano primitivo exhibidas en las paredes. El aire difundía el aroma a Joy, a foie importado y dinero. Habían pasado seis años desde que su rostro había sido uno de los más famosos en Estados Unidos. La Niña Brillante pensaba en si la recordarían... y en qué haría si resultaba que no.

Miró al frente con una estudiada expresión de enojo, los labios algo separados y las manos, desprovistas de anillos, relajadas a uno y otro lado. Los zapatos de tacón de aguja la erigían, muy por encima del metro ochenta, como belleza alta y fuerte, con una espesa melena que le caía desbordante sobre los hombros. Los peluqueros de mayor renombre de Nueva York se esmeraban en identificar el color de aquel cabello con una única palabra. Primero se decantaron por el «champaña», luego por el «whisky» y al final incluso por la «melaza», pero nunca quedaban enteramente satisfechos, porque su pelo, además de reflejar todos esos colores, era un compendio de los tonos del rubio, variables según la luz.

Y no era solo su cabello lo que inspiraba la imaginación. Todo lo referido a la Niña Brillante daba lugar a superlativos. Años antes se había producido un hecho que pronto se convirtió en anécdota célebre: un temperamental editor de moda había despedido a un colaborador por cometer el error de describir aquellos célebres ojos como «pardos». El mismo editor se apresuró a reescribir el artículo para dejar claro que los iris de Fleur Savagar eran «de marmóreas vetas doradas y terrosas con sorprendentes irrupciones de verde esmeralda».

En esa noche de septiembre de 1982, la Niña Brillante aparecía más bella que nunca ante el público. Sus ojos no-simple-mente-de-color-pardo tenían una expresión altiva y el mentón se adelantaba casi con arrogancia, pero por dentro Fleur Savagar estaba aterrorizada. Aspiró profundamente y se obligó a recordar que la Niña había crecido, que no iba a volver a permitir que le hicieran daño.

Miró hacia la multitud. Diana Vreeland, impecablemente vestida con una capa de noche de Yves Saint Laurent y pantalones negros de seda, estudiaba una cabeza de bronce de Benín, mientras Mijaíl Barishnikov lucía los hoyuelos de sus mejillas en el centro de un grupo de mujeres más interesadas por el encanto ruso que por el arte étnico africano. En una esquina, un presentador de televisión con su dicharachera esposa conversaban con una actriz francesa cuarentona que hacía su primera aparición pública después de un lifting facial no demasiado discreto, mientras que más allá la bonita modelo y mujer de un productor de Broadway notoriamente homosexual permanecía a solas vestida con un Mollie Parnis que desatinadamente había dejado abierto hasta la cintura.

El vestido de Fleur era diferente de todos los demás. Su diseñador se había esforzado para que así fuera.

«Tienes que ser elegante, Fleur. ¡Elegancia, elegancia y más elegancia! ¡Guerra a la vulgaridad!»

Había cortado al bies una pieza alargada de raso bronceado para confeccionarle un vestido largo de líneas nítidas, cuello alto y sin mangas. A medio muslo, había realizado un largo tajo en diagonal hacia el tobillo opuesto y rellenado el espacio resultante con una cascada de volantes del point d'esprit más diminuto y negro. Y había bromeado sobre los volantes, diciendo que eran un obligado camuflaje para pies tan enormes.

Los rostros empezaron a volverse hacia ella y ella supo que la curiosidad de los presentes se transformaba en reconocimiento. Lentamente soltó la respiración. Se oyó un murmullo en la galería. Un fotógrafo barbudo volvió su Hasselblad, hasta entonces dedicada a la actriz francesa, para enfocar a Fleur y tomó la fotografía que por la mañana ocuparía la primera página de Women's Wear Daily.

Al otro lado de la sala, Adelaide Abrams, la columnista de ecos de sociedad más leída de Nueva York, miró hacia el arco de entrada. ¡No podía ser! ¿No era aquella Fleur Savagar, por fin de vuelta? Adelaide se apresuró hacia ella y chocó con un magnate de la industria inmobiliaria. Buscaba con frenesí a su propio fotógrafo, pero solo pudo comprobar que la nafka de Harper's Bazaar corría hacia la entrada. Adelaide empujó a dos sorprendidos personajes y, como si de Secretariat en pos de la Triple Corona se tratara, llegó al sprint hasta Fleur Savagar.

Fleur, que había observado la carrera entre la de Harper's y Adelaide Abrams, no podía asegurar si se alegraba de que hubiese ganado la última. Aquella columnista era un pájaro de cuidado y con muchos años en el oficio, de manera que no iba a resultar fácil quitársela de encima con medias verdades y respuestas vagas. Pero Fleur la necesitaba.

—Dios mío, Fleur, ¿de verdad eres tú? ¡No puedo creer lo que ven mis ojos! Madre mía, ¡estás guapísima!

—A ti también te veo bien, Adelaide.

Fleur tenía un acento vagamente del Medio Oeste, agradable y melodioso. Escuchándola, nadie podría pensar que el inglés no era su lengua materna. Su barbilla rozó los cabellos teñidos de henna de Adelaide al inclinarse para el intercambio de besos en el aire. Adelaide la llevó hacia un extremo de la sala, apartándola con destreza de los demás miembros de la prensa.

—El setenta y seis también fue un mal año para mí, Fleur —dijo—. Pasé por la menopausia. Espero que Dios te dispense del infierno que sufrí yo. Si me hubieras dado la exclusiva me habrías levantado el ánimo, seguro. Pero supongo que tenías demasiadas cosas en la cabeza como para acordarte de mí. Y luego, cuando por fin apareciste en Nueva York... —Le dio unos toquecitos en la barbilla con el dedo—. Digamos que eso me disgustó.

—Cada cosa a su tiempo.

—¿Eso es todo lo que vas a decirme?

Fleur le respondió con lo que consideró una sonrisa inescrutable y tomó una copa de champán de un camarero que pasaba.

Adelaide también se agenció una.

—Nunca olvidaré tu primera portada para Vogue. Jamás, ni que viva cien años. Esa osamenta tuya... y esas manos maravillosas, tan grandes. Sin anillos, sin manicura. Te fotografiaron con pieles y con una gargantilla de diamantes de Harry Winston que debían de valer un cuarto de millón.

—Sí, lo recuerdo.

—Cuando desapareciste nadie se lo podía creer. Y luego Belinda... —Una expresión calculadora iluminó su rostro—. ¿La has visto últimamente?

Fleur no iba a hablar sobre Belinda.

—He estado en Europa la mayor parte del tiempo. Tenía que arreglar varios asuntos.

—Eso puedo entenderlo. Eras una chica muy joven. Se trataba de tu primera película y no se puede decir que tuvieras una infancia normal. La gente de Hollywood peca muchas veces de insensibilidad, al contrario de lo que ocurre con nosotros los neoyorquinos. Seis años y luego vuelves. Pero no eres tú. ¿Qué asuntos son esos que llevan seis años?

—Las cosas se complicaron. —Y miró hacia el otro lado para dar a entender que daba el tema por zanjado.

Adelaida cambió de táctica.

—Así que dime, doña misteriosa, ¿cuál es tu secreto? Es difícil de creer, pero resulta que estás mejor que cuando tenías diecinueve años.

A Fleur le pareció un cumplido interesante. A veces, cuando miraba sus fotografías, percibía la belleza que la gente veía en ella, pero únicamente si lo hacía con desapego, como si la imagen perteneciera a otra persona. Por mucho que quisiera creer que los años habían aportado fuerza y madurez a sus rasgos, ignoraba cómo percibían esos cambios los demás.

Fleur no tenía vanidad personal y nunca había logrado entender a qué se debía tanto jaleo a su alrededor. Su rostro era demasiado anguloso. Esos huesos que encantaban a fotógrafos y editores de moda a ella le parecían masculinos. Y en cuanto a la estatura, las manos y los grandes... ¡Por favor!

—La que tiene secretos eres tú —le respondió al fin—. Tienes una piel maravillosa.

Adelaide se permitió sentirse halagada durante un segundo antes de desechar el cumplido.

—Háblame de este vestido que llevas. Hace años que nadie lleva nada parecido. Me trae recuerdos de la moda de otra época. —Señaló con la cabeza hacia la mujer de cremallera abierta del productor—. Antes de que la chabacanería remplazara al estilo.

—Su diseñador vendrá más tarde. Es extraordinario. Tienes que conocerlo. —Fleur sonrió—. Y será mejor que hable con la de Harper's antes de que te dispare por la espalda.

Adelaide le tocó el brazo y Fleur percibió lo que le parecía auténtica preocupación en su rostro.

—Espera. Antes de que te vuelvas, tienes que saber que Belinda acaba de entrar.

Una sensación extraña y mareante invadió a Fleur. No se lo había esperado. ¡Qué estúpida había sido! Tenía que haber pensado que... Sin siquiera comprobarlo, podía asegurar que todas las miradas estaban pendiente de ellas en ese mismo momento. Se volvió lentamente.

Belinda se aflojaba el fular que llevaba debajo del abrigo de piel de marta. Se quedó como petrificada

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