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UNA DAMA INOCENTE (FAMILIA REID 3)

Johanna Lindsey  

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Fragmento

1

El palacio de Buckingham. Rebecca Marshall seguía sin poderse creer que fuera a vivir allí. Hacía apenas una semana que lo sabía y aún no había logrado asimilarlo. Pero ahí estaba.

La sorpresa más grande en sus dieciocho años de vida había sido convertirse en dama de honor de la corte de la reina Victoria. Su madre, Lilly, había esperado que otorgaran a su hija esa privilegiada posición, aunque Lilly no le había contado a Rebecca que había tenido que pedir unos cuantos favores para que la aceptaran. No había querido que su hija se llevara una decepción si al final no lo conseguía.

Pero sin duda Rebecca no se habría llevado ninguna decepción. Ser dama de honor en la corte no había sido algo a lo que ella aspirase, sino su madre. Lilly le había hablado muy a menudo de cómo había perdido la oportunidad de ser dama de honor o incluso dama de cámara de la reina al convertirse en una mujer casada. Su familia siempre había sido simpatizante de los Tories, igual que su marido. Y con los Whigs en el gobierno y campando a sus anchas en la corte, Lilly había sido incapaz de lograr su más preciado deseo hasta que, finalmente, había renunciado a él. Después de todo, el partido político Whig llevaba demasiado tiempo al frente del Parlamento.

Pero los Tories, que ahora eran conocidos con el nombre de conservadores, habían recuperado por fin el poder, y sir Robert Peel era el nuevo primer ministro. Adiós a lo viejo, bienvenido lo nuevo, por así decirlo. Cuando se comenzaron a hacer los nuevos nombramientos, Lilly se apresuró a solicitar uno para Rebecca. No había garantía alguna de que su hija lo consiguiera, ya que había habido muchas peticiones. Pero la semana anterior habían recibido la carta de confirmación y, como una jovencita excitable y emocionada, la madre de Rebecca había comenzado a dar gritos de alegría después de leerla. Una alegría que había resultado muy contagiosa.

La última semana había sido un torbellino. Madre e hija apenas habían comenzado a organizarse para la temporada que pasarían en Londres durante el próximo invierno, para lo cual faltaban todavía algunos meses y ahora se encontraban con que tenían que elaborar un nuevo guardarropa para Rebecca, ¡a marchas forzadas! Tuvieron que contratar a más modistas y tomar infinidad de decisiones. Hicieron multitud de viajes al cercano pueblo de Norford, a veces incluso un par de veces al día. Todo ello envuelto por la excitación y la interminable cháchara de Lilly sobre la oportunidad de oro que se le había presentado a su hija.

Sería el mayor cambio en la vida de Rebecca desde la muerte de su padre. El conde de Ryne había muerto cuando ella sólo tenía ocho años. Lilly jamás había considerado la idea de volver a casarse. El título había ido a parar a un primo lejano del conde, pero la mansión en que residían cerca de Norford, donde Rebecca había crecido, no formaba parte del legado. La joven había pasado allí toda su vida, donde vivían sus amigos más íntimos. Lilly no había estado dispuesta a separarse de ella, así que había hecho los arreglos necesarios para que Rebecca dispusiera de los mejores tutores allí mismo, en casa.

Rebecca se había mostrado encantada con aquella disposición, pues de esa manera su madre y ella pudieron pasar más tiempo juntas. Las dos eran expertas amazonas y montaban cada vez que el clima se lo permitía. Sería una de las cosas que Rebecca echaría de menos, igual que echaría de menos a las amistades que tenían en Norford; siempre había habido alguien que iba a visitarlas o alguna reunión a la que asistir. Aunque Norford estaba sólo a unas horas a caballo de Londres, Lilly estaba resuelta a darle algún tiempo a Rebecca para que se acostumbrara a su nueva posición antes de ir a visitarla. No quería dar la impresión de ser una madre excesivamente protectora, ¡aunque eso es lo que era!

En realidad, ser dama de honor de la reina era la segunda oportunidad de oro que se le presentaba a Rebecca y sobre la que madre e hija habían discutido extensamente. La primera había surgido hacía cinco años, cuando las dos habían estado totalmente de acuerdo con la elección del futuro marido de Rebecca. Ni siquiera habría tenido que presentarse en sociedad si hubiera podido captar la atención del hombre en cuestión, Raphael Locke, el heredero del duque de Norford, su vecino. ¡Habría sido tan conveniente! Pero tan preciado ejemplar masculino había sido cazado por otra mujer antes de que Rebecca tuviera edad para casarse y ahí habían acabado sus sueños.

Una pena. Había esperado formar parte de tan interesante familia. Preston Locke, el duque, tenía cinco hermanas, todas ellas estaban casadas y ahora residían en otros lugares, pero volvían a menudo a Norford de visita. Lilly le había contado historias de aquellos días en que las hermanas del duque vivían todavía en la mansión y cómo los Locke habían presidido la sociedad local. De hecho, alguna de las fiestas más fastuosas a las que Rebecca había asistido había sido organizada en Norford Hall cuando ella era niña. Se había relacionado mucho con la familia al hacerse amiga de la hermana menor, Amanda Locke. Fue una lástima perder el contacto con ella cuando enviaron a Amanda a un colegio privado.

Después de aquello, el duque no había organizado grandes eventos ya que él y su anciana madre se habían quedado solos en aquella enorme casa. Su esposa había muerto hacía años y, aunque todas las damas casaderas de los alrededores habían intentado pescarle, él permanecía viudo. Y ahora era Ophelia Locke, la mujer que había conquistado el corazón de Raphael antes de que Rebecca tuviera la oportunidad de intentarlo, el alma de la sociedad local.

Dos oportunidades perdidas con tan ilustre familia: una buena amiga y un marido. Pero ahora tenía una nueva oportunidad. ¡Sería dama de honor en la corte de la reina Victoria! Rebecca conocía los beneficios que aquello le reportaría. La posición que desempeñaría era comparable a asistir a la academia para señoritas más prestigiosa del mundo. Conocería a las personas más importantes de Inglaterra y a la realeza del continente. No tenía que esperar a que la presentaran en sociedad cuando formaba parte de la corte de una reina a la que le encantaban las fiestas. Si tenía suerte, incluso la propia reina escogería al futuro marido de Rebecca. Todo era posible.

Milagrosamente, el guardarropa de Rebecca estuvo terminado a tiempo para su partida para Londres, aunque era mucho más ostentoso de lo que habría sido para una temporada normal. Lilly no había escatimado en gastos y había decidido acompañar a Rebecca y a su doncella, Flora, a Londres.

No era la primera vez que Rebecca estaba en Londres. Había ido de compras en algunas ocasiones y por supuesto, cuando Lilly había tenido que asistir a una carrera de caballos en la que corría una de sus yeguas y a la boda de una antigua amiga, Rebecca la había acompañado. Pero era la primera vez que veía el palacio de Buckingham. No había habido ninguna razón para visitarlo antes, ya que ningún monarca había morado allí hasta entonces.

Tras bajarse del carruaje con su madre y Flora, Rebecca observó con temor la formidable edificación en la que viviría durante meses, posiblemente años. ¡Era más grande de lo que había imaginado! Incluso el arco de mármol de la entrada era de ¡doble altura! Los guardias del palacio marchaban ante la puerta con sus uniformes brillantes y llenos de colorido. Otras personas traspasaron aquel enorme arco que Rebecca atravesaría de un momento a otro.

No obstante, los pies de la joven se quedaron inmóviles. El nerviosismo amenazaba con abrumarla. Ya sabía que Lilly no la acompañaría al interior, pero ¡no estaba preparada para despedirse! Jamás había tenido que decirle adiós a su madre antes, no de esa manera.

Lilly le cogió la mano y se la apretó. Rebecca entendió perfectamente aquel sencillo gesto. Su madre la estaba animando a

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