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UNA EDUCACIóN

Tara Westover  

5


Fragmento

Prólogo

Estoy encima del vagón rojo abandonado, al lado del establo. Cuando el viento arrecia, el pelo me azota la cara y el frío se me cuela por el cuello abierto de la camisa. Los vendavales son fuertes cerca de la montaña, como si la cumbre misma exhalara. El valle está tranquilo, sin que nada lo perturbe. Entretanto, nuestra granja baila: las rotundas coníferas se balancean despacio mientras tiemblan la artemisa y los cardos, que se inclinan ante las ráfagas y las corrientes. Detrás de mí, una colina suave asciende para unirse a la base de la montaña. Si miro hacia arriba, veo la forma oscura de la Princesa India.

La colina está revestida de trigo almidonero. Si las coníferas y la artemisa son solistas, el trigal es un cuerpo de baile en el que cada tallo sigue a los demás en arranques de movimiento y un millón de bailarinas se comban, una tras otra, cuando el ventarrón les abolla la dorada cabeza. La forma de la abolladura se mantiene solo un instante, y es lo más cerca que estamos de ver el viento.

Al volverme hacia nuestra casa, situada en la ladera, percibo movimientos de un género distinto, sombras alargadas que se abren paso con rigidez entre las corrientes. Mis hermanos varones se han levantado y miran qué tiempo hace. Imagino a mi madre frente a los fogones, donde prepara tortitas de harina y salvado. Visualizo a mi padre encorvado junto a la puerta trasera, atándose los cordones de las botas de seguridad para luego enfundarse los guantes de soldador en las manos encallecidas. El autobús escolar pasa por la carretera sin detenerse.

Aunque solo tengo siete años, sé que ese hecho, más que ningún otro, diferencia a mi familia: nosotros no vamos a la escuela.

A papá le preocupa que el Gobierno nos obligue a ir, pese a que no puede obligarnos porque no sabe de nuestra existencia. De los siete hijos de mis padres, cuatro no tenemos partida de nacimiento. No tenemos historia clínica porque nacimos en casa y nunca hemos ido a una consulta médica o de enfermería.[1] No tenemos expediente escolar porque jamás hemos pisado un aula. Cuando cumpla nueve años, inscribirán mi nacimiento en el registro civil, pero ahora, según el estado de Idaho y el gobierno federal, no existo.

Sí existía, desde luego. Había crecido preparándome para los Días de Abominación, esperando a que el sol se oscureciera y la luna rezumara sangre. En verano elaboraba conservas de melocotón y en invierno reordenaba las provisiones según su caducidad. Cuando el Mundo de los Humanos se viniera abajo, mi familia seguiría adelante, incólume.

Me habían educado en los ritmos de la montaña, en los que el cambio no era esencial, sino tan solo cíclico. Todas las mañanas aparecía el mismo sol, que después de recorrer el valle descendía detrás del pico. La nieve caída en invierno se derretía en primavera. Nuestra vida era un ciclo —el ciclo del día, el ciclo de las estaciones—, un círculo de cambio perpetuo que, una vez completado, significaba que nada había cambiado. Creía que mi familia formaba parte de ese modelo inmortal, que en cierto sentido éramos eternos. Pero la eternidad pertenecía solo a la montaña.

Mi padre contaba una historia acerca del pico, antiguo y grandioso como una catedral. Si bien en la cordillera había otros más altos e imponentes, Buck’s Peak era el de factura más bella. Con una base que se extendía un kilómetro y medio, su masa oscura surgía de la tierra y se elevaba para formar un chapitel perfecto. Desde cierta distancia se distinguía la huella de un cuerpo femenino en la cara de la montaña: las enormes quebradas constituían las piernas; el pelo era un conjunto de pinos dispuestos en abanico sobre la cresta septentrional. Su actitud era imperiosa, con una pierna adelantada en un movimiento vigoroso, más una zancada que un paso.

Mi padre la llamaba la Princesa India. Todos los años, cuando la nieve empezaba a fundirse, emergía de cara al sur para observar el regreso de los búfalos al valle. Mi padre decía que los indios nómadas esperaban su aparición como un indicio de la primavera, una señal de que la montaña se deshelaba, de que el invierno había terminado y de que había llegado la hora de volver a casa.

Todos los relatos de mi padre giraban en torno a nuestra montaña, nuestro valle, nuestro abrupto pedacito de Idaho. Nunca me advirtió de lo que debía hacer si me marchaba de la montaña, si cruzaba océanos y continentes y acababa en un territorio desconocido, donde ya no podría buscar en el horizonte a la Princesa. Nunca me contó cómo sabría cuándo había llegado la hora de volver a casa.

PRIMERA PARTE

1

Escoger lo bueno

Mi recuerdo más vivo no es un recuerdo. Es algo que imaginé y que luego llegué a evocar como si hubiera sucedido. Se formó cuando tenía cinco años, poco antes de que cumpliera los seis, a partir de una historia que mi padre contó con tanto detalle que cada uno de mis hermanos y yo fraguamos nuestra propia versión cinematográfica, con tiros y gritos. En la mía había grillos. Es lo que oigo cuando mi familia se acurruca en la cocina, con las luces apagadas, para esconderse de los federales que rodean la casa. Una mujer alcanza un vaso de agua y su silueta queda iluminada por la luna. Resuena un disparo como un trallazo y la mujer se desploma. En mi recuerdo es mi madre quien cae, y lleva un bebé en brazos.

Lo del bebé no cuadra —soy la menor de los siete hijos de mi madre—, pero, como he dicho, nada de eso ocurrió.

Una noche, un año después de que mi padre nos contara esa historia, nos reunimos para escucharle leer a Isaías, la profecía sobre Emmanuel. Estaba sentado en nuestro sofá color mostaza, con una Biblia enorme abierta sobre el regazo y mi madre al lado. Los demás nos habíamos desperdigado sobre la mullida moqueta marrón.

—«Comerá mantequilla y miel —salmodiaba papá con voz débil y monótona, agotado tras una larga jornada acarreando chatarra—, hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno.»

Siguió una pausa densa. Permanecimos en silencio.

Pese a no ser alto, mi padre era capaz de imponerse en una habitación. Poseía prestancia, la solemnidad de un oráculo. Sus manos, recias y curtidas —las manos de un hombre que había trabajado mucho toda su vida—, agarraban con firmeza la Biblia.

Leyó el fragmento en voz alta una segunda vez; luego, una tercera y una cuarta. Con cada repetición su tono se volvía más agudo. Sus ojos, hinchados de cansancio poco antes, estaban muy abiertos y alertas. La frase contenía una doctrina divina, afirmó. Consultaría al Señor.

A la mañana siguiente sacó del frigorífico la leche, el yogur y el queso, y al atardecer regresó a casa con doscientos litros de miel en el camión.

—Isaías no dice qué es lo malo, si la mantequilla o la miel —comentó con una sonrisa de oreja a oreja mientras mis hermanos arrastraban las cubas blancas hasta el sótano—. Pero si le preguntáis, el Señor sí os lo dirá.

Leyó el versículo a su madre, que se le rio en la cara.

—Tengo unos peniques en el monedero —le dijo ella—. Más vale que te los quedes. Con tu sesera no conseguirás nada más.

La abuela tenía la cara delgada y angulosa y un surtido ilimitado de falsas joyas indias, todas de plata y turquesa, que le colgaban en racimos largos y finos de los dedos y el cuello. Como vivía más abajo que nosotros, cerca de la carretera, la llamábamos «abuela de colina abajo». Así la distinguíamos de la abuela materna, a la que llamábamos «abuela de la ciudad» porque vivía veinticinco kilómetros al sur, en la única ciudad del condado, que tenía un solo semáforo y un supermercado.

Papá y su madre se llevaban como dos gatos con las colas atadas entre sí. Podían pasarse una semana entera hablando sin ponerse de acuerdo en nada, pero les unía su veneración por la montaña. Mi familia paterna llevaba un siglo viviendo en la falda de Buck’s Peak. Mientras que las hermanas de papá se marcharon al casarse, él se quedó, construyó una casucha amarilla, que no llegó a terminar, más arriba de la vivienda de su madre y plantificó un desguace —uno de varios— en la base de la montaña, al lado del cuidado césped de la abuela.

Discutían a diario. Porfiaban sobre la suciedad del desguace y más a menudo sobre nosotros, los críos. La abuela opinaba que debíamos estar en la escuela en lugar de «vagar por la montaña como unos salvajes», según sus propias palabras. Mi padre afirmaba que la escuela pública era una artimaña del Gobierno para alejar de Dios a los niños. «Para el caso daría igual entregar a mis hijos al mismísimo diablo —decía— que enviarlos a la escuela.»

Dios ordenó a mi padre que compartiera la revelación con quienes vivían y trabajaban en la sombra de Buck’s Peak. Casi todos se reunían los domingos en la iglesia, una capilla de color nogal situada al lado de la carretera, con el campanario, pequeño y sobrio, típico de los templos mormones. Papá abordó a los padres cuando se levantaban de los bancos. Empezó por su primo Jim, quien le escuchó con aire afable mientras papá agitaba la Biblia y le informaba de que la leche era pecaminosa. Jim sonrió de oreja a oreja, le dio unas palmadas en la espalda y afirmó que ningún Dios justo privaría al hombre de un helado de fresa casero en las calurosas tardes de verano. Su mujer le tiró del brazo. Cuando Jim pasó por nuestro lado percibí un olorcillo a estiércol. Entonces lo recordé: la enorme granja lechera situada a menos de dos kilómetros al norte de Buck’s Peak era suya.

Después de que a mi padre le diera por predicar contra la leche, la abuela llenó de ella la nevera. Si bien el abuelo y ella solo la tomaban desnatada, no tardó en tener también semidesnatada, entera e incluso con chocolate. Por lo visto consideró importante mantenerse firme en ese aspecto.

El desayuno se convirtió en una prueba de lealtad. Todas las mañanas nos sentábamos alrededor de una gran mesa, de madera de roble rojo reciclada, a tomar un tazón de siete cereales con miel y melaza, o bien tortitas de siete cereales también con miel y melaza. Como éramos nueve, las tortitas siempre quedaban crudas por dentro. No me importaba comerme los cereales si podía remojarlos en leche para que la nata apelotonara el grano molido y penetrara en los grumos, pero desde la revelación nos los tomábamos con agua. Era como zamparse un tazón lleno de barro.

No tardé en pensar en toda la leche que se estropeaba en la nevera de la abuela. Entonces adquirí la costumbre de saltarme el desayuno todos los días para ir derecha al establo. Echaba de comer a los cerdos, llenaba el abrevadero de las vacas y los caballos, cruzaba de un b

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