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UNA ESPOSA PARA EL HEREDERO (AMOR AMOR 1)

Mile Bluett  

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Fragmento

1

La Habana, Cuba. Abril de 1856

¿Se puede morir de amor? El amor todo lo soporta, el sacrificio innombrable, el paso del tiempo, aunque el dolor se apelmace en el pecho y los ojos se llenen de lágrimas.

Hugo Buenaventura Morell y Sequeira había dejado de jugar, justo cuando su tutor, el marqués de Morell de Santa Ana, le puso un alto a sus correrías de señorito de cuna noble, que no usaba el tiempo para algo de provecho. Su benefactor le hizo la pregunta a la que temía el joven desde su adolescencia, cuando sellaron ese trato para el que a sus doce años no estaba preparado. Ya con veinticuatro sentía nuevamente la presión del marqués.

—No podemos seguir esperando por tu decisión, mis hijas deben tomar esposos o se quedarán para vestir santos. ¿Cuánto más tendré que esperar? ¡Llevamos años en esto! Elijes o escojo por ti. ¿Te has retractado de tu palabra? ¿Acaso no tienes honor?

Al interpelado se le apretó el pecho, no quería enfrentarse a esa decisión, se había convertido en su mayor tormento cuando entendió el significado de la palabra casamiento. Bajó los ojos para que la oscuridad que se acentuaba en ellos no lo delatara, la coacción lo inquietaba. Se acomodó el oscuro cabello, ganó tiempo al alejar unos mechones revoltosos que se acercaban a sus mejillas; puestos en su sitio y manteniendo intacta su compostura, como acostumbraba, recordó cada una de las condiciones que toleró al aceptar convertirse en el heredero del primo de su padre, su excelencia Rómulo Morell y Ramírez de Aguilar, el actual marqués de Morell de Santa Ana, quien además gozaba de la Grandeza de España. El marqués lo aceptaba como su heredero siempre que después de su mayoría de edad desposara a una de sus hijas. Siendo casi un niño, huérfano de padre, con su madre enferma y una hermana pequeña por quien velar, Hugo Buenaventura firmó con mano temblorosa aquel documento que el noble le había extendido; aceptó tomar el barco con él y su familia desde España a la isla de Cuba donde había pasado la mitad de su vida.

Su firma la ratificó más tarde al alcanzar la mayoría de edad. El señor marqués había cumplido, se había ocupado de todo. La madre de Hugo, gracias a las medicinas, una cama caliente y una buena alimentación se había fortalecido, y su hermana menor había crecido rodeada del lujo y la comodidad a la que estaban acostumbradas las hijas de su protector. El joven había sido formado en los más costosos colegios de La Habana y de España. Justo al regresar, concluida su educación, su excelencia le exigió trabajar por el patrimonio que heredaría y cumplir con una de las obligaciones de los hombres virtuosos: el santo matrimonio. Lo primero lo hizo con ahínco; el marqués estaba orgulloso de su habilidad para los negocios, de su ojo crítico para elegir los mejores proyectos, de su discurso convincente para cerrar un trato, de su responsabilidad. Lo segundo lo pospuso.

Aunque el marqués estaba urgido por casar a una de sus hijas con el heredero, terminaba por ceder, y la mano dura que siempre había tenido para exigirles a todos, frente a ese joven impetuoso, se volvía mansa. Le recordaba a sí mismo en su juventud, revivía sus años mozos al contemplarlo, pleno, seguro, irguiéndose poderoso sobre el destino que le había trazado, como si fuera el hijo varón que la vida le había negado. Pero también estaban sus hijas y su esposa; Hugo heredaría la fortuna familiar, tenía que asegurarse en vida de que el joven no las dejaría desamparadas más adelante. Usó su poder para doblegarlo:

—Vamos, Hugo. Solo tienes que decir un nombre, ¿con cuál te casarás? Te doy hasta mañana, muchacho —le dijo con esa palabra que usaba para dirigirse a él desde que lo había conocido como un chico mal vestido y pobre, al que le dio la oportunidad de su vida.

Un día más y la decisión que le robaba la soltería a Hugo, de la que no quería desprenderse, estaría tomada, sabía que no podía rebelarse. Durante la cena se las quedó mirando con disimulo a las señoritas, no era la primera vez que lo hacía, pero en ese momento su intención era sopesar con quién se desposaría.

—¿Así que pronto habrá boda? —preguntó su excelencia Lucrecia de la Concordia García de Lisón de Morell, la marquesa de Morell de Santa Ana—. Ya era hora. El señorito se ha tomado su tiempo y nos ha hecho esperar; con lo que nos gustan las fiestas.

La madre de Hugo, doña Alma Sequeira, viuda de Morell, la miró displicente; sabía que la celebración era lo último que le preocupaba, pero, como la mayoría de las veces, no dijo nada; a ella no le importaba romper con esa familia y regresar a España. La reticencia de Hugo no venía dada porque sintiera repulsión por unirse a una de las candidatas, al contrario, las hijas del marqués eran bellas. La decisión sería muy difícil y Hugo temía fallar, iba a elegir a la compañera para toda su vida y, aunque esta, en los últimos años había dado un giro hacía la diversión y la banalidad, tomaba muy en serio el matrimonio. Su difunto padre, don Héctor, siempre le había inculcado casarse por amor. A diferencia de su excelencia, que había aceptado un casamiento arreglado, según las costumbres, y lo incitaba a seguir sus pasos.

Altagracia era la mayor, tres años menor que Hugo; su hermosura era exquisita, su cabello castaño rojizo cual cascada crecida no pasaba desapercibido, su rostro parecía haber sido labrado con el cincel de la perfección, una piel tan blanca que dejaba traslucir sus venas azules y que contrastaba con sus ojos oscuros, como la noche y el día. Con un efecto embriagador en los caballeros, pero con el mismo carácter impetuoso de su madre, lo que volvía cualquier propuesta de matrimonio temeraria. Era la más dominante de las tres. Hugo sabía que podría encontrar placer entre sus sábanas, pero no estaba dispuesto a soportarla más allá; ya había probado cuan asfixiante podía ser durante doce años, así que decidió resistirse a sus encantos; era una fruta muy tentadora pero peligrosa. Le gustaba contrariarla, ver el mohín de desagrado que hacía con la boca cuando no se salía con la suya, pero no estaba dispuesto a dejarse atrapar por una mujer que sería una perfecta domadora de hombres. Cuando intentó girarse a la siguiente hermana, Altagracia bebió un sorbo de agua con tal premura que cautivó su mirada; Hugo se perdió en ella tan indiscretamente que doña Alma, a su lado, le dio un ligero codazo para rescatarlo del embrujo de los grandes ojos de la primogénita.

La segunda, apenas de veinte años, era Úrsula, también preciosa; sus ojos verdes y angelicales eran custodiados por frondosas pestañas que siempre bajaban hasta rozar sus mejillas cuando él osaba hacerle algún cumplido. Poseía una personalidad opuesta a la de su hermana mayor. De las tres, era su mejor amiga, con quien podía conversar con verdadero gozo y la que tenía el corazón más noble. Su piel cetrina y su cabello castaño también rojizo, pero aún más rebelde que el de su hermana, la hacían lucir como el fruto prohibido; solía elegir los conjuntos más cubrientes y los peinados más recatados para no revelar la sensualidad que poseía. En alguna ocasión, le había suplicado a Hugo que no la eligiera como futura esposa porque su vocación era la religiosa y, aunque sus padres, a pesar de ser muy creyentes, no estaban de acuerdo, ella quería luchar por su fervor. Él le había asegurado que no interferiría en sus planes.

Las había podido conocer bastante. Cuando la familia estaba a solas, les daban suficientes libertades para que interactuaran. Algún día él tendría que casarse con una y querían propiciar su inclinación hacia las señoritas. Eso sí, siempre tenían la supervisión de la marquesa, que no se les despegaba a sus hijas ni a sol ni a sombra, y señalaba cuando el tono o la familiaridad sobrepasaban las buenas maneras.

En cuanto a la tercera, María Teresa, hacía años que no la veía; sus problemas de salud hacían que el clima húmedo de la isla le desfavoreciera, así que el marqués resolvió el conflicto mandándola a estudiar a España. La hermana de Hugo, Margarita, la había acompañado y estaban bajo el control estricto de la abuela materna de la señorita. Él emitió un suspiro al evocarla. La recordaba como una chiquilla alegre, flacucha, sobreprotegida, que sacaba lo peor de la madre tras el estado de nervios en el que la ponía cada vez que se enfermaba. No pudo profundizar en sus rasgos, Altagracia le robó la atención una vez más con una pregunta:

—¿Es cierto lo que dicen, que el señor Carlos Enrique del Alba se ha casado con una dama de dudosa reputación y que su boda fue en el extranjero, de una forma peculiar, para esquivar lo que opinaría la alta sociedad habanera?

—Excúseme de hablar de ese tema, señorita Altagracia —pidió Hugo y volvió a despegar sus encarnados labios, que contrastaban de manera pecaminosa con su piel nívea, para agregar—: Sabe que el señor del Alba es un gran amigo y no acostumbro a discutir sobre quienes aprecio.

—Valioso, amigo —espetó la señora marquesa entornando sus hermosos ojos—. Mira cómo ha terminado; su padre ha de estar revolcándose en su tumba. Nunca estuve de acuerdo con que te llevara a los sitios que frecuentaba, pero, claro, son temas de hombres en los que no me concierne opinar.

—Entonces no te sientas obligada a hacerlo, querida —le sugirió el marqués para silenciarla. Había consentido la amistad entre su protegido y el señor Carlos Enrique del Alba, había sido muy unido al padre de este y le pareció adecuado que guiara a Hugo para que terminara de convertirse en hombre, luego le pesó cuando el libertinaje de los dos se fue a los extremos, pero él mismo no había sido diferente en su juventud, pensaba que su muchacho se asentaría cuando contrajera matrimonio; solo esperaba que lo hiciera de una buena vez.

La cena concluyó y, a duras penas, Hugo logró zafarse de los sugestivos y hechiceros ojos de Altagracia y de sus preguntas sobre este o aquel tema, que terminaban involucrando a todos los comensales. Antes de escabullirse, le dedicó un lánguido pensamiento a María Teresa, la tercera opción, que recién había cumplido sus dieciocho años y, sin reparar en detalles de la más joven de las hermanas, subió a refugiarse en su alcoba. Aunque la prisa lo acompañaba, su madre llegó hasta él y logró sorprenderlo; lo miró como solía hacer, con esa fuerza que amenazaba con desnudarle el alma. Era la única a la que no le podía mentir.

—Hugo, hijo mío —dijo preocupada.

—Madre, ¿qué la atormenta?

—Te acercas a los veinticinco años y, aunque tienes tres señoritas a tus pies, continúas resistiéndote. Sabes que me daría dicha verte casado, con hijos, pero nada de eso vale la pena si no eres feliz. No lo hagas por tu hermana ni por mí, ya has entregado doce años de tu vida por nosotras. Si el futuro que su excelencia te ha trazado está lejos de lo que clama tu corazón, no tienes que conformarte. ¿Acaso estás enamorado de otra joven? ¿O temes renunciar a tu libertad? Tu padre jamás consentiría tu matrimonio sin amor, no luchamos tanto para sacrificarte al final.

Hugo tomó las manos de su madre, esas que tantas caricias le habían prodigado, y las besó, luego intentó calmarla:

—Jamás pisotearía mi propio honor. Le he dado mi palabra a su excelencia y no pienso defraudarlo. Nos ha cobijado y nos ha procurado las mismas atenciones que a los de su familia.

—Pero su protección tiene un precio.

—¿Le llamas sacrificio a tener un techo, comida, educación? Y sin remilgos, el marqués nunca nos ha hecho sentir que vivimos d

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