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UNA FáBULA

William Faulkner

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Fragmento



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Portadilla

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Dedicatoria

Agradecimientos

Miércoles

Lunes - Lunes por la noche

Martes por la noche

Lunes - Martes - Miércoles

Martes - Miércoles

Martes - Miércoles - Miércoles por la noche

Miércoles por la noche

Jueves - Jueves por la noche

Viernes - Sábado - Domingo

Mañana

Notas

Sobre el autor

Créditos

Para mi hija, Jill



A William Bacher y Henry Hathaway, de Beverly Hills, California, a quienes debo la idea primera de la que creció este libro hasta su forma actual; a James Street, el autor de la obra Look Away en donde leí la historia del ahorcado y del pájaro; y a Hodding Carter y Ben Wasson, de la Levee Press, que publicaron en una edición limitada la versión original de la historia del caballo robado, en testimonio de mi viva gratitud.

Miércoles

Mucho antes de que en los cuarteles del interior de la ciudad y en los campamentos que la rodeaban sonaran las primeras cornetas, la mayoría de la población estaba ya despierta. No fue necesario que abandonaran las colchonetas de paja ni los delgados jergones de las casas de vecindad semejantes a colmenas, porque, a excepción de los niños, muy pocos se habían acostado. Habían permanecido apiñados, en una vasta hermandad muda de temor y ansiedad, en torno al mezquino fuego de braseros y hogares, hasta que finalmente se consumió la noche y comenzó un nuevo día de ansiedad y de temor.

El regimiento, creado en aquel distrito, fue reclutado en persona por uno de los gloriosos bribones que llegaron a ser mariscales de Napoleón, quien, junto con su unidad, se convirtió en una de las estrellas más rutilantes de la constelación que llenó el firmamento con sus prodigios y destruyó a medio planeta con sus relámpagos. Casi todos los sucesivos reemplazos habían salido del mismo distrito, por lo que, además de que la mayor parte de los ancianos y de los niños o habían sido ya soldados suyos o lo serían en el futuro, todos los habitantes de la ciudad eran padres y familiares, no sólo de los hombres condenados, sino padres y madres y hermanas y esposas y novias, cuyos hijos y hermanos y esposos y padres y amantes podrían haber estado entre los condenados de no ser por pura suerte y ciega casualidad.

Antes incluso de que muriera el eco de las cornetas, las conejeras de los alrededores los estaban vomitando ya. Un aviador francés, británico o estadounidense (o alemán, por qué no, en el caso de que tuviera la temeridad o la suerte) podría haberlo presenciado mejor que nadie: chozas y viviendas vaciándose en callejas, travesías e innominados callejones sin salida, y callejas y travesías y callejones convirtiéndose en calles, de modo que los hilos de agua se hicieron arroyos y los arroyos ríos, hasta que la ciudad entera dio la impresión de derramarse por los amplios bulevares que convergían, como radios de una rueda, hacia la plaza del Hôtel de Ville, llenándola, para después, impulsados por el volumen de su propio amontonamiento, de su fluir, como una ola que se distiende, llegar hasta las vacías puertas del Hôtel de Ville, donde los tres centinelas de las tres naciones combatientes flanqueaban las tres astas vacías a la espera de las tres banderas.

Allí la multitud se tropezó con las primeras tropas —un cuerpo de la guarnición de caballería, desplegado a la entrada del amplio bulevar principal que llevaba desde la plaza del Hôtel de Ville hasta la antigua puerta de lo que fuera en otro tiempo muralla oriental de la ciudad—, que la estaban esperando ya, como si el rumor del comienzo de la inundación la hubiera precedido, entrando incluso en el dormitorio del alcalde. Pero la multitud hizo caso omiso de la caballería. Siguió empujando hacia la plaza, avanzando más despacio y deteniéndose ya, debido a su mismo peso y volumen, estremecida y agitada constantemente, con débiles movimientos dentro de su propia masa, mientras contemplaba, perpleja y paciente bajo la luz del alba, la puerta del Hôtel de Ville.

Luego el cañonazo que saludaba el amanecer resonó con estrépito desde la antigua fortaleza que dominaba la ciudad; las tres banderas surgieron simultáneamente de la nada y treparon por las tres astas. Aún seguía amaneciendo mientras aparecían, trepaban y se situaban en lo alto. Pero cuando ondearon con la primera brisa matutina, lo hicieron iluminadas por el sol, exhibiendo los tres colores comunes: el rojo del valor y el orgullo, el blanco de la pureza y la constancia, y el azul del honor y la verdad. A continuación el bulevar, situado detrás de la caballería y aún vacío, se llenó repentinamente de sol, arrojando sobre la multitud, como si se dispusieran a iniciar una carga, las alargadas sombras de jinetes y caballos.

Aunque, en realidad, era la gente quien avanzaba hacia la caballería sin hacer ruido alguno. Su movimiento resultaba casi ordenado, sencillamente irresistible gracias a la unanimidad de sus frágiles componentes, semejante a la unanimidad de una ola en sus gotas. Durante unos instantes la caballería —estaba presente un oficial, aunque quien parecía mandar era un sargento mayor— no hizo nada. Luego el sargento gritó. No era una orden, porque la tropa no se movió. El grito sonó en realidad como si no fuese nada en absoluto, ininteligible; un tenue sonido desamparado suspendido en el aire durante un fugaz instante como uno de los débiles gritos musicales, sin origen aparente, de las altas alondras invisibles que ya llenaban el cielo por encima de la ciudad. La siguiente exclamación del sargento fue una orden. Pero era demasiado tarde; la multitud ya había desbordado a los soldados, irresistible en su humildad, pasiva e invencible, acercando la fragilidad de su carne y de sus huesos, casi distraídamente, a la órbita metálica de herraduras y sables con una indiferencia humilde y pasivamente despreciativa, como mártires que entran en el foso de los leones.

La caballería resistió aún un momento más. Y ni siquiera entonces cedió. Simplemente, empezó a moverse hacia atrás sin dejar de mirar hacia adelante, como si la hubi

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