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UNA HABITACIóN EN PARíS

Corine Gantz

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Fragmento

Prólogo

París, dos años atrás

Annie se fijó en que últimamente Johnny vestía como un francés. El corte de su americana era más sofisticado que el de cualquier prenda que habría llevado en Estados Unidos. Ella, en cambio, desbordaba una vez más su vestido Chantal Thomass color burdeos con sus atractivas y no tan atractivas curvas, fiel a un estilo que poco tenía de francés.

Dieron un beso de buenas noches a los niños y pidieron a la canguro que los acostara antes de las diez. Luego Johnny abrió de un empujón la pesada puerta de su hôtel particulier parisino, y por la rigidez del gesto Annie supo que estaba enfadado. No tenía ni idea de con qué o con quién, solo esperaba que no fuera con ella.

El húmedo y cálido aire nocturno le acarició la piel mientras caminaban en silencio por la rue Nicolo bajo las farolas antiguas. Deslizó la mano en la de Johnny, pero él la soltó enseguida.

—Conduce tú —le dijo deteniéndose frente a la minifurgoneta de ella—. Aguantas mejor el alcohol.

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Annie se sentó al volante mientras él lo hacía como copiloto. Bajó la ventanilla y sacó el brazo desnudo, y sintió el roce del aire a medida que avanzaban por la rue de Passy hacia Trocadero. Era 21 de junio, fecha en que se celebraba el solsticio de verano y el Día de la Música. Era una noche para bailar por las calles, una noche de ivresse y amour, y Annie tenía la esperanza de que hubiera algo de ambas cosas aquella velada.

Sentado en el asiento del pasajero, Johnny se encogió al ver el habitual desorden de envoltorios de caramelo y juguetes rotos de los niños.

—¿Estás bien? —le preguntó ella tímidamente.

Él se limitó a encogerse de hombros.

La rue de Boulainvilliers y la avenue Mozart estaban abarrotadas de transeúntes. La atmósfera que se respiraba en las calles era electrizante. Una mujer contoneaba las caderas al ritmo de unos bongos, mientras que el que los tocaba balanceaba los rubios rizos rasta que le caían sobre la espalda.

—Vayamos a bailar después de cenar —propuso ella—. Hay que bailar en una noche como esta.

Johnny no respondió.

De la place Rodin llegaban notas de jazz. En la place Costa Rica, el extraño tipo del esmoquin raído al que había visto silbar una ópera en el metro Ranelagh bramaba «Nessum Dorma» de pie en mitad de la acera.

—A mí no me parece que estés bien —insistió ella.

—Annie, tenemos que hablar.

Cuando terminaron de hablar toda ella temblaba. Johnny guardó silencio con las manos sobre el regazo y la barbilla baja al igual que un niño que finge estar arrepentido. Ella no se vio con fuerzas para ir a los Campos Elíseos. Aparcó la minifurgoneta lo mejor que pudo en la avenue Victor Hugo y apoyó los codos y la frente en el volante, con el corazón palpitándole con fuerza. Le costaba pensar o respirar con normalidad. Poco después se apoderó de ella la rabia. Se sorprendió a sí misma agarrando lo primero que encontró —un juguete, el móvil, un mapa viejo— y tirándoselo a Johnny. Él levantó los brazos, un gorila de ciento treinta kilos víctima de violencia doméstica.

—Annie...

—¡Bájate! —gritó ella.

—Escucha...

—¡Bájate del puto coche!

—Annie, será mejor que te calmes —dijo él con una voz cálida y razonable, semejante al vino tinto caro.

Pero ya tenía una mano en la manija de la portezuela.

Ella se arrojó contra él y le golpeó los hombros.

—¡Bájate, joder!

Johnny se apeó del coche, cerró la portezuela sin mirarla y se alejó.

—¡Cabrón! —gritó ella hacia la silueta que desaparecía.

Condujo sin rumbo. No le respondían los sentidos. Deambuló durante una hora o más sin ver las calles ni oír la música, llorando como una niña.

Durante lo que pareció una eternidad dio vueltas a la manzana de su casa, incapaz de localizar a través de las lágrimas un hueco donde aparcar. Estar en casa, eso era lo que necesitaba. Se quitó los Manolo Blahnik de doce centímetros de tacón que se había comprado especialmente para esa noche y echó a andar descalza hacia la casa, agradeciendo el frío del asfalto bajo sus pies desnudos. Se sentó al pie de la escalera de piedra y lloró un poco más antes de secarse los ojos y subir.

En el otro extremo de París, Johnny y Steve salían de un bar de la rue des Pyrénées. Se reían. Steve casi no se sostenía en pie. Johnny se sentó al volante del Jaguar de Steve y giró a la izquierda con un chirrido de neumáticos en dirección a la Périphérique.

Antes de que Annie entrara en casa, Johnny y Steve habían muerto.

Janvier

1

Diez años atrás, en el país de las hamburguesas con queso y los donuts, a Annie le traía sin cuidado lo que ingería. Hoy día era la Comida con mayúsculas; pensar en ella, hablar de ella, prepararla y por último engordar unos kilos inaceptables —inaceptables, al menos, para los criterios parisienses—, todo ello se había convertido en una obsesión. De hecho, el día anterior debió de tocar fondo desde el punto de vista gustativo cuando compró con el estómago vacío la Bible du Beurre. Era un libro de cocina dedicado exclusivamente a la mantequilla, nada menos que una biblia en alabanza a ese producto. Después de acostar a los niños se armó de valor y consultó una receta de cruasanes. ¿Había titubeado al descubrir que esa bollería de aspecto inocente que había engullido sin la menor aprensión durante los últimos diez años estaba compuesta de un noventa y nueve por ciento de mantequilla? Desde luego. ¿Acaso eso la había disuadido de lanzarse a preparar sus propios cruasanes? Por lo visto no.

Tal vez esa era su terapia. La mantequilla. Necesitaba mantequilla, pensó, y en grandes cantidades. Necesitaba mantequilla porque estaba pasando por un duelo.

Aunque no estaba segura si lo que sentía era dolor, y no rabia. Prefería creer que era el dolor y no la rabia lo que la había inducido a engordar más de trece kilos desde la noche del accidente. Prefería creer que era dolor y no rabia lo que la había llevado a dejar de pintarse los labios o de ir a la peluquería.

Por muy ansiosa que mirara por la ventana, París se resistía obstinadamente a despertar. Eran las seis de la mañana y aún no había indicios de que clarease. Había vuelto a despertarse a las cuatro de la madrugada, sintiéndose desasosegada y sola. Lo bastante sola para plantearse en serio subir los tres tramos de escalera sin hacer ruido y despertar a los niños para disfrutar todos juntos de un desayuno temprano.

Seguía envuelta en su albornoz, despeinada y sin arreglar, pero la ducha tendría que esperar. Las cañerías aullaban como una gata en celo a la menor provocación y los niños necesitaban dormir. De modo que recorrió con la vista las paredes y los altos techos de la cocina buscando alguna tarea, a poder ser trabajosa, a la que dedicarse durante una hora. Sin embargo, el antiguo suelo de baldosas estaba impecable. Su original colección de hallazgos del mercado de las pulgas ya estaba bien alineada en la estantería. En otro estante, los tarros de cristal ordenados por colores en los que guardaba las nueces, los cereales y las legumbres no necesitaban ser reordenados. La sopa de pollo ya hervía a fuego lento sobre los antiguos fogones, y sobre la encimera de mármol reposaban los doce cruasanes diminutos que había preparado la noche anterior, virginales y blancuzcos, listos para ser introducidos en el horno y en la boca.

Con el débil borbotear de la sopa como banda sonora matinal y los olores a yema de huevo, verdura cocida y café recién hecho flotando en el ambiente, Annie cogió de un estante un libro de cocina y su manoseado diccionario de francés, se sentó ante la enorme mesa rústica que ocupaba el centro de la estancia y pasó las páginas con impaciencia. Al final le llamó la atención la foto de un pez envuelto en algo blanco. Bar de mer dans sa croûte de sel, se llamaba la receta. Para estar segura, pasó más páginas del diccionario buscando croûte.

¡Costra! Lubina cocinada dentro de una costra de sal. La receta requería un kilo de sal marina gruesa de la región de Guérande (al parecer el uso de sal de mesa de calidad inferior era un delito penado en los libros de cocina franceses). Parecía imposible preparar o comprar los ingredientes de esa receta. Perfecto. Cogió la calculadora de Pokemon y pulsó los dígitos. Diez años después de mudarse a Francia seguía convirtiendo las medidas de las recetas, los grammes en onzas y los centilitres en tazas.

Era perfectamente capaz de utilizar las medidas francesas, pero se obstinaba en hacer las cosas a su manera. Los residuos de comida que habían caído sobre la calculadora crepitaron y se quedó satisfecha al descubrir que esta también estaba en croûte.

La idea de elaborar la receta hizo que de pronto se sintiera bien. Había muchas probabilidades de que acabase el día planeando, comprando y preparando una lubina que nadie se comería, pero al menos estaría lo bastante ocupada para acallar la mente. Sobre todo dejaría de pensar durante un rato en el dinero, mejor dicho, en la ausencia de él, y tal vez se amortiguara el perpetuo partido de ping-pong que se disputaba dentro de su cabeza, en el que la pelota nunca se detenía y no había puntuación. Porque tras la muerte de Johnny siempre se pasarían, el uno al otro, la responsabilidad, la culpa y la traición, durante toda la eternidad.

El accidente había sido, en cierto modo, el resultado de una simple ecuación matemática: alcohol + velocidad = muerte, y nadie en sus cabales diría que la suerte había tenido algo que ver con ello. Pero todas las cosas irreversibles que se dijeron aquella noche..., esa fue la parte más desafortunada. Saber y fingir que no sabía era lo que a ella le carcomía el corazón, le pudría el espíritu y la atormentaba por las noches.

Oyó que alguien llamaba suavemente a la puerta principal. ¡Lucas! Al instante recordó que había vuelto a olvidarse de cerrarla con llave antes de acostarse. Oh, mon Dieu, Lucas se disponía a entrar en la casa para luego despotricar una vez más sobre el controvertido tema de su négligence alarmante. Podría haber entrado por la puerta trasera de la cocina como todos los demás, pero tenía que comprobar si la puerta delantera estaba abierta para demostrar que tenía razón. A saber quién le había encomendado esa misión. Además, ella vivía en una calle privada del arrondissement dieciséis de París.

Oyó a Lucas forcejear con el pomo y empujar con todo el peso de su cuerpo la puerta combada, pues así era como funcionaba o no funcionaba casi todo en casa de Annie. ¡Cómo disfrutaba él señalándole lo destartalada que estaba! Ella, en cambio, se lo tomaba como una crítica a su forma de manejar la vida en general.

Se ajustó bien el albornoz de toalla infestado de corazones rosa pastel que le habían regalado sus hijos el Día de la Madre. Era una prenda espantosa en todos los sentidos y le hacía parecer un tubo, pero ¿qué podía hacer una madre? Los niños habían ahorrado dinero para comprarlo. Se alisó rápidamente el pelo con una mano antes de que Lucas viera lo que sus hijos llamaban su «mohicana», y se preparó para hacer frente a la justificada indignación de su amigo francés y al hecho de que él vistiese de cachemira, fuera bien afeitado y emanase la deliciosa fragancia de Habit Rouge de Guerlain, mientras que ella apestaba a sopa y llevaba un albornoz de corazones; parecía una de esas mendigas que vagan por las calles de París hablando consigo mismas.

Una ráfaga de viento de enero entró con Lucas, quien tuvo problemas para cerrar la puerta. Se echó el aliento en las manos, se las metió en los bolsillos de su abrigo negro y se acercó a los fogones arrastrando los pies como un pingüino, con afectadas muestras de autocompasión.

—¡Dame un respiro! —exclamó Annie.

Lucas olisqueó con recelo la sopa que hervía al fuego y puso las manos encima de la cazuela unos segundos antes de quitarse el abrigo y doblar su cuerpo larguirucho sobre una silla de la cocina.

—¿Queda algo de ese horrible café americano? —le preguntó.

Hablaba correctamente el inglés, pero su acento era lo bastante marcado para que se trabara a menudo. Annie se levantó y le dio la espalda, para ocultar una sonrisa; después de todo, estaba oficialmente enfadada con él y él con ella. Cogió del armario un tazón de Micky Mouse y trasladó la cafetera de la encimera a la mesa sin dejar de pensar ni un instante en el tamaño que debía de tener su trasero con ese albornoz. No depositó el tazón con un golpe en la mesa, pero tampoco se mostró muy delicada mientras le servía el café.

Tuvo que recordarse que Lucas tenía buenas intenciones. Si se encontraba allí era porque estaba al corriente de su insomnio y de todo lo demás. De casi todo lo demás. Pasaba todas las mañanas a tomarse una taza de café antes de ir a trabajar; Annie sospechaba que lo hacía para comprobar qué tal estaba ella y asegurarse de que iba a vestirse y tal vez peinarse como era debido. Por regla general, la estrategia funcionaba: no había nada como un francés irremediablemente elegante arqueando una ceja en señal de desaprobación para hacerte reaccionar y mandarte a la ducha.

A menudo se preguntaba por qué Lucas seguía preocupándose por ella, y ella por él, sobre todo aquel día. Desde la muerte de Johnny había echado de su vida a muchas personas bienintencionadas. Como solía decirles a sus hijos, era mejor estar solo que mal acompañado. Y realmente se le había pasado por la cabeza que ella podía ser una mala compañía.

Lucas inspeccionó su tazón en busca de posibles bacterias provenientes de algún alimento o tal vez reflexionando sobre las palabras que se disponía a decir.

—Estás disparando al mensajero — señaló.

—Matar. Se dice matar al mensajero.

Ya estaban otra vez. Ella sintió cómo la ira ascendía en su interior como el vapor de un motor anticuado. Lucas tenía el don de hacerla enfadar. No experimentaba esa ira debido a algún viejo rencor, ni mucho menos; cada vez se renovaba. Y ella estaba segura de que no tenía nada que ver con que Lucas se hubiera librado del accidente y Johnny no.

Johnny había intentado convencer a Lucas para que saliesen aquella noche, pero él prefirió quedarse en casa y ver cómodamente el Día de la Música por televisión. La mejor manera de resistirse a Johnny era fingirse muerto, así que Lucas no había contestado el teléfono. «Steve y yo pasaremos a recogerte —era el mensaje que Johnny había dejado en el contestador—.No puedes vivir la vida a través de la televisión, capullo endogámico.»

Seguramente no habrían tenido ningún accidente si no hubieran ido a buscarlo, pero no se podía culpar a Lucas de ello. La prensa había calificado de masacre el choque en cadena de diez coches. El exceso de alcohol en el organismo de Johnny tal vez le había mermado los reflejos; el alcohol o la mente demasiado absorta en la discusión que acababa de tener con Annie. No, ella no podía responsabilizar a Lucas; eso habría sido injusto. Pero le habría gustado ser capaz de aplicar la misma lógica a su sentimiento de culpa.

Las razones por las que estaba enfadada —furiosa, de hecho— no tenían nada que ver con el accidente sino con el hecho de que Lucas se inmiscuía en asuntos que le atañían solo a ella y por intentar controlarle la vida.

Lucas dejó caer un terrón de azúcar en el café, lo removió y se llevó la taza a la boca mientras miraba alrededor como consternado por haber acabado una vez más en la cocina de Annie.

—Lo ideal sería poner la casa en venta en febrero —le dijo sin levantar la vista.

Annie sintió en la nariz el cosquilleo que precedía al llanto. Señaló las bandejas de la encimera, tres pulcras hileras de macetas de cinco centímetros bajo las biolámparas.

—¿Mis semilleros de tomateras? —le preguntó, sin poder evitar alzar la voz—. ¿Qué hay de ellas? ¿Significan algo para ti?

—No existen... —empezó a decir Lucas, y guardó silencio unos segundos antes de añadir—: los milagros a la hora de conseguir el dinero que se necesita para criar a tres hijos en un barrio de moda de París.

—Conseguiré un empleo —replicó ella con frialdad.

Lucas se miró sus uñas bien cuidadas.

—Puede que tus habilidades no tengan mucha salida en el mercado laboral.

—Habilidades, habilidades —repitió ella, con su mejor imitación de Peter Sellers hablando con acento francés—. Soy madre de tres hijos menores de nueve años. Tengo un montón de habilidades. ¡Y estuve a cargo del discurso de despedida en la ceremonia de graduación! ¿Te dice algo eso?

—No —respondió él con sinceridad.

Por supuesto que no, Annie era totalmente consciente de ello. En Francia no significaba nada, y diez años después y sin ninguna experiencia laboral, tampoco significaba mucho en Estados Unidos.

—La casa es todo lo que me queda desde que ocurrió la tragedia.

—Va a hacer tres años de la tragedia, Annie.

De pronto todo él se le presentó como una versión 3D Technicolor recién producida de la misma vieja película, empezando por su postura aristocrática, su rostro grave y las manos que agitaba al hablar de un modo tan irritante, altanero e insufriblemente francés. Posó la mirada sobre su yugular.

—¡Dos años y medio! Los niños son igual de vulnerables y frágiles como el día en que Johnny murió.

Lucas la miró.

—Tal vez lo seas tú, pero los chicos están saliendo adelante.

—¡Nadie está bien aquí! ¡Estamos marcados! ¡Marcados de por vida!

A Annie se le quebró la voz, y, antes de que pudiera hacer algo para contenerse, estaba inclinada sobre la mesa, llorando débilmente.

Lucas se levantó para ir a buscar un pañuelo de papel y se lo ofreció. Ella lo ignoró; en su lugar cogió una servilleta de papel dudosamente limpia y se sonó con ella. Él se quedó a su lado y le dio unas torpes palmaditas en la espalda, pero las lágrimas de Annie no lograron detenerlo mucho tiempo.

—Annie —le dijo poniendo una mano sobre su brazo—, debes vender la casa, si no te la quitarán y te quedarás sin nada. No puedes pagar la hipoteca. Lo siento, pero económicamente no tienes elección.

Ella se secó los ojos con la servilleta de papel y se puso de pie.

—¡Ni hablar! —exclamó.

Aliviado al ver que habían cesado las lágrimas, Lucas se sentó de nuevo y observó cómo ella se movía con prisas por la cocina, abriendo y cerrando las puertas de los armarios para reunir harina, mantequilla, huevos, y dejaba bruscamente sobre la mesa todos los ingredientes a la vez.

Lucas arqueó una ceja.

—¿Qué estás haciendo? ¿Vas a preparar un bizcocho?

Apretando los dientes con la suficiente fuerza para partirse una muela, Annie midió tres tazas de harina y las echó en un montón sobre la mesa; se alegró al ver cómo una pequeña nube de harina invadía el espacio de Lucas. Él la disipó con una mano mientras ella hacía un hoyo en el centro del montón y dejaba caer cucharadas de mantequilla blanda en él.

—C’est beaucoup de beurre, non? —observó Lucas.

—Tengo muchísimas posibilidades; de hecho, un sinfín de posibilidades —replicó ella mientras rompía los huevos uno por uno y los dejaba caer en la masa desde lo alto, plof, plof, con determinación.

—Por favor, siéntate un momento —le rogó él—. Deja esos huevos.

—Son los huevos o tu cráneo, Lucas. ¡Y hay que pagar los impuestos! ¡Y la luz! —repuso ella prácticamente gritando—. ¡Y voy a quedarme en esta puta casa!

—Solo tus gastos mensuales de comida —empezó a decir él—, que son bastante elevados, por cierto...

¿Lucas seguía hablando? Le sobrevino allí mismo, a las seis y media de la mañana, como una visión. De pronto todo encajó: las perfectas medialunas de masa sobre la encimera, Lucas moviendo la boca con su traje de diseño exclusivo, los niños todavía dormidos en el piso superior, el tazón de Mickey Mouse, el libro de cocina abierto, el pringoso caos sobre la mesa de madera. Levantó las manos embadurnadas de masa y las sostuvo en alto. Tenía harina en el pelo y una expresión rebelde.

Lucas la miró.

—¿Qué pasa ahora?

—Acabo de tener una idea —respondió Annie, con los ojos muy abiertos y con la tez blanca como el papel, que le daba un aspecto enfermizo.

Fue en ese instante cuando tomó la decisión.

 

2

En algún lugar de la rue de Cambronne un camión bloqueaba dos carriles. Los repartidores descargaban cajas metódicamente, ajenos a los bocinazos y a la ira de los conductores. Jared observaba desde la ventana de su apartamento, con la frente apoyada en el frío cristal mientras intentaba despejarse y recordar el origen de su dolor de cabeza y su resaca. Estaba casi seguro de que no había pasado la noche solo, pero no había rastro de mujer alguna en su casa. Eso se lo pondría difícil si volviera a verla. Merde, pensó.

Se arrancó unas minúsculas partículas de óleo rojo del antebrazo. Saltaba a la vista que la noche anterior había estado pintando. Eran las dos de la tarde y no creía que hubiera agua caliente en la ducha, apenas un hilillo de agua tibia que parecía ser el castigo a los excesos cometidos la noche anterior. Recordó que su última cuchilla había muerto mientras se afeitaba y que se le habían acabado los cigarrillos. La ducha y el afeitado tendrían que esperar. Tenía salpicaduras de pintura roja en el pelo, en la cara e incluso en el pecho, como si hubiera estado jugando desnudo a la guerra con pintura. Trató de arrancárselas, pero el agua estaba demasiado fría. Encontró la ropa de la noche anterior esparcida por el dormitorio, lo que confirmaba que había habido una mujer. Se pasó los dedos húmedos por el cabello y salió del apartamento.

La portera del edificio, en albornoz y zapatillas, se acercó inmediatamente a él, creando con su diminuto cuerpo una barrera delante del ascensor.

—Bonjour madame Dumont! —saludó él alegremente mientras hacía un rápido giro de ciento ochenta grados hacia las escaleras.

Las furiosas pisadas de las zapatillas de la anciana sobre el suelo de madera lo persiguieron.

—Mais c’est l’après-midi! ¿Se cree que es por la mañana? Bueno, pues no lo es. Tal vez también se cree que todavía es diciembre, pero ya estamos en enero y la propietaria quiere el alquiler de este mes.

—¿No es por la mañana? Me lo ha parecido al verla en zapatillas —añadió él con una sonrisa cautivadora—. Por cierto, le sienta bien ese color.

La portera se ruborizó levemente y soltó una risita, pero enseguida recuperó la compostura.

—¡El alquiler! ¡La propriétaire quiere su alquiler!

—Bien sûr, madame Dumont. Demain —respondió él mientras bajaba los tres tramos de escaleras a toda velocidad.

Aminoró el paso al darse cuenta de que ya estaba en la calle. Entró en el Café Des Artistes de la esquina, donde se detuvo frente al mostrador de zinc y se hurgó los bolsillos buscando dinero.

—Salut, Jared —gruñó Maurice. Se fijó en la pintura roja de su cara—. ¿Has rajado la garganta a alguien esta mañana?

—Salut, Maurice. Lo de siempre. —Jared contó su dinero—. Olvida el cruasán. Ah, y un paquete de Gitanes.

—Pas de croissant?

—No tengo hambre —mintió Jared.

Maurice tendría un aspecto digno si no fuera por las marcas de acné en las mejillas. Con calma, secaba con un trapo las botellas de alcohol y volvía a colocarlas, una por una, en los estantes que había detrás de él. Alcohol de Framboise, Grand Marnier, Courvoisier. Había cierta nobleza en esos movimientos repetitivos, y Maurice no tenía prisa en servir a Jared ni a nadie. Por fin puso un Gitanes delante de él como premio a su buena conducta. Jared abrió el primer paquete del día, se llevó un cigarrillo a los labios y lo encendió con su mechero zippo que olía a gasolina de avión. Maurice dejó delante de él un café au lait con tres terrones de azúcar envueltos en papel. El humo del cigarrillo se elevaba de sus dedos mientras bebía el café en medio del estruendo de la cafetera, el zumbido del exprimidor de naranjas y unos bocinazos furiosos procedentes de la calle. Dio un respingo al darse cuenta de que Maurice estaba hablando con él.

—¡La entrevista de trabajo! —le preguntó con una animosidad inesperada—. ¿Qué tal te fue?

—No fui.

—¿No fuiste? ¡Pero si tenías el puesto asegurado!

—No estoy tan desesperado para servir entrantes con un esmoquin a la una de la tarde —dijo, y acto seguido reparó en la camisa blanca y en la pajarita que llevaba Maurice, quien lo fulminó con la mirada.

—Tal vez deberías haberte quedado con esa novia rica que compraba toda clase de cosas.

—No era rica, solo iba bien vestida.

—Si ella siguiera siendo tu novia ahora podrías pedirte un cruasán. —Maurice se encogió de hombros—. Los imbéciles con esmoquin son sensibles a esas cosas.

Jared arrojó unos euros sobre la barra, y tras dar una última calada al cigarrillo lo tiró al suelo y lo aplastó bajo el pie antes de marcharse.

Maurice salió de detrás de la barra con una escoba y empezó a barrer la docena de colillas que ensuciaban el suelo de baldosas del Café.

—Connard! —susurró entre dientes.

—Crétin! —murmuró Jared mientras se dirigía a la estación de metro.

En la calle, las mujeres se quedaban mirándolo fijamente al ver la pintura roja en las manos, en el pelo y en el mentón sin afeitar, mientras que los ancianos abrían mucho los ojos y las colegialas soltaban risitas disimuladas. Dejó atrás el olor a especias y a tubos de escape de su barrio, y echó a andar por bulevares y avenidas. Media hora después se abría paso a través de las prístinas calles y la imponente arquitectura del arrondissement diecisiete, y se detuvo frente a un elegante edificio de tres pisos de la rue Montsouri. Pulsó uno de los tres timbres del interfono: Lucas D’Arbanville. Volvió a pulsarlo una y otra vez hasta que oyó a Lucas gritar:

—¿Quién coño está haciendo tanto ruido?

—Soy yo.

—¿Puedes apartar el dedo del timbre? Ya te abro.

Abrió la puerta de su apartamento vestido con unos tejanos planchados y un polo Lacoste de un color mango poco común. Lucas, que tenía unos cuarenta y cinco años y que a su lado parecía la viva imagen de la salud y del emperifollamiento, le echó un vistazo y se echó a reír.

—¡Estás hecho un asco! ¿Y qué es ese olor?

Jared dio media vuelta y empezó a bajar las escaleras.

—Por favor, pasa. Solo bromeaba.

—No estoy de humor.

—¡Ya se nota! —respondió Lucas, sin dejar de reírse.

Jared se volvió de nuevo para marcharse.

—No, no, pasa. —Lucas lo agarró del brazo y lo metió de un empujón en su apartamento. Se besaron en las dos mejillas—. Prepararé café.

Jared recorrió el salón con la mirada. Lucas coleccionaba muebles imperio, un estilo que iba con él. La mayoría los había heredado, pero los que había comprado eran de un gusto exquisito. En la pared situada frente al sofá había una acuarela de Henry Miller, toda una extravagancia en él y tal vez una prueba de que Annie le estaba influyendo positivamente. En las otras paredes se veían varios cuadros de viejas escuelas y, cómo no, los tres grandes lienzos que le había comprado a Jared en la época en que sus óleos abstractos ya estaban vendidos antes de que se secaran. Sobre el escritorio de caoba de delicada marquetería de oro había un ordenador portátil abierto, papel de carta del caro y una Mont Blanc sin tapar, los únicos indicios de actividad humana. Jared fue a sentarse en la cocina por respeto a los atesorados muebles de Lucas. Se llevó una mano al bolsillo para sacar su paquete de Gitanes, pero cambió de opinión.

—Necesito un cigarrillo —le dijo dejándose caer en una silla.

Lucas lo siguió hasta la cocina.

—No tengo. Estoy intentando dejarlo.

Jared lo miró con cara de desesperación.

—Bueno, tengo algunos paquetes de emergencia. —Lucas suspiró—. Esto es una emergencia, ¿no?

—Merde, sí.

Lucas encendió la cafetera expresso y revolvió en un cajón de la cocina. Sacó una cajetilla de tabaco sin abrir y se la pasó a Jared.

—¿Marlboro? ¿Light? Estás comprando el sueño americano y sus chorradas de una sola vez. Ella te ha comido el tarro.

Lucas pasó por alto el comentario. Se centró en la sofisticada máquina y abrió una caja de madera llena de delicadas muestras de café expreso que parecían bombones de diseño.

—No me eches el humo encima —le pidió—. Si Annie detecta el olor a tabaco en mi ropa nunca creerá que estoy dejándolo.

Se quedaron sentados a la mesa de la cocina, el uno frente al otro, bebiendo café en diminutas tazas sin decir palabra. Jared fingió no darse cuenta de que Lucas lo miraba sonriéndole con afecto, como siempre hacía cuando Jared se comportaba como un estúpido. Por un momento solo se oyó el ruido de las cucharas removiendo el café. A continuación Jared intentó decir algo en desagravio.

—¿Qué tal tu vida amorosa? ¿Ya te has acostado con Annie?

—Jared, te tengo mucho aprecio, pero estás empezando a irritarme. Irrumpes aquí de malos modos y apestando, te cargas el timbre de la puerta, me robas mi último paquete de cigarrillos y luego nos insultas a Annie y a mí.

Jared se encogió de hombros.

—Tengo un mal día.

—Ya lo veo.

—Necesito comer algo. Necesito dinero. Necesito una exposición. Necesito un lugar donde vivir. Necesito una ducha que funcione. Necesito una chica.

—Eso último no debería de ser un problema siendo un ídolo de treinta años.

—Me refiero a una relación de verdad. Alguien que me importe. —Jared tuvo que enfrentarse a la expresión abiertamente divertida de Lucas—. Lo sé, lo sé. Es un comienzo —añadió antes de que Lucas lo hiciera por él.

Lucas se levantó, sacó de la nevera la mantequilla, una confitura de frambuesa y un zumo de naranja orgánico, y lo llevó todo a la mesa de la cocina junto con una baguette y un cuchillo de sierra.

—¿Mi ahijado me está pidiendo consejo sobre temas del corazón?

—Oh, vamos.

—¿Puedo al menos darte algo para desayunar?

Jared aceptó, preguntándose de nuevo por qué un hombre tan diferente a él y a todas las personas de su entorno como era Lucas aún no lo había dado por un caso imposible.

Annie estaba sentada a la mesa de tres metros de longitud situada en el centro de su cocina parisiense, con el estómago revuelto al pensar en lo que se disponía a hacer. Se había pasado ahí toda la mañana mientras los niños estaban en el colegio, pero ahora debía ir a recogerlos para darles de comer. Solo que no había preparado comida. La sopa fría que había encima de los fogones a esas alturas debía de haberse convertido en una gigantesca placa petri y la lubina no era más que una idea vaga de un pasado lejano. Ya estaba decidido y no había vuelta atrás. Le invadieron las náuseas que deben de sentirse antes de lanzarse al vacío.

Se levantó y puso a calentar la cazuela. La dejaría hervir; con suerte las bacterias entenderían el mensaje. Antes de llevar a cabo su cometido necesitaba desesperadamente ingerir algo líquido, espeso, caliente y salado como el fluido amniótico. Algo en su interior debía de saber que tenía que preparar sopa de pollo para sus futuras náuseas.

Lo que más le gustaba de su casa era la cocina. Había sido construida unos doscientos años atrás, cuando los aristócratas rara vez osaban entrar en las dependencias del servicio. Por esa razón no tenía la formalidad del resto de la vivienda. Una puerta de cristal se abría a un pequeño jardín con una bonita fuente de piedra en el centro; puesto que la puerta permanecía abierta toda la primavera y el verano, el jardín parecía una prolongación natural de la cocina. En la estación calurosa Annie cultivaba toda clase de hierbas aromáticas y los mejores tomates de aquel lado del río Sena. Los frambuesos trepaban desordenadamente por el muro orientado al sur y un viejo manzano domeñado como una espaldera daba manzanas dulces de una variedad que no se encontraba en los mercados. Solo tenía que salir de la cocina para coger una. Su jardín del Edén particular. Incluso en enero, cuando las plantas dormían y la puerta que daba al jardín permanecía cerrada, la luz entraba a raudales a través de las ventanas, convirtiendo la cocina en el espacio más luminoso e invitador de toda la casa.

La decisión que había tomado no era muy p ...