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UNA HISTORIA CASI VERDADERA

Mattias Edvardsson  

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Fragmento

 

Agosto de 2008

Fue un verano de mierda.

La misma semana en que Caisa me dejó, me convocaron a una reunión y mi editor me explicó que tenía que despedir a una tercera parte de los empleados. La debacle de la prensa había llegado a la capital. La gente ya no quería pagar por las noticias del día anterior y la red rebosaba de chismes y opiniones controvertidas de todo tipo. Yo era prescindible.

Aunque no se puede decir que se tratara de algo inesperado, resultó igual de brutal. Caisa me dijo que había madurado más que yo, que necesitaba algo más estable, algo duradero y con futuro; ni siquiera esperó al Midsommar, la fiesta del solsticio de verano, para mudarse. El editor me dio el preaviso de quince días.

Me pasaba las mañanas durmiendo, las tardes las ahogaba en alcohol y, por la noche, salía a las terrazas y clubes. Dormía en el asiento trasero de un taxi ilegal o en casa de alguna tía que estuviera lo suficientemente borracha. Me despertaba con una sensación ociosa y de abandono e intentaba mantener el pánico a raya.

Cuando mi madre llamó, mentí sin ningún rubor. «Todo me va de maravilla, nada nuevo, ningún problema.» Después desayuné helado directamente del recipiente de dos litros, desnudo en el sofá, con los pies sucios sobre la mesa, y leí el periódico a golpe de clic, ese periódico que había sido mi segundo hogar y la niña de mis ojos. Me dediqué a rellenar el espacio de los comentarios con insinuaciones burlonas y acusaciones de lo más explícitas. Estando borracho, le había enviado a Caisa unas últimas y lamentables muestras de amor y me bloqueó en todos los canales. Envié mi currículo a varias redacciones en las que no me hubiera importado trabajar y a otras en las que nunca habría imaginado poner un pie. Una tarde fui en bicicleta hasta Långholmen y me senté en una silla plegable junto a dos colegas que compartían mi destino.

—¿Cómo estás? —me preguntaron—. ¿Qué piensas hacer? ¿Hay alguna novedad?

Hablé de mantener el perfil bajo durante un tiempo, quizá cambiar de rumbo, hacer algo por mi cuenta o reavivar mis sueños literarios de juventud. No había razón para preocuparse.

—Para ti es fácil —dijeron al unísono—. Como no tienes familia… Ni hipoteca…

Ellos, por su parte, ya se habían pasado por todas las grandes empresas de medios de comunicación con la mano tendida, vendiéndose como si estuvieran de rebajas, dispuestos a dilatar el concepto de periodismo de un modo que cualquier gacetillero de revista femenina frunciría el entrecejo.

No fue hasta agosto que desperté de mi sueño de verano y comprendí que tenía que hacer algo. Iba retrasado con el alquiler, tenía el contestador automático repleto de mensajes indignados de un arrendador mezquino dispuesto a cobrar por vía ejecutiva. En la pizzería del barrio ya no tenía crédito. La angustia brotaba como una tormenta en mi pecho.

Después de algunos correos electrónicos y conversaciones telefónicas quedó bien claro que la situación laboral en los medios de comunicación en Estocolmo era bastante precaria.

—¿Qué has hecho hasta ahora? (Editor de cualquier periodicucho.)

—Artículos, crónicas de entretenimiento, reportajes. (Yo.)

—¿Y te llamas? Zackarias ¿qué más? (El editor de nuevo.)

—Zackarias Levin. Pero me suelen llamar Zack a secas. (Yo, ahora un tanto abatido.)

—¿Zack a secas? (El editor, justo antes de finalizar la llamada.)

Y cuando mi repugnante arrendador finalmente aporreó la puerta de tal forma que el chihuahua del vecino hizo un falsete, no pude más y llamé a mi madre.

—¡Por fin! —exclamó cuando le pregunté si podía vivir con ella durante un tiempo.

—No te asustes, será solo una temporada.

Me senté en la cocina y navegué un rato por las redacciones de Escania con la intención de llamar. En ningún momento imaginé que un periódico regional con algo de dignidad rechazaría a un gacetillero de Estocolmo relativamente conocido (bueno), que había publicado en las grandes cabeceras.

Estaba equivocado.

—Estamos fatal. Tenemos que despedir a parte de la plantilla.

—Los periódicos gratuitos se han apoderado por completo del mercado.

—Hoy en día la gente lo que quiere es basura.

Las perspectivas no mejoraron hasta que hablé con el responsable de Cultura, y a la vez único periodista cultural, de la publicación local que salía cada dos días, donde tiempo atrás comencé mi carrera.

—¿Has vuelto a casa?

Ni siquiera se esforzó en ocultar la alegría de su voz.

—Es algo temporal.

—¿Puedes entregarme una crónica a la semana? De esas socarronas que cabrean a la gente, ya sabes. Quinientas coronas más dietas es la tarifa habitual. Lo siento, pero no puedo ofrecerte más aunque seas tú, Zack.

Quinientas coronas. Tendría que vivir a costa de mi madre hasta que me jubilara.

A pesar de todo dejé la puerta entreabierta. Prometí llamarle de nuevo, primero tenía que echar un vistazo a las demás opciones. Me imaginé al jefe de Cultura delante de mí: una sonrisa de alegría tal que el snus se le caería por la comisura de los labios. Qué-te-había-dicho y todo lo demás.

—¿En qué vas a trabajar? —preguntó mi madre cuando le pedí que me prestara dinero para el billete.

—No lo tengo del todo claro.

—¿No ibas a escribir un libro? Siempre has hablado de escribir un libro.

Me pagó el billete de avión. Tenía que salir al día siguiente, y no volví a pensar en lo que ella dijo hasta que esa última noche en Estocolmo me encontré dando vueltas en la cama a causa del pegajoso calor estival. Mi madre estaba en lo cierto. Tenía que escribir un libro.

Es tan raro que algunas cosas se pongan patas arriba en un instante como que otras permanezcan indiferentes al paso del tiempo. Regresé a casa de mi madre y mis ojos recorrieron el museo sobre mi infancia: los tapices bordados, los recipientes de cobre en la pared de la cocina, los pósteres de amas de casa con los bordes amarillentos…Todavía olía a pastel de frutas y azúcar moreno. Ella estaba sentada en la mecedora del abuelo, infectada de carcoma, y parecía veinte años más vieja. No sabía cómo dar un abrazo, pero ya había puesto los granos de café y la máquina funcionaba como un mecanismo de vapor sobre la encimera.

—Ahora cuéntame: ¿en qué lío te has metido?

Estaba sentada con los brazos cruzados y mirada de enfado. Volví a sentirme como un niño de doce años.

—¡No he hecho nada!

—Algo has tenido que hacer para que te echen. No sé cuántas veces te he dicho que dejes de escribir esas tonterías. La gente normal se enfada. Uno no puede creerse que es alguien solo porque se haya mudado a la capital y trabaje en el Aftonbladet.

—Nunca he trabajado en el Aftonbladet.

—Vaya, ahora prestas atención a las palabras.

Se quedó mirando fijamente la cafetera hasta que esta también comenzó a temblar para terminar capitulando con un sumiso pitido.

—¿Qué ha pasado entonces?

—Mamá, han despedido a un tercio de la plantilla. Esos a los que tú llamas gente normal ya no leen la prensa. Pertenecen a una maldita generación que no desea pagar por la calidad.

—¿La calidad? —dijo ella, y susurró—: Dios nos libre, amén.

Ocupábamos nuestros antiguos sitios a la mesa. El café había que diluirlo con una buena dosis de leche, pero creó un liberador oasis de silencio y reflexión.

—¿Y Caisa?

—La relación no iba bien. Nos hemos distanciado.

Había intentado no pensar en Caisa. Ahora el dolor volvió a abrirse como si fuera una herida infectada.

—¿Os habéis distanciado? A veces uno tiene que luchar, Zackarias. La vida es un toma y daca.

—A ti ni siquiera te gustaba Caisa.

Ella simuló no oírme.

—Ya tienes más de treinta años. Cuando yo tenía tu edad…

—Pero ¡mamá!

Bajó la guardia. La mirada apestaba a amarga decepción.

—Me gustaría ser abuela alguna vez. Todas las mujeres de mi edad son abuelas maternas o abuelas paternas o abuelas de mentira o sabe-Dios-qué. Solo quedo yo, y no es nada divertido.

Ahora volvía a ser ella. Same old, same old. Llevaba media hora en Escania y ya estaba hasta el gorro. Empecé a pensar en escribir un libro, ordené mentalmente la docena de ideas que se me habían ocurrido durante el vuelo. Armar un libro no debería ser demasiado complicado. Si trabajaba duro podría tenerlo para la primavera. Escribirlo me llevaría un par de meses y revisarlo otro par más, después estaría listo para producirlo, imprimirlo y comercializarlo. Que se publicase en primavera parecía un objetivo razonable; la edición de bolsillo podría estar a punto para la campaña de Navidad.

—¿Tienes cera en los oídos? —dijo mi madre, y me sobresalté—. No me estás escuchando. ¿Te has drogado o qué? Estás completamente ausente y tienes los ojos rojos.

—¡Para ya! ¿Qué has dicho?

Ella esbozó una mueca de malhumor.

—Hablaba de chicas. Quizá quede alguna por aquí a la que puedas conocer.

—¿Aquí, dónde? ¿En Veberöd?

—En efecto. Esa chica tan guapa con pecas que iba a tu clase. Ahora está separada. Tiene dos hijos, pero a su pareja no se le ve nunca. ¿Cómo se llamaba?

—¿Malin Åhlén? ¿Te refieres a Malin Åhlén?

Llevaba hablando de Malin Åhlén desde 1985.

—Sí, eso, Malin.

—Mamá, Malin Åhlén alcanzó su apogeo en el bachillerato. Además, no sé si una relación amorosa es lo que necesito justo ahora.

Tom

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