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UNA LLAMA ENTRE CENIZAS (UNA LLAMA ENTRE CENIZAS 1)

Sabaa Tahir  

4


Fragmento

I

Laia

Mi hermano mayor llega a casa en las oscuras horas previas al alba, cuando hasta los fantasmas descansan. Huele a acero, carbón y forja. Huele al enemigo.

Repliega su cuerpo de espantapájaros para colarse por la ventana y camina descalzo, en silencio, sobre los juncos. Tras él entra un viento caliente del desierto que agita las lánguidas cortinas. Se le cae el cuaderno de bocetos al suelo y le da una rápida patada con el pie, como si fuera una serpiente, para meterlo debajo de su catre.

«¿Dónde has estado, Darin?»

Dentro de mi cabeza soy lo bastante valiente para hacer la pregunta y Darin confía lo suficiente en mí para responderla.

«¿Por qué desapareces así? ¿Por qué, si los abuelos te necesitan? ¿Si yo te necesito?»

He querido preguntárselo todas las noches desde hace casi dos años, pero todas las noches me ha faltado valor. Solo me queda un hermano. No quiero que me aparte de él, como ha apartado a todos los demás.

Pero esta noche es distinta. Sé lo que contiene ese cuaderno. Sé lo que significa.

—No deberías estar despierta.

El susurro de Darin me sobresalta y me devuelve a la realidad. Tiene un sexto sentido para percibir las trampas, como los gatos; lo heredó de mi madre. Me incorporo en mi catre mientras él enciende la lámpara; no tiene sentido fingir que estoy dormida.

—Te has saltado el toque de queda y ya han pasado tres patrullas. Estaba preocupada.

—Sé cómo esquivar a los soldados, Laia, tengo mucha práctica.

Apoya la barbilla en mi catre y sonríe; es la sonrisa dulce y torcida de nuestra madre. Una expresión familiar: la que utiliza cuando me despierto de una pesadilla o nos quedamos sin grano; la que me asegura que todo va a salir bien.

Recoge el libro de mi cama y lee el título:

—Congregación nocturna. Espeluznante. ¿De qué va?

—Acabo de empezarlo. Trata de un genio… —Me detengo. Listo, muy listo: a él le gusta escuchar historias tanto como a mí contarlas—. Olvida el libro, ¿dónde estabas? Tata ha tenido doce pacientes esta mañana.

«Y yo me he visto obligada a sustituirte porque no podía encargarse él solo. De modo que nana se ha quedado sola envasando las mermeladas para el mercader y no le ha dado tiempo a terminar. Así que ahora el mercader no nos pagará y nos moriremos de hambre este invierno. Dime, ¿por qué no te importa?»

Me guardo las palabras para mí. Darin ya ha perdido la sonrisa.

—No estoy hecho para sanar —responde—. Tata lo sabe.

Mi instinto me ordena que recule, pero entonces pienso en los hombros hundidos de tata y en el cuaderno de bocetos.

—Los abuelos dependen de ti. Por lo menos, habla con ellos. Llevas meses sin dirigirles la palabra.

Espero a que responda que yo no lo entiendo, que lo deje en paz. Sin embargo, sacude la cabeza, se deja caer en su catre y cierra los ojos como si ni siquiera mereciera la pena responderme.

—He visto tus dibujos —digo de golpe, y Darin se levanta al instante, con el rostro pétreo—. No estaba espiando. Una de las hojas estaba suelta y la he encontrado cuando cambiaba los juncos esta mañana.

—¿Se lo has contado a los abuelos? ¿Lo han visto?

—No, pero…

—Escucha, Laia. —Por los diez infiernos, no quiero escucharlo, no quiero conocer sus excusas—. Lo que has visto es peligroso —añade—. No se lo puedes contar a nadie. Nunca. No solo está en peligro mi vida, sino la de muchos más…

—¿Estás trabajando para el Imperio, Darin? ¿Estás trabajando para los marciales?

Guarda silencio. Creo ver la respuesta en sus ojos y me pongo mala. ¿Mi hermano traiciona a los suyos? ¿Mi hermano se ha puesto de parte del Imperio?

Si se dedicara a almacenar grano, a vender libros o a enseñar a los niños a leer, lo entendería. Estaría orgullosa de él por hacer las cosas que yo no tengo el valor de hacer. El Imperio saquea, encierra y mata por tales «delitos», pero enseñar el abecedario a un niño de seis años no es un acto malvado…, no para mi gente, para los académicos.

Sin embargo, lo que ha hecho Darin es asqueroso; es una traición.

—El Imperio mató a nuestros padres —susurro—. A nuestra hermana.

Quiero gritarle, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta. Los marciales conquistaron las tierras académicas hace quinientos años y, desde entonces, lo único que han hecho ha sido oprimirnos y esclavizarnos. Antes, el Imperio Académico albergaba las mejores universidades y bibliotecas del mundo. Ahora, la mayoría de los nuestros no son capaces de distinguir una escuela de una armería.

—¿Cómo has podido ponerte del lado de los marciales? ¿Cómo, Darin?

—No es lo que piensas, Laia. Te lo explicaré todo, pero…

De repente, se calla, y levanta la mano para silenciarme cuando le pido la explicación prometida. Gira la cabeza hacia la ventana.

A través de las finas paredes, tata ronca, nana se agita en sueños y una paloma torcaz canturrea. Sonidos familiares. Sonidos del hogar.

Darin oye algo más. Se queda lívido y leo el miedo en sus ojos.

—Laia —dice—. Redada.

—Pero si trabajas para el Imperio…

«¿Por qué nos asaltan los soldados?»

—No trabajo para ellos —contesta, tranquilo, más tranquilo que yo—. Esconde el cuaderno. Eso es lo que quieren, por eso han venido.

Entonces sale por la puerta y me deja sola. Muevo las piernas desnudas como si fueran de melaza fría y las manos como si se hubieran convertido en bloques de madera.

«¡Deprisa, Laia!»

Lo más normal es que el Imperio haga sus redadas al calor del día. Los soldados quieren que las madres y los niños académicos lo vean todo, quieren que los padres y los hermanos presencien cómo esclavizan a la familia de otro hombre. Aunque esas redadas son horribles, las nocturnas son peores. Las nocturnas se llevan a cabo cuando el Imperio no quiere testigos.

Me pregunto si esto es real o si es una pesadilla.

«Es real, Laia, muévete.»

Tiro el cuaderno por la ventana para que aterrice en un seto. Es un escondite lamentable, pero no tengo tiempo de más. Nana entra cojeando en mi cuarto. Sus manos, tan firmes cuando remueve las tinas de mermelada o me trenza el pelo, revolotean como pájaros frenéticos, desesperadas por hacerme salir de allí lo más rápido posible.

Me empuja al pasillo. Darin está con tata en la puerta de atrás. Mi abuelo lleva el pelo, ya blanco, más alborotado que un pajar y la ropa arrugada, aunque no queda ni rastro de sueño en los profundos surcos de su cara. Le murmura algo a mi hermano antes de entregarle el cuchillo más grande de la cocina de la abuela. No sé por qué se molesta: el cuchillo se hará pedazos contra el acero sérrico de las hojas marciales.

—Darin y tú tenéis que salir por el patio de atrás —me indica nana, que no aparta la vista de las ventanas—. Todavía no han rodeado la casa.

«No, no, no.»

—Nana —digo en un susurro.

Tropiezo cuando ella me empuja hacia el abuelo.

—Escondeos en el extremo oriental del barrio…

La frase se le desvanece en los labios al mirar por la ventana principal: a través de las cortinas vislumbro un rostro de plata líquida y se me forma un nudo en el estómago.

—Un máscara —dice la abuela—. Han traído a un máscara. Vete antes de que entre, Laia.

—¿Qué pasa contigo? ¿Y con tata?

—Los entretendremos —responde el abuelo, empujándome con cariño hacia la puerta—. Guarda bien tus secretos, cariño. Haz caso a Darin, que él cuidará de ti. Marchaos.

La esbelta sombra de Darin cae sobre mí cuando me coge de la mano y la puerta se cierra detrás de nosotros. Se encorva para camuflarse en la cálida oscuridad y se mueve en silencio sobre la arena suelta del patio de atrás con la confianza que a mí me gustaría sentir. Aunque tengo diecisiete años y soy lo bastante mayor para controlar el miedo, me aferro a su mano como si no existiera nada más en este mundo.

«No trabajo para ellos», me ha dicho. Entonces ¿para quién trabaja? De algún modo ha conseguido acercarse a las forjas de Serra lo suficiente para dibujar en detalle el proceso de creación del bien más preciado del Imperio: las irrompibles cimitarras de hoja curva capaces de atravesar a tres hombres a la vez.

Hace medio milenio, la invasión marcial aplastó a los académicos porque nuestras hojas se rompían ante su acero, de calidad superior. Desde entonces no hemos aprendido nada sobre el arte del acero, porque los marciales protegen sus secretos como un avaro su oro. Si encuentran a alguien cerca de las forjas de la ciudad sin una buena razón para ello, ya sea académico o marcial, pueden acabar ejecutándolo.

Si Darin no está con el Imperio, ¿cómo se ha acercado a las forjas de Serra? ¿Cómo han descubierto los marciales la existencia de su cuaderno?

Al otro lado de la casa, un puño golpea la puerta principal. Ruido de botas que se arrastran, de acero que tintinea. Miro a mi alrededor como loca, esperando ver las armaduras plateadas y las capas azules de los legionarios del Imperio, pero el patio de atrás está en silencio. El fresco aire nocturno no evita que me resbalen las gotas de sudor por el cuello. A lo lejos oigo los tambores de Risco Negro, la escuela de entrenamiento de los máscaras. El sonido agudiza mi miedo hasta convertirlo en una daga punzante que me atraviesa el corazón: el Imperio no envía a esos monstruos de rostro de plata a una redada cualquiera.

De nuevo, oigo los golpes en la puerta.

—En nombre del Imperio —dice una voz irascible—, abran la puerta ahora mismo.

Darin y yo nos quedamos paralizados a la vez.

—No suena a máscara —susurra Darin.

Los máscaras hablan en voz baja, con palabras que cortan como cimitarras. En lo que un legionario tarda en llamar y dar una orden, un máscara ya habría entrado en la casa y rebanado con sus armas a cualquiera que se hubiera interpuesto en su camino.

Darin me mira a los ojos, y sé que ambos estamos pensando lo mismo: si el máscara no se encuentra con el resto de los soldados de la puerta principal, ¿dónde está?

—No tengas miedo, Laia —me tranquiliza Darin—, no permitiré que te pase nada.

Quiero creerlo, pero el miedo es como una marea que me tira de los tobillos y me arrastra consigo. Pienso en la pareja que vivía al lado: detenidos en una redada, encarcelados y vendidos como esclavos hace tres semanas. «Contrabandistas de libros», dijeron los marciales. Cinco días después ejecutaron en su casa a uno de los pacientes más viejos del abuelo, un hombre de noventa y tres años que apenas era capaz de caminar; le rajaron el cuello de oreja a oreja. Por colaborar con la resistencia.

¿Qué les harán los soldados a los abuelos? ¿Encerrarlos? ¿Esclavizarlos?

¿Matarlos?

Llegamos a la cancela de atrás. Darin se pone de puntillas para abrir el pestillo, pero oímos un crujido en el c

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