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UNA MUERTE SIN NOMBRE (DOCTORA KAY SCARPETTA 6)

Patricia Cornwell  

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Fragmento

Título original: From Potter´s Field

Traducción: Hernán Sabaté

1.ª edición: enero, 2016

© 2016 by Patricia Cornwell

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-327-8

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Este libro está dedicado

a la doctora Erika Blanton

(Scarpetta te llamaría amiga)

 

 

 

 

 

Replicó Yahvé: «¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo».

Génesis 4:10

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

Era Nochebuena

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Era Nochebuena

Anduvo con paso firme sobre la gruesa capa de nieve que cubría Central Park. Ya era tarde, aunque no estaba seguro de la hora. Bajo las estrellas, hacia The Ramble, la oscuridad envolvía los montículos y el hombre alcanzaba a oír y a ver su propio aliento, porque él no se parecía a ningún otro hombre. Temple Gault siempre había sido mágico; siempre había sido un dios en un cuerpo humano. Por ejemplo, él no resbalaba al caminar como le habría sucedido, no le cabía duda, a cualquier otro. Y no conocía el miedo. Bajo la visera de la gorra de béisbol, sus ojos escudriñaban el entorno.

En el lugar oportuno —y Gault sabía perfectamente cuál era— se agachó, al tiempo que apartaba el largo faldón de su abrigo negro. Depositó un viejo petate militar sobre la nieve y extendió las manos, desnudas y ensangrentadas, a la altura de los ojos. Aunque frías, no las notaba insoportablemente heladas. A Gault no le gustaban los guantes, a menos que fueran de látex, y éstos tampoco daban calor. Se lavó las manos y el rostro en la blanda nieve recién caída y luego, con la que había utilizado, formó una bola manchada de sangre que colocó al lado del petate, pues no podía dejar allí ninguna de ambas cosas.

Asomó a sus labios una tenue sonrisa y, como un perro activo y feliz que se dedicara a excavar un hoyo en la playa, revolvió la nieve del parque para borrar las huellas de pisadas mientras buscaba la salida de emergencia. Sí, la trampilla estaba donde había calculado y sus manos siguieron apartando nieve hasta que encontraron el papel de aluminio doblado que había colocado entre la tapa y el borde. Gault agarró la anilla que servía de tirador y abrió la trampilla. Allá abajo estaban las tapas oscuras de la red del metro y se oía el chirrido de un tren. Dejó caer el petate y la bola de nieve por el hueco. Luego, sus botas resonaron en los peldaños de la escala metálica que llevaba abajo.

1

La Nochebuena se presentaba fría y traicionera, envuelta en escarcha negra y en crímenes anunciados por la radio del vehículo. No era habitual que alguien me llevara en coche a través de los suburbios de Richmond. Normalmente, conducía yo. Normalmente, también, era la única ocupante de la furgoneta azul del depósito de cadáveres que me trasladaba a los escenarios de muertes violentas e inexplicables. Esta vez, sin embargo, ocupaba el asiento del copiloto de un Crown Victoria de cuyos altavoces surgía música navideña interrumpida por los mensajes en clave que se cruzaban agentes y central.

—El comisario Santa Claus acaba de doblar a la derecha —señalé—. Creo que anda perdido.

—Sí. En fin, yo diría que él está borracho —respondió el capitán Pete Marino, responsable de la comisaría del violento distrito que estábamos recorriendo—. En nuestra próxima parada, fíjese en sus ojos.

El comentario no me sorprendió. El comisario Lamont Brown tenía un Cadillac, lucía ostentosas joyas de oro y gozaba del aprecio de la comunidad por el papel que estaba desempeñando en aquel instante. Quienes conocíamos la verdad acerca de Brown no nos atrevíamos a abrir la boca. Al fin y al cabo, es un sacrilegio decir que Santa Claus no existe, aunque en el caso del comisario era cierto que de Santa Claus no tenía nada. Aquel hombre esnifaba cocaína y probablemente se quedaba con la mitad de las donaciones que cada año le eran confiadas para que las repartiera entre los pobres; era pura escoria. Recientemente, y dado que nuestra antipatía era mutua, Brown se había asegurado de que no se me excluyera del deber cívico de ejercer como jurado cuando fuese convocada.

Los limpiaparabrisas se deslizaban penosamente por el cristal. Los copos de nieve se arremolinaban en torno al coche de Marino y lo rozaban como blancas y huidizas bailarinas. Descendían entre las luces de vapor de sodio y acababan tan negros como el hielo que cubría las calles. Hacía mucho frío. La mayor parte de los ciudadanos estaba en casa con la familia, a través de las ventanas se veían árboles adornados, y los fuegos de los hogares estaban encendidos. Karen Carpenter soñaba con unas Navidades blancas hasta que Marino, bruscamente, cambió de emisora la radio del coche.

—Una mujer que toca la batería no me merece el menor respeto —dijo, al tiempo que oprimía el encendedor del salpicadero.

—Karen Carpenter está muerta —respondí, como si ello la eximiera de más comentarios desdeñosos—. Y en esa pieza no tocaba la batería.

—Es verdad. —Marino sacó un cigarrillo—. Ya me acuerdo. Tenía uno de esos problemas digestivos… No recuerdo cómo se llaman.

El Coro del Tabernáculo Mormón entonó el Aleluya. Yo había previsto ir a Miami a la mañana siguiente para ver a mi madre, a mi hermana y a Lucy, mi sobrina. Mamá llevaba varias semanas en el hospital. En cierta época, había sido una fumadora tan impenitente como Marino. Abrí un poco la ventanilla.

—Y le falló el corazón. De hecho, fue de eso de lo que murió en último término —continuó él.

—De hecho, es de lo que todo el mundo se muere en

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