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UNA NOVELA CRIMINAL (PREMIO ALFAGUARA DE NOVELA 2018)

Jorge Volpi

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Fragmento

1. La aguja y el pajar

La mejor manera de empezar una historia es con otra. Para narrar el caso de Israel Vallarta y Florence Cassez, los protagonistas de esta novela documental o de esta novela sin ficción, debo dirigir la mirada hacia un personaje en apariencia secundario: su nombre es Valeria Cheja, acaba de cumplir 18 años y estudia en una preparatoria privada de la Ciudad de México. Una adolescente de clase media como tantas: vanidosa, fiestera, ávida de mundo. Observémosla la mañana del 31 de agosto de 2005: el cabello negro, la camiseta blanca y los pants azules con jaspes también blancos del uniforme. Valeria suele pasar por sus amigas en el Seat rojo que le regalaron sus padres, pero hoy debe exponer en su primera clase y prefiere marcharse sola, consciente de que cada mañana la Ciudad de México se transforma en un campo de batalla donde millones de automovilistas se rebasan y amontonan en filas interminables a una velocidad que rara vez excede los veinte kilómetros por hora.

El aire fresco golpea su rostro cuando, cerca de las 07:40, sale al patio, arroja su mochila en el asiento del copiloto, toma su lugar frente al volante y enciende el motor. Entre su casa y el Colegio Vermont median unos veinte kilómetros y Valeria sabe que, si no se da prisa, el trayecto puede tomarle el doble de tiempo. La joven toma San Francisco Culhuacán y, poco antes de doblar hacia Taxqueña, un Volvo blanco se detiene frente a ella. La joven supone que el conductor ha sufrido una avería y frena en seco; por el retrovisor se percata de que una camioneta negra bloquea el paso a sus espaldas. El susto apenas le permite distinguir a los dos enmascarados que descienden del automóvil. Uno de ellos estrella la ventanilla de su lado izquierdo, le grita que no se mueva y la amenaza con una pistola, en tanto el otro la obliga a pasarse al asiento trasero del vehículo y se acomoda al volante; un tercer sujeto aborda la van negra.

Valeria se da cuenta de que el primero es el jefe de la banda, pues los demás se limitan a seguir sus instrucciones. Cuando el Volvo arranca de nuevo, éste le ordena quedarse callada y el sujeto a su lado la obliga a sumir el rostro en el asiento. El Seat avanza unos metros, gira en una callejuela y se estaciona. Uno de sus captores le cubre la cabeza con una manta, la obliga a bajar y la trepa en la camioneta sin ventanas; finalizado el trasiego, los tres vehículos se ponen otra vez en marcha. Asfixiada por el roce de la cobija, a la joven se le ocurre balbucir que está a punto de sufrir un ataque de asma. Los secuestradores le quitan la manta del rostro y le preguntan si necesita alguna medicina.

«Me dan miedo las armas», se justifica Valeria, fingiendo que se ahoga.

«No te preocupes, las vamos a esconder», responden sus captores y guardan rifles y pistolas debajo del asiento.

No será la primera vez que Valeria se valga de su astucia para obtener concesiones de sus secuestradores. Al cabo de diez minutos, la camioneta aminora la velocidad, da un rápido giro, atraviesa una verja —la joven escucha el rechinido de un portón metálico— y se estaciona en un patio interior. Los secuestradores la cargan en hombros, la introducen en la propiedad y la depositan en una incómoda silla de madera. El jefe de la banda, a quien los demás llaman Patrón, le pregunta cuánto dinero cree que su familia podría pagar como rescate. Pese al aturdimiento, Valeria inventa que Mayco Diseños, la empresa textil de su madre, atraviesa por severas dificultades económicas y le explica al Patrón que está sometida a un par de auditorías del Seguro Social y de Hacienda.

El secuestrador le exige entonces su celular; Valeria rebusca en su bolsillo y le entrega el Nextel que le regaló su madre.

Son las 07:50.

«Márcale a tu mamá», ordena el Patrón. Laura Maya Tinajero apenas tarda en contestar. «Estoy bien, no te preocupes», alcanza a musitar Valeria antes de que el Patrón le arrebate el aparato.

El secuestrador le explica a Laura que tienen a su hija en su poder, pero que nada va a pasarle si coopera con ellos; le ordena no dar aviso a la policía, le comenta que Valeria lo ha puesto al tanto de los problemas de la empresa y le pregunta qué cantidad estaría dispuesta a pagar por su libertad. Sin saber qué hacer, Laura confirma la mentira y alega carecer de efectivo. El Patrón le exige diez millones de pesos.

«¿Cuál es el nombre de su padre, doña Laura?», le pregunta. Tomada por sorpresa, Laura responde que se llama Humberto. «A partir de ahora tiene que llamarme así», le indica el Patrón antes de cortar la llamada.

Cerca de las 08:00, el secuestrador vuelve a marcarle a Laura para saber si ya tiene idea del monto que será capaz de reunir. Más flexible, le propone una rebaja de cinco millones.

Valeria, entretanto, ha permanecido inmóvil en la silla. Alguien le retira la manta de la cabeza y ella siente cómo le acomodan el cabello, le colocan una borla de algodón en cada ojo y proceden a vendarla. Poco después la trasladan a uno de los sillones de la sala, un poco más mullido.

A las 10:45, el Patrón le llama otra vez a su madre para indicarle dónde se encuentra el Seat de Valeria. Laura le ordena a un empleado de la empresa que vaya a recogerlo y, sin atender las indicaciones de los secuestradores, pide ayuda a la policía. Hacia las 11:00 se presenta en su domicilio la agente Murgui, de la Dirección de Análisis Técnico de la Procuraduría General de la República; acostumbrada a este tipo de crisis, lleva consigo un maletín con una grabadora, un teléfono y un identificador de llamadas. Desde ese momento, la agente acude a diario a su casa para aconsejarla; también se entrevista con el padre de Valeria, el empresario judío Benjamín Cheja, y con la madre de Laura.

Para tranquilizar a Valeria, el Patrón le explica que son profesionales y le adelanta que, si su familia hace lo que piden, quedará libre en poco tiempo. También le explica que están arreglando su cuarto y que deberá esperar a que esté listo; Valeria finge mostrarse comprensiva y le dice que entiende que todo el mundo debe buscarse una forma de ganarse la vida. Pasa varias horas allí, sentada y vendada, oyendo las voces de los comentaristas televisivos y las conversaciones y movimientos de sus captores. «Aquí han estado políticos súper importantes», le presume el Patrón, «empresarios y gente así.»

Un escalofrío recorre la espalda de Valeria. «¿Y no han matado a nadie?», cuestiona. «Hace tiempo tuvimos a un señor casado, con un hijo», le contesta el Patrón para amedrentarla y le cuenta que pidieron mucho dinero por su rescate y al final el hijo ofreció un millón de pesos. «Por esa cantidad preferimos matarlo.» También le revela que en otra ocasión tuvieron en su poder a una niña («como de tu edad»), hija de un político importante. El padre confesó que, si bien sería capaz de reunir el dinero del rescate, no tendría modo de justificarlo ante la prensa. «Y entonces también tuvimos que matarla.»

Dejando atrás este tono macabro, el Patrón vuelve a interrogarla sobre las propiedades de su familia y Valeria reitera la misma historia de problemas financieros. El líder de la banda le confiesa que la seguían desde hacía un mes y que pertenecen a la banda que la detuvo en el Periférico el viernes anterior. Valeria recuerda que esa tarde unos sujetos le impidieron el paso, pero, como iba con un grupo de amigos, los dejaron ir luego de revisar sus papeles.

Horas más tarde, los secuestradores depositan un plato de comida sobre la mesa; Valeria apenas prueba bocado mientras el Patrón continúa el interrogatorio. Ella escucha cómo los demás se sientan a comer y pide permiso para ir al baño. Otro de los captores la acompaña a la planta alta; en el camino ella repara en el desnivel entre el comedor y el pasillo y por debajo de la venda entrevé los mosaicos azules del piso.

Por la noche la trasladan a otro cuarto y, un poco más tarde, a la que será su habitación durante el resto de su encierro, en la planta alta. El Patrón le explica que puede quitarse la venda cuando ellos no estén, pero que cada vez que toquen a la puerta deberá colocarse contra la pared con una almohada o las sábanas sobre la cabeza. Además del colchón, Valeria encuentra un televisor de veinte pulgadas, un equipo de DVD, una mesita y un ventilador. Del techo pende un foco sostenido por un cable negro. En el baño adyacente, al cual se accede atravesando el leve desnivel, descubre un lavabo color crema y una bañera y un excusado blancos.

«Te me imaginas mucho a mi hija», le susurra el Patrón. «Te juro que no vas a estar mucho tiempo aquí. No te preocupes, nadie va a tocarte ni a hacerte daño.»

Valeria le ruega que se quede, ya que desconfía de sus empleados. El Patrón permanece con ella unos minutos; luego le explica que tiene cosas que hacer y desciende a la planta baja. A las 21:07, le marca otra vez a Laura.

«Quisiera que me dé alguna respuesta.»

A la madre de Valeria se le quiebra la voz. El Patrón se esfuerza por tranquilizarla y después la vuelve a intimidar. «Nosotros no vamos a ceder», se enfada y le indica que el dinero del rescate deberá estar en billetes de doscientos, quinientos y mil. Laura insiste en que no tiene ese dinero y, furioso, el secuestrador cuelga.

Transcurre un lento y angustioso día sin que Laura reciba noticias de los secuestradores. Valeria permanece en su cuarto, adonde le llevan sopa de pasta y una milanesa. Por la noche la visita el Patrón, un hombre locuaz y pródigo en opiniones que se queda a platicar con ella largo rato.

A las 07:42 del 2 de septiembre, Laura recibe una nueva llamada mientras la acompaña, como de costumbre, la agente Murgui. La madre de Valeria le dice al secuestrador que ha logrado reunir casi cien mil pesos.

«Ay, señora, ya empezamos mal», se enfurruña éste, «teníamos confianza en que no iba a decir tonterías.» Laura insiste en que no tiene la cantidad que le pide. «Pues qué lástima, de veras, era una chica muy linda.»

La comunicación se interrumpe; segundos más tarde, el Patrón vuelve a marcar y le grita a Laura que, si vuelve a colgarle el teléfono, no volverá a llamar. «Se le dijo que no avisara a nadie», la regaña. Humberto le dice entonces algo significativo: «No se deje usted llevar por gente que no tiene la misma sangre de usted y de su hija.»

La negociación prosigue en la misma tónica: el secuestrador exige su pago y Laura reitera que no tiene más que cien mil pesos. Como si fuese el regateo en un mercado, éste le propone una rebaja sustancial: ya tampoco serán cinco millones, sino lo que ella tenga a bien reunir.

El Patrón sube poco después a la habitación de Valeria; ella se coloca contra la pared y uno de los secuestradores le venda los ojos. El jefe de la banda la convida a la mesa, ambos desayunan sendos platones de cereal y él le explica que al parecer le dieron mal sus datos, pues sólo secuestran a gente rica. Le advierte, sin embargo, que debe cuidarse de los ojetes que tiene a su alrededor y le adelanta que muy pronto se dará cuenta de quién la ha entrampado. «Yo ya quiero que te vayas», le confía el Patrón y, en una suerte de síndrome de Estocolmo a la inversa, añade que no quiere ningún rescate porque Valeria ha sido una niña muy valiente.

La joven pasa el resto de la mañana en su habitación. A la hora de la comida, dos sujetos le suben otra vez sopa de pasta y una milanesa. Ella vuelve a su juego: exige papas fritas, botanas y películas en video; los secuestradores cumplen su petición. Valeria tira la comida chatarra al excusado, pero su capricho le permite creer que mantiene cierto control sobre su vida. El resto del día revisa sus cuadernos de la escuela, oye la radio y ve un poco de tele.

En su conversación de la noche anterior, el Patrón le pidió que todas las tardes, a la misma hora, escuche un programa de radio de Amor FM, en el 95.3 del cuadrante: una de esas emisiones de autoayuda en las que el conductor da un sinfín de consejos sobre todos los tópicos posibles. Por la noche, mientras los dos cenan espalda contra espalda, el líder de la banda la examina sobre lo que aprendió en la radio, endilgándole interminables reflexiones sobre la vida. Un secuestrador con vena de filósofo.

Tras otro día sin noticias, el 4 de septiembre, a las 12:57, Laura recibe un nuevo telefonema. El Patrón le ordena dejar fuera a Benjamín, el padre de Valeria; ella le dice que ha logrado reunir ciento ochenta mil pesos. Sin prestar demasiada atención, éste vuelve a preguntarle por sus propiedades, su camioneta —Laura le explica que no ha pagado los abonos en seis meses— y la colegiatura de la escuela, cotejando sus respuestas con la información que alguien le ha proporcionado. Laura, por su parte, trata de generar en él cierta empatía contándole de la enfermedad de su madre.

Otro miembro de la banda irrumpe esa tarde en el cuarto de Valeria. Su voz es más gruesa que la del Patrón; su tono, violento y amenazante. Le dice que no entiende por qué su jefe la consiente tanto, que está harto y que ella terminará por pagarlo. Cuando el Patrón visita a Valeria por la noche, la encuentra llorando; le toma la mano y trata de apaciguarla. «Estoy empezando a encariñarme contigo», le dice y añade con su estilo de lector de manuales de autoayuda: «Para mí también es doloroso tenerte acá. Aunque la jaula sea de oro, jaula es.»

Por su parte, Valeria le entrega una larga carta para su mamá; convencida de que jamás volverá a ver a su familia, le escribe que no la han maltratado y le pide tratar de ser feliz. El Patrón promete enviarla por la mañana.

A las 21:55, Laura recibe una nueva llamada. Le parece que la voz del otro lado del teléfono no es la misma de las ocasiones anteriores. Sin tomar en cuenta sus recelos, el secuestrador le pregunta sobre la renta que paga por su casa, las ganancias de la empresa y las m

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