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UNA PéRDIDA RAZONABLE (DETECTIVE WILLIAM MONK 17)

Anne Perry  

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Fragmento

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Lora Fountain

1

 

Hester todavía no había conciliado el sueño cuando oyó un leve rumor, como el de alguien que sollozara quedamente. Monk permanecía inmóvil a su lado, con una mano apoyada en la almohada y el pelo tapándole el rostro.

No era la primera vez que oía llorar a Scuff por la noche en las dos últimas semanas. La relación que tenía con el niño al que ella y Monk habían acogido era muy delicada. Se trataba de un niño de la calle que vivía a orillas del río y que en buena medida se las arreglaba por su cuenta para sobrevivir, siendo más espabilado de lo que correspondía a su edad y en extremo independiente. Consideraba que cuidaba de Monk, quien, a juicio de Scuff, carecía de la experiencia y el fiero instinto de supervivencia que exigía su trabajo como jefe de la Policía Fluvial del Támesis en Wapping, en el corazón del puerto de Londres.

Hasta un mes antes Scuff iba y venía a su antojo, y sólo de vez en cuando pasaba la noche en casa de Monk, sita en Paradise Place. Sin embargo, desde su secuestro y las atrocidades a bordo del barco amarrado en Execution Dock vivía allí, sin apenas salir a la calle durante el día y dando vueltas en la cama casi cada noche, acosado por las pesadillas. Nunca hablaba de ellas, y su orgullo no le permitía admitir, ante Hester menos que nadie, que tenía miedo de la oscuridad, de las puertas cerradas y, sobre todo, de dormir.

Por supuesto, Hester conocía el motivo. En cuanto el control que ejercía sobre sí mismo en las horas de vigilia desaparecía, Scuff se encontraba de nuevo a bordo del barco, acurrucado de lado bajo la trampilla de la sentina, pegado al cadáver medio descompuesto del niño desaparecido, soportando los remolinos de agua y las ratas, y aquel hedor nauseabundo.

En sus pesadillas no parecía importar que ya fuese libre ni que Jericho Phillips hubiese muerto, de lo cual, además, había sido testigo, encerrado en la jaula del río. La boca del repulsivo criminal estaba bien abierta cuando la marea creciente la alcanzó, silenciando su voz para siempre.

Hester lo oyó otra vez y se levantó de la cama. Se cubrió con un chal, no tanto para abrigarse en la templada noche de finales de septiembre como por pudor, para no violentar a Scuff si lo encontraba despierto. Salió de la habitación y recorrió el pasillo sin hacer el menor ruido. La puerta del dormitorio de Scuff estaba lo bastante abierta para que el niño no tuviera que tocarla si deseaba salir. La lámpara de gas estaba al mínimo, manteniendo la ficción de que se le había olvidado apagarla, como hacía todas las noches. Ni Hester ni Scuff aludían nunca a ello.

Scuff estaba enredado en las sábanas, con las mantas medio caídas al suelo, acostado en la misma postura en que lo habían encontrado cuando ella y Sutton, el exterminador de ratas, abrieron la trampilla con una palanca.

Hester dejó de debatirse en la duda, entró en la habitación, recogió las mantas para taparlo de nuevo y las remetió un poco debajo del colchón. Scuff volvió a gimotear y tiró de las mantas como si tuviera frío. Hester permaneció observándolo. Al mortecino resplandor de la luz de gas comprobó que seguía soñando. Tenía el rostro tenso, cerraba los ojos con fuerza y apretaba tanto la mandíbula que sin duda le rechinaban los dientes. De vez en cuando se movía y alzaba las manos como queriendo alcanzar algo.

¿Cómo podía despertarlo sin herirlo en su orgullo? Nunca le perdonaría que lo tratara como a un niño. Y sin embargo tenía las mejillas tersas, el cuello tan delgado y los hombros tan estrechos que aún no se vislumbraba nada del hombre que había en él. Había dicho que tenía once años, pero no aparentaba más de nueve.

¿Qué mentira conseguiría engañarlo? No podía despertarlo sin admitir tácitamente que le había oído llorar en sueños. Se volvió, salió del dormitorio y recorrió un trecho del pasillo. Entonces se le ocurrió una idea mejor. Bajó de puntillas a la cocina y llenó un vaso de leche, luego cogió cuatro galletas y las puso en un plato. Subió de nuevo, poniendo cuidado en no tropezar con el camisón. Justo antes de llegar a la habitación de Scuff golpeó deliberadamente la puerta del armario de la ropa blanca. Sabía que quizá también despertaría a Monk, pero eso no se podía remediar.

Al llegar ante la puerta del dormitorio de Scuff, vio que había tirado de las mantas hasta la barbilla, que las agarraba con ambas manos y que tenía los ojos abiertos.

—¿Estás despierto? —preguntó Hester, fingiendo una ligera sorpresa—. Yo también. He ido a buscar leche y galletas. ¿Quieres la mitad? —agregó, mostrándole el plato.

Scuff asintió. Vio que sólo había un vaso, pero la leche era lo de menos. Lo único que importaba era la oportunidad de no estar despierto y solo.

Hester entró, dejando la puerta entornada, y se sentó en el borde de la cama. Dejó el vaso de leche en la mesilla de noche, al lado de Scuff, y el plato de galletas sobre las mantas.

El niño cogió una y la mordisqueó sin dejar de mirar a Hester con los oscuros ojos muy abiertos a la escasa luz de la lámpara, aguardando a que ella dijera algo.

—No me gusta estar despierta a estas horas de la noche —dijo Hester, mordiéndose un poco el labio—. En realidad no tengo hambre, pero sienta bien comer algo. Tómate la leche, si quieres.

—Tomaré la mitad —dijo Scuff. La comida era un bien muy preciado; siempre era muy escrupuloso al repartirla.

—Muy bien —respondió Hester sonriendo, y tomó una galleta para que no se sintiera incómodo comiendo.

Scuff cogió el vaso con las dos manos. Bebió un poco de leche, comprobó cuánta había bebido, bebió un poco más y le pasó el vaso a Hester. Estaba sentado muy erguido en la cama, con el pelo revuelto y una mancha blanca sobre el labio superior.

Hester tuvo ganas de abrazarlo, aunque se contuvo. Tal vez él también lo deseara, pero jamás lo reconocería. Significaría que era dependiente, y eso no se lo podía permitir. Había vivido en los muelles, escarbando en el lodo del Támesis en busca de trozos de carbón caídos de las gabarras, tornillos de latón y otros objetos valiosos que perdían los barcos. La marea baja permitía sobrevivir a los niños como él, a quienes todo el mundo tachaba de rapiñadores. Tenía una madre en algún lugar, pero con demasiados hijos pequeños para disponer de tiempo o espacio para cuidar de él. O tal vez tuviera un nuevo marido que no quería a los hijos de otro hombre en su casa. Sus amigos eran niños como él, con quienes compartía comida, calor y sufrimientos; compañeros de supervivencia.

—Toma otra galleta —dijo Hester.

—Ya me he comido dos —repuso Scuff—. Y eso era la mitad.

—Sí, ya lo sé. He cogido más de las que quería —dijo Hester—. Creía que tenía hambre, pero en realidad lo he hecho porque estoy desvelada.

Scuff la miró detenidamente, decidiendo si hablaba en serio, y luego cogió la última galleta y se la zampó en

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