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UNA PROMESA DE JUVENTUD

María Reig  

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Fragmento

I

7 de octubre de 1977

Cuatro días después de mi fallida conversación con la señora Geiger, seguía dándole vueltas a su reacción. Jamás habría imaginado que pudiera responderme de tal forma. ¿Quién se pensaba que era? ¿Un agente de Scotland Yard? ¿Un espía soviético? Acariciaba las páginas del último libro que había consultado en aquel intenso viernes de investigación mientras analizaba por enésima vez la desconfianza injustificada, la amenaza velada tras un auricular cobarde que no permitía dar la cara.

El bibliotecario me sacó de ese ensimismamiento en el que estaba sumergida, entre papeles, apuntes y olor a antiguos manuscritos, que se almacenaban desde el siglo XVII en la magnánima biblioteca Bodleian. Una burbuja en la que, sin percatarme, mi incomprensión había tomado forma entre mis cejas. Ya era la hora de cierre y esta no conocía de excusas, privilegios ni aplazamientos. Asentí y me dispuse a recoger aquella cobertura de celulosa y dudas con la que había tenido la deferencia de decorar el pupitre que se me había asignado aquella misma mañana.

El señor Hollins, encargado de la Upper Reading Room desde hacía más de diecisiete años, me sonrió. Mi asiduidad nos había convertido en conocidos e, incluso, en buenos amigos. Y es que, siendo sincera, desde hacía casi un año pasaba más horas entre aquellas cuatro paredes que en mi casa. Quizá mi tesis me abriría las puertas al mundo de la enseñanza superior, de la investigación, pero, por lo pronto, estaba lapidando mi vida social. El señor Hollins era un hombre de poca estatura al que la edad había dejado escasos cabellos blancos en la coronilla. Era paciente y amable con todos los estudiantes que pasábamos por aquella sala de la Bodleian que, otrora, había albergado una galería de arte.

Admiré una última vez las estanterías que, silenciosas y prudentes, habían respetado mi larga sesión de análisis y lectura una jornada más; también los cuadros que, sobre ellas, nos controlaban a todos con mutismo proverbial. Dejé caer mi mirada por encima de las mesas vacías, abandonadas temporalmente al abrigo de bombillas de luz blanquecina que se fundirían, en apenas unos minutos, en el anochecer del otoño. Exhalé un suspiro de agotamiento que, no obstante, guardaba para sí toda la admiración que, aun con todas las horas que había regalado a aquel templo del conocimiento impreso, me generaba cada rincón. Devolví los libros que había consultado y me despedí amigablemente del señor Hollins.

Catte Street me recibió con una cortina de lluvia que contrastaba sobremanera con los rayos de sol que, aunque débiles, me habían acompañado horas antes. Me coloqué la capucha y corrí a por mi bicicleta. El vaivén de mis pedales rozaba las gotas que empapaban lentamente mis pantalones. Atrás quedaron los imponentes edificios que constituían la biblioteca, la tradicional librería Blackwell, los numerosos colleges, las calles grises que se amamantaban de la excelencia académica de la ciudad de Oxford. Atrás las enredaderas, las verjas, las aceras, los árboles y las carcajadas que, de tanto en tanto, eran liberadas de entre las vetustas puertas de algún bar.

Como cada tarde, el bullicio de Broad Street daba paso a vías más estrechas y solitarias hasta llegar a Mount Street, casi al borde del canal, donde vivía desde 1976 con Ava y Billie. Aunque no éramos grandes amigas, habíamos logrado comprendernos y respetarnos en una no siempre fácil convivencia. Dejé que aquel inesperado chubasco, al menos para mí, mojara mis mejillas. Pero, entonces, cuando me disponía a aparcar frente a mi casa, frené de golpe. Abrí los ojos y arqueé aquellas cejas a las que sometía constantemente a un ir y venir de expresiones, de emociones.

—¡Maggie! —exclamé—. ¿Qué haces aquí?

—¡Sorpresa!

Aunque trató de mostrar indiferencia, verla sentada encima de su maleta con un paraguas chorreando de espera me comunicó que llevaba un largo rato aguardando a mi llegada. Coloqué el candado de la bicicleta con la agilidad que aporta la experiencia y fui a su encuentro. No podía creer que hubiera decidido visitarme. Mientras entrábamos en el estrecho recibidor del adosado, optó por explicarme el porqué de su repentino viaje desde Londres.

—El martes te noté muy rara por teléfono. Quería venir aquí para comprobar que no te habías tirado por la ventana.

Entrecerré los ojos e hice una mueca de desagrado.

—Muy graciosa.

—No, en serio. Tienes que intentar desconectar y dejar de darle tanta importancia a cualquier diminuto detalle que tiene que ver con tu investigación.

—El problema aquí no es mi susceptibilidad, Maggie. Tenía, por fin, una fuente directa de St. Ursula, una fuente oral primaria, y, de pronto, se ha ido todo al traste —espeté irritada.

—¿Crees que no lo sé? Recuerda que yo te conseguí el contacto de la señora Geiger. Pero si ella no quiere hablar, no puedes hacer nada…

Ava nos saludó con un graznido desde la cocina. Sí, aquella había sido su contribución verbal más rica e intensa en el último mes. Al parecer, estaba buscando trabajo y no le estaba yendo del todo bien. Subimos al trote las escaleras para que Maggie dejara su equipaje en mi habitación. Cuando subí la maleta encima de mi cama y fui consciente de su peso, me pregunté qué diablos habría dentro. ¡Si solo iba a estar dos días en Oxford! Ella, ignorando que había estado a punto de luxarme la clavícula, se acomodó en una butaquita tapizada con un estampado de flores y círculos que no dejaba indiferente a nadie.

—Muy a la moda, sí —valoró.

—La dejó aquí la dueña de la casa —puntualicé.

—En fin… ¿por dónde íbamos? Ah, sí. Que no debe condicionarte que esa señora Geiger te haya ignorado.

—Pero no es ignorado, Maggie, ella desconfió de mí, era como si temie

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