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UNA PROMESA EN EL FIN DEL MUNDO (NUBE BLANCA 4)

Sarah Lark

0


Fragmento

1

olla

Campo de refugiados próximo a Teherán, Persia

—¿Dónde está Luzyna?

Adam, que vivía con sus padres en el lado oeste de los barracones, se plantó jadeante delante de Helena. Debía de haber llegado corriendo.

—Ni idea. —Malhumorada, Helena levantó la vista de su labor. Hasta entonces había estado sentada plácidamente al sol, contenta de haberse librado de la agobiante estrechez del barracón. El día anterior había estado lloviendo y no habían podido salir. La hermana de Helena se había quejado de que las normas del campamento le prohibiesen ir a ver a su amigo Kaspar a los barracones para hombres. Luzyna se había peleado con la muchacha de la cama contigua a la suya y se había enfadado con la mujer de la cama de enfrente, que no dejaba de hablar sola. Por la mañana, Helena se alegró de que Luzyna por fin volviera al trabajo en la cocina del campamento. Pero ahora, Adam venía a perturbar su tranquilidad. Por lo visto, su hermana volvía a estar metida en algún lío.

—¿No está en la cocina? —preguntó Helena, desconcertada.

—Tenía que ir al médico —contestó el chico agitando la cabeza—. Eso al menos le dijo a la cocinera. —El campamento se hallaba junto a un pequeño hospital—. Al mediodía tenía que estar de vuelta. Pero hasta ahora no ha dado señales de vida, y eso que tiene que recoger la comida y repartirla. No puedo hacerlo solo, pero tampoco quiero delatarla. Bueno, si es que no está ahora con el médico... —Adam, un quinceañero de cabello rubio y fino, y con acné en el rostro, pasaba nervioso el peso de un pie al otro.

Helena suspiró. Siempre igual. Nadie quería poner a Luzyna en un apuro. Ella siempre encontraba a alguien que ocultaba sus trastadas o que se responsabilizaba de los errores que cometía.

—No tenía ninguna cita en el hospital —dijo Helena, al tiempo que recogía la labor. El delantal que había cosido a máquina en la clase de costura no le había quedado demasiado bien y, además, se le había manchado porque Helena continuamente se pinchaba los dedos con la aguja al coser los acabados. No cabía duda de que su talento no residía en los trabajos manuales—. A mí no me dijo nada de eso. Pero es todo un detalle que no la delates. Espera a que guarde la labor e iré contigo a echarte una mano.

Helena se puso en pie, entró en el alojamiento y parpadeó en medio de la penumbra de la gran sala solo iluminada por unos ventanucos. Puso cuidado en no tropezar con las pertenencias de otras ocupantes que había por el suelo de los angostos pasillos que discurrían entre las camas. En el barracón se apiñaba demasiada gente, los estrechos catres estaban tan cerca unos de otros que bastaba con darse media vuelta en la cama para incordiar a la vecina.

Helena se despertaba casi todas las noches porque Luzyna tenía un sueño inquieto. Como muchos refugiados polacos que tras su estancia en Siberia habían sido acogidos en Persia, su hermana sufría pesadillas. Aunque por fin estaban a buen resguardo, los recuerdos del pasado las perseguían. Antes de que los rusos invadieran su país en el otoño de 1939, después de que Stalin hubiese firmado el fatal pacto con Hitler, habían vivido como ciudadanos polacos irreprochables. Para rusificar totalmente Polonia Oriental, el dictador deportó a gran parte de la población polaca a los campos de trabajo de Siberia. Pero en junio de 1941, Alemania rompió el acuerdo de no agresión que había hecho posible la anexión de Polonia Oriental. A continuación, para combatir a Hitler, Stalin se había visto obligado a unirse a los aliados, quienes habían puesto como condición que estableciera relaciones diplomáticas con el gobierno polaco en el exilio. Gracias a tales negociaciones se amnistió a los polacos que estaban en Siberia. ¡Helena y Luzyna eran libres! Junto con el recién creado ejército polaco, formado por antiguos deportados, las dos hermanas consiguieron llegar a Persia. El país estaba bajo el control de los aliados y los polacos disfrutaban del estatus de refugiados. No había nadie que atentara contra la vida de Helena y Luzyna en ese país de Asia Occidental, pero las muchachas todavía no habían superado las penurias de los pasados años.

Helena llegó al rincón que compartía con su hermana. Corrió la cortina improvisada con mantas con la que habían separado su diminuta área personal del dormitorio común y arrojó la labor sobre la cama. A continuación fue con Adam a la cocina del campamento. El sol se alzaba en lo alto por encima de las montañas nevadas, ya era más de mediodía y los cocineros tenían la comida preparada. Seguro que los refugiados ya la esperaban impacientes. Ahí en Persia, les daban tres comidas diarias y abundantes, lo que para ellos era como un pequeño milagro. En Siberia habían pasado años de hambre.

La cocina se encontraba a unos cien metros de los alojamientos donde eran instaladas las personas. Un camino ancho y bien pavimentado condujo a Helena y Adam hasta allí. En realidad, el campo de refugiados respondía al proyecto de un cuartel de la aviación persa; los edificios centrales de ladrillo tenían un acabado mucho más sólido que los barracones. Los rodeaba un pulcro muro pintado de amarillo, no un desagradable alambre de púa como el que se había tendido a toda prisa para cercar los alojamientos. Las cuatro construcciones, sin embargo, no habían podido albergar a todo el flujo de refugiados, a quienes habían colocado primero en tiendas y luego en barracones levantados a toda prisa. En la actualidad, los cuarteles albergaban sobre todo los espacios públicos, como el hospital, la escuela y los talleres.

El ejército había puesto a disposición del campo de refugiados dos cocinas de campaña y una carpa en la que se cocinaba, cosas que los ayudantes de cocina encontraban sumamente agradables en el tórrido verano persa. Complacidos, se sentaban al sol, delante de la tienda o a la sombra del voladizo de la carpa, para pelar patatas o trocear los ingredientes del puchero. Tras los años de frío siberiano, disfrutaban con el menor rayo de sol. Naturalmente, todo sería más bonito si hubiera al menos un par de árboles o un parterre con flores. Pero nadie se había entretenido en embellecer aquel lugar; si bien la visión de las lejanas cumbres de las montañas Alburz, a cuyos pies se hallaba el campo de refugiados, constituía todo un placer para la vista.

—¿Y la pequeña Luzyna? —preguntó uno de los ayudantes de cocina cuando Adam y Helena se presentaron para repartir el rancho. Dos jóvenes les entregaron, a ellos y a los demás repartidores de comida de los otros barracones, carretillas llenas de pesadas ollas de gulash y pasta—. ¿Ahora no le tocaba servicio?

Helena se puso tensa.

—Mi hermana ha tenido que ir al médico —murmuró.

El segundo ayudante rio.

—¡De médico nada! —exclamó burlón—. La he visto antes con Kaspar detrás de la cochera. ¿Habrá confundido el hospital con el taller de reparaciones?

Kaspar, a sus dieciocho años, era de los que ayudaban en el mantenimiento de los camiones en los que llegaban al campamento las provisiones y los nuevos refugiados. Cooperaba de buen grado, mientras que Luzyna detestaba trabajar en la cocina. En realidad, tampoco se había apuntado de forma voluntaria, sino que se había sometido de mala gana a la presión de su hermana mayor. Ahora faltaba siempre que podía y Helena se arrepentía de haberla forzado a hacer lo que no quería. Sin embargo, seguía pensando que la joven, con dieciséis años, tenía que hacer algo si ya no quería ir a la escuela ni se interesaba por adquirir una formación como costurera, algo que la misma Helena hacía a disgusto. Luzyna no quería ni mejorar sus conocimientos de inglés, ni aprender francés o persa. Parecía decidida simplemente a no hacer nada, salvo dejarse llevar por la corriente y disfrutar del supuesto paraíso al que habían ido a parar.

Helena miró alrededor antes de disponerse a empujar la carretilla de la que Adam tiraba. Para ella, ese campamento no era el paraíso, aunque fuese con toda certeza el mejor lugar al que habían llegado desde que las habían deportado de Polonia. Las imponentes cimas nevadas que se erigían entre colinas verdes y palmeras datileras la impresionaban menos que la visión de los tristes barracones y las calles del campamento pobladas de seres abatidos y desarraigados. Y si bien disfrutaba de las excursiones a la ciudad de Teherán, a tan solo cuatro kilómetros de distancia, se sentía extraña en la bulliciosa metrópolis. La amedrentaban el caos de las calles, los gritos que se lanzaban los conduct

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