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UNA SEMANA EN INVIERNO

Maeve Binchy  

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Fragmento

Chicky

En la granja de los Ryan, en Stoneybridge, cada uno tenía asignada una labor. Los muchachos ayudaban a su padre en el campo a reparar las alambradas, traer las vacas para ordeñarlas o abrir surcos para plantar patatas; Mary daba de comer a las terneras, Kathleen horneaba el pan y Geraldine se ocupaba de las gallinas.

Nunca la habían llamado Geraldine; desde que tenían memoria, para todos ella había sido simplemente Chicky. Una niña muy formal que cada día recogía los huevos frescos o echaba el pienso a los polluelos, acariciándoles suavemente las plumas y canturreándoles siempre cloc, cloc, cloc mientras realizaba la tarea. Chicky había puesto nombre a todas las gallinas, y cuando alguien cogía una para la comida de los domingos, nadie se atrevía a decírselo. Fingían que la habían comprado en la pollería, pero Chicky siempre se daba cuenta.

Durante el verano, Stoneybridge, en el oeste de Irlanda, era un paraíso para los niños, pero el verano era corto y la mayor parte del año el clima era crudo, lluvioso y tormentoso en la costa atlántica. No obstante, siempre les quedaba la posibilidad de explorar cuevas, trepar acantilados, descubrir nidos de pájaros y espiar a las cabras montesas de cuernos grandes y retorcidos. Y también estaba Stone House. Chicky disfrutaba mucho jugando en aquel inmenso jardín cubierto de maleza. En ocasiones, las señoritas Sheedy, las tres hermanas ancianas dueñas de aquella casa, la dejaban jugar a disfrazarse con sus trajes y vestidos viejos.

Chicky vio a Kathleen subir a un tren y marcharse para ser enfermera en un importante hospital de Gales, y más tarde Mary consiguió un empleo en una compañía de seguros. Ninguno de esos trabajos tentaba a Chicky, pero algo tendría que hacer. Con lo que la tierra daba no se podía mantener a toda la familia Ryan. Dos de los muchachos ya habían emigrado a las grandes ciudades del Oeste para dedicarse a los negocios. Brian era el único dispuesto a trabajar con su padre.

La madre de Chicky siempre estaba cansada y su padre, siempre preocupado. Sintieron un gran alivio cuando Chicky encontró trabajo en una fábrica de tejidos. No como operaria o tejedora en casa, sino en la oficina. Era la encargada de enviar las prendas terminadas a los clientes y de llevar la contabilidad. No era un empleo magnífico, pero le permitiría quedarse con su familia; justamente lo que ella quería. Tenía un montón de amigos y cada verano se enamoraba de un O'Hara distinto, pero el noviazgo siempre se quedaba en nada.

Un buen día, Walter Starr, un joven norteamericano pasó por la fábrica y entró en la oficina para comprar un jersey de lana de Aran. Ordenaron a Chicky que le explicara que no era un local de venta al público, que ellos fabricaban los jerséis para las tiendas o bien los enviaban por correo.

—Pues estáis perdiendo clientela —dijo Walter Starr—. Las personas que llegan a este lugar remoto necesitan un jersey de Aran, y lo necesitan de inmediato, no al cabo de un par de semanas.

Era muy guapo. Le recordaba a Jack y Bobby Kennedy cuando eran jóvenes, la misma sonrisa espléndida y los dientes perfectos. Estaba moreno y era muy diferente de los muchachos que rondaban por Stoneybridge. No deseaba que se marchara de la fábrica de tejidos y aparentemente él tampoco quería irse.

Chicky se acordó de un jersey que había utilizado para fotografiar y que todavía conservaban en stock. ¿Querría Walter Starr comprarlo? No era nuevo, pero casi.

Dijo que sería perfecto.

La invitó a dar un paseo por la playa y le aseguró que era uno de los lugares más hermosos de la tierra.

¡Increíble! Había estado en California y en Italia y aun así Stoneybridge le parecía hermoso.

Y pensaba que Chicky también era hermosa. Decía que estaba muy guapa con su cabello oscuro ondulado y sus grandes ojos azules. Siempre que podían, pasaban todo el tiempo juntos. Su primera intención había sido quedarse un día o dos, pero ahora le resultaba muy duro tener que marcharse. A menos que ella se fuera con él, claro.

Chicky rompió a reír al imaginar que de buenas a primeras debía renunciar a su puesto en la fábrica textil y anunciar a sus padres que se iba a recorrer Irlanda en autoestop con un norteamericano que acababa de conocer. Lo habrían aceptado mejor si se hubiese tratado de un viaje a la Luna.

A Walter le pareció que su horror ante la propuesta era conmovedor, e incluso adorable.

—Solo tenemos una vida, Chicky. Ellos no pueden vivirla por nosotros. Debemos vivirla nosotros mismos. ¿Crees que mis padres están contentos de que yo esté aquí, en medio de ninguna parte, pasándolo bien? No, ellos quieren verme en el Club de Campo, jugando al tenis con las chicas de buena familia, pero, no temas, aquí es donde yo quiero estar. Así de simple.

Walter Starr vivía en un mundo donde todo era simple. Si se amaban, ¿qué había más natural que hacer el amor? Cada uno sabía que el otro tenía razón; entonces ¿por qué complicarse con lo que los demás fueran a decir, pensar o hacer? Un Dios bondadoso comprendía el amor. El padre Johnson, que había hecho votos de no enamorarse jamás, no. Ellos, en cambio, no precisaban contratos o certificados, nada de esas estupideces, ¿verdad?

Y al cabo de seis magníficas semanas, cuando Walter se preparaba ya para regresar a Estados Unidos, Chicky estaba dispuesta a marcharse con él. Esto supuso numerosas peleas y dramas y un enorme disgusto en el hogar de los Ryan. Pero Walter no era consciente de nada de esto.

El padre de Chicky estaba más preocupado que nunca, pues todo el mundo diría que había criado a una vagabunda que no llegaría a nada en la vida.

La madre de Chicky parecía más cansada y decepcionada que nunca y repetía que solo Dios y su santa madre sabían en qué se había equivocado ella, cuando crió a Chicky, para merecer ese castigo.

Kathleen decía que menos mal que llevaba un anillo de compromiso en el dedo, ya que ningún hombre habría querido saber nada de ella si se hubiera enterado de qué clase de familia provenía.

Mary, que trabajaba en la oficina de seguros y estaba saliendo con uno de los O'Hara, dijo que, gracias a Chicky, los días de su romance estaban contados. La familia O'Hara era muy respetada en el pueblo y encontrarían inadmisible semejante conducta.

Su hermano Brian mantuvo la cabeza gacha y no dijo una palabra. Cuando Chicky le preguntó qué pensaba, Brian contestó que no pensaba. Que no tenía tiempo para pensar.

Las amigas de Chicky, Peggy, que también trabajaba en la fábrica de tejidos, y Nuala, que era la sirvienta de las señoritas Sheedy, afirmaron que era lo más emocionante e insensato que habían escuchado jamás, y que era extraordinario que tuviera el pasaporte en regla gracias al viaje que habían hecho a Lourdes con el colegio.

Walter Starr dijo que vivirían en Nueva York con sus amigos. Iba a dejar la facultad de derecho; no era lo que más le convenía. Si tuviéramos varias vidas, bueno, entonces quizá sí, pero como tenemos una sola, no valía la pena desperdiciarla estudiando derecho.

La noche antes de su partida, Chicky trató de que sus padres la comprendieran. Tenía veinte años, toda la vida por delante y deseaba amar a su familia y que ellos la correspondieran a pesar de su decepción.

Al ver el rostro tenso y severo de su padre, Chicky comprendió que nunca más sería bien recibida en aquella casa, que todos se sentían avergonzados de ella.

Su madre estaba amargada. Decía que Chicky se comportaba de manera insensata, muy insensata. No duraría, no podía durar. No era amor; más bien un capricho. Si ese Walter realmente la amaba, entonces la esperaría y le daría un hogar, su apellido y un futuro, en lugar de todas esas tonterías.

En el hogar de los Ryan la atmósfera se podía cortar con un cuchillo.

Sus hermanas no la apoyaban. Pero Chicky se mantenía firme. Ellas no habían conocido el verdadero amor. No iba a cambiar sus planes. Tenía su pasaporte. Se marcharía a América.

—Deseadme suerte —les había suplicado la noche antes de partir, pero le volvieron la espalda.

—No dejéis que me vaya con vuestra frialdad como único recuerdo.

Las lágrimas corrían por sus mejillas.

Su madre dio un gran suspiro.

—Frialdad sería si te dijéramos: «Anda, vete, diviértete». Estamos tratando de hacer lo que es mejor para ti. Ayudarte a decidir lo mejor para tu vida. Esto no es amor, es solo un capricho. No puedes pretender que encima te demos nuestra bendición. No la tendrás. No vale la pena fingir.

De manera que

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