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UNA VEZ ARGENTINA

Andrés Neuman  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Citas

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Lista de personajes familiares por orden alfabético

Sobre el autor

Créditos

A mi madre, que tuvo cuatro cuerdas.

«Me dijeron que acá uno viene y cuenta su historia.»

MIGUEL BRIANTE

«Lo que acabo de contarme es un recuerdo.»

ALBERT COHEN

«Tu madre tiene madre.

Un país de palabras.»

MAHMUD DARWISH

1

¿Duelen al regresar? ¿O empiezan a sanar cuando regresan, y entonces descubrimos que duelen hace mucho, los recuerdos? Viajamos en su interior. Somos sus pasajeros.

Tengo una carta y una memoria inquieta. La carta es de mi abuela Blanca, con los renglones levemente borrosos. La memoria es la mía, aunque no me pertenece sólo a mí. Su miedo es el de siempre: desaparecer antes de haber hablado.

Voy a viajar de espaldas.

2

Cuando nací, mis ojos estaban muy abiertos y, por desconocimiento del protocolo, no tuve a bien llorar. El médico me examinó al trasluz como si se tratara de una gruesa hoja de papel. Yo le respondí con otra mirada, supongo que curiosa. El médico dudaba entre zarandearme o desentenderse del asunto. Le preguntó a mi madre cuál iba a ser mi nombre. Andrés, contestó ella, ¿algún problema, doctor Riquelme? No sé, dijo él, estudiándome con cierto espanto, este bebé no llora, sólo mira. ¿Y eso es grave, doctor? Más o menos, señora; digamos que, si el nene se acostumbra a mirar tanto, entonces va a tener que aprender a llorar.

Era un mediodía de enero de 1977. El doctor Riquelme me encontraba demasiado sereno, teniendo en cuenta las circunstancias. Como no estaba dispuesto a emplear la violencia, empezó a hablarme en un susurro comprensivo: Andrés, Andresito, ¿por qué no llorás, eh? Un poquito, digo. Nada más un poquito. Llorá, dale. Mi madre nos observaba conmovida: aquella fue, sin duda, mi primera conversación de hombre a hombre.

Señora, anunció el médico, este bebé tiene que llorar ya mismo, ¿entiende?, es una cuestión de pulmones. ¿Y qué hacemos?, se preocupó mi madre. El doctor Riquelme le hizo un gesto a la partera y me alzó a la altura de su frente, encarándose conmigo. Se encontró con dos ojos redondos y despistados. Yo seguía obstinado en guardar silencio. Entonces el doctor Riquelme no tuvo más remedio que gritarme: ¡Pero llorá de una vez, carajo, la reputa madre que te parió! Al instante, las lágrimas empezaron a inundar mis ojos de gato miope.

Al otro lado de la camilla, junto a las piernas abiertas de mi madre, la partera opinó:

—Es así, nomás. Este chico va a ser hijo del rigor.

3

Nadie sabe con seguridad si fue él mismo, o quizá su padre, o quizá su abuelo. Pero el apellido de Jacobo, mi propio apellido, nació de un engaño. Es posible que, en algún rincón del mundo, algún pariente remoto conozca todavía los hechos exactos. Yo prefiero la versión que escuché de niño: esa que cuenta la historia de una traición a tiempo y de una cobardía inteligente.

Mi bisabuelo Jacobo, o quizá su padre, o quizá su abuelo, vivía en territorio de la Rusia zarista. Era frecuente que los jóvenes de familia humilde, en particular si eran judíos, fuesen obligados a cumplir un servicio militar de dos años en Siberia. El terror a enrolarse era tan grande y las posibilidades de sobrevivir tan minúsculas, que muchos adolescentes optaban por mutilarse con tal de quedar exentos. Jacobo, o quizá su padre, o quizá su abuelo, tenía vecinos a los que les faltaba una oreja, una mano, un ojo. E incluso así se consideraban afortuna

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