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UNA VIDA ABSOLUTAMENTE MARAVILLOSA

Enrique Vila-Matas  

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Fragmento

Alemania en otoño

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En Hamburgo, la misma agradable temperatura que dejé esta mañana en Barcelona, y es que en toda Alemania luce un sol de justicia (me dicen que también implacable) desde hace más de dos semanas, algo completamente anormal en esta época del año.

Me traducen el titular de un periódico sensacionalista: «Los terribles estragos del sol». Mientras observo el vuelo de un viejo y orgulloso junker por el cielo de Hamburgo, le pregunto a Orlando, el amigo y traductor, a qué clase de estragos se refieren, y me explica que en letras más discretas y en la misma página se informa de que ayer un joven de Bremen, cegado y trastornado por los rayos del sol de este cálido y anormal otoño alemán, se arrojó al vacío desde un séptimo piso. Lo más curioso de todo son las declaraciones tajantes de una vecina del joven: «No tenía ningún motivo para hacerlo».

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De noche en Hamburgo, en la soledad de mi habitación de hotel junto al Alster-Ruh, enciendo el televisor antes de acostarme. El viaje y el día han sido largos, difícil mi primer encuentro con este país, desconozco por completo el idioma, y me

12 Una vida absolutamente maravillosa siento fatigado. De las noticias de la jornada, sólo entiendo una palabra o, mejor dicho, un nombre propio, de vagas resonancias kafkianas: Kreuz.

Hasta que, de pronto, un sobresalto. Aparece en pantalla Camilo José Cela, muy locuaz, rodeado de periodistas, en flor de multitud. ¿Se habrá muerto? ¿O tal vez es que se ha divorciado? Pronto caigo en la cuenta de que le han dado el Nobel. «La esperanza es lo último que se pierde», oigo que dice Cela.

Pienso en Canetti. El Alster-Ruh, el silencioso canal que veo desde mi ventana, propicia que piense en Elias Canetti, el discreto y silencioso Nobel, el hombre que rechazó las entrevistas y la celebración pública del premio sueco, el hombre que un día escribiera (cito de memoria) que todo escritor que ha conseguido un nombre y que lo impone sabe muy bien que, por este motivo, deja de ser escritor, pues administra posiciones como un burgués cualquiera.

«Pero ese escritor tenido como tal —dice Canetti— ha conocido a algunos que hasta tal punto eran escritores que precisamente por esto no pudieron conseguir este nombre. Éstos terminan apagados y asfixiados y pueden escoger entre vivir como mendigos que molestan a todo el mundo o vivir en el manicomio. El escritor tenido como tal, que sabe que ellos fueron mucho más puros que él, difícilmente los soporta mucho tiempo a su lado; sin embargo, está dispuesto a venerarlos en el manicomio. Son sus heridas abiertas y, como tales, siguen vegetando. Es noble conocer y observar las heridas siempre que uno no las sienta en su propia carne.»

3

A las puertas de la gigantesca catedral de Colonia, seis diminutos bolivianos interpretan canciones andinas en medio de una emoción y expectación sublimes. Los alemanes les escuchan extasiados, del mismo modo que parecen hipnotizados

Alemania en otoño en las sesiones de lectura cuando me oyen hablar en un idioma extranjero.

«Algún día habrá que analizar en profundidad este extraño fenómeno, el por qué les fascina tanto oír la música de otras lenguas», me comenta Ricardo Bada, que me ha invitado a dormir esta noche en la casa en la que vive con su familia, en un tranquilo pueblo junto al padre Rin («las gabarras que suben y bajan entre Basilea y Rotterdam»). En la misma cama durmió anoche otro escritor español. Imposible no relacionar esto con mi cama de ayer en Hamburgo, que en la noche anterior a la mía (así lo aseguran en la Literaturhaus) fue ocupada por Jacques Roubaud.

A causa de todo esto, viajo ligeramente turbado por Alemania, pero prefiero ocultar este sin duda también extraño fenómeno a mi amable anfitrión. Tal vez para no ocultarlo del todo es por lo que le hablo, aparentemente sin venir a cuento, del día en que entré en un café de París y sin darme cuenta fui a sentarme en una silla en la que había una carta recién abierta y abandonada, con matasellos del día anterior, dirigida a JeanLuc Godard.

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Quien vaya a Düsseldorf y tenga la feliz ocurrencia de visitar el Kunstmuseum encontrará al fondo de todo del inmenso recinto, en el último rincón de la última de las salas dedicadas a Klee, a frau Rosa Schwarzer, que es una vigilante del museo que vive continuamente alarmada, porque muy a menudo, procedente del cuadro Schwarzer Fürst (El príncipe negro), le llega la siempre seductora llamada del oscuro príncipe que, para invitarla a que se adentre y se pierda en el cuadro, le hace llegar el inconfundible sonido del tamtan del país de los suicidas.

Yo sé que frau Rosa Schwarzer, para apartar la tentadora propuesta de abandonar el museo y la vida, acostumbra a des

14 Una vida absolutamente maravillosa viar y refugiar su mirada en los tenues colores rosados de Monsieur Perlenschwein (El señor Perlacerdo), que es otro de los cuadros de esa sala que ella tan celosamente custodia y en la que si alguien osa entrar se encontrará con toda seguridad con la cara asustada (como una colegiala sorprendida en falta) de una vigilante que se pondrá de pie en el acto y rogará al visitante que, a causa de la frágil alarma, no se aproxime demasiado ni a Monsieur Rosa ni al Señor Negro. Lo dicho, frau Rosa Schwarzer vive continuamente alarmada.

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En Hannover, mi lectura de La visita al maestro parece haber sembrado cierta perplejidad entre el público. Y yo, en vista de que abrir el coloquio se ha hecho muy difícil (no hay quien levante la mano, más que expectación hay confusión), decido pasar a la acción y pregunto al respetable si en el relato no hay algo que les ha llamado poderosamente la atención. Lo digo de forma que sospechen que hay gato encerrado, que hay algo muy raro, casi inconfesable, en el cuento que he leído. Ni yo mismo sé qué puede ser, pero me digo que ya lo encontraré, y acabo improvisando e inventando sobre la marcha, un tanto azorado por haberme metido en un camino incierto y peligroso, y les digo que la descripción física del maestro evoca a todas luces la figura de Louis-Ferdinand Céline («... traje de pana, iba envuelto en bufandas y chales, y se oía ladrar y aullar de vez en cuando a los perros que, encerrados en una zona vallada de la casa, eran como una prolongación suya»), mientras que la meticulosa descripción del audaz horario del maestro («Me despierto a las ocho, doy un salto ritual a la bañera llena de agua fría, en invierno sólo unos minutos, en primavera más tiempo...») es un premeditado calco del horario actual de Ernst Jünger en su refugio de Wilflingen.

Alemania en otoño

Sugiero que el maestro de mi relato podría ser un extraño cruce entre Céline y Jünger, y veo que todo el auditorio se queda profundamente consternado. Yo diría que un sector del mismo está incluso aterrado, y todo parece indicar que nombrar a Jünger es como poner en pie, con premeditación y alevosía, el pasado reciente de Alemania. «Preguntan —me dice Orlando— qué autores alemanes de hoy te interesan.» Como nadie me ha preguntado nada, entiendo que Orlando está acudiendo en mi auxilio y quiere que llegue a buen puerto el coloquio. Sonrío a la concurrencia y, aunque por un momento siento la tentación de volver a nombrar a Jünger, finalmente cito a Botho Strauss, Heiner Müller y Thorsten Becker, y hay un suspiro general de alivio, tres manos se levantan de entre el público, el coloquio acaba de empezar.

6

En el café Opus III de Frankfurt, una vieja dama vestida de rojo y muy pintada se me acerca para decirme que ella también es portátil y que en la Universidad de Columbia tuvo el inmenso placer de estrechar la mano de Edgar Varese y que a ver si puedo cantarle el Bamboleo.

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Aquí en Braunschweig (me decía esta mañana el novelista de provincias que se dedica a escribir contra su ciudad) los vecinos se dedican a registrar mi cubo de basura. ¿Y no le ha extrañado ver coches que se detienen eternamente en los semáforos? Tiene una fácil explicación. Aquí en Braunschweig los jubilados se ocultan en los cruces y, en cuanto ven que alguien comete una infracción de tráfico, lo denuncian, y así cobran una suculenta comisión por la multa. Son los mismos a los

16 Una vida absolutamente maravillosa que les encantan las galletas, porque aquí en Braunschweig hay una verdadera devoción por las galletas, todos los viejos comen galletas, y han levantado incluso un monumento a ellas, aquí en Braunschweig.

«Porque aquí en Braunschweig...», no se ha cansado de repetir a lo largo de la mañana este miserable novelista de provincias, mal registrador de basuras ajenas y auténtico pelmazo al que he cogido una manía tremenda, por eso le veo condenado a no escapar nunca de la estrechez de miras de la ciudad de su alma, esa ciudad contra la que tanto y tan mal escribe.

Por fortuna, hace unas horas hemos pasado por Ingolstadt, la ciudad de provincias cuyo nombre irá siempre asociado al de Marieluise Fleisser, que se pasó la vida escribiendo —con inmenso talento— contra la ciudad, contra la sofocante violencia de la provincia y el sufrimiento, social y natural, del individuo y en particular de la mujer, cuyo grito de dolor y de rebelión es una voz constante en los textos de esta gran escritora que, como ha escrito Claudio Magris, logró con su voz ronca de g

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